Verdadera y falsa reforma en la Iglesia

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Yves Congar, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, traducción de Luis Rubio Morán (sobre la traducción original de Carmen Castro de Zubiri, 1953), Sígueme, Salamanca, 2014, 511 pp. ISBN 978-84-301-1879-3.

El conflicto entre las instituciones y la conciencia individual es eterno. Época tras época aparecen intentos de abordarlo en profundidad, realizados en muchas ocasiones por mentes capaces y bien preparadas que no dudan, con un gesto de profunda inteligencia, en volver la vista al pasado para alumbrar el presente y el futuro. Por un lado, es interesante conocer estos esfuerzos por ser la consecuencia de haber sometido a examen la vida institucional. Por otro, porque dan un testimonio fiel del precio que se ha de pagar, ineludiblemente, por decir la verdad. Y es que no es infrecuente que quien arrostra la tarea de reformar una institución (o de analizar con detalle los procesos de reforma), tenga que asumir enormes sinsabores, como amargo pago por la osadía de hacer más transitable un camino que facilita la reivindicación del individuo y debilita el poder omnímodo de la institución.

Es el caso del autor de este libro, el religioso dominico francés Yves Congar. La primera edición de Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, fue publicada en 1950 por parte de la editorial dominicana Cerf, dentro de la colección Unam Sanctam, fundada y dirigida por el mismo Congar. Su aparición no hizo más que aguzar las sospechas que ya tenían en contra de Congar los guardianes de la ortodoxia teológica de la Santa Sede, que venían vigilando sus escritos desde aquel precoz Cristianos desunidos. Principios de un ecumenismo católico, de 1937. Ya en 1952 recibe la prohibición de reeditar o traducir la obra y en 1954 es desterrado de la escuela de teología de Le Saulchoir, donde enseñaba teología. Primero en Jerusalén y más tarde en Cambridge, Yves Congar hubo de verse solo y alejado de todo aquello que le importaba, sufriendo sobre sí el poder de la institución a causa del contenido de sus obras (sobre esta prueba y sus actitudes ante ella es imprescindible la lectura del impresionante Diario de un teólogo. 1946-1956, Trotta, 2004). Solo la revolución de Juan XXIII le sacaría del ostracismo y le resarciría de las penurias pasadas.

65 años después de su primera publicación, y gracias a la editorial Sígueme, que ha querido dedicar a Congar el número 200 de su colección de teología, es de nuevo posible leer en castellano una de las obras centrales de un autor serio y valiente como pocos, en la que su genio aparece en plena madurez. Ya en su prólogo se encuentran las ideas básicas que identifican toda la teología de Congar: la pasión por la historia y la idea de tradición como fuente verdadera del cristianismo; la eclesiología como interés temático principal; la reivindicación de la verdad como referencia básica para el teólogo; la radical afirmación de la libertad de la conciencia individual; y al mismo tiempo, la expresión de una profunda vinculación a la Iglesia en todas sus dimensiones, incluida la institucional.

La unión de las tres últimas cristalizará en una actitud personal muy característica de Congar, a la que él mismo denomina “franqueza confiada” (p. 31). No obstante, a pesar de esta franqueza, hasta cierto punto este es un libro velado, escrito con deliberada precaución para no mostrar demasiado el aguijón que esconde (en las páginas centrales del libro, como de soslayo, puede leerse: “no hay pensamiento vivo que no sea también peligroso”, p. 201). Un aguijón que incluye una mirada compasiva y comprensiva hacia los reformadores de antaño, incluido Lutero, que quisieron (a pesar de sus errores) llevar a la Iglesia a una vida más auténtica; y a la vez una exigencia firme, dirigida hacia los jerarcas eclesiásticos de ayer y hoy, de estar a la altura de la propia función.

En cuanto a su contenido, es un texto largo dividido en tres secciones, precedido del prefacio del autor y de una buena presentación del teólogo español Olegario González de Cardedal. La primera de ellas aborda el concepto de reforma en la Iglesia, dejando claro que es inherente a una institución en permanente desarrollo. En la segunda, el autor expone una suerte de vademecum para futuros reformadores que no quieran llegar a convertirse en heresiarcas cismáticos. Y finalmente, en la tercera, se analiza con mimo el caso particular de la Reforma protestante, tema de intensa predilección para Congar. Tres apéndices, de desigual extensión y vivacidad, ponen el broche a una obra escrita en un estilo directo que permite una lectura actual, aunque se note claramente el peso del ambiente cultural del momento (por ejemplo, en las referencias a la terminología bergsoniana, que Congar da por descontada en su público, o a experiencias eclesiales muy concretas, como la de los sacerdotes obreros)

Para los lectores que puedan llamarse cristianos, esta obra guarda un tesoro incalculable: el de enfrentarles con una realidad ante la que la toma de posición  marca la diferencia clave entre el protestantismo y el catolicismo: la Iglesia. En este sentido leerla es una tarea difícil, pues Congar no facilita suavidades hijas del pensamiento débil. Los términos en los que habla de la Iglesia y de los reformadores (entre ellos obediencia y verdad), directamente ya no son comprensibles para muchos y para no pocos de los que los comprenden, apenas son asumibles. Se añade a esto que el lector puede encontrar en estas páginas una revisión católica amable y cordial del planteamiento general de la Reforma protestante, a escasos dos años del quinto centenario de que Lutero colgase sus 95 tesis en las puertas del castillo de Wittemberg, lo que no es una oportunidad despreciable. Pero para el lector no cristiano su riqueza no es menor, pues la reflexión antes señalada sobre la convivencia polémica entre la conciencia y la institución, no pierde un ápice de su mordiente por estar enmarcada en el entorno eclesial. ¿Acaso ha habido en Europa otra institución comparable en importancia a la Iglesia en el periodo que va del siglo V al XV? ¿Acaso no puede verse hoy en la realidad social y política la dicotomía entre vida y estructura; entre el individuo, por un lado, y el estado, el partido, las instituciones, por otro?

Esta nueva edición de Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, solo presenta, en mi opinión, una carencia de interés, y es que traduce la segunda edición revisada y corregida por el autor y publicada en 1968 (un año lleno de movimientos reformistas). Movido por el deseo de colaborar con el aggionarmento conciliar, Congar incluye en esta segunda edición un elevado número de referencias a los documentos conciliares y suprime uno de los tres apéndices que tenía la edición original de 1950. El apéndice en cuestión, de solo 19 páginas pero de una profunda carga simbólica, llevaba por título “Mentalidad «de derechas» e integrismo en Francia”. En mi opinión, el texto tiene un gran valor por dos razones. En primer lugar, porque los planteamientos de Congar sobre la  nula predisposición a las reformas en el entorno integrista se han demostrado certeros. Y en el segundo, porque es un claro ejemplo de las ironías que tiene la historia. Seguramente Congar, cuando decidió eliminar este apéndice como “un gesto fraternal inspirado por el deseo de contribuir a la paz y aun entendimiento entre los católicos de Francia”, no podía sospechar hasta qué punto involucionaría parte de la Iglesia francesa en el posconcilio (llegando incluso hasta la excomunión del obispo Lefebvre por parte de Juan Pablo II en el año 1988). Creo que habría sido un acierto que los responsables de esta edición en castellano hubieran sido menos fieles al autor en este punto, rescatando del olvido este apéndice que tanta luz puede aportar para entender qué ha pasado y pasa aún hoy en los entornos eclesiales (y me atrevería a decir sociales) marcados por un integrismo que de ninguna manera se puede dar por desaparecido y contra el que toda la obra de Congar es una vacuna imprescindible.

Juan D. González-Sanz

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