Romiosyne seguido de La Señora de las Viñas

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YANNIS RITSOS, Romiosyne seguido de La Señora de las Viñas, traducción de Juan José Tejero, Pre-textos, Valencia, 2014, 160 pp. ISBN 978-84-15894-72-8.

Hablar hoy de la poesía de Yannis Ritsos (1909-1990) implica por un lado celebrar su canto y, por otro, reivindicarlo como motor organizador de la conciencia de los pueblos. Porque de ello habla el poeta en los libros a los que me referiré a lo largo de estas líneas (Romiosyne y La Señora de las Viñas. Ed. Pre-textos. Valencia, 2014), de esa búsqueda de la conciencia del pueblo al que siente pertenecer.

            Decía Gil de Biedma que de todas las historias de la historia / la más tristes sin duda es la de España, / porque termina mal. El poeta, que se enamoró en la calle Pandrossou de Atenas, tal vez pudiera haber dicho lo mismo de la historia de Grecia. Parece que las grandes epopeyas están destinadas a aquellos pueblos que no conocerán la calma. Y el siglo XX griego aúna un siglo de oro literario, las barbaridades de la guerra y la opresión de las dictaduras.

            Ambos libros escritos entre 1945 y 1948 se sitúan entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la segunda fase de la guerra civil griega (1941-1950). Este contexto envolverá el tono elegíaco de la obra, que también será un tono de exaltación de la conciencia de pueblo. Pues, como explica en el prólogo Juan José Tejero, traductor de la obra, estas obras encierran “un doble propósito: homenajear a la resistencia griega que, tras la rendición de Alemania, fue perseguida, acorralada y humillada como si fuera el auténtico enemigo, y al mismo tiempo proporcionar un himno a la patria amarga, la Grecia eterna mil veces asediada” (pp. 9-10). Y este himno lo construirá Ritsos a través de un diálogo con el paisaje griego, como vemos desde el principio en el célebre comienzo de Romiosyne (p. 25):

Estos árboles no transigen con un cielo más pequeño,

estas piedras no transigen bajo pisadas enemigas,

estas caras no transigen más que con el sol,

estos corazones no transigen más que con la justica.

Será esa identificación con el paisaje griego el eje de la interacción con la historia. Aparecen de este modo muchos elementos de la poesía romántica (la naturaleza como evocación de la pureza de los pueblos). Recuerdo ahora aquellos versos de Hölderlin, en su estupendo poema Pan y vino:

¡Oh, afortunada Grecia! Oh, tú, morada de los dioses,

¿entonces, es verdad lo que oímos de jóvenes?

¡Oh, sala de festejos, con el mar como suelo, con montes como mesas,

creados desde antaño para este único uso!

Mas, ¿dónde están los tronos? ¿Dónde los templos y las ánforas

desbordantes de néctar, y el canto para el gozo de los dioses?

(…)[1]

Pero entiende Ritsos que no solamente basta el paisaje para trazar puentes a la historia, además necesitará del contacto con sus gentes: campesinos, pescadores, etc. Esto es, la conciencia viva de la Romiosyne, lo que en otras ocasiones se ha denominado Grecidad o Helenidad. Pero explica Juan José Tejero en el prólogo que el término escogido, Romiosyne, trasciende a éstos, pues incorpora en su concepto una realidad extralingüística, su origen “se remonta al siglo IV, cuando los griegos del Imperio Romano de Oriente se llamaban a sí mismos romaioi, romanos, y no helenos, que por entonces era sinónimo de pagano” (p. 18). De este modo, encontramos en ambas obras escenas de la vida cotidiana, como en el siguiente fragmento de Señora de las Viñas (p. 85) donde se ensalza la fuerza de las familias expuestas a una intemperie trágica:

Con el añil del cielo se tiñen los sayos y nuestras toallas,

en medio queda la mesa abierta de par en par para los invitados,

como quedan los búfalos bajo la tromba de agua, y las muelas en los molinos.

Lo que pongas encima de ella cunde como si estuviera bendecido por la paciencia de nuestra madre,

se multiplica el pan y nuestras jarras se llenan de vino de retsina,

y una vez vacía, entre las migajas del sueño, nuestra escudilla

se vuelve luna estival en medio de las estrellas.

Existe en estas obras un diálogo con la Grecia clásica y sus mitos, pero Ritsos es consciente de que es un sujeto de la historia y de que, por lo tanto, su palabra ha de ser testigo y parte de ella. Como señala Juan José Tejero en el prólogo, “el poeta comprende que la identificación con el pasado remoto es un lastre para los griegos y propone una mirada hacia delante para resolver el problema de la identidad”(p. 20). Algo que percibió Nicos Dimou en su célebre obra La desgracia de ser griego al afirmar que “entre el mito y el miedo viven y crean los griegos”. Así escribe nuestro poeta en Señora de las Viñas (p. 107):

Buen arriero, que hiciste tus zapatillas con la corteza del roble,

que te pusiste en el cuello la sombra del naranjo por pañuelo,

buen arriero, ¿cómo soportas el vello del verano haciéndote cosquillas en la oreja,

el zumbido de tantas abejas por dentro del pantalón,

el ruido de la cigarra tallando en su fragua el escudo de Aquiles

y tú con un clavel tapándote la boca?

Trata, por lo tanto, de transformar la elegía en un himno; de, a través de un registro rico en imágenes y léxico, exaltar la conciencia de su pueblo, la dignidad de su historia. Pero ello no resultará un camino llano, así escribe con belleza en Romiosyne (p. 47):

será difícil que las manos encallecidas por el gatillo hagan preguntas a una margarita,

que den las gracias sobre sus rodillas, sobre el libro

o en la silueta que dibuja el resplandor de las estrellas.

Hará falta tiempo. Y tenemos que hablar.

Hasta que encuentren su pan y su justicia.

Una obra, en definitiva, llena de matices: dos largos poemas como dos largos cantos – así lo entendió Theodorákis al ponerles su música- que, setenta años después de que comenzasen a escribirse, tienen esa actualidad de la palabra clásica, pues es en la poesía donde descansa la memoria sentimental de los pueblos. Releer ahora estos versos en la magnífica traducción de Juan José Tejero es recuperar esa conversación con nuestras entrañas, voz viva que da cadencia al tiempo.

                                 José Ángel García Caballero


[1] F. HÖLDERLIN, Antología poética, traducción de Federico Bermúdez-Cañete, Cátedra, Madrid, 2009. p. 169.

 

 

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