Para ellos, no tengo nombre

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VICENTE RONCERO, Para ellos, no tengo nombre, Carena, Valencia, 2014, 344 pp. ISBN: 978-84-92932-82-5.


La editorial Carena publicó en octubre de 2013 la obra que presentamos hoy: Para ellos, no tengo nombre, de Vicente Roncero (1960), compositor y pedagogo oriundo de Valencia. Se trata de su primera novela, aunque no de su primer libro (en el campo de la didáctica musical, por ejemplo, ya había publicado una Teoría del lenguaje musical), para la que ha elegido la forma de relatos relativamente independientes, como ahora veremos, y cuya trabazón se va descubriendo durante el desarrollo de la novela.

El narrador principal es un solitario archivero de orquesta, que gana un sueldo miserable y a quien todos ignoran: ese al que todos necesitan pero menosprecian y a quien confían, sin saberlo, sus secretos. “Ninguno sabe cómo me llamo”, se lamenta al inicio, pero él es quizá el verdadero protagonista, aunque hable de los demás: su narración introduce las propias palabras y discursos del resto de personajes, dando unidad a la sinfonía de músicos que, sin percatarse del archivero, van dejando pistas sobre sus vidas, esperanzas y temores. “Para ellos –nos cuenta– sólo soy el archivero. Nada más. Pero yo les conozco muy bien a todos. Sé sus nombres y…, más cosas: sé dónde viven, a qué se dedican, cuáles son sus aficiones; lo sé todo sobre ellos. ¡Ya lo creo! Les observo cada día en los ensayos, en cada concierto. No pueden hacerse una idea de lo que esconden”.

Cada narración –un total de doce (contando la Coda), como las notas musicales de la escala occidental– lleva un epígrafe de apertura que introduce a uno de los protagonistas, empezando por la primera de ellas, que da título al libro y es aquella donde se presenta el huraño archivero:

– “Para ellos, no tengo nombre”.

– “No sabes lo feliz que me haces”.

–  “La partícula divina”.

–  “Todo es lo que parece. Causa y efecto. Primera parte”.

–  “Philippe Dubois. Clarinete”.

–  “Nada es un sueño. Causa y efecto. Segunda parte”.

–  “La Hermandad”.

–  “Vera Alenda. Una larga conversación”.

–  “El coleccionista de armas”.

–  “El cultivador de bonsáis”.

–  “Ensayo de orquesta”.

–  “Coda”.

El desvalido servidor al que todos ignoran, odia y querría desenmascarar a sus músicos, de los que, sin embargo, parece haberse entusiasmado: “No pueden imaginar la emoción que siento cuando les escucho afinar”. Ellos mismos han dado nombre a la formación, la Orquesta Filarmónica del Paradigma Universal, un nombre rimbombante que esconde extraños secretos; son los dueños de su propia orquesta y se encargan de administrar las ganancias y los gastos, y son también ellos los que hablan en cada relato, en primera persona del singular, por mucho que nosotros intuyamos que, en realidad, el narrador omnisciente –y quizá distorsionador, como los espejos cóncavos y convexos de la literatura esperpéntica– es el propio archivero. Al menos, es él quien interrumpe la narración de vez en cuando (el autor escribe en cursivas estos incisos) para aclarar datos biográficos y psicológicos de los personajes.

La novela está escrita en un lenguaje sencillo y ameno; no habla sólo de músicos, ni se centra en los pormenores que cualquiera podría esperar de una orquesta. Los lectores verán ante sus ojos una cohorte de historias retorcidas y, en ocasiones, obscenas: como esa funda de contrabajo que sirve a un recién despedido médico forense –y contrabajista, por supuesto– para introducir a su propia madre muerta, a quien después diseca como hábil taxidermista, llevándola a su casa y vistiéndola de nuevo, en una historia que nos recuerda inevitablemente a Norman Bates en Psicosis (1960). O ese físico entregado a la fe y el confesionario que, hastiado quizá de la letra muerta del pentagrama y el tratado científico, se abandona al onanismo en unos grandes almacenes, contemplándose en el espejo de un probador tras visualizar a una dependienta acariciar la lencería.

Y, a pesar de todo, el amor aparece también en estas páginas, en los ojos negros de la arpista, la argentina Vera Alenda. El archivero está enamorado de ella, una joven de veintisiete años que no se distingue del resto de la orquesta en cuanto a su indiferencia por él, pero a la que él está empeñado en considerar distinta hasta unos límites insospechados: “sé que me querrá; que llegará a conocerme; que me aceptará como soy”. El archivero siempre se encarga de su atril y su silla en primer lugar, como había hecho en el pasado con el resto de arpistas, por las que siempre siente una debilidad especial. Pero, ¿quién es Vera Alenda? El archivero parece no saber tanto de ella como del resto, de quien ha afirmado saberlo “todo”. ¿Realmente es ella diferente, es ella una excepción a la inmundicia y sordidez que plaga la novela, o ésa es solamente la visión distorsionada del archivero?

Estamos ante una terrible orquesta –“el peor de los infiernos”– que, en muchos casos, conseguirá lo que se propone: que el lector vuelque sus ojos hacia ella y se olvide de sí mismo, como le sucede al archivero, a quien finalmente también se ignorará: “quería hablarles de mí y ellos han vuelto a colarse”. Pero, ¿será verdad que, tras leer la novela, no volveremos a ver una orquesta con los mismos ojos?

Daniel Martín Sáez

 

 

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