The Music of the Republic

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EVA BRANN, The Music of the Republic. Essays on Socrates’ Conversations and Plato’s Writtings, Paul Dry Books, Philadelphia, 2011, 378 pp. ISBN 978-1-58988-075-7.

Eva Brann (1929) no es una lectora al uso de Platón. Sus análisis no se agotan en la erudición ni en el comentario escolar, ni buscan tampoco la originalidad del intelectual que transfigura las obras del pasado bajo el prisma de su propia cosmovisión: su empeño por dar vida a los diálogos y traerlos al presente, como si nos hablasen a nosotros mismos, constituye sin duda una maravillosa rareza.

            La suya es una postura meditada y de una erudición innegable, pero volcada hacia las cuestiones vitales de los propios diálogos. Un primer alegato lo encontramos en el segundo capítulo de esta obra, cuando su autora sostiene que una lectura seria del Fedón sólo puede ser aquella “interesada en la aplicación del texto a cuestiones vivas” (p. 36), y lo notamos especialmente en su lectura de la República, que tilda como “el diálogo más cercano a mi alma” (Prefacio, XIII, 2004). En cada línea de sus comedidos comentarios, Eva Brann despierta ante nosotros la experiencia inicial del lector de Platón, que se siente más cercano a Sócrates, y más obligado a dejarse llevar por sus preguntas, que a la escritura platónica y sus posibles doctrinas.

            Este gesto, envuelto por la humildad de quien admira lo que estudia y se esfuerza, sobre todo, por escuchar, se explica en parte por el paciente trabajo de una profesora que ha tenido que enseñar durante casi sesenta años a varias generaciones de alumnos, en una institución como el St. John’s College de Annapolis, y que ha traducido a Platón del griego, con toda la responsabilidad y la calma que requiere la tarea, cumplidos los sesenta y siete, después de varias décadas de pausada enseñanza y estudio. El libro está dedicado a Jacob Klein (1899-1978), otro respetado profesor de la misma institución, en la que trabajó durante más de cuarenta años, y gran conocedor, también, de Platón. La propia Brann tradujo del alemán una de sus obras, Die grieschische Logistik und die Entstehung der Algebra (1934), a finales de los años sesenta. Por desgracia, ni esta obra ni The Music of the Republic –separadas por setenta años de distancia– han sido traducidas a nuestro idioma, aunque lo mismo puede decirse, hasta la fecha, de cualquiera de sus escritos.

            Sus lecturas están marcadas por la mesura y el trato íntimo con los textos: nadie diría que busca el desvelamiento de grandes novedades en Platón –aunque las haga–, ni ganarse un nombre alterando los estudios sobre sus diálogos, quizá porque lo ha leído y comentado tantas veces que ya lo siente como a un viejo conocido, del que siempre es mejor hablar sin prisas y prestando atención a cada detalle: es Platón quien debe enseñarnos, no sus intérpretes.

            La Música de la República. Ensayos sobre las Conversaciones de Sócrates y los Escritos de Platón, publicado por primera vez en el año 2004, está conformado por  artículos de diversas fechas y procedencias, el sexto de los cuales (“La música de la República”, con diferencia el más extenso de todos) da nombre al conjunto. Con el índice podemos hacernos una idea del contenido del libro; para mayor claridad, lo traduzco al español y sitúo entre corchetes los años de publicación de cada uno, dos de los cuales –justamente los menos recientes– han sido revisados para su actual edición, lo que indico también en cada caso:

  1. Introducción al Fedón. [1998]
  2. El legado de Sócrates: el Fedón de Platón. [2002]
  3. El delito de Sócrates: Apología. [1997]
  4. La templanza del tirano: Cármides. [2002]
  5. Introducción para leer la República. [1979, revisado.]
  6. La música de la República. [1967, revisado]
  7. ¿Por qué la justicia? La Respuesta de la República. [2002]
  8. Poesía imitativa: el libro X de la República. [2003]
  9. Tiempo en el Timeo. [1999]
  10. Introducción al Sofista. [1996]
  11. El no-Ser envuelto en el Ser: el Sofista. [2000]
  12. Sobre la traducción del Sofista. [2000]
  13. La “Teoría de las Ideas” de Platón. [1997]
  14. “Enseñando Platón” a universitarios. [2002]

            Los capítulos primero y décimo fueron escritos por Eva Brann en colaboración con Peter Kalkavage y Eric Salem, y son las valiosas introducciones que incluyeron en sus traducciones de Platón del griego al inglés. Los doce restantes son originales de Eva Brann y pertenecen a conferencias, lecturas, artículos o capítulos, ofrecidos en diversas instituciones, ediciones y revistas. Tanto la introducción al Fedón (cap. 1) y al Sofista (cap. 10), como la propia de la República (cap. 5), pueden considerarse los hilos de articulación de la obra, no sólo porque lo son de facto cronológicamente, respecto a su temática y en relación con el resto, sino también porque sirven para introducirse por vez primera a estos diálogos o, al menos, para releerlos bajo la sensata mirada de Eva Brann.

            Por otra parte, la obra puede leerse como un ensayo sobre Platón sin necesidad de recordar las diversas procedencias y tiempos de cada uno de sus capítulos, pues existe entre todos ellos un reconocible aire de familia. Aunque no haya un recorrido único o una trama guiada teleológicamente, con una conclusión final (como quizá no debe haberla nunca cuando uno lee a Platón), su enfoque dota a la obra de una innegable unidad, a lo que se une el hecho de que casi la totalidad de los textos han sido redactados en un periodo de cinco años, y los que menos se ajustan a este periodo, como hemos visto, han sido corregidos para su publicación.

            Como ocurre con los diálogos de Platón, su aparente autonomía es en el fondo la clave de su ligazón con el resto, pues cada uno atiende al contexto, a los personajes y a los problemas concretos de la conversación, en una symploké que sorprende por su perfección. Eva Brann, como Sócrates, hace preguntas sobre detalles cuyo alcance generalmente se trivializa o se pasa por alto, y este es sin duda uno de sus mayores méritos. Para leer a Platón, no basta con repetir las preguntas de siempre, ni siquiera con acatar los giros dramáticos de sus diálogos y dejarse llevar por una supuesta línea argumental única y evidente. La aparente ingenuidad inicial de Eva Brann se transforma aquí en un cuidado proceso de análisis: cada palabra, cada situación, cada elección del autor, son estudiados desde diversos ángulos, y siempre teniendo en cuenta el resto de diálogos. La interpretación de la Apología, por ejemplo, desde la óptica de la polis, es una de las más singulares.

            Las lecturas platónicas desde al menos el siglo XIX, con Scheliermacher a la cabeza, que abogaron por una lectura literal de los diálogos, han revelado desde hace tiempo aspectos antes insospechados de su filosofía, pero están muy lejos de monopolizar su interpretación, como se ha ido aceptando paulatinamente entre los estudiosos desde la segunda mitad del siglo XX. Como sostiene Eva Brann, “Sócrates es un misterio perpetuo” (p. 4). Las escuelas de Tubinga y Milán, con Giovanni Reale y sus discípulos como último gran escalafón, pero también las interpretaciones históricas, dramáticas, mitológicas, alegóricas y aún escépticas de Platón, o la “tercera vía” de Francisco J. González, nos sitúan ante una obra eminentemente dialéctica y académica, que participó de diversas tendencias y enfoques, recogiendo la riqueza de un conjunto de conceptos e ideas desarrollados durante siglos de prosperidad cultural y preeminencia política. Por mucho que cada interpretación se empeñe en consignar que su línea es la más adecuada, la propia naturaleza académica, educativa y dialéctica de la filosofía platónica parece evitar toda univocidad al respecto.

            “Tantas visiones de Platón como intérpretes”, podría mantenerse, admitiendo así que los estudiosos modernos de Platón han descubierto aspectos muy relevantes de su obra; o más bien lo contrario: “tantos intérpretes de Platón como visiones”. Esto no sería tanto la huella de un supuesto eclecticismo o escepticismo en Platón, que aspiraría de nuevo a reducir el poliedro platónico a una de sus caras, como de un pensador necesariamente plural que hizo de la polivalencia la esencia de su filosofía. Recordar en cada momento el carácter mitológico, dramático y dialéctico de Platón supone sin duda una manera plausible y precisa de leer sus diálogos. Cuando Eva Brann aborda los argumentos del Fedón sobre la inmortalidad del alma, no como una doctrina que buscaría condenar al cuerpo, sino como un razonamiento que atiende a los presupuestos pitagóricos de Simias y Cebes, se admite que la filosofía de Platón incluye la de sus oponentes y, por tanto, rebasa con creces la pura dogmática que podría resultar (y que al mismo tiempo no se niega) de los diálogos.

            Este carácter no supone un perjuicio para ninguna de las interpretaciones, ni siquiera para las escolares, pues encaja sin problemas con un Platón académico, dedicado a estudiar con rigor las tesis de otros filósofos, políticos, poetas y sofistas: un Platón musikós, como sin duda aceptaría Eva Brann, y como a veces se presenta el propio filósofo a través de Sócrates. Incluso alguien como Reale, tan interesado en la dogmática platónica, no parecería tener ningún problema con ello: al contrario, ha reconocido con insistencia los vínculos poéticos y eróticos que mueven a Platón, aunque quizá no parezca tan dispuesto a admitir que sus doctrinas protológicas, más que la base del poliedro, son sólo una de esas diversas caras (si fuera así, su nuova interpretazione no debería considerarse paradigmatica).

            En este contexto de florecimiento de los estudios platónicos, y frente al empeño (por otra parte, legítimo) por forjar nuevos paradigmas de interpretación, Eva Brann es sin duda una de las lectoras más inteligentes de la actualidad, justamente por no intentar dar una respuesta unívoca a los problemas de lectura del filósofo griego. Al mismo tiempo, ella conoce bien y utiliza los diversos enfoques contemporáneos de la interpretación platónica, pero sin conceder por ello que éstos hayan probado su eficacia por encima del resto.

            Su continuo hacer preguntas y ensayar respuestas nos habitúa a mirar a Platón con asombro: como si quisiera enseñarnos que todavía no tenemos ante nosotros los textos platónicos, sino que antes –o más bien, siempre– debemos sumergirnos en la acción dramática y vivir la filosofía de sus protagonistas. Para esta labor, siempre es útil haber comprendido diversos modelos hermenéuticos, pero Platón no es un autor cerrado ni terminado: no podemos leer sus obras como meros receptáculos de doctrinas o hipótesis más o menos argumentadas (aunque las haya), sino como diálogos filosóficos en los que uno debe participar y dejarse llevar (como tantas veces afirman sus propios personajes) por el enthusiasmós de la filosofía. El análisis del Carmides, como una reflexión sobre la tiranía aplicable a casos de la política reciente, nos muestra hasta qué punto desatendemos los problemas platónicos si nos limitamos a la “teoría”.

            El carácter irónico y dramático, mitológico e irracional de la filosofía es sin duda el punto de arranque de una comprensión certera, que podrá llevarnos (o no) a la dogmática, pero que, si nos lleva a ella, será para volver de nuevo al drama, a la tragedia, a la ironía, al mito, y no para alojarse allí definitivamente. La filosofía debe germinar en la psiqué del lector, que precisamente por eso debe dejar de ser un simple lector y ser un filósofo que (re)vive los diálogos, o que abandona el mundo de las letras (sumergiéndose en él) y se vuelca hacia el mundo de la vida, la dialéctica y la pluralidad de visiones y prejuicios. En rigor, no se puede estudiar a Platón, pues él no quiere que lo leamos, sino sólo que hagamos filosofía con él. Cuando leemos al fundador de la Academia, nunca estamos ante la doctrina platónica, sino más bien ante la música –o más bien las músicas– de Platón, con sus innumerables tramas y melodías, con su riqueza de voces y perspectivas, con sus contradicciones y ocultamientos, con su dogmática y su escepticismo, con su dramatismo y su carácter alegórico, con su teología y su crítica a los dioses de la ciudad.

            Platón –insistimos– es un pensador eminentemente dialéctico, y también un profesor de filosofía, como Eva Brann; él mismo se llama, a través de Sócrates, un pintor, un escritor de tragedias, un poeta y un músico, lo que inevitablemente nos transporta al mundo de la ironía, tras la cual se esconde siempre el pulso de la vida, la música, el eros y la locura del filosofar. Quizá si empezásemos a ver a Platón como un filósofo contemporáneo, abandonaríamos toda esperanza de una interpretación, vieja o nueva, de sus diálogos. Si la filosofía de Platón está viva todavía hoy, después de más de dos mil quinientos años, es porque no nació para saber –para vivir esa ilusión ya estaban, y siguen estando, los poetas, los políticos, los sofistas–, sino para buscar la sabiduría, lo cual requiere en buena medida adoptar una forma de vida y saborear cada detalle, como cuando Sócrates acaricia los cabellos de Fedón. El libro de Eva Brann es un excelente medio para conseguirlo. Su capítulo final, “Enseñado a Platón a universitarios”, es precisamente una reflexión sobre cómo enseñar a Platón, lo que sería muy distinto de explicarlo.

            La propia comprensión platónica de la pedagogía podría servir como punto de arranque para actualizar un modo de lectura prudente, pues la clave de Platón ha estado siempre en la educación, en hacer lo posible por avanzar y mejorar, en educarnos a nosotros mismos y a los demás, a través de los saberes mundanos, la poesía, la política, la retórica, la eikasia, la pistis, las epistemai, la dialéctica, el arte de las musas y las técnicas: sin evitar nunca los escalones iniciales y difíciles, necesarios para tropezar y avanzar. No hay camino de reyes en filosofía, y mucho menos en Platón. La filosofía está fuera de sus libros, pero más aún de los libros de Platón, que no ha excluido nunca a sus lectores, jóvenes o ancianos, y para los cuales tiene cosas siempre distintas que decir. Los filósofos no son pedagogos, ni pueden serlo: lo que ellos enseñan pasa necesariamente por lo que uno aprende ante el mundo, en el cual las letras son sólo un trémulo espejismo. No podemos vivir las letras de Platón, pero ellas tampoco pueden vivir sin nosotros.

Daniel Martín Sáez

 

 

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