Renée Pélagie marquesa de Sade

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Gérard Badou, Renée Pélagie marquesa de Sade, traducción de Elena Calvo, Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2014, 125 pp. ISBN 978-84-941646-6-8.

Aunque siempre me ha interesado la obra de Sade, nunca me ha llamado la atención su vida. Por más que los distintos intérpretes se han empeñado en mostrarla como aventurera y ejemplo de compromiso e injusto sufrimiento, es difícil no ver sus pasos como los de un aristócrata caprichoso que dilapidó su fortuna y pasó media vida entre rejas por no saber disimular, camuflar o moderar unos gustos que intentaban emular a sus obras. En verdad –y aquí reconozco que le juzgo con una asepsia muy poco común en el partido de sus admiradores, entre los que, repito, me encuentro– que pasara más o menos tiempo en prisión, realmente no dice nada pues no es que Monarquía o República estuvieran en contra de un gran hombre, sino que él estaba en contra de todo lo que no fuera él mismo (estoy convencido de que ello no deja de ser epítome del modo en el cual hoy construimos nuestra propia vida: entre un consumo y derroche constante, que fagocita el medio y a los demás, y la sola preocupación por ser económicamente racionales, esto es, por tener como única meta la consecución de lo que más placer nos dé).

Curiosamente, y también frente a los exégetas más aplicados del divino marqués, la vida de Madame de Sade siempre me ha parecido de lo más interesante. Mucho más, por supuesto, que la de su marido. Para dar razón de mi convencimiento nada mejor que leer el libro que aquí se reseña, pero como seguramente es este el lugar donde se debe incitar a la lectura del mismo permítaseme contar el inicio del mismo. Este no es otro sino la presentación de Madame de Sade como una joven ingenua alejada de los usos del mundo y sinceramente religiosa, a quien su madre casa con un joven aristócrata libertino. Las negociaciones para concertar semejante esposorio (que se cuentan de manera sucinta y clara en esta biografía de Badou) anticipan premonitoriamente el futuro que aguardaba a la relación entre los dos jóvenes esposos: ninguno se conocía antes de la boda y ninguno tenía especial interés en la boda. Lo interesante del caso es que Madame de Sade en lugar de repetir los cánones con los que este tipo de uniones se desarrollaban, en lugar de someterse dócilmente a las convenciones matrimoniales y buscar el amor y el placer sexual fuera del yugo matrimonial, tal y como el marqués de Sade de un modo convencional hará, se dedicó en cuerpo y alma a crear un matrimonio romántico y aventurero (también sumiso y dedicado hasta la estupidez, pero ¿no es ello parte del romanticismo?). Pongámonos en situación: a poco de casarse descubre que su esposo es perseguido por la policía por haber secuestrado y violado a una mujer; poco más tarde debe asistir a las correrías y orgías del marqués; algo después es testigo de su huida a Italia buscado también por su vida libertina (huida que se repetirá otra vez pasados unos años y por las mismas razones); posteriormente urdirá y ejecutará un plan para ayudar a su esposo a escapar de la prisión, luego presiente y según Badou asiste a la seducción de su propia hermana por parte de su marido a quien deberá ayudar a escapar de la justicia de nuevo. Estas situaciones se irán repitiendo y se unirán a los tres hijos (con los que en no pocas ocasiones carga organizando huidas, sobornos, recursos ante distintas cortes de justicia) y, podemos imaginar, a sus experiencias sexuales que se iniciaron ya con un experto en bondage. Como se ve, nada más alejado de una pequeña vida burguesa (aquella que ella esperaba) le ha deparado el destino a Madame de Sade, nada más opuesto a su religioso y tradicional modo de entender el mundo. Pero su respuesta no es la de una mujer que se siente ultrajada (esa será la de su suegra a quien escuece la estafa que Sade supone al buen negocio que creía realizar con aquel matrimonio), ni la de aquella que estupefacta deja hacer y se dedica a su propia vida; por el contrario, no se arredra cuando hay que plantar cara a la policía, planear dos huidas de la cárcel que si bien no llegan a prosperar en ninguna ocasión no fue por falta de ingenio, soportar a su hermana con cariño cuando regresa ultrajada (aunque no descontenta) de su primera aventura con el marqués, o buscar dinero debajo de las piedras (arrienda las tierras del castillo familiar, hace economías, vende muebles y joyas, se humilla en repetidas ocasiones ante su madre) para pagar las fianzas que constantemente le son solicitadas para liberar a su esposo o para costear los caprichos de este para amenizar sus monótonas estancias carcelarias; en fin, Madame de Sade es una mujer de armas tomar cuando su esposo está en apuros o en peligro, es una mujer que nada tiene que ver con la sumisa joven que llegó al matrimonio sin otra lectura que los libros de oración, es una mujer que aún sin entender a su marido, le defiende a capa y espada construyendo una vida en torno a un amor romántico y trágico mucho antes de que alguien dijera que en tal amor reside la verdadera vida.

Es  esto lo que personalmente siempre me ha hecho interesante la vida de Madame de Sade; desde luego mucho más que la de su marido. Réne Pelagie, Madame de Sade, es una misteriosa contradicción que causa extrañeza y Badou construye su biografía precisamente explotando este punto con lo que el libro que aquí se reseña es una continua alternancia de situaciones que junto al carácter sumiso, religioso y tradicional de nuestra heroína muestran su arrojo aventurero (“es su extraña naturaleza: cuando su esposo está en peligro, olvida todos los sinsabores que le ha hecho padecer” [p. 60]). La interpretación que se dé a esta bipolaridad puede ser discutible, tal y como diré más adelante, pero nadie puede negar que esta es la mejor opción para que el relato aquí contado se anime y resulte emocionante; de tal modo el lector nunca cae en el desánimo que podría aparecer ante la vida de un personaje que inicialmente quizás no le era especialmente llamativo.

Hacerlo, además, no era sencillo, pues frente a la incontinencia epistolar de Sade que nos ha legado una gran cantidad de cartas en las que relata pormenorizadamente los sucesos de su vida (y a través de las cuales se han podido elaborar biografías tan excelentes como detalladas y/o literarias), la vida de su esposa apenas si se puede seguir en algunas cartas que en su mayor parte son contestaciones a otras cartas de Sade y que, por ello, quedan oscurecidas por las mismas. Es cierto que también se conservan algunas cartas de su madre, la Presidenta de Merteuil que hizo la vida imposible a Sade consiguiendo hasta dos lettres de cachet para encerrarle, y de ella misma, pero no siendo nunca un personaje de interés, la recopilación de las mismas ha sido desganada y escasa.

Logro del libro de Badou es conseguir ofrecer un relato de la vida de Madame de Sade conseguido a través de fuentes no muy numerosas, dispersas e indirectas. No es el primer intento, tampoco el más pormenorizado, pero sí que resulta el de más accesible lectura. Ello es así en buena medida porque se hace acreedor de un inestimable mérito en el mundo de las biografías sadeanas (y no sólo de estas), a saber, que no se pierde en un pormenorizado recuento de cartas, sino que a través de ellas hila una narración en la que se cuenta lo que con tales cartas se podría adivinar. Este logro pudiera ser el mayor defecto del libro (que no lo es para quien esto escribe), pues no se cita nunca fuente original de lo que se dice, nunca se ve aquello de “carta al marqués de Sade del 12 de noviembre…” y en buena medida el autor inventa el relato que cuenta. ¿Inventa? Bien, todo lo contado parte –y se ancla con seguridad– de las referencias epistolares disponibles; ni se le imputa a Madame de Sade ningún hecho ficticio ni ninguna aventura suplementaria a las que se tiene constancia que realmente vivió, pero no por ello el autor deja de interpretar sus actitudes y hasta sus pensamientos más íntimos. Como tampoco se recata de reflejar sus propias opiniones ante los sucesos ocurridos a los marqueses de Sade. Quien persiga una biografía rigurosa en la que se hagan explícitas todas las fuentes de cada cosa que se cuenta, no será este el libro que debe leer. Claro que se quedará con las ganas de tener alguna idea de una vida tan interesante como la de Madame de Sade pues no hay muchos más relatos de otro tipo. Yo diría que incluso no cabe otro relato de la misma.

Debo llamar la atención sobre el hecho de que este libro se edita dentro de la colección “Narrativa” de Ediciones del Subsuelo. Debo recordar que las escasísimas biografías disponibles de Madame de Sade no rehúyen de este carácter cercano a la ficción. Debo señalar que si alguien intenta buscar alguna información sobre nuestro personaje comprobará que casi todos los caminos le llevan a la obra que Yukio Mishima escribió hace tiempo con el título de Madame de Sade; una obra de teatro que parece que es toda la información disponible sin gran dificultad, como si de este personaje no cupiera sino una retórica literaria que la describiera siempre entre el personaje imaginado y el que podemos entresacar a partir de las cartas del marqués de Sade. Si tenemos en cuenta que nada  hay menos fiable que tales cartas, pues no dejan de ser una extensión de la imaginación literaria de su autor incluso cuando piden algo tan simple como una manta y algo de ropa, podremos concluir que lo que aparentemente pudiera parecer un defecto que disminuiría el rigor de la biografía que ha compuesto Badou, no es sino la única manera de contar la vida de quien fue compañera de Sade durante gran parte de su vida.

Con todo, es cierto que el biógrafo no siempre está muy acertado con su instinto literario, trufando a menudo el texto de circunloquios y apreciaciones  que, tratando de hermosear la narración, se muestran algo cursis y apartan al lector de un relato que algo más desnudo de esfuerzo literario vano (pero no de “ficcionalidad”)  se leería más agradablemente. De todas formas, es posible que aquello que a mí me parece cursilería, para cualquier otro pudiera ser la necesaria sal que aleja al texto de la no siempre cálida forma ensayística. Realmente no es algo que afee en mucho la biografía realizada por Badoy; resulta más chocante su apuesta moralizante que a fuerza de no reprimir ningún comentario valorativo hace desagradable a ambos marqueses. El marqués de Sade es un egoísta insoportable que jamás piensa en quien, devota de su amor, le saca las castañas del fuego en múltiples ocasiones (ni siquiera en su suegra que, al cabo, cuando ya eran declarados enemigos le pagó dos fianzas y ayudó a financiar hasta otras dos). La marquesa de Sade es una estúpida sumisa insoportable –excepto en los destellos de acción–. Seamos sinceros: ambas descripciones son ciertas, pero apostar por el misterio en el caso de Madame de Sade, por la confusión ante bipolaridad tan llamativa, quizás hubiera dado más gusto a esta biografía que con buen tino y agradable lectura nos muestra la vida contada. Son cuestiones de interpretación, es cierto, hasta de ensoñación de una vida pasada, pero pongámonos de nuevo en situación: Madame de Sade sometida a las exigencias económicas y morales de su esposo, siguiéndole a donde él desee llevarla –para abandonarla después– y asistiendo –¿cómo comparsa?– a sus orgías y traiciones; también Madame de Sade recogiendo en un pequeño carruaje a sus tres hijos, a su esposo y las pocas posesiones que tiene para dirigir decidida la huida del cerco policial, o sobornando a prostitutas de los peores barrios de Marsella, o a funcionarios de justicia, o a carceleros, o negándose ante su madre y ante el sentido común a abandonar al crápula que la hacía dilapidar su vida. Lo primero no puede ser sólo explicable por una estúpida sumisión, ni por un oculto masoquismo vivencial o un amor oblativo como afirma Badiou (p. 116). Soy sincero, nunca he sabido explicar estos cambios y siempre he creído sencillamente que entre ambos cónyuges había una extraña complicidad sexual (que lo era también amorosa y “noblemente” sentimental); la propuesta con la que Badou construye a su heroína (una tonta que en los momentos difíciles era una mujer admirable) me parece tan probable como la mía propia aunque mucho menos contradictoria e inquietante. Es cierto que con tal propuesta Badou puede presentarnos una biografía cerrada y es capaz de explicar la inexplicable conducta de Madame de Sade, pero la apuesta por conseguir dar razón y entender todo lo contado (todo lo sucedido) se me antoja de un moralismo desagradable. El misterio aderezaría bien una biografía ficcionada sobre un personaje apasionante por lo que tiene de inexplicable.

El final del libro con genialidad se constituye como el final de todo: Sade decrépito; Madame de Sade cansada de su marido y de la propia vida; el hijo mayor envidioso hasta perder el rumbo de sus propios sentimientos; la hija pequeña es fea sin contemplaciones e inútil (tan sólo el segundo hijo da un destello de luz con su tierno cariño por ambos padres). No hay ya nada que contar. Nuestra heroína cae en el desasimiento (“la marquesa se ha curtido mucho respecto a su entorno. Es menos caritativa que en el pasado y casi indiferente a la suerte que corran sus hijos” [p. 94]) y la excitante contradicción que guio nuestra lectura de su biografía se apaga en una tragedia vulgar y sin historia. Aquí Baudel está muy acertado y es el momento de acabar con la vida biografiada, con la lectura y hasta con las ganas de seguir leyendo. Con un leve apunte, tal y como se presenta todo en este libro, el biógrafo de un modo genial avanza la clave para interpretar la vida de Madame de Sade: ella era Justine, la heroína del libro que el divino marqués más reelaboró (el que a mi modo de ver es la mejor representación de su obra); la marquesa “siempre ignorará que probablemente fue ella la verdadera inspiradora del personaje. ¿Quién mejor que ella hubiera podido encarnar a ojos del autor a la víctima absoluta, al modelo de mujer alienada por su pasividad de esclava, sometida a sus prejuicios” (p. 154) y quien mejor que ella para ser precisamente la heroína fuerte capaz de enfrentarse a cualquier libertino y establecer batalla contra él aun reconociendo que su combate está perdido de antemano.

Julio Seoane Pinilla

 

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