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Presentación

The Platonic Academy, the model of all educational institutions up to this very day, was founded, in times which resemble ours, not to serve but to be served, was founded not with regard to the wishes or needs of the practical order but against it. It did prepare its students, it seems, to a life never outside its own scope. It imposed upon them rules whose origin was not submission but rather opposition to the practical order. It did not try to descend to a lower level but rather to elevate the practical order to its own. It is perhaps unique in this respect. Its heritage is the very idea of education. For to educate a person, is to lead him out of those regions in which he cannot see the light.

[La Academia platónica, el modelo de todas las instituciones educativas hasta el día de hoy, no se fundó, en tiempos que se parecen a los nuestros, para servir sino para ser servida; no se fundó con la mirada puesta en los deseos ni en las necesidades de orden práctico, sino contra esos deseos y necesidades. Preparaba a sus estudiantes, al parecer, para una vida que nunca quedara fuera de su alcance. Les imponía reglas cuyo origen no era la sumisión, sino más bien la oposición al orden práctico. No trataba de descender a un nivel inferior, sino más bien de elevar el orden práctico al suyo. Tal vez sea única al respecto. Su legado es la idea misma de educación, pues educar a una persona es alejarla de las regiones en las que no puede ver la luz.]

Jacob Klein

Commencement of 1947. Delivered at the 155th Commencement of St. John’s College on June 9th, 1947

 

“Un libro —escribió Kant con la ingenuidad característica de la mentalidad ilustrada— es un escrito (es aquí indiferente si se registra con pluma o tipos, en pocas o muchas páginas) que, mediante signos lingüísticos visibles, representa un discurso que alguien dirige al público. El que habla al público en su propio nombre —sigue diciendo el autor de La metafísica de las costumbres— es el escritor (autor). El que habla públicamente a través de un escrito en nombre de otro (del autor) es el editor.”1 Nadie, probablemente, asociaría esta definición con la Ilíada o El hacedor: ¿se dirige μῆνις (menis), la primera palabra de la literatura occidental, a un público? ¿Quién escribió el ‘Poema de los dones’? ¿Reconocemos a ese “alguien” en la Biblia o en la poesía de Emily Dickinson o en el escritor cuyo lema era De nobis ipsis silemus? ¿Cuál es la ecdótica de Las mil y una noches, que incluye la lingua franca de sus traductores? ¿Son Hamlet o don Quijote o Ferdydurke el nombre de otro? ¿Sobrevive el libro a la muerte del autor? ¿Cómo hemos de leer los libretos de ópera, cuya temática va de la revisión de la mitología a las delicadas adaptaciones de Benjamin Britten, pasando por la totalidad wagneriana o la peculiar sofocación de la voz femenina en el verismo? ¿Es indiferente que un libro quede registrado electrónicamente o se presente de un modo cinemático?

Podríamos seguir planteando indefinidamente estas preguntas. La de Kant por el libro, sin embargo, se encuentra en un lugar muy concreto: su exposición del derecho privado, entre la pregunta por el dinero y los modos de adquisición de los objetos —adelantándose con ello a lo que ahora llamaríamos la industria cultural—, y, en ese extraño contexto para un libro (pero no más extraño que la biblioteca ciega en la hipálage de Borges), la visibilidad y la publicidad condicionan los sentidos de la recepción, tanto como la comprensión, de quien habla (¿o canta?) para un público. ¿Deben ser los libros visibles, o audibles, y públicos? ¿No hay enseñanzas esotéricas además de exotéricas, libros apócrifos, pseudoepigrafía? ¿Admite el derecho privado, en algún artículo de su ordenamiento, la soledad y el silencio más o menos responsables o sensibles del lector, como los que san Agustín descubrió en Milán una mañana al ver a su maestro leyendo? En la entrada de βίβλος (bíblos) en el diccionario leemos que la palabra designaba la corteza interior del papiro —la membrana de liber en latín, etimológicamente emparentada con “libre”—, con la advertencia de que traducirla por el familiar “libro” no debe hacernos olvidar que probablemente fuera para los griegos una palabra bárbara, si vale el oxímoron. El Fedro platónico ha registrado escrupulosamente todas estas inquietudes. En la primera entrada de Cultura y valor, fechada en 1914, Wittgenstein observaría el paso del “balbuceo inarticulado” (unartikuliertes Gurgeln) al habla. Las lenguas de fuego del Espíritu en Pentecostés despejan la confusión de Babel.

¿Qué es, entonces, un “gran libro”? Nuestro Máster en Grandes Libros (MGL) está pensado para plantear esta pregunta como la primera de muchas preguntas por el origen y desarrollo de la escritura y la lectura, por la manifestación literaria de “autores” que no solo se han dirigido a un público sino que, desde el principio, han formado el gusto de la comunidad textual y le han proporcionado, mediante la elaboración de un lenguaje común, el dialecto mismo de la vida, pero lo han hecho configurando, entre las cosas del mundo, un objeto que llamamos libro. (En la topografía del lenguaje hay colectivos humanos sin libro y solo poniendo entre paréntesis el futuro editorial es imaginable que esos colectivos hayan quedado atrás en la evolución de la vida civilizada.) Los estudiantes encontrarán, como en los programas de Grandes Libros que preceden al nuestro y lo inspiran —el de Columbia, el de la Universidad de Chicago y, sobre todo, el del St. John’s College en Annapolis—, una lista de lecturas bajo una serie de epígrafes que han procurado ser lo más liberales posible. Resulta difícil hablar de (i. e. leer) los grandes libros sin tener en cuenta lo que Goethe, una figura central en nuestras consideraciones, llamó Weltliteratur, “literatura universal” (un concepto que Marx pudo incluir rápidamente en su análisis del fetichismo), o sin seguir el rastro conceptual que vincula lo que los griegos llamaron logos con lo que muy pronto, gracias a las posibilidades de la traducción —en la que los griegos mismos no pensaron— se convirtió en scriptura e incluso en escritura sagrada. ¿Dicen lo mismo logos y verbum? ¿Se pierde el aura de la sacralidad con la traducción? El primer versículo del Evangelio de san Juan parece concebido para darle a los fragmentos del “libro” de Heráclito una ordenación definitiva que supere las tentativas del comentario con el privilegio del enunciado.2 Cualquiera que sea la distancia que la Revelación interponga entre el Espíritu (con mayúsculas) y los lectores, la educación liberal que Platón menciona por primera vez en la Carta VII es indisociable de una comunidad (διὰ δὲ ἐλευθέρας παιδείας κοινωνίαν, 334 b), que, aunque pueda necesitar la mediación de una institución interpretativa (desde las escuelas imperiales de retórica a la propia Iglesia católica, núcleo de las universidades), no puede perder nunca de vista el sentido de la humanidad o de las humanidades: reconocer al hombre en el hombre, por citar de nuevo a Wittgenstein. No es fortuito que “humanidades” siga remitiendo a la literatura en general y que la última denominación que recibió, antes de las destrucciones y deconstrucciones del siglo XX, fuera la de “Ciencias del Espíritu” (Geisteswissenschaften). Las tentativas de los Estudios Culturales contemporáneos no han borrado de su genealogía que cultura fuera la palabra con la que su inventor, Cicerón, atento lector de Platón, renunció a traducir la palabra “filosofía”, pudiendo de este modo conservarla (Tusculanas II 13).

Hay algo de menoscabo en recordar, con esta perspectiva, la lectura de Alonso Quijano o el “donoso escrutinio” y representarnos el público de Shakespeare en The Globe, y estamos tentados de darle la razón a los grandes críticos del bardo, desde el doctor Johnson a Charles Lamb o Harold Bloom, cuando insisten en que hemos de leer a Shakespeare, no verlo ni oírlo sobre la escena o en el cine. Emerson observó, sin embargo, que Shakespeare había escrito el texto de la vida moderna y que era él quien leía a sus lectores y no al revés. La vana disputa entre los partidarios de Cervantes y los de don Quijote no ayuda a leer mejor que los novelistas ingleses, de Fielding y Sterne a Dickens, que se negaron a aceptar la patética desaparición del caballero andante del mundo de lectores. De una manera tangible que no podemos separar del placer de la lectura pensamos en Borges como el lector natural de los Grandes Libros.

Sin embargo, el desencanto de don Quijote es la expresión literaria del desencanto mayor del mundo mediante la ciencia —el famoso diagnóstico de Max Weber—, que hizo del gran libro de la naturaleza el libro por antonomasia de la época moderna, relegando al olvido bibliotecas enteras. Pensemos, por ejemplo, en Descartes y la biblioteca de La Flèche, en el more geometrico de Spinoza frente a la gramática hebrea y la scriptura, en Próspero desprendiéndose de un libro cuando abjura de la magia. Merece la pena recordar el no menos famoso pasaje de Galileo:

La filosofia è scritta in questo grandissimo libro che continuamente ci sta aperto innanzi a gli occhi (io dico l’universo), ma non si può intendere se prima non s’impara a intender la lingua, e conoscer i caratteri, ne’ quali è scritto. Egli è scritto in lingua matematica, e i caratteri son triangoli, cerchi, ed altre figure geometriche, senza i quali mezi è impossibile a intenderne umanamente parola; senza questi è un aggirarsi vanamente per un oscuro laberinto.3

¿Son comparables, en un mismo registro de lectura, en una misma categoría de Grandes Libros, los sichtbare Sprachzeichen que constituían el libro kantiano con los caratteri… in lingua matematica del libro de Galileo? ¿Forma parte de esa lengua la metáfora del oscuro laberinto (que no necesita traducción al español y que no sería difícil encontrar en culteranos y conceptistas)? Que todo cuanto tenga que ver con la ciencia, con la comprensión humana, no haya podido desprenderse de la melancolía es, en cualquier caso, una clave de lectura de los modernos que no serviría para entender a los antiguos. El gran libro de la naturaleza puede estar escrito en caracteres matemáticos, pero los caracteres de las historias, el plural con el que se presenta desde Heródoto una serie de investigaciones que van alejándose de la naturaleza (Sócrates aún emplea la palabra en el momento decisivo de su segunda navegación), exigen una disposición de ánimo liberal capaz de albergar lo que va quedando atrás conforme se avanza. En este sentido, la mentalidad ilustrada de Edward Gibbon, cuya Historia de la declinación y caída del Imperio romano proponemos como master text de la escritura histórica, encontraría en las sucesivas divisiones constitutivas del Imperio la unidad de civilización en la que su libro, su gran libro, aspiraba a colmar las lagunas de la transmisión textual.

Cualquier estudioso de Bizancio, desde sir Steven Runciman hasta Averil Cameron, podría objetar que, al menos, la segunda mitad de la Declinación y caída no colmaba todas las lagunas. Gibbon publicó la primera entrega de su gran libro en 1776, una fecha crucial en el desarrollo de la historia de los Grandes Libros: Goethe se convertiría en funcionario del pequeño ducado de Weimar, alejándose desde entonces de Werther y acercándose a Fausto; Hume moriría tal vez demasiado joven, dejando una Autobiografía tan sucinta como ejemplar que impedía toda retractación; un envejecido Rousseau publicaría las Ensoñaciones del paseante solitario, un Diderot cada vez más radical y no menos solitario se asomaría a la vez a la historia antigua en su Vida de Séneca y al nuevo mundo en la Historia de las dos Indias, los Estados Unidos de América declararían su independencia —tal vez más semántica que política— y Adam Smith publicaría la Riqueza de las naciones, el gran libro del capitalismo. La reacción no se hizo esperar y, entre la Declaración de Independencia de Thomas Jefferson y la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, el Gran Estilo se apoderó de todas las producciones del espíritu. La declinación y caída en la que Gibbon veía asomarse la Ilustración de las naciones de Europa acabaría propiciando una Decadencia de Occidente que podría invertir el destino de los Grandes Libros: en lugar de captar lectores, los lectores han ido prefiriendo otros signos en otros lenguajes y, tras la totalidad de la Ópera (la obra por antonomasia) y el gran experimento cinematográfico, los vemos entre nosotros refugiados en el ensimismamiento de las innumerables series de internet. La obsesión de Griffith por Dickens se ha reducido a la adaptación de La isla misteriosa de Verne en la popular y nada despreciable Lost.

Sin embargo, los Grandes Libros se mantienen. No son el Libro Único, no son el Gran Libro de la Naturaleza, no son el Libro de la Vida ni “los demasiados libros” que Gabriel Zaid contabilizó. La desafortunada expresión de “las religiones del Libro” no ha obliterado la interpretación de las simpatías y diferencias, del círculo de la hermenéutica se sale con cierta facilidad y las leyes inmisericordes de la necesidad logográfica, como escribió un comentarista de Platón, siguen siendo saludables. Los seres humanos aprenden de muchas formas y aprender leyendo es una de ellas. Aprendemos leyendo cuando reconocemos que no sabemos y que alguien sabe y que su saber se ha plasmado por escrito; quién sea ese alguien que aumentará nuestro saber (literalmente el autor) y dónde se encuentran sus enseñanzas son, en sí mismas, preguntas que nos orientan al buscar a los mejores maestros, a quienes nos enseñan a leer cuando nos leen.

El MGL es la continuación natural del estudio de las Humanidades y una preparación adecuada para su desempeño en la vida. La lectura de los Grandes Libros —atenta, exigente, lenta, significativa, inolvidable— es la prueba de todo estudiante, que se mide con el material mismo del que está hecha la cultura: el libro, los Grandes Libros.

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El MGL ofrece un plan de estudios centrado en los Grandes Libros y en las grandes conversaciones que esos libros han suscitado a lo largo de la historia. Para ello pone a disposición del estudiante una lista de libros que incluyen obras clásicas de filosofía, literatura, ciencias sociales y políticas, historia, religión, economía, física, biología, astronomía, estética, música o lingüística y todos los recursos técnicos necesarios para llevar a cabo este curso online, puesto que nuestra pedagogía se adapta perfectamente al formato virtual del webinar, en el que es posible la conversación del profesor con los alumnos. El libro fue desde el principio una nueva tecnología y no ha dejado de serlo.

Los seminarios de Grandes Libros (Great Books) de John Erksine en la Universidad de Columbia (que comenzaron en 1917 y aún se mantienen en su Core Curriculum) inspiraron el experimento fundacional de la educación liberal superior en los Estados Unidos. Mortimer Adler, alumno de Erksine, los implantó junto con Robert Hutchinson en la Universidad de Chicago en los años treinta del siglo XX y el St. John’s College de Annapolis les daría su máxima expresión a partir de 1937, coincidiendo con la llegada de Jacob Klein a su decanato. El Nuevo Programa de Grandes Libros desarrollado por Stringfellow Barr y Scott Buchanan constituye el corazón mismo de esta comunidad de aprendizaje que sumerge a sus estudiantes en la lectura de los Grandes Libros y en una conversación entre ellos. Con una oferta de estudios de pregrado y cuatro modalidades de titulación en Artes Liberales de cuatro años de formación, el St. Johns’s College es la institución educativa de referencia en la implantación del programa de Grandes Libros en el mundo. El éxito de su planteamiento ha permitido la apertura en 1968 de una segunda sede en Santa Fe (Nuevo México) y favorecido la proliferación de los Liberal Arts Colleges en los Estados Unidos, siendo actualmente muchas las universidades que ofrecen el programa de Grandes Libros, con distintos nombres, entre sus planes de estudio común a todos los grados, con una notable aceptación por su elevado índice de impacto en el factor de empleabilidad de los estudiantes. Cursar un programa de Grandes Libros hace de los estudiantes mejores personas y profesionales más capaces, cualquiera que sea su orientación en la vida. Esa era la idea de la virtud.

El objetivo de nuestro MGL es proporcionar una educación superior verdaderamente integral a través de un curso de posgrado de un año de duración, único en el ámbito de las universidades en lengua española y con una naturaleza experimental y precursora que se apoya en el precedente de los seminarios sobre Grandes Libros de la torre del Virrey. Instituto de Estudios Culturales Avanzados, que se celebran desde 2014. Los estudiantes que obtengan el MGL habrán formulado y respondido a preguntas fundamentales sobre sí mismos —siguiendo la pauta socrática de que solo merece la pena vivirse una vida examinada— y sobre su mundo leyendo y discutiendo los Grandes Libros. Nuestros estudiantes serán profesionales en cualquier campo que traten de mejorar sus carreras, académicos que busquen una inmersión rigurosa en el pensamiento interdisciplinario y adultos interesados en investigar las raíces de los problemas de la actualidad —de la misma vida civilizada— a través de una investigación y conversación reflexivas.4

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1 Immanuel Kant, Metaphysik der Sitten, Akademie Ausgabe, VI 289 (‘Was ist ein Buch?’). Tomaremos prestada de Kant la frase central de su pregunta por la Ilustración para hablar del “mundo de lectores” (Leserwelt) en Shakespeare y Borges (AA, VIII 37). La Akademie Ausgabe está disponible online en https://korpora.zim.uni-duisburg-essen.de/Kant/verzeichnisse-gesamt.html.

2 Agustín García Calvo se refirió expresamente al “libro” de Heráclito en su memorable Razón común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heraclito, Lucina, Madrid, 1985. Pero no pensamos en el libro, sino en el poema de Parménides.

3 Il Saggiatore, en Opere di Galileo Galilei, Ricciardi editore, Milán, 1953, disponible en https://sites.icmc.usp.br/andcarva/Il_Saggiatore.pdf. Poco antes Galileo desdeña que la filosofía “sea un libro y una fantasía humana, como la Ilíada y el Orlando furioso, libros en los que lo menos importante es que lo escrito sea verdadero”.

4 Véase Avi I. Mintz, Plato: Images, Aims, and Practices of Education, Springer, Cham, 2018, p. 43: “Lo que estos seminarios [Columbia, Chicago, St. John’s] tenían en común era que se basaban en la creencia de que a) los estudiantes aprenderían mejor participando en conversaciones, b) que participar en esas conversaciones cultivaría la clase de disposiciones que capacitaría a los estudiantes para reflexionar críticamente sobre otras exigencias e ideas que encontraran tanto dentro como fuera del aula y c) que esas discusiones arraigaban en un gran texto compartido y estimulante”. Para la relación entre los Grandes Libros y la educación liberal, véanse Manuel Vela Rodríguez, ‘Filosofía y educación liberal’, en Parerga 1 (2013, http://www.parerga.net/?article=filosofia-y-educacion-liberal), y la ponencia de José María Jiménez Caballero sobre ‘El concepto de educación liberal’ en el quinto seminario de Filópolis de la Escuela de Filosofía del Ateneo (2020, https://www.ateneovalencia.es/el-concepto-de-educacion-liberal/). Véanse también los seminarios de Grandes Libros de la torre del Virrey. Instituto de Estudios Culturales Avanzados: https://www.youtube.com/c/LatorredelVirrey/videos.