Ontología del Otro: Reflexiones sobre la filosofía de Michel de Certeau

Johannes Siapkas Índice/Summarypdf

INTRODUCCIÓN [1]. La noción del Otro ha estado en el foco de atención de las humanidades y las ciencias sociales desde la década de 1980. Se introdujo con el giro cultural y desde entonces ha tenido una amplia repercusión. El giro cultural se ha transformado recientemente en la ontología relacional y a pesar de las diferencias epistemológicas entre el giro cultural y la reciente ontología relacional, el Otro permanece como una idea clave. Esta idea ha sido adoptada de distintas formas y tiene varias genealogías que se entrecruzan. Michel de Certeau contribuyó significativamente al desarrollo de la noción del Otro.

En este artículo quisiera explicar la historiografía y la teoría cultural de Certeau y asociar la idea del Otro con su enfoque característico. Además, trataré de situar la perspectiva de Certeau en ambientes académicos y discursos intelectuales más amplios. En otras palabras, mi propósito es mejorar nuestra comprensión de una epistemología de las prácticas relacionales que se guía por el pensamiento a través del Otro.

Mi comprensión de la obra de Certeau difiere en algunos aspectos de las interpretaciones establecidas. Numerosos analistas defienden una diferencia paradigmática entre la sociología y la historiografía de Certeau, pero en mi opinión, esta división no es fundamental en su obra. Varios de sus conceptos sociológicos tempranos, sobre todo los de estrategia, táctica y heterología, son también pertinentes para su historiografía. El foco de la perspectiva de Certeau se sitúa en las oscilaciones entre una crítica de la ciencia normativa y la introducción de una posición académica —la heterología— que se esfuerza por hacer frente a las deficiencias del estudio normativo.

Leo a Certeau como arqueólogo clásico e historiador de la Antigüedad; además, vivo en una sociedad protestante secularizada, y recibí una educación secular greco-ortodoxa, por lo que la dimensión católica jesuita de la obra de Certeau tiene para mí una importancia menor.[2] Me limitaré aquí a explicar sus escritos teóricos historiográficos y culturales y, en resumen, de acuerdo con la descripción de Certeau de su propio trabajo como un proyecto inacabado que abre posibilidades para seguir investigando, mi intención no es aplicar sus teorías en sentido estricto, sino más bien adoptarlas, citando y refiriéndome a su obra para presentar un argumento, lo que implica un relevo en su trabajo.[3]

 

Prácticas y tácticas. En su teoría cultural, Certeau hace hincapié en lo que la gente corriente hace en su vida cotidiana. Para él, la cultura está constituida en última instancia por las prácticas de los agentes y en su opinión todo se puede considerar como prácticas: los agentes —los individuos— son la suma de sus prácticas, pero también las estructuras, las ideologías y los discursos son sumas de prácticas. De este modo, Certeau desestabiliza componentes que en perspectivas normativas a menudo son vistos como entidades nítidas y fijas: según él, los agentes y estructuras son variables. Las prácticas tienen una cualidad ontológica para Certeau ya que las conceptualiza como constitutivas y son a la vez el medio y el fin de su teoría cultural. No son actividades finitas sino más bien combinaciones en curso y apropiaciones[4] que también incluyen una dimensión relacional —puesto que se consideran como apropiaciones— y que no se llevan a cabo de forma aislada, sino que afectan a las estructuras preexistentes; las prácticas transforman y reformulan los significados.[5] Certeau hizo una célebre distinción entre prácticas de carácter estratégico y prácticas de carácter táctico:

Llamo ‘estrategia’ al cálculo de relaciones de fuerzas que se vuelve posible a partir del momento en que un sujeto de voluntad y de poder es susceptible de aislarse en un ‘ambiente’. La estrategia postula un lugar susceptible de circunscribirse como un lugar propio y luego servir de base a un manejo de sus relaciones con una exterioridad distinta (IC XLIX-L).

Las prácticas estratégicas se originan en y desde posiciones de poder y se dirigen a estructuras y agentes externos. La espacialización, la separación entre el lugar desde donde se originan las prácticas estratégicas y las estructuras sobre las que se llevan a cabo es una cualidad determinante de las estrategias y contribuye a sostener relaciones de poder asimétricas. En efecto, Certeau apunta a un rasgo característico de la modernidad: las prácticas estratégicas son las prácticas llevadas a cabo por las autoridades en los Estados-nación modernos. Certeau considera la historia y la ciencia normativas modernas como ejemplos paradigmáticos de estrategia y relaciona los conceptos sociológicos con la ciencia.

La estrategia se contrapone a las tácticas: “una táctica es una acción calculada determinada por la ausencia de una posición sólida […] El ámbito de la táctica es el espacio del otro […] Lo que consigue no se puede mantener […] En resumen, la táctica es una habilidad de los débiles.”[6] Las prácticas tácticas, en otras palabras, carecen de poder puesto que no ejercen poder sobre Otros. Las tácticas son más bien prácticas de apropiación, que sirven para redefinir el tejido de la estrategia. Las tácticas son el reverso de las estrategias ya que no son prácticas hegemónicas sobre otros, sino re-acciones que adoptan y redefinen cosas ya existentes: el significado es el uso. Además, Certeau mantiene la dimensión espacial de las prácticas como una cualidad determinante: las prácticas estratégicas están asociadas a la noción de situación, que implica una demarcación. Por el contrario, las tácticas se asocian con el espacio, que no es nítido y delimitado, sino que más bien representa una redefinición de elementos ya existentes. Se crea un espacio mediante tácticas de apropiación: se trata de las grietas producidas en el tejido social mediante tácticas.

Certeau pone como ejemplo de táctica la argucia del escamoteo.[7] El escamoteo es el conjunto de las actividades en las que los trabajadores hacen cosas para sí mismos en el trabajo, utilizando material de desecho de su lugar de trabajo y haciendo cosas personales en horas de trabajo. Un ejemplo típico sería un carpintero que recogiese la madera sobrante para, por ejemplo, hacer una mesa para su casa. En el arte del escamoteo el agente no toma tanto el material (que de todos modos es material de desecho) como el tiempo del patrón. Al dedicarse a eso, el agente crea un espacio para sus necesidades aprovechando una oportunidad en la estrategia. El escamoteo es una táctica: el orden se ve burlado. Esto no representa un vano intento de resistencia con la intención de rebelarse contra el sistema y trastocarlo, sino que es más bien una actividad evasiva, una apropiación y un uso del orden dominante para otros fines no previstos por los productores, lo que sirve para ilustrar el carácter esquivo de la práctica cotidiana.[8] Como Claire Colebrook señala, la táctica es una cuestión de perspectiva: una práctica no es táctica a menos que se perciba como tal, es decir, desde un punto de vista estratégico el escamoteo, la apropiación táctica, puede hasta pasar desapercibida o ser vista como acatamiento del orden estratégico.[9]

Otro ejemplo de táctica se encuentra en el ensayo que Certeau dedica a caminar por la ciudad. A través de una reflexión sobre cómo la gente usa la estrategia de la ciudad (es decir, los itinerarios planeados que los proyectistas de la ciudad conciben y construyen), Certeau ilustra el carácter esquivo de la práctica. Los viandantes, siguiendo sus caminos individuales y eludiendo las rutas previstas, construyen su propio sentido del espacio a través de la operación táctica de caminar. La pluralidad de las trayectorias de los peatones resume lo efímero de la táctica. Las trayectorias tácticas son invisibles, por así decirlo, desde la posición propia de la estrategia (IC 40-48). Crucialmente, Certeau concibe también la lectura como práctica táctica. El lector entiende y reelabora lo que lee en su propia interpretación. La lectura es una apropiación que se introduce en el discurso estratégico original. Es una habilidad activa de comprensión que construye un significado a partir del texto. Lo esencial no es lo que dice el texto, sino cómo el lector entiende —se apropia— el texto.[10]

El concepto de táctica que Certeau acuñó se sitúa en el corazón mismo de su teoría cultural. A través de esta idea el Otro heurístico emerge como una entidad ontológica. La táctica no es un concepto aislado: tácticas y estrategias son facetas de las prácticas que son mutuamente dependientes unas de otras y no son mutuamente excluyentes. Estas parejas analíticas de Certeau se pueden interpretar como extremos heurísticos para describir un fenómeno que se representa como oscilante entre los extremos. Las prácticas, en consecuencia, no se deben reducir a tácticas o estrategias, sino que reúnen ambas facetas en un movimiento oscilante entre ellas.[11]

En otras palabras, el énfasis analítico que Certeau pone en los mudables y polifacéticos significados de las estructuras en su teoría cultural debe, en mi opinión, reflejarse también en la forma en la que adopta la terminología. Prácticas, tácticas, estrategias y otros conceptos no son entidades monolíticas y claramente definidas, blancas o negras: recordemos que el escamoteo solo es una táctica si se percibe como tal. En consecuencia, la historia no es solo estrategia sino que también contiene elementos tácticos.

HETEROLOGÍA. La teoría cultural de Certeau se refleja en su labor sobre la historiografía.[12] Certeau acentúa que la historiografía se ve conformada por tres rasgos principales: “contemplar la historia como una operación sería equivalente a entenderla como la relación entre […] una situación social, unas prácticas ‘científicas’ y la escritura.”[13] La historia está asociada a una situación social, y es por tanto también un ejemplo de estrategia. Como tal, analiza y afecta a estructuras exteriores: el pasado. La historia presta atención a la esfera analítica exterior, pero elude hacer frente a las condiciones internas de la posición social de la historia. La historia como estrategia —la historia positivista, normativa— es una historia que evita la auto-reflexión sobre sus condiciones y sus efectos epistemológicos. Certeau se asegura de distanciarse de este tipo de historiografía de varias maneras, investigando sobre las condiciones de la historiografía. “La historia se ve enteramente conformada por el sistema dentro del cual se desarrolla.”[14] Esta declaración de Certeau invierte en efecto la estrategia de la historiografía normativa. En otras palabras, una historiografía que se desarrolla sobre sus propias condiciones tiene dimensiones tácticas. [15]

Certeau criticó la opinión de que la historia es una ciencia y el argumento de que la historia debe esforzarse por ser más científica mediante la adopción de métodos cuantitativos. La puesta en práctica de un programa positivista, como defendía Paul Veyne, no es suficiente para Certeau, ya que con ello se ignoran los aspectos narrativos de la historiografía.[16] Al final, la práctica de la historia resulta una escritura del pasado. La lógica de la narrativa contribuye a dar forma a la historia. En este sentido, Certeau se pone de parte de otros historiadores que exploran las dimensiones narratológicas de la historiografía (WH 69).[17] Sin embargo, Certeau también señala que la historiografía siempre se refiere al pasado de una manera u otra y se preocupa por evitar posiciones narrativistas que consideran la historia como una práctica dictada solo por el presente y completamente separada del pasado.[18]

La historia no es una crítica epistemológica. Permanece siempre como una narrativa. La historia nos cuenta acerca de su propia obra y, al mismo tiempo, sobre la obra que se puede leer en un tiempo pasado. […] Por tanto, si la historia de ‘lo que sucedió’ desaparece de la historia científica (para aparecer, en cambio, en la historia popular), o si la narrativa de los hechos adquiere el encanto de una ‘ficción’ que pertenece a un tipo de discurso particular, no podemos concluir que la referencia a lo real se suprime. Por el contrario, tal referencia se ve un tanto desplazada (WH 43)

La historiografía se caracteriza por los repetidos intentos de escribir el pasado. Tenemos que examinar las prácticas y condiciones de la historia, pero nunca olvidar sus huellas.

“Como Robinson Crusoe en la orilla de su isla, ante ‘el vestigio de un pie desnudo impreso en la arena’, el historiador recorre los límites de su presente; y visita esas playas donde el otro aparece solo como un rastro de lo que ha pasado” (IO 10). Esta imagen de la historiografía contiene varios estratos. No solo subraya que los rastros son cambiantes —las olas son una amenaza para la existencia de esas huellas en la arena—, sino también que el historiador caminando por la playa está elaborando la historia en un presente que está separado del pasado. El historiador se mueve en los límites de la tierra firme –la historiografía es transicional y se ocupa de una realidad ontológicamente distinta, otra— que ya ha sido, “el pasado es ante todo un medio de representar una diferencia” (WH 85). El pasado —el Otro historiográfico— sin embargo, no está separado del presente por una brecha insalvable. Las huellas del pasado son adoptadas por el historiador en el presente y cobran sentido a través del uso (WH 85).

No obstante, Certeau no se contenta con una historiografía positivista, que realza la evidencia a expensas de la reflexión historiográfica:

tal vez restableciendo la ambigüedad que caracteriza las relaciones entre objeto y sujeto o pasado y presente, la historiografía podría volver a su labor tradicional —a la vez filosófica y técnica— de organizar el tiempo como la ambivalencia de situación desde la que nos habla y, por lo tanto, de reflexionar sobre la ambigüedad de situación como obra del tiempo dentro del espacio del conocimiento mismo.[19]

La historiografía debe englobar tanto los relatos sobre el pasado como las reflexiones epistemológicas sobre las condiciones de la historia. La historia positivista tiende a iluminar aspectos de la realidad que son estratégicos —la historia explica estructuras políticas y líderes políticos—

mientras que no puede explicar las nociones tácticas del pasado —las prácticas cotidianas. Certeau se proponía incluir las tácticas del pasado. Hay una oscilación en la filosofía de la historia de Certeau entre una crítica de la historiografía normativa y un ideal por el que lucha por medio de su historiografía. La historiografía, en su versión táctica heterológica, se esfuerza por representar lo que falta en el presente. El Otro está ontológicamente incorporado en la historiografía: “la alteridad no surge a pesar de, sino gracias a la teoría.”[20]

 

LA OSCILACIÓN EPISTEMOLÓGICA. La obra de Certeau está impregnada de una dualidad dinámica. Nuestro filósofo propuso a menudo dos extremos heurísticos; estos extremos, por ejemplo la estrategia y la táctica, están conectados, y el problema analítico, en este caso la práctica, se encuentra dentro del rango —en el medio— de los extremos heurísticos. Hay una dimensión meta-teórica en el pensamiento de Certeau, quien oscila entre la crítica de la investigación normativa y la exposición de formas de aprehender lo que a la historiografía normativa se le escapa.[21] En consecuencia, por un lado la historiografía tradicional se caracteriza por la dicotomía modernista y el predominio de los aspectos escritos y estratégicos del pasado (la realidad), pero en ella hay vestigios de lo real,[22] que de hecho denota una realidad que es mayor que la realidad representada. Sin embargo, la historiografía incorpora lo real de forma fragmentaria en una narrativa que en su mayor parte se ve definida por la realidad; la historiografía estratégica nunca es absolutamente estratégica ya que siempre contiene su opuesto, la táctica.

El pasado es el Otro, que se construye por las prácticas de la historiografía. En la historia normativa también hay otro estrato científico asociado con el Otro, ya que margina aspectos del pasado y contribuye así a una doble alteridad de algunas áreas del pasado: estos Otros por partida doble son lo real. La heterología de Certeau es un ideal para los historiadores pues se esfuerza por representar lo real, que, inevitablemente, se les escapa.[23] La historiografía está atrapada en un doble lazo; oscilante, por así decirlo, entre la estrategia y la táctica, la realidad y lo real, el presente y el pasado.

Como señala Tom Conley, Certeau hace una distinción crucial entre lo real y la realidad. Realidad “es a menudo lo que un sujeto estratégicamente escoge que sea. Derivada de una opinión elegida por medio de la relación imaginaria del historiador con el mundo, la realidad emerge como un diálogo material con su otro, es decir, con el lenguaje que genera su orden.”[24] En resumen, la realidad es lo que los historiadores suelen registrar. Sin embargo, en la realidad hay algo más:

Para Certeau, parece que lo real […] es una ‘naturaleza’ siempre en relación dinámica con la ‘cultura’, vislumbrada en sus puntos de tensión, u oída en sus silencios. El historiador lo capta en las lagunas que el conocimiento no puede racionalizar. […] En un plano más amplio, Certeau indica que lo real se puede imaginar como historia constitutiva, porque su condición virtualmente imposible, pero necesaria, establece la discontinuidad como formadora de cadenas o narrativas de sucesos. La historia se convierte en algo distinto que presta al mundo una forma contingente y que al mismo tiempo ‘se acerca’ a lo real y lo refleja.[25]

INTERPRETAR A CERTEAU. Para Certeau, la historiografía es una práctica en el presente que se desarrolla sobre el pasado. Además de las prácticas de la situación social de la historia, Certeau identifica la escritura y la narrativización de la historia como aspectos determinantes de la historiografía. Estos mismos aspectos de la historiografía han sido fundamentales en la teoría de la historia desde la década de 1960 en adelante. De hecho, la narrativización del pasado y los parámetros discursivos que dan forma a las historiografías siguen siendo temas de importancia primordial en la teoría de la historia.[26] La historiografía de Certeau incluye principios del constructivismo epistemológico en la historia. Su enfoque inquieta a los historiadores normativos ya que cuestiona el énfasis discursivo en la evidencia, que es el rasgo determinante de la historia normativa.[27] El cambio epistemológico desde la evidencia —el pasado, la realidad externa— a las prácticas —las razones internas de la situación social— se ve como una relativización de la ciencia. El relativismo científico, que sostiene que la ciencia depende de la situación, no debe sin embargo ser confundido con un relativismo moral, que considera todas las opiniones como iguales.[28] El término postmodernismo es un término clave en estos ajustes y se utiliza con frecuencia para poner en duda la relativización científica, basándose en la concepción errónea de que un énfasis analítico sobre los aspectos constructivos de la ciencia se traduce también en una negación de la realidad pasada externa. En efecto, los críticos de la historiografía narrativista equiparan las teorías de la conspiración de Jean Baudrillard sobre la Guerra del Golfo de 1990-1991 y los ataques del once de septiembre de 2001 en Nueva York[29] con la historiografía académica. Certeau, y muchos otros estudiosos que abordan las prácticas de la investigación, no niegan la veracidad de una realidad externa. De hecho, estos estudiosos defienden su posición porque alegan que la historiografía normativa es epistemológicamente ingenua. Dejar de hacer frente a las prácticas discursivas de la historiografía no es la respuesta a los problemas epistemológicos de la investigación normativa. La línea narrativista de la teoría moderna de la historia afirma lo contrario, es decir, que solo abordando estos aspectos podemos progresar en la historiografía.[30]

Estas tensiones epistemológicas se repiten en las adopciones de la obra de Certeau. Por ejemplo Ian Buchanan confronta la heterología de Certeau con los “postmodernistas” Clifford Geertz y James Clifford y sostiene que la heterología de Certeau es más profunda puesto que “no cae en las seducciones del nihilismo y rechaza un positivismo demasiado optimista en favor de un relativismo exultantemente negativo.”[31] Certeau es considerado como un estudioso que se ocupa de las cuestiones planteadas en la investigación postmoderna, pero no se le etiqueta como postmodernista ya que respalda la importancia de las pruebas analíticas.[32]

El énfasis en presentar a Certeau como “constructivista-pero-no-postmodernista” da testimonio de las connotaciones negativas que el término postmodernismo tiene en el ámbito académico. Sin embargo, la yuxtaposición analítica de Certeau a otros constructivistas identificados como postmodernistas es injustificada en mi opinión. Clifford Geertz, James Clifford y Stephen Greenblatt, que han sido señalados en este contexto, tocan los mismos temas que Certeau y defienden posiciones similares, pues también abordan el carácter situacional de la investigación y el constructivismo en relación con las pruebas analíticas y además se centran en aspectos específicos, locales o incluso individuales, de la cultura, cuestionando meta-narrativas y generalizaciones. Crucialmente, sin embargo, no excluyen la evidencia analítica de su producción académica.[33] Como diría Certeau, “no podemos concluir que la referencia a lo real se suprime. Por el contrario, tal referencia se ve un tanto desplazada” (WH 43).

LOS OTROS. El Otro, o el otro constitutivo, como se denomina en la tradición filosófica europea continental, es un concepto con un pedigrí complejo en las ciencias humanas y sociales. Mi intención no es establecer un origen normativo del Otro, seguir la historia intelectual de este concepto, o explicar las complejidades del Otro en las ciencias humanas y sociales, sino que mi objetivo es más bien dar un esbozo rápido de los diversos usos de la noción del Otro, con el fin de proporcionar un contexto para la noción del Otro de Certeau.

El Otro se introdujo como concepto para facilitar la comprensión del modo en que nosotros, el “Yo colectivo”, nos constituimos como sujetos —¿qué es lo que nos hace “nosotros”? ¿Cómo se construye este “nosotros”?—, lo que contrasta con una tradición normativa y esencialista, según la cual el “nosotros”, en esencia, viene definido por lo “dado” biológico ya al nacer y permanece igual como una entidad precisa con límites fijos.[34] Fundamentalmente, en los discursos esencialistas las identidades no se forman por medio de una interacción con las condiciones que las rodean. Esta línea de pensamiento esencialista se ha visto cuestionada en las humanidades tras el giro cultural, a menudo a través de la adopción de la noción del Otro. En un nivel básico, el Otro indica que el “nosotros” —refiriéndose tanto a individuos como a grupos colectivos, tales como grupos culturales, grupos étnicos y naciones— se forma por relaciones dialécticas y dinámicas con las condiciones de su entorno, es decir, que las identidades se conciben como variables. En una línea similar, el significado se entiende como algo construido por los usuarios, que no es controlado por quienes lo producen sino construido por los consumidores. En resumen, la cultura se ve como algo dinámico y como escenario de los ajustes en curso entre los agentes, poniendo de relieve la mutabilidad del significado, y la coexistencia de varios significados.

En el giro cultural, el otro funciona como un esquema que indica las estructuras en las que el Yo se refleja. La percepción de que los Otros difieren cristaliza en la conciencia de la identidad. El Otro es un requisito previo para la formación de identidades en las visiones teóricas que consideran las identidades como pactadas. Hay una interdependencia mutua entre Nosotros y Ellos —no hay Yo sin el Otro.[35]

Un punto de vista importante en este contexto es una tradición lacaniana que se ha desarrollado en diversas teorías culturales. Jacques Lacan propone el Otro como parte del proceso de formación del ego a través del estadio del espejo. El Otro psicoanalítico es la base de las complejas exploraciones del Otro de Certeau. Tanto Louis Althusser como Slavoj Zizek han adoptado y ampliado de manera similar el Otro de Lacan.[36] El Otro aparece también en una línea de pensamiento antropológico con notables ramificaciones en estudios post-coloniales y de género. En estos discursos, el Otro se refiere a los grupos sociales o culturas, a menudo marginados, que son objeto de estudio. Hay una variación epistemológica con respecto a la forma en que se concibe el Otro. En la investigación normativa, el Otro se genera a través de una marginación: el otro es el excluido. Un ejemplo serían los estudios antropológicos de las culturas “primitivas”, que perpetúan varias clases de estereotipos. En cambio, en el giro cultural se hace hincapié a menudo en aspectos liberadores, es decir, que la propia identidad no es vista como la norma, sino abierta al cambio a través de un dinamismo dialéctico con el Otro. El Otro solo se estableció ampliamente cuando empezó a ser concebido como un actor dinámico que también influía en la propia identidad. La compleja idea del Otro de Certeau es una firme indicación de su posición central en el giro cultural.

El programa de la ontología relacional se basa en muchos aspectos en el giro cultural. En la ontología relacional las identidades también se construyen y ajustan en relación con Otros; sin embargo, la noción del Otro ha perdido su destacada relevancia epistemológica. Una de las principales razones de esto es el abandono de los pares analíticos en favor de las teorías de redes que defienden la interrelación entre varios elementos que interactúan.[37] Otra razón es que el Otro en la ontología relacional se considera como algo completamente apartado del Yo y esta separación se juzga como insalvable.[38] En estos discursos la concepción del Otro se asemeja a la del esencialismo, lo que implica que haya una diferencia conceptual fundamental entre la noción del Otro de Certeau y la función del Otro en la ontología relacional antropológica.[39]

FINAL. A modo de conclusión, en la filosofía de Certeau el Otro tiene cualidades ontológicas. El Otro no solo se presenta como el pasado, sino que también surge del acto interpretativo como resultado de la marginación estratégica. Sin embargo, para Certeau el Otro nunca se disocia totalmente de Nosotros. Los Otros también se cuelan en la investigación normativa, ya que toda clase de historiografías contienen vestigios de elementos marginales: el Otro y las tácticas. La distinción entre la estrategia y la táctica, que se refleja en otros pares analíticos, sirve para destacar la diferenciación del Otro a la que contribuyen los ámbitos estratégicos.

Certeau se proponía esclarecer el concepto del Otro a través de sus estudios. La táctica es una noción que sirve para destacar al Otro. Por otra parte, las tácticas no solamente indican un desplazamiento de la atención desde el productor hacia el consumidor —el significado es el uso construido por apropiación— sino que también revelan lo que Certeau pretende alcanzar por medio de su trabajo. La introducción de la heterología, que se centra en las tácticas del pasado y aborda las condiciones discursivas de la historiografía, sirve en última instancia para construir al Otro.

Traducción de Carlos Valero Serra

[1] Este trabajo ha podido realizarse gracias a una beca de The Birgit an Gad Rausing Foundation for Research in the Humanities.

[2] Aun cuando sus relaciones con la Iglesia Católica y los Jesuitas parecen reflejarse en su teoría cultural; véase N. Zemon Davis, ‘The Quest of Michel de Certeau’, The New York Review of Books 55/8 (2008).

[3] Véase T. Schirato, ‘My Space or Yours?: De Certeau, Frow and the Meanings of Popular Culture’, Cultural Studies 7/2 (1993), p. 283; W. Frijhoff, ‘Foucault Reformed by Certeau. Historical Strategies of Discipline and Everyday Tactics of Appropriation’, Arcadia. Zeitschrift für Allgemeine und Vergleichende Literaturwissenschaft 33 (1998), p. 93; J. Seigel, ‘Mysticism and Epistemology: The Historical and Cultural Theory of Michel de Certeau’, History and Theory 43 (2004), p. 409.

[4] Véase M. de Certeau, The Practice of Everyday Life, University of California Press, Berkeley, 1984 [disponible en castellano, La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, trad. de Alejandro Pescador, Universidad Iberoamericana, México, 1996, p. XLIX. En adelante IC seguido de número de página].

[5] W. Frijhoff, ‘Foucault Reformed by Certeau’, pp. 104-105, sobre la apropiación.

[6] W. Frijhoff, ‘Foucault Reformed by Certeau’, pp. 36-37.

[7] Perruque, en el original. Traducción según IC.

[8] W. Frijhoff, ‘Foucault Reformed by Certeau’, pp. 24-29.

[9] C. Colebrook, ‘Certeau and Foucault: Tactics and Strategic Essentialism’, en I. Buchanan (Ed.), Michel de Certeau-in the Plural. The South Atlantic Quarterly 100/2 (2001), p. 547.

[10] IC LII-LIII. La construcción del significado a través del uso es uno de los argumentos favoritos en los estudios culturales. Certeau ha sido ampliamente adoptado en este campo académico, véase J. Fiske, Understanding popular culture, Routledge, Boston, 1989 y ‘Cultural Studies and the culture of everyday life’ en L. Grossberg, C. Nelson y P. Treichler (eds.), Cultural Studies, Routledge, Londres, 1992, pp. 154-173; M. Morris, ‘Banality in cultural studies’, Discourse 10/2 (1988), pp. 3-29, ‘On the beach’ en L. Grossberg, C. Nelson y P. Treichler (eds.), Cultural Studies, pp. 450-478 y ‘Metamorphoses at Sydney Tower’ en E. Carter, J. Donald y J. Squires (eds.), Space and Place: Theories of Identity and Location, Lawrence & Wishart, Londres, 1993, pp. 397-406.

[11] Véase J. Ahearne, Michel de Certeau: Interpretation and its Other, Stanford University Press, Cambridge, 1995, pp. 162-163 [En adelante IO]; K. Geldof, ‘The Dialectic of Modernity and Beyond: Adorno, Foucault, Certeau and Greenblatt in Comparison’ en J. Pieters (ed.), Critical Self-Fashioning: Stephen Greenblatt and the New Historicism, Peter Lang, Nueva York, 1999, p. 198.

[12] Tanto Certeau como yo usamos los términos historiografía e historia de forma intercambiable.

[13] M. de Certeau, The Writing of History, Columbia University Press, Nueva York, 1988, p. 57 [aunque está disponible en castellano, La escritura de la historia, trad. de J. López Moctezuma, Universidad Iberoamericana, México, 2006, la traducción es nuestra. En adelante WH]. Debe entenderse “científico” como analítico, como explica Certeau en la nota correspondiente. Véase también IO 16-21.

[14] M. de Certeau, ‘The Historiographical Operation’ en WH 69.

[15] M. de Certeau, ‘Introduction: Writings and Histories’ en WH 1-16.

[16] P. Veyne, Writing History: essay on epistemology, Manchester University Press, Manchester, 1984. Esto es evidente en WH 102 n.1. Véase también R. Chartier, ‘Michel de Certeau: History, or Knowledge of the Other’ en R. Chartier, On the Edge of the Cliff: History, Language, and Practices, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1997, pp. 41-42; W. Weymans, ‘Michel de Certeau and the Limits of Historical Representation’, History and Theory 43 (2004), pp. 163-165.

[17] Véase WH 69.

[18] Véase M. de Certeau, ‘Making History: Problems of Method and Problems of Meaning’ en WH 41-44; T. Conley, ‘Translator’s Introduction: For a Literary Historiography’ en WH xv.

[19] M. de Certeau, ‘History: Science and Fiction’ en M. de Certeau, Heterologies: Discourse on the Other, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1986, p. 217. Resulta difícil conciliar esto con J. Seigel, ‘Mysticism and Epistemology’, p. 404. De acuerdo con W. Weymans, ‘Michel de Certeau and the Limits of Historical Representation’, p. 175, parece que Certeau se rebelaba, sobre todo, contra el positivismo lógico deductivo.

[20] K. Geldof, ‘The Dialectic of Modernity and Beyond’, p. 210 (cursiva en el original). En mi opinión, aquí se puede leer teoría como heterología.

[21] A diferencia de K. Geldof, ‘The Dialectic of Modernity and Beyond’, pp. 204-210, veo más bien similitudes que diferencias epistemológicas entre The Practice of Everyday Life y The Writing of History de M. de Certeau. Considero que la fractura entre positivismo normativo y heterología es más acertada.

[22] En francés (réel) en el original.

[23] Sigo aquí a IO 59-62. Véase también W. Weymans, ‘Michel de Certeau and the Limits of Historical Representation’, p. 166.

[24] T. Conley, ‘Translator’s Introduction: For a Literary Historiography’, p. xvii (cursiva en el original). ¡La realidad se asocia con la estrategia!

[25] T. Conley, ‘Translator’s Introduction: For a Literary Historiography’, p. xvii.

[26] El célebre debate entre E. H. Carr, What is history?: the George Macaulay Trevelyan lectures delivered in the University of Cambridge, January-March 1961, Macmillan, Londres, 1961 y G. R. Elton, The practice of history, Sydney U.P., Londres, 1967, se identifica a menudo como el comienzo de estas controversias. No obstante, H. White, Metahistory: The Historical Imagination in Nineteenth-Century Europe, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1973, sigue siendo la obra fundamental en medio de estas disputas.

[27] T. Wandel, ‘Michel de Certeau’s Place in History’, Rethinking History 4/1 (2000), p. 58.

[28] Véase Lampeter Archaelogy Workshop, ‘Relativism, objectivity and the politics of the past’, Archaeological Dialogues 4 (1997), pp. 164-198, para una aclaración clásica de las diferencias entre relativismo científico y moral.

[29] J. Baudrillard, The Gulf War did not take place, Indiana University Press, Bloomington, 1995; The spirit of terrorism and requiem for the Twin Towers, Verso, Londres, 2002. Véase B. Latour, ‘Why Has Critique Run Out of Steam? From Matters of Fact to Matters of Concern’, Critical Inquiry 30 (2004), pp. 225-248.

[30] Véase A. Munslow, The future of history, Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2010, cuyo “escepticismo epistemológico” se asemeja al constructivismo pero, sin embargo, defiende la veracidad del pasado. K. Jenkins, The Postmodern History Reader, Routledge, Londres, 1997, recoge varias obras esenciales y consigue elaborar un sumario de diferentes cuestiones relacionadas con la historiografía postmoderna.

[31] I. Buchanan, ‘What is Heterology?’, New Blackfriars 77/909 (1996), p. 485. Véase también I. Buchanan, Michel de Certeau: Cultural Theorist, Sage Publications, Londres, 2000, pp. 69-71. Creo que la descalificación que hace Buchanan de Geertz como postmodernista es desproporcionada.

[32] Véase también R. Chartier, ‘Michel de Certeau: History, or Knowledge of the Other’; M. Poster, ‘The Question of Agency: Michel de Certeau and the History of Consumerism’, Diacritics 22 (1992), pp. 94-107; J. Seigel, ‘Mysticism and Epistemology’; K. Geldof, ‘The Dialectic of Modernity and Beyond’; T. Wandel, ‘Michel de Certeau’s Place in History’; W. Weymans, ‘Michel de Certeau and the Limits of Historical Representation’.

[33] C. Geertz, The Interpretation of Cultures, Basic Books, Nueva York, 1973; Local Knowledge: Further Essays in Interpretitve Anthropology, Basic Books, Nueva York, 1983; Available Light. Anthropological reflections on philosophical topics, Princeton University Press, Princeton, 2000; J. Clifford, The Predicament of Culture: Twentieth-Century Ethnography, Literature, and Art, Harvard University Press, Cambridge (Mass.), 1988; Routes: Travel and Translation in the Late Twentieth Century, Harvard University Press, Cambridge (Mass.), 1997; J. Clifford y G. Marcus (Eds.), Writing Culture: The Poetics and Politics of Ethnography, University of California Press, Berkeley, 1986; S. Greenblatt, Marvelous Possessions: The Wonder of the New World, Clarendon Press, Oxford, 1991; The swerve: how the world became modern, W.W. Norton, Nueva York, 2011.

[34] E. R. Wolf, Europe and the people without history, University of California Press, Berkeley, 1982, pp. 6-7, lo resume en su famosa metáfora de las bolas de billar.

[35] Paladines notables de estas nociones son, por ejemplo: C. Geertz, The Interpretation of Cultures; J. Clifford y G. Marcus (Eds.), Writing Culture; J. Clifford, The Predicament of Culture; J. Clifford, Routes: Travel and Translation in the Late Twentieth Century; G. E. Marcus y M. M. Fischer (Eds.), Anthropology as Cultural Critique: An experimental moment in the human sciences, University of Chicago Press, Chicago, 19992. Véase también J. Siapkas, ‘Classical Others: Anthropologies of Antiquity’, Lychnos: Årsbok för idé-och lärdomshistoria 2012, pp. 183-203.

[36] L. Althusser, É. Balibar, y J. Bidet, On the reproduction of capitalism: ideology and ideological state apparatuses, Verso, Londres, 2014 (1970); S. Zizek, The sublime object of ideology, Verso, Londres, 1989.

[37] J. Siapkas, ‘Neo-empirical mixtures’ en C. Hillerdal y J. Siapkas (Eds.), Debating Archaeological Empiricism – The Ambiguity of Material Evidence, Routledge, Nueva York, 2015, pp. 166-180.

[38] A. J. M. Henare, M. Holbraad y S. Wastell, ‘Introduction: Thinking through things’ en A. J. M. Henare, M. Holbraad y S. Wastell (Eds.), Thinking through things: theorising artefacts ethnographically, Routledge, Abingdon, 2007, pp. 1-31. Véase también E. S. Gruen, Rethinking the Other in Antiquity, Princeton University Press, Princeton, 2011.

[39] Sin embargo, hay diferentes ramas de la ontología relacional, véase C. Hillerdal y J. Siapkas, ‘Introduction’ en C. Hillerdal y J. Siapkas (Eds.), Debating Archaeological Empiricism: The Ambiguity of Material Evidence, Routledge, Nueva York, 2015, pp. 1-10.

 

 

 

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