Perspectivas democráticas y otros escritos

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WALT WHITMAN, Perspectivas democráticas y otros escritos, Capitán Swing, Madrid, 2013, 384 pp. ISBN 978-84-940985-8-1.

Según el propio Whitman, la redacción y publicación de Perspectivas democráticas (Democratic Vistas) surgió con el propósito de poner de manifiesto, por medio de una serie de memorándums, el resultado de la observación de la vida democrática, y no del estudio de la economía política, para los que estuvieran interesados en la relación entre “las aspiraciones y convicciones democráticas” y “la tosquedad, los vicios, los caprichos del pueblo”, a fin de enfrentar “los espantosos peligros del sufragio universal” en Norteamérica.[1]

       Publicado como libro en 1871, e incluido en la edición póstuma de las Obras completas en prosa en 1892, la escritura de Perspectivas democráticas, a medio camino entre el artículo periodístico y el ensayo filosófico, era eminentemente política y encontraba su origen en la serie de panfletos que Whitman enviaría al magazine The Galaxy y que correspondían, respectivamente, a los títulos ‘Democracia’ (‘Democracy’), ‘Personalismo’ (‘Personalism’) y ‘Literatura órbica’ (‘Orbic Literature’), publicados entre 1867 y 1868.[2]

       Sin embargo, no sería hasta 1920, casi medio siglo después de la advertencia de Whitman, cuando el congreso de los Estados Unidos habría de ratificar el sufragio universal. La democracia americana, en cambio, estaba destinada desde el principio a “dominar el mundo entero”. El dilema moral que planteaba la propia historia de la democracia debería llevar a superar “la espléndida historia del feudalismo” o, por el contrario, a demostrar “el más tremendo fracaso en el tiempo”.

       El clima o discusión que Whitman trataría de reiterar en Perspectivas democráticas hacía referencia, tanto implícita como explícitamente, a la crítica de la democracia que tenía que ver en gran parte con la laguna que Thomas Carlyle había señalado antes en la democracia más joven y más prometedora del mundo moderno en su artículo ‘El Niágara disparado, ¿y después?’ (‘Shooting Niagara, and after?’).[3] Aunque Carlyle era paradigmáticamente un profeta para Whitman —“la mente más erudita y sincera de Europa”, y su obra literaria constituía “la más indignada protesta contra los frutos del feudalismo”, algo que podría ser atribuido a Nietzsche con conocimiento de causa un siglo después—, únicamente la lectura de Hegel sería capaz de contrarrestar el pesimismo implícito de Carlyle.[4] La filosofía de Hegel representaba por primera vez la relación adecuada entre los objetos, con la perspectiva de la completud a la que habría de aspirar la ciencia como mímesis de la teología. De la crítica feroz de Carlyle a la democracia Whitman extraería, en consecuencia, la premisa del cambio para el futuro: la práctica política debía encontrar, entre la historia y la literatura, entre la democracia y la cultura, el principio moral o término medio del progreso vinculado a la naturaleza, de la misma manera que la personalidad, o el carácter, determinaba la experiencia, o el destino, de cada individuo, tratando de revitalizar y restablecer la democracia en Norteamérica en la estela del unionismo de Abraham Lincoln, “la más característica y artística personalidad moral”.[5]

       La filosofía y la democracia, al contrario de lo que había demostrado la historia, serían compatibles en la medida en que el individuo y el mundo “nos hemos comprendido mutuamente”. Tanto la inmensa variedad de carácter como “el margen total para la expansión de la naturaleza humana” que proporcionarían el Nuevo Mundo hacían alusión, respectivamente, a la obra clásica Sobre la libertad de John Stuart Mill y a los Ensayos de Ralph Waldo Emerson, del que Whitman solo tendría palabras de admiración durante toda su vida. La perspectiva sobre la democracia de Whitman era tan antigua como la relación original con el universo que Emerson reivindicaba en su primer ensayo titulado ‘Naturaleza’ (‘Nature’), pero no más antigua que la propia democracia, y es que parecía comprender la identidad —independientemente de cualquier ideología y prefigurando la obra ulterior del filósofo John Dewey, inspirada en gran medida por la escritura de Emerson— de la naturaleza y la experiencia en medio de un clima de “contrapartidas”.[6]

       Frente al avance del progreso y la expansión de la frontera, paralelamente al principio de una sociedad mejor y la ausencia del valor en el individuo, la filosofía y la democracia solo serían compatibles en la medida en que el ocio estuviera permitido, en que el filósofo de la democracia —tal como el filósofo político Goerge Kateb había calificado a Whitman en la primera línea de su conocido artículo ‘Walt Whitman y la cultura de la democracia’, que aparece ahora por primera vez en la Introducción a una edición española[7]—, la filosofía y la democracia serían compatibles, entonces, como decía, en la medida en que el filósofo de la democracia fuera capaz de extraer el otium del negotium, el ocio del negocio.

      La posibilidad de leer Perspectivas democráticas como un acto independiente o extraordinariamente libre de escritura, tal como sucedía con Hojas de hierba en calidad de poeta, estaría facilitada, en mi opinión, por la omisión deliberada de Montaigne en las notas de Whitman, tal vez inadvertida para el lector: “Me doy por satisfecho —escribió el propio Whitman— si logro mostrar indirectamente que el tema y yo nos hemos encontrado y confundido, aunque sea una sola vez”.[8] En la Nota que servía de prólogo a sus Ensayos, Montaigne advertiría al lector, como después hizo Whitman, de que “yo soy la materia de mi libro”.[9] Y en otra parte: “Escribo precisamente sobre mí y sobre mis escritos, y mi tema se vuelve sobre sí mismo”. El círculo de lecturas que va desde Montaigne hasta Whitman a través de Emerson, que habría de ser el verdadero filósofo y profeta de la democracia y no Carlyle ni Whitman, situaría a Montaigne como el auténtico precursor de Emerson. La experiencia de los Ensayos dejaba entrever especialmente la aparente paradoja de la total identificación del autor con su tema. Igual que Emerson y Montaigne, Whitman se limitaría a hablar de sí mismo o de su propia experiencia, mostrando el poder de la influencia de la biografía a través de la democracia, y de sus Perspectivas democráticas.

      La educación democrática de Norteamérica en particular, inspirada en la visión de la democracia profética de Whitman, aspiraría a ser la expresión moderna de la libertad del estado natural de que gozaron los primeros nativos americanos. En respuesta al espíritu de la época, la democracia profética trataría de transcribir los rasgos del mundo moderno en el culto de la personalidad, con la intuición o experiencia de un nuevo mundo aún por descubrir. La personalidad apela al genio por definición, no al ídolo. El culto de la personalidad resulta paralelo al nacimiento de la nación y, en consecuencia, el interés por la creación de una gran “literatura original” había de corregir en primer lugar el egocentrismo de la personalidad, permitiendo diferenciar sabiamente entre democracia y tiranía o imperialismo. Recuérdese que el artículo titulado ‘Personalismo’ —la teoría de la personalidad del propio Whitman— fue originalmente publicado entre ‘Democracia’ —el asunto central de la serie— y ‘Literatura órbica’, cerrando así un círculo de escritura no tan desconocido para el lector de Emerson.[10]

       El anhelo de realidad que querría reflejar la ética de la literatura, presente en las enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos, pondría a prueba la fe en los acontecimientos del presente, mostrando que tanto la fe como la democracia —la fe en la democracia— era circunstancial o casual. En consecuencia, la naturaleza de la escritura significa un acto de fe no solo en el poder de las palabras, sino en el valor de la democracia como una prueba del propósito de enmienda que requerían las circunstancias mismas. Entonces la literatura órbica constituía la compensación perfecta por la creación, donde la democracia aparece como el estado ideal para crear.

     La literatura de la imaginación, al contrario de lo que creería el crítico literario Harold Bloom, comprendía la unidad inseparable, como en el caso de la personalidad de Lincoln, de la conciencia estética y moral, permitiendo que la ética literaria y la experiencia estética de las Perspectivas democráticas resultaran afines. Las Perspectivas democráticas de Whitman representan a la perfección el significado de la escritura como un acto de independencia que refleja indistintamente tanto al individuo como a la sociedad, en una clara muestra de fe en la democracia. El valor democrático de las páginas de Whitman es emancipador para el lector. Se trata, en conclusión, de una experiencia estética afín a la ética literaria que ha fundado una nación, los Estados Unidos de América.

Antonio Fernández Díez


 

[1] Whitman, Perspectivas democráticas y otros escritos, introd. de George Kateb y trad. de J. Pardo y C. Zotti, Capitán Swing, Madrid, 2013, pp. 59-61. Esta reseña es el principio de un ensayo de próxima aparición en la Revista de Libros de La Torre del Virrey.

[2] Robert J. Scholnick, ‘“Culture” or Democracy: Whitman, Eugene Benson, and The Galaxy’, en Walt Whitman Quarterly Review, Vol. 13, No 4 (1996), pp. 189-198. http://ir.uiowa.edu/wwqr/vol13/iss4/2/ Harold Aspiz, ‘Another early review of Democratic Vistas’, en Walt Whitman Quarterly Review, Vol. 2, No. 4 (1985), pp. 31-35. http://ir.uiowa.edu/wwqr/vol2/iss4/4/

[3] Carlyle, ‘Shooting Niagara, and after?’, en Macmillan’s Magazine,Edinburgh, Vol. XVI, April 1867.20/2/2015. http://www.efm.bris.ac.uk/het/carlyle/shooting.htm

[4] Perspectivas democráticas, pp. 334 y ss.

[5] Ídem, p. 220.

[6] Ídem, p. 59. Las contrapartidas literarias o filosóficas, así como políticas, a las que se refería Whitman expresan la moda o tendencia moderna a dar prioridad a la sociedad sobre el individuo. Una de las contrapartidas de Emerson la constituiría el hecho de no haber incluido a Washington ni a Whitman, el padre y el poeta de la nación, respectivamente, en su obra Hombres representativos, donde Napoelón y Shakespeare ocuparían sus lugares. Véase también, por ejemplo, el ensayo de Thoreau, ‘Reforma y reformistas’, en Henry David Thoreau, El manantial. Escritos de desobediencia civil, ed. y pres. de A. Lastra y trad. de Antonio F. Díez y Jº Mª Jiménez, Página Indómita, Madrid, 2015 (en curso de publicación).

[7]Kateb, ‘Walt Whitman and the culture of democracy’, en Political Theory, Vol. 18, No 4/November 1990, pp. 545-600. (‘Walt Whitman y la cultura de la democracia’, pp. 19-59.) Kateb explicaría que la relación de Whitman con el mundo exterior, así como la proyección ideal de su propia personalidad en los otros, se debe tanto a la “exaltación incesante” —misticismo— como a la “autorrealización absoluta” —individualismo. Sin embargo, la denominación de filósofo de la democracia fue utilizada por primera vez por John Dewey en referencia al filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson —“la identidad del ser, incondicional e inmutable, con el carácter”—, que fue el maestro y educador de Whitman y sería el precursor natural del propio Dewey, así como el padre de la cultura intelectual de los Estados Unidos, el american scholar por naturaleza propia, en términos del propio Emerson. Según Dewey, solo el nombre de Emerson podía ser pronunciado en América junto al de Platón. Emerson habría sido crítico, escritor, filósofo, “más que un filósofo”, poeta, hacedor, metafísico, artista, pensador, “el profeta y el heraldo de cualquier sistema que la democracia haya de construir y abrazar”, “el primer y ya casi el único cristiano del intelecto”, por nombrar solo algunos ejemplos. Véase Dewey, “Emerson, filósofo de la democracia”, en ‘Estudios americanos’, La Torre del Virrey. Revista de Estudios Culturales, No.14, 2013/2, L’Eliana, Valencia, pp. 5-7. http://latorredelvirrey.org/ltv/?p=473

[8] Perspectivas democráticas, p. 256.

[9] Montaigne, ‘De la experiencia’, en Ensayos completos, trad. de Mª Dolores Picazo, Colección Biblioteca Aurea, Cátedra, Madrid, 2003, pp. 1012 y ss.

[10] Para la influencia de Emerson como precursor del arte de escribir de Whitman, véase Emerson, ‘Círculos’, en Ensayos, trad. de J. Alcoriza, Cátedra, Madrid, 2014.

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