Por la libertad

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ABRAHAM LINCOLN, Por la libertad. Citas republicanas, traducción de Francisco García Lorenzana, Plataforma Editorial, Barcelona, 2015, 153 pp. ISBN 978-84-16256-97-6.

Walt Whitman escribió que Abraham Lincoln es la personalidad moral y artística de los tiempos modernos. El culto de la personalidad significaba para Whitman la introducción a la democracia, que había ocupado un lugar central tanto en el proceso de independencia y la constitución de los Estados Unidos como en la escritura constitucional americana, cuyo contenido estaba esencialmente implícito y disperso en la propia historia no solo de la literatura. Pero la perspectiva democrática de Whitman apela a lo que Emerson llamaría la conducta de la vida más que al mundo de la política, dos aspectos inseparables que, sin embargo, solo se corresponden idealmente en la práctica. Lincoln declararía como presidente electo que iba a “emprender una tarea mayor de la que le esperaba a Washington” (p. 21).

Por la libertad. Citas republicanas es una edición conmemorativa que, con motivo del aniversario de la muerte de Lincoln, recoge en una breve antología una pequeña muestra del principio literario y político que guía las páginas de la vida de Lincoln, cuyas secciones o capítulos, a cargo del preparador de la edición, comprenden en orden ‘Vida y carácter’, ‘Educación y consejo para los jóvenes’, ‘Religión y moralidad’, ‘Libertad y Constitución’, ‘Política y políticos’, ‘La Presidencia’, ‘Secesión’, ‘La esclavitud y la Proclama de Emancipación’, ‘La Guerra’ —la parte más extensa del libro—, ‘Explicar historias y pronunciar discursos’, y ‘Legado: dos discursos para la historia’, que corresponden al Discurso de Gettysburg y el Segundo Discurso de Investidura.

Basta recordar la figura de George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, para advertir el carácter irrepetible tanto de la personalidad o el genio como de la democracia americana. Lincoln había sido el primer presidente republicano. Por el contrario, Emerson podía ser conocido como el filósofo de la democracia sin incluir a Washington entre los hombres representativos ni al propio Lincoln debido a la necesidad del mero pathos de la distancia. La referencia de Lincoln a Washington confirmaría, no obstante, la incapacidad de la Constitución para prever la esclavitud como un posible motivo de la Secesión en lugar de la estabilidad que presumía, por lo que era un claro síntoma tanto del retroceso como del progreso en la historia. Lo que estaba en juego era la fidelidad al papel original de la fundación, es decir, la creación y la originalidad de una literatura que luego acabaría por configurar y asumir la tarea de revisar la aspiración democrática de los Estados Unidos, en un círculo de lecturas ad infinitum.

La refinada ironía y el agudo sentido del humor de Lincoln eran un síntoma inevitable de la busca de la verdad, sobre todo, como respuesta a la soberanía popular contraria a la Constitución, en la que Lincoln veía reflejada la tesis de una “mentira evidente por sí misma” (p. 49). Sin embargo, el principio por el que todos los hombres son creados iguales dejaría de ser una “verdad evidente por sí misma” desde el preciso momento en el que el curso de la historia no ha contemplado el olvido del pasado: la posibilidad de que toda una nación, definida principalmente por su juventud e inexperiencia, pudiera haber olvidado el pasado reciente, corroboraría el hecho de que el gobierno de sí mismo ha sido incompatible con el gobierno de los otros desde el principio y, con el paso del tiempo, se ha visto cada vez más justificado por la voluntad de la mayoría. En otras palabras, una verdad evidente por sí misma podría ser una mentira, igual que una mentira evidente por sí misma puede ser una verdad.

No era lo mismo salvaguardar que conservar la libertad, en la misma medida en que la Unión era anterior a la Constitución, y no al revés. El objetivo principal de Lincoln era, por tanto, salvar la Unión incluso a costa de preservar la esclavitud, pero la tarea de poner fin a la esclavitud ayudaría a salvar la Unión en consideración no solo con el hombre negro. Sin embargo, la opinión pública según la cual solo tiene sentido salvar la Unión si se acaba con la esclavitud era absurda en su mismo principio al omitir que la Unión era más antigua que la Constitución: de hecho, tras la mención de “Nosotros, el pueblo”, la Constitución nace, en primer lugar, y antes que nada, con el compromiso de “formar una Unión más perfecta”. La esencia de la Secesión era, por el contrario, la anarquía (pp. 103-105). De esta manera, la Unión no solo constituye, con más razón aún, la respuesta natural a la Secesión, sino fundamentalmente la expresión de la voluntad de la mayoría. Lincoln entendía como anarquía, por extraño que parezca, la voluntad de una minoría —realmente no constituida— cuya existencia y disposición no comprende la maquinaria del Estado, no por el peligro de derrocar al gobierno, sino porque el Estado siempre ha de permanecer, lo que otorgaba carácter de perpetuidad a la Unión entonces y ahora. Lincoln se limitaría a recordar que, fuera de la Unión, no existe legalmente ni de acuerdo con la Constitución ningún Estado, sino que la Unión hizo posible la independencia de cada uno de los Estados y, en consecuencia, todos deben su status y pervivencia a la Unión o, mejor, a la pervivencia de la Unión.

Antonio Fernández Díez

 

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