Michel de Certeau, predicador. El fondo de los archivos de la provincia jesuita de Francia

Manuela Águeda García-Garrido Índice/Summarypdf

Cada palabra del creyente conlleva, pues, la herida
que sufre hoy nuestro lenguaje de cristianos.
[1]

 

Acabado el Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965, Michel de Certeau ya poseía una voz propia y firme en el seno de la Compañía de Jesús. Con ella marcó una clara “ruptura instauradora” en la espiritualidad y la doctrina del catolicismo postconciliar, a pesar de las discrepancias que lo separarían de su congregación y, en particular, de Henri de Lubac (1896-1991), su mentor y una de las figuras más emblemáticas de la Iglesia francesa del siglo XX.[2]

Esa ruptura que daría lugar en 1971 a la publicación de un artículo sobre las vicisitudes del cristianismo en la cultura contemporánea y en el marco de la nueva epistemología, abriría una herida profunda en la institución eclesiástica en tanto que entidad garante de un mensaje de salvación exento de total coherencia entre el decir y el hacer.[3] Los esfuerzos de renovación dogmática que hizo el Concilio con la redacción de la constitución Dei Verbum, en noviembre de 1965, se mostrarían insuficientes para explicar el misterio de la revelación crística y la salvación del hombre. Situando las obras a un plano inferior al de la palabra, los padres del Concilio declararon su compromiso ante el proyecto de perennizar la herencia tridentina.

Como muchos de sus compañeros de hábito, Michel de Certeau inició la búsqueda de un nuevo lenguaje religioso que pudiera satisfacer tanto a fieles como a teólogos confirmados. No en vano, el conjunto de su obra destaca por insuflar vida a una palabra original, absoluta, discordante y, a menudo, importuna, que halló en el mundo un espacio de comunicación posible para la comprensión de la alteridad. Su afán por integrar la teología en el amplio dominio de las ciencias sociales le llevó a explorar nuevas vías del conocimiento al servicio del ministerio pastoral, convirtiéndolo en un caminante incansable, un intelectual transversal.[4]

A partir de la presentación y análisis de los fondos conservados en los archivos de la provincia jesuita de Francia, nos acercaremos a una faceta apenas conocida de Michel de Certeau, la del predicador apostólico.

 

LA ORATORIA SAGRADA DE CERTEAU EN LOS ARCHIVOS DE VANVES. Los archivos de la provincia jesuita de Francia, situados en el extrarradio de París, en la ciudad de Vanves, custodian una buena parte de la obra de Michel de Certeau en cinco cajas de contenido bastante heterogéneo, que se distinguen por la naturaleza de los documentos que en ellas se reparten.

La caja 2 reúne los trabajos relativos a la predicación, redactados entre 1953 y 1966. Estos textos, manuscritos y dactilografiados, pueden dividirse en los siguientes grupos temáticos:

a) sermones del ciclo litúrgico: adviento, cuaresma y pentecostés.

b) una plática espiritual sobre la doctrina y el culto de la santa eucaristía (mysterium fidei), dado en Clamart el 5 de marzo de 1961.

c) un sermón circunstancial sobre los votos de Jacques Lesage, pronunciado el 2 de febrero de 1961 en Versalles.

d) un sermón para el Socorro católico, pronunciado en Toulouse, el 20 de noviembre de 1960.

e) Cartas y conferencias espirituales, dadas en el marco del Comité permanente de los religiosos de Francia.

El grupo constituido por los sermones del ciclo litúrgico contiene 11 en total, de los cuales solo 7 incluyen una fecha explícita. El resto no aporta datos sobre el lugar de predicación aunque, con toda probabilidad, fueron redactados desde el sitio de Sèvres, en el que se instaló en 1963. Entre ellos, 6 son borradores de los que no se conserva ningún ejemplar dactilografiado. Se presentan todos en formato de cuartillas –4 como máximo—, redactadas en recto/verso, lo que nos induce a pensar que, en muchos casos, puede tratarse solo de apuntes o de borradores.

Todos estos textos deben ser considerados de suma importancia en el conjunto de la obra del jesuita francés por múltiples razones. En primer lugar, son un testimonio fiel de su dedicación al ministerio pastoral ignaciano, ya por entonces fuertemente marcado por el espíritu conciliar del que surgirá la constitución Dei Verbum (18 de noviembre de 1965). En segundo lugar, hay que señalar que estos textos no han sido jamás editados ni estudiados, lo que ha impedido estimar el compromiso pastoral de Certeau en el seno de su congregación. Una lectura atenta de estas homilías y sermones pone de manifiesto su voluntad creciente por acercarse a sus fieles, en especial, a los más necesitados, a los sin voz. Mucho antes de hacer sus votos como profeso de la Compañía, en febrero de 1963, se mostró dispuesto a llevar la palabra de Dios a aquellos que creían estar lejos de la revelación. El sermón que dio en 1960 a favor del Socorro católico, en la basílica de Nuestra señora de la Daurade (Toulouse), o su intensa correspondencia con los principales actores de Action Populaire[5] durante los años 50 y 60, nos ofrecen el perfil de un hombre de palabra y de acción, plenamente comprometido con los debates sociales su tiempo.[6]

Las cartas que conserva el archivo de Vanves con el padre jesuita Jean-Yves Calvez (1927-2010), especialista de la doctrina social la Iglesia y provincial de Francia en 1967, revelan hasta qué punto el lenguaje certeauniano pudo atentar contra los principios doctrinales de la Iglesia. La reacción adversa de la jerarquía eclesial no tardó en manifestarse. Sabemos que un artículo suyo sobre el lenguaje popular fue censurado por la dirección de la revista de Acción Popular por mantener conclusiones demasiado sistemáticas o rígidas desde un punto de vista sociológico:

Para empezar, hay algún peligro en dejar suponer que el lenguaje natural del mundo obrero es totalmente irreligioso o ateo (y de la misma manera, dejar creer que es, en toda regla, marxista). […] Sin duda alguna, no es oportuno aislar el caso del mundo obrero […] y si además nos referimos a un medio sociológico cuya influencia evangélica, por muy difusa que sea, no está históricamente ausente, terminamos comprobando que, junto a elementos típicamente profanos e irreligiosos, hay en el lenguaje obrero contemporáneo gran cantidad de elementos con matices religiosos (a menudo, hiperreligiosos, en el caso de los comunistas).[7]

Ese lenguaje natural que Michel de Certeau quiso descifrar entre los obreros parisinos no merecía una reflexión teológica para los censores de la revista. Se trataba fundamentalmente de un error metodológico asociado a su afán por introducir la palabra revelada en otro lenguaje inmediato y perecedero.[8] Lo que parecía válido para la meditación apostólica o la reflexión del retiro espiritual, no podía serlo para explicar el universo obrero hic et hunc. Se formulaba así una crítica de peso que no debía, en ningún caso, arredrar su espíritu de combate teológico en el espacio social, cuanto menos en el tiempo dedicado al extenuante ministerio cuaresmal.

Huellas del legado retórico. Siguiendo el modelo espiritual de los místicos jesuitas franceses Surin (1600-1665) o Lallement (1588-1635), que se convirtieron en sus grandes temas de erudición, Certeau descubre con asombro la palabra del pobre de espíritu en un contexto totalmente diferente: el de la Francia de la V República.[9] Como lo señaló su compañero de orden Louis de Vaucelles, Certeau buscaba un vínculo entre aquel lenguaje místico postridentino y el de la Iglesia de su tiempo, escindida entre la modernidad y la tradición, a la vez que necesitada de un aggiornamento.[10] No obstante, a pesar de que destaca la experiencia espiritual del orador del siglo XVII, percibe en su retórica una crisis de conciencia aguda y un alejamiento incuestionable de los problemas sociales. Así irrumpe en su obra homilética la idea de la pérdida: de la palabra y su sentido.[11] La experiencia cristiana debía recuperar su lenguaje de acción simbólica y reveladora de lo que interesa al conjunto de la sociedad, adoptando con ello una actitud apostólica de regreso a los orígenes de una iglesia militante.[12] Solo a partir de esta idea, comprendemos mejor su sermón del jueves santo de 1960, donde recuerda que Jesús expresa su propio misterio de salvación con obras pensadas y no con “un gesto realizado al azar” (cf. Anexo).

La palabra se colma de sentido con la acción, una premisa que invade de lleno la oratoria certeauniana y en la que no podemos dejar de contemplar la herencia de los grandes predicadores jesuitas, desde los contrarreformistas (Bourdaloue, Cheminais, Duneau, Houdry, Surin…) hasta los prerrevolucionarios (Bretonneau, De la Rue, Griffet, Neuville, Rivet…). Su retórica sagrada, en cierto modo, es fuertemente deudora de la tradición clásica. Igualmente pueden encontrarse en sus escritos influencias dogmáticas del primer concilio Vaticano (1869-1870), según el cual nadie puede aceptar la predicación evangélica “sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo”.[13] Su creencia en la intervención de la gracia, uno de los temas dogmáticos más espinosos desde Trento: “la resurrección es para los hombres un hecho de experiencia, al mismo tiempo que el objeto de su fe”.[14] La gracia concedida por el Espíritu santo es garantía de la fe y con ella se impulsan obras que trascienden a la voluntad.

En la retórica eclesiástica de Certeau, todos participan de la gracia y la voluntad de Dios a través de la oración y la confirmación de la fe.[15] En su reflexión sobre la importancia del credo como resumen de la revelación, reconocemos muchos pasajes del padre Surin en los que la dicha revelación se define como testimonio interior de la presencia de Dios en el corazón:

Historia del Antiguo testamento, historia de Jesús, historia de la Iglesia, he aquí la obra que resume el Credo: tres etapas de la misma revelación que nos ha permitido conocer paulatinamente la grandeza de nuestro destino y el misterio de Dios que venía a nosotros […] Recitar el credo es revisar toda esta historia, es participar en la meditación religiosa de la humanidad, es conocer el pensamiento y la obra de Dios que realiza de generación en generación el gran proyecto de su amor.[16]

El proyecto de amor que se anuncia en sus homilías debe asociarse directamente a una reflexión profunda de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Para participar en él es necesario abandonar lo superfluo, dejar atrás todo lo que obstaculiza el encuentro divino, al modo en que lo hicieron los apóstoles, y reforzar la fe con las obras. Según se desprende de sus sermones, la vida del cristiano debe imitar a la de los apóstoles, incluso a la de san Ignacio, una exhortación moral que exigía ante todo un lenguaje adaptado al auditorio. En este sentido, no debe sorprendernos que para ello describa al fundador de la Compañía como obrero, jornalero, sabio campesino, dócil a la tierra y testimonio del mundo real: “¿Cómo servir mejor al Señor que trabajando con él en esta cosecha de la tierra? Es la función del temporero”.[17] La comparación no es en absoluto aleatoria sino que está enraizada en la tradición hagiográfica cristiana. En efecto, las primeras biografías del padre de los jesuitas (Bartoli, Bouhours, Maffée, Nieremberg, Ribadeneira) contienen descripciones muy similares del fundador, en las que este se erige como símbolo unívoco de la humildad. Priorizando abiertamente la predicación kerygmática, el jesuita recupera de nuevo todo lo que la figura ignaciana representa para declarar a su auditorio la importancia espiritual de la fidelidad a la obra de Dios: “Hacen falta hombres humildes, libres, realistas, audaces, misioneros, a disposición de todo lo que surge de imprevisible y divino en el hombre”.[18] Estos debían ser los cristianos a los que llamaba la Iglesia que concibieron los jesuitas de Francia y sus compañeros transpirenaicos, encabezados por Pedro Arrupe (1907-1991), general de la Compañía en 1965.[19]

Los temas doctrinales que envuelven sus sermones del tiempo encierran el legado místico de la predicación contrarreformista balanceando así la humanidad desgarradora de su mensaje pastoral, inscrito en una suerte de decálogo de la justicia social: “Hay también en la vida cristiana, una lenta y secreta curvatura: decimos que practicamos, pero no practicamos la caridad fraterna”.[20] En esta misma línea de defensa del amor del prójimo se sitúan los sermones del padre Bourdaloue (1632-1704), insigne jesuita francés que fija en sus sermones de Cuaresma la obligación moral de practicar la caridad hacia el prójimo.[21]

Más reciente es la influencia que ejerce en los escritos de Certeau la temática pentecostalista, muy del gusto de los predicadores católicos de su tiempo. El versículo neotestamentario “el Espíritu sopla de donde quiere” (Jn 3, 8) corona muchos de los sermones que los coetáneos del jesuita pronuncian en los albores de mayo del 68.[22] Los acontecimientos que jalonan el país son interpretados entonces con profusas parábolas que justifican la intervención del Espíritu en las revueltas juveniles. Desde la perspectiva de una Iglesia católica en plena transformación, la experiencia cristiana debía desembocar de forma ineluctable en una “teofanía del espíritu,” expresión que Certeau utiliza en uno de sus sermones de Pentecostés. En la base de su ministerio apostólico, el mensaje evangélico no se prestaba a ninguna ambigüedad; el cambio que debe operarse en todo hombre es idéntico al del cristiano: “Jesús ha diseminado lo que veis y oís en vosotros mismos y en la Iglesia. Es el fundamento de nuestra vida y la fuente de nuestra felicidad.”[23]

El lenguaje de Certeau está impregnado de lo que podríamos denominar una poética religiosa de la transformación. La revelación del mensaje evangélico trasciende la realidad y la sublima a través de una retórica que se apoya esencialmente en recursos para mover los afectos (el movere ciceroniano). Este proceso de sublimación explora una dimensión creativa en la que ocupan un lugar privilegiado el misterio dogmático de la resurrección, abordado desde el método ignaciano de la composición de lugar (compositio loci).[24] Nada es lo que parece en realidad sino aquello en lo que se convierte. El Espíritu Santo hace posible tal transformación:[25] “El espíritu es el mismo movimiento, tensión del amor y estallido de la vida; es el que inspira en cada alma y en la Iglesia esos azoramientos de los que ambas son capaces en cada momento.”[26]

RETOS DE LA ORATORIA SAGRADA DE CERTEAU: KERYGMA Y LENGUAJE SOCIAL. Comprometido con el ideal de una Iglesia esencialmente social y siguiendo los postulados de Henri de Lubac en Le Catholicisme (1939), el ministerio pastoral de Certeau se tiñe de matices puramente sociales, en los que no faltan tensiones teológicas:

La Iglesia que se afirma en su victoria por la resurrección de Cristo tiene aún que reunir a todos los hombres, resistirse a todo lo que se opone a la caridad dentro y fuera, padecer persecuciones, la seducción del poder político o el dinero, renovar sin cese su fidelidad a Cristo. Hemos entrado en esta misma historia.[27]

Sus sermones cuaresmales infunden los principios formulados por la constitución Gaudium et spes (7 de diciembre de 1965), en especial, los de la fraternidad, caridad y respeto de la diversidad cultural. Asimismo, se percibe en su predicación una preocupación constante por establecer un diálogo complejo de varios actores: Dios-hombre, fe-cultura, cultura-sociedad.

El anuncio de salvación o kerygma ocupa el centro de su actividad en el ministerio de la palabra, pues Certeau concibe la formación cristiana como profundización de un kerygma que ilumina la misión evangélica. Su contenido es ineludiblemente social, es decir, que la vida comunitaria y el compromiso con los otros se halla en el propio evangelio. Tal concepción le empuja a adoptar una actitud de cercanía a los fieles y de apertura al diálogo. El objetivo es trazar el camino de una peregrinación liberadora hacia Dios, perfeccionando así la imagen de Cristo en el mundo. Su compromiso social se cristaliza en el sermón que pronunció en la iglesia de La Daurade de Toulouse para recordar la importancia del Socorro católico, criticando al mismo tiempo la injusticia y las grandes desigualdades sociales de la Costa Azul: “Es realmente un paraíso, el paraíso de los jubilados […] ¿pero es justo que algunos hombres, mujeres y niños queden excluidos de él?.” La exhortación incendiaria de Certeau apuntaba a hacer un llamamiento a la solidaridad ciudadana tras la catástrofe de Fréjus cuya presa se rompió el 2 de diciembre de 1959, provocando 423 muertos y dejando a 7000 personas desahuciadas:

Seguro que os han dicho que vuestras donaciones, sumadas a otras, han permitido este año distribuir 2.000 millones de víveres en Argelia, alojar a 50.000 peregrinos en Lourdes, recibir a 4.000 norteafricanos en el centro Myriam, organizar y desarrollar en Annecy un hogar para jóvenes trabajadoras y en Malaucène, una residencia para ancianos, acoger a miles de personas en los centros de acogida de toda Francia y repartir centenares de toneladas de carbón, además de otras tantas de ropa, a los que sin esto, habrían padecido o muerto de frío.[28]

Blandiendo la divisa ignaciana de la acción (le faire), Certeau asume el compromiso histórico en su función como predicador[29]. Por eso, considera que la Iglesia tiene la gran misión de conquistar almas y compartir con la comunidad de fieles el amor por el trabajo que se realiza día a día, incansablemente. Con ella, “comienza una nueva historia: la del amor de Cristo.”[30] Esto no le impide censurar públicamente a la institución eclesial:[31]

Allí cuando contemplábamos el sumo ideal de una Iglesia estremecida por un amor siempre joven y fuerte, nos decepcionamos al comprobar los compromisos con las potencias del dinero, la influencia de una política que no aceptamos, las debilidades, la riqueza, el arcaísmo, la inadaptación de las instituciones y los hombres en quienes habíamos depositado nuestra confianza.[32]

Esta palabra de acción está ligada a su concepción del creer como conciencia de la diferencia, lo que supone, a fin de cuentas, una práctica cristiana, la de escuchar la palabra de Dios.[33] El mensaje kerygmático se ajusta así a la doctrina del concilio Vaticano II, el cual decreta que la predicación “ha de adaptar la verdad eterna del Evangelio a las circunstancias concretas de la vida.”[34] El reto de Certeau, como el de muchos de sus compañeros de apostolado, residía en luchar contra los “tiempos de fatiga y depresión en el trabajo,”[35] siguiendo los modelos de santidad (san Pablo, san José, san Francisco de Asís, san Ignacio…) que lo vinculaban a la institución eclesial. A partir de ahí, el predicador jesuita debía hacer del mundo un espacio de conversión en el que el hombre, en permanente búsqueda del otro, pudiera saber de Dios y vivir en él.[36]

 

CONCLUSIÓN. Los fondos conservados en los archivos jesuitas de Vanves constituyen un tesoro incalculable para conocer el alcance y la relevancia del ministerio de la palabra en la vida del jesuita Michel de Certeau.

Aunque las huellas de la retórica eclesiástica de los siglos XVI y XVII son claramente perceptibles en el opus certeauniano, la espiritualización de la palabra alcanza su máximo esplendor en los escenarios donde lo social desborda los límites de lo existencial. La revelación del mensaje de salvación se nutre de esa fábula mística e indecible que el predicador quiso poner al alcance de todos los hombres, invitándoles a meditar sobre los grandes misterios de la fe y a reforzar su creencia en la palabra de Dios. Las 39 veces que aparece la palabra amor en los textos que hemos estudiado son prueba fehaciente de la voluntad con la que el jesuita se afanó en adaptar la doctrina de la caridad cristiana a un proceso de teologización de lo social, posibilitando el encuentro del hombre en su dimensión divina.

La predicación de Certeau, a pesar de no disponer del efecto mediático que tuvieron los sermones postridentinos, tiende igualmente a cumplir su función, sembrando la esperanza en la entonces frágil comunidad cristiana, “como una semilla en la tierra.”[37]

 

ANEXO 1. SERMÓN PRONUNCIADO POR MICHEL DE CERTEAU EL JUEVES SANTO 14 DE ABRIL DE 1960.

 

Hermanos míos,

Solo una palabra sobre el evangelio del día.

¿Cómo no conmoverse pensando en las últimas horas de Jesús, horas ya nocturnas y como envueltas en la penumbra de la muerte? Sin embargo, durante esa última cena, en ese momento de amistad, Jesús, nos dice san Juan, sabe de dónde viene y adónde va. Viene del Padre y se dirige hacia el final de su vida como hombre; viene de lo alto y desciende hasta el fondo del dolor humano, término de su vida, culminación del amor. Todo lo que señala a sus amigos es su destino, cuando vuelve a hacer delante de ellos lo que siempre decidió: adopta la condición de sirviente, ocupa el lugar del bata que lavaba los pies de los huéspedes, como vemos hoy todavía a quienes enceran las botas de los amos. No creáis que se trata de un gesto realizado al azar. Jesús expresa ahí su propio misterio, el amo se hace sirviente; Dios se hace hombre.

Un pintor llamado Roubleu representó en otro tiempo a la Santísima Trinidad como tres personas alrededor de una mesa, celebrando el sempiterno festín del amor. Jesús se levantó de la mesa para acercarse a los sirvientes. Se despojó de su gloria para ponerse el uniforme del trabajo y el servicio. “Su condición divina… se aniquiló a sí mismo, adoptando la condición del sirviente y asemejándose a los hombres.” Se acerca a nosotros y nos revela, entregándonos su vida, lo que es el amor de Dios.

He aquí el misterio que revela su gesto y recapitula su vida. No obstante, este amor no puede morir. Es el mismo Dios. Se perpetúa incluso entre nosotros, en el sacramento de la caridad cristiana y la eucaristía. “Os he dado el ejemplo para que lo hagáis como yo lo he hecho con vosotros.” Comienza una nueva historia: la del amor de Cristo. Es la historia de la celebración eucarística y de la Iglesia.

Cada vez que participamos en la misa, recibimos la gracia y tomamos el relevo de esta caridad, como Cristo lo vivió. Celebramos el amor que va a entregarlo todo por sus hermanos y estamos reunidos por el signo que nos hace presente este gesto divino, ante nosotros y en nosotros –en el altar y en nuestras vidas.

Esta es la lección que nos da la Epístola de san Pablo. Celebrar la Eucaristía es entrar en la imitación de esta caridad siempre al día. También blasfemamos el sacramento al actuar en contra del misterio que nos une. Quien no comparte sus bienes con sus hermanos, quien se queda con las riquezas y deja al necesitado en su desgracia, quien sustenta en su corazón resentimientos acedos contra uno de sus hermanos, es un ser sacrílego. Contradice al amor que celebra, la muerte de Cristo se vuelve inútil; se burla porque la hace irrisoria al mismo tiempo que pretende tomar parte en ella. Su acto litúrgico condena su acción, pero no se preocupa por ello. Utiliza el don de sí mismo y se ama a sí mismo.

“Si nos juzgamos a nosotros mismos, añade san Pablo, no nos condenaremos”. Antes de comulgar con este sacramento de caridad, consideremos nuestra vida, con el fin de no tragarnos nuestra propia condena. ¿No blasfeman nuestros actos la eucaristía?

Espantosa pregunta, porque nuestra vida no es digna de la divina caridad que celebramos. En cambio, lo que san Pablo y la Iglesia nos piden es que nos acerquemos a este sacramento con la conciencia de ser aún capaces de un amor como este, con el deseo de participar en él toda nuestra vida, con el deseo de recibir lo que nos falta aún y de “comulgar” en el gesto de Dios. Entonces, seremos verdaderos al acercarnos a esta mesa –mesa de Dios y mesa de pecadores—, y hallaremos en ella este Espíritu de caridad que Jesús distribuye a la comunidad cristiana, sin medida.

ANEXO 2. SERMÓN PRONUNCIADO POR MICHEL DE CERTEAU EL 17 DE ABRIL DE 1960, DOMINGO DE RESURRECIÓN.

Hermanos míos,

Buscad por todas partes en el mapamundi. No hay país donde no se celebre hoy la resurrección de Cristo. En todos sitios, entre los hombres más perdidos de la tierra en el corazón de África, en las capitales comunistas, en Alaska, como en los infelices altiplanos de Brasil, en los kibutz israelíes como aquí, los cristianos celebran al Resucitado. La Iglesia viva manifiesta por doquier la presencia del que está Vivo hoy, como ayer y mañana: “El señor ha resucitado”, así es el inmenso grito de los hombres –voz de la Iglesia y en ella, voz de Cristo. [4 renglones tachados] La resurrección es para los hombres un hecho de experiencia, a la vez que el objeto de su fe. Pedro ya lo dijo en la mañana de Pentecostés: “Dios ha resucitado a Jesús; todos somos testigos”.

¿Hay que entender que los primeros apóstoles asistieron a la resurrección? No. Ni ellos ni nadie podían estar allí presentes para ver a Jesús salir de entre los muertos. El misterio sigue escondido en la noche y en el secreto de Dios, porque se aferra a la eternidad del Padre con su Hijo; se escapa a la mirada humana. En cambio, cuando los discípulos se encuentran con su maestro sienten en el resucitado un poder huidizo. Jesús no se presenta ante ellos como un simple hombre que regresara a la vida, sino como un ser resplandeciente de una existencia nueva y superior: “¿Es él de verdad?”, dicen. Sin embargo, “ya no es como antes”. Sigue siendo su compañero pero pertenece ahora a otro mundo. Es el amigo de ayer pero hace visible al mundo su vida divina. A pesar de todo, los apóstoles solo lo comprenderán cuando haya cambiado algo en un momento de su vida. Después de Pentecostés, cuando les llega su turno, participan en el Espíritu de resurrección. Son los mismos pero no son como antes: la fuerza del resucitado endureció su fe; el poder de la caridad les incita a hablar, a esparcir este Espíritu de amor fraterno y a recorrer el mundo para anunciar la buena nueva. Nada los detendrá, ni las persecuciones, ni el desaliento, ni los obstáculos, incluso si aún los padecen, porque es imposible desde este momento encadenar a Cristo o llevarlo de nuevo a la tumba. Él vive, vive en ellos y en su Iglesia. Vive en vosotros.

Es cierto que desde el principio ha habido oponentes. Corren rumores de que los apóstoles fueron embusteros y que quitaron en secreto el cadáver de Jesús. Los judíos intentaron frenar esa fuerza nueva que crecía. Los romanos también masacraron a los cristianos. En cada siglo han renacido esas acusaciones y hostilidades donde la incomprensión se mezcla con la buena voluntad. Ayer, de nuevo, lo anunciaban oficialmente: “Dios está muerto”; el cristianismo es un resto del pasado, un museo sin vida, un pueblo de estatuas y no un pueblo de gente viva.

Sin embargo, los cuentistas de anteayer se callaron ante la realidad. Los oponentes de ayer se han muerto o se han sentido atraídos por esta verdad viva: Roma ha quedado atrás o se ha hecho cristiana. Los mismos que proclaman la muerte de Dios han desaparecido y hoy, sus hijos le rezan al Dios vivo [toda la cuartilla tachada].

En cada época, se dice que la Iglesia está muriendo y cierto es que, en cada época, está debilitada por la enfermedad y la incapacidad de los hombres o los mismos cristianos, pero renace siempre. Sale siempre de la tumba. A cada momento, la Iglesia es el enfermo de Dios que se cura milagrosamente, fuente de santidad y esperanza porque el poder del resucitado la ha levantado, la ha guiado y la ha reanimado. Abandona a lo largo de la carretera todo lo que perece; no está sujeta a nada de lo que queda atrás, a esas instituciones, a esas culturas, a ese poder político y financiero a los que la creíamos vinculada y cuyo rompimiento puede hacernos pensar que ella misma era perecedera. La Iglesia no lo es porque solo tiene de viva y eterna la vida de Cristo resucitado y lo que permanece: la caridad, el divino poder del amor, siempre joven, siempre vivaz, siempre activo y nuevo en nuestros corazones de hombres y cristianos.

Vosotros sois, pues, quienes decidís, hermanos míos, si estáis con el que vive o con el que muere; si os aferráis a lo que permanece o a lo que se va; si queréis participar en esta resurrección o si aceptáis que el envejecimiento diario os aprisione, que os atosiguen el peso de las costumbres y el error, que os encadenen los intereses y los bienes que os alejan del que está Vivo.

Precisamente hoy os convocan, si queréis, para renovar esta elección. Hagáis lo que hagáis, Cristo vive. La Iglesia sigue su camino con el resucitado. Si elegís su caridad, también estaréis vivos; hallaréis en él esa fe que reanima nuestra vida y renueva nuestras esperanzas. Vosotros también seréis testigos de la resurrección, porque descubriréis el valor, la fidelidad y el amor ahí donde surgían el cansancio, los rencores, el desafío y la muerte. Hallaréis la amistad allí donde sentíais el aislamiento y la separación. Viviréis la resurrección por vuestra fe y seréis los agentes por vuestra caridad. Participaréis en este trabajo que prepara ya, desde este mundo, la resurrección última y la felicidad de vivir juntos con y como el resucitado.

Este es el sentido de la renovación de las promesas del bautizo: Elegid la vida como ya lo habéis hecho y pidamos juntos al que Vive que nos deje participar en el poder de su resurrección.

[1] M. de Certeau, ‛Expérience chrétienne et langages de la foi’, Christus, 46 (1965), p. 147.

[2] Prueba de ello es su participación en el proyecto de reorganización de la revista Recherches de Science Religieuse, en 1965 y, más tarde, su intervención como profesor de teología en el Instituto Católico de París.

[3] M. de Certeau, ‘La rupture instauratrice ou le christianisme dans la culture contemporaine’, Esprit, junio (1971), pp. 1177-1214.

[4] El padre Joseph Dehergne, archivista del sitio de Chantilly lo llama “bohemio incorregible” en una carta que le envía en febrero de 1984 para reclamarle no sin cierto tono amenazante las obras de Surin. El padre Paul Duclos, en una carta del 30 de octubre de 1986, vuelve a calificarlo de “erudito-bohemio.” Archives jésuites de Vanves. Caja 1. Correspondencia (En adelante al referirnos a los fondos, utilizaremos la abreviatura AJV). Agradezco al padre Robert Bonfils (SJ), archivista de la provincia de Francia, su disponibilidad y consejos en la consulta de los fondos de Vanves.

[5] Asociación fundada por la Compañía de Jesús en 1903 con la función de responder a los problemas sociales de su tiempo, teniendo en cuenta las relaciones entre cultura, justicia y fe cristiana.

[6] AJV: Caja 1. Correspondencia de los padres Jean-Yves Calvez, Paul Feller, Philippe Laurent, Gustave Martelet y Jean Villain.

[7] AJV: Caja 1. Carta de Jean-Yves Calvez, el 30 de marzo de 1960.

[8] La ampliación del espacio de la palabra era uno de los objetivos del Concilio Vaticano II. Véase E. Bianchi, ‛Carácter central de la palabra de Dios’, en G. Alberigo y J.-P. Jossua (Eds.), La recepción del Vaticano II, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1987, pp. 150-175.

[9] M. de Certeau, La Fable mystique. I. XVIe-XVIIe siècle, Gallimard, París, 1987 (1982) p. 320 [disponible en castellano, La fábula mística, trad. de Laia Colell, Siruela, Madrid, 2006].

[10] F. Dosse, Michel de Certeau. El caminante herido, trad. de Claudia Mascarúa, Universidad Iberoamericana, México, 2003, p. 19. Certeau habla incluso de un “inmenso aggiornamento de la Iglesia en el siglo XVI”, en AJV: Sermón a san Ignacio, 1965.

[11] D. Pelletier, ‛Pratique et écriture de la crise catholique chez Michel de Certeau’, Revue d’Histoire des Sciences Humaines 2/23 (2010), p. 10.

[12] “Si el cristianismo se redujera al silencio, significaría que está muerto. Solo los muertos dejan de hablar. […] La experiencia cristiana existe si se inscribe en unas prácticas y un lenguaje”, en M. de Certeau y J.-M. Domenach, Le christianisme éclaté, Seuil, París, 1974, p. 73 [disponible en castellano, El estallido del cristianismo, trad. de Miguel de Hernani, Sudamericana, Buenos Aires, 1976].

[13] Constitución Dei Filius del 24 de abril de 1870, cap. 3: Sobre la fe.

[14] AJV: Sermón para el domingo de resurrección, 1960. Véase Anexo 2.

[15] Su argumento es ontológico: “[Dios es] incontestable como el calor y la luz del sol descansan sobre las cosechas. Dios es lo real […] hay que estar al servicio de lo que crece en la vida de los hombres”, en AJV: Sermón a san Ignacio, 31 de julio de 1965.

[16] AJV: Sermón del domingo de pasión, s.d. La obra de Surin a la que nos referimos es J.-J. Surin, Questions sur l’amour de Dieu (1664), publicada en 1813 por La Sausse bajo el título Le prédicateur de l’amour de Dieu.

[17] AJV: Sermón a san Ignacio, 31 de julio de 1965.

[18] AJV: Sermón a san Ignacio, 31 de julio de 1965.

[19] P. Arrupe, La Iglesia de hoy y del futuro, Ediciones Mensajero, Bilbao-Santander, 1982.

[20] AJV: Sermón del tercer domingo de Cuaresma, 20 de marzo de 1960.

[21] “El secreto de poseer la caridad, ¿a qué te refieres con eso? ¿Reduces la esencia de la caridad a términos negativos? Si lo que dices fuera verdad, lo que no es posible, te respondo que eso no sería caridad porque la caridad es algo positivo y es ridículo que consista en el desapego por no hacer daño, por no formar parte de los asuntos del prójimo y los demás”, Sermón para el V lunes de Cuaresma, en L. Bourdaloue, Sermons pour tous les jours du Carême, tomo 2, Viuda de Mabre-Cramoisy, París, 1696, p. 23.

[22] G. Barrau, Le Mai 68 des catholiques, Les Éditions de L’Atelier, París, 1998, pp. 90-94.

[23] AJV: Sermón de Pentecostés, pronunciado en Laval, el 24 de mayo de 1953.

[24] “Un pintor llamado Roubleu representó en otro tiempo a Santísima Trinidad como tres personas alrededor de una mesa, celebrando el sempiterno festín del amor”. Véase Anexo 1.

[25] M. de Certeau, ‛Prendre la parole’, Études (juin-juillet 1968), reimpreso en M. de Certeau, La Prise de parole et autres écrits politiques, ed. de Luce Giard, Seuil, París, 1994 (1968), p. 51 [disponible en castellano, La toma de la palabra y otros escritos políticos, trad. de Alejandro Pescador, Universidad Iberoamericana, México, 1995].

[26] AJV: Sermón de Pentecostés, pronunciado en Laval, el 24 de mayo de 1953.

[27] AJV: Sermón para el tercer domingo de Cuaresma, 20 de marzo de 1960.

[28] AJV: Sermón para el Socorro católico, pronunciado el 20 de noviembre de 1960.

[29] Su discurso se irá forjando a partir de la observación y la experiencia, en particular, desde su exilio intelectual americano: “Muchas cosas desde el punto de vista político (6 de abril, las elecciones municipales que han traído a un alcalde negro y a concejales radicales, una gran manifestación contra Vietnam el 24 de abril; he asistido a conferencias bastante violentas verbalmente contra el servicio militar –había casi más de 4.000 jóvenes en 1970)”, AJV: Caja 1. Correspondencia desde EE.UU. Carta al padre Bruno Ribes desde la escuela jesuita de Berkeley, 18 de abril de 1971.

[30] AJV: Sermón del jueves santo, 14 de abril de 1960. Véase Anexo 1.

[31] La visión histórica de la Iglesia, fuera de su tiempo teológico, se reconoce en su idealización de san Ignacio, al que denomina político, cruzado, Lenin del siglo XVI, conquistador o descubridor de América. AJV: Sermón a san Ignacio, del 31 de julio de 1966. Véase también M. de Certeau, L’Écriture de l’histoire, Gallimard, París, 1975, p. 161.

[32] AJV: Sermón del lunes de resurrección, s.d.

[33] P. Royannais, ‛Michel de Certeau: l’anthropologie du croire et la théologie de la faiblesse du croire’, Recherches en sciences religieuses, 4/91 (2003), p. 509. Sobre la noción de creencia, remitimos al trabajo de J. D. González-Sanz, ‛Puntales para el estudio de la antropología del creer de Michel de Certeau’, La Torre del Virrey, 12 (2012/2), pp. 59-69.

[34] ‘Presbiterorum Ordinis en Documentos completos del Concilio Vaticano II, Mensajero, Bilbao, 1987, p. 268.

[35] AJV: Sermón para tercer domingo de cuaresma, 20 de marzo de 1960.

[36] “Iniciado en el pensamiento obrero del universo y de la caridad, José puede enseñarle a Dios su oficio de hombre”, AJV: Sermón a san José, s.d.

[37] AJV: Sermón a san Ignacio, 31 de julio de 1966.

 

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