Meditaciones sobre los ejercicios de San Ignacio

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KARL RAHNER, Meditaciones sobre los ejercicios de San Ignacio, traducción de J. Blajot, Herder, Barcelona, 2014, 312 pp. ISBN 978-84-254-2934-7 (Betrachtungen zum ignatianischen Exerzitienbuch).

 

La Compañía de Jesús, herencia de Ignacio de Loyola, forma parte de la médula de la cultura occidental de los últimos cinco siglos y también del nuestro.

            Esta premisa es la principal clave de lectura de esta obra, publicada por primera vez en 1971 y que Herder reedita ahora con acierto. No ha habido en estas últimas centurias (se cumplirán en 2039 quinientos años de su fundación) una institución cristiana tan significativa como la Societas Iesu, quizás precisamente por el claroscuro de las luces y las sombras que ha constituido su historia. Desde la lucha a muerte con el jansenismo, hasta su controvertido protagonismo en la educación de las élites sociales, pasando por varias expulsiones en distintos países, la relación de amor y odio que han mantenido con la Compañía las sociedades europeas primero, y de todo el mundo después, guarda una estrecha similitud con el proceso freudiano de represión y retorno de lo reprimido. Y como un signo de ese retorno puede leerse el hecho de que la influencia de la Compañía haya llegado hoy a extremos como el que un jesuita ocupe la cátedra de San Pedro.

            En el núcleo de la Compañía están los Ejercicios Espirituales, un particular itinerario de oración y elección (discernimiento) diseñado como una metodología para escuchar a Dios y poner por obra su Palabra. Pulido producto de un proceso de escritura, práctica personal, difusión y reescritura que Ignacio mantuvo durante sus largos años de meditación y vida apostólica, los Ejercicios son el libro ignaciano por antonomasia. Su identificación con ellos llegó hasta el punto de que para poder enseñarlos sin miedo a ser acusado de iluminado se convenció de la necesidad de estudiar teología y ordenarse sacerdote. Desde entonces la institución jesuítica es tan hija de los Ejercicios como ambos lo son de San Ignacio, y en ellos pueden verse en germen las características centrales de sus integrantes. Este es el motivo de que estas Meditaciones, escritas por un insigne jesuita, sean una lectura recomendable para todo aquel que tenga interés en el cristianismo en general, por la Compañía en particular, o que, sin tener ni uno ni otro, quiera comprender un poco más a uno de los actores religiosos y políticos más relevantes de nuestra edad.

            Karl Rahner (1904-1984), fue junto a Henri de Lubac uno de los teólogos jesuitas más importantes del último siglo. Su profunda formación tomista, unida a su estudio de la filosofía heideggeriana y a una capacidad de trabajo que ejercitó durante años en la oscuridad de su vida académica en Innsbruck (Austria), ofreció como fruto una teología con pretensión de sistema y a la vez atravesada de existencialismo (define a Ignacio de Loyola en varias ocasiones como un radical “existencialista cristiano”, pp. 24, 41). En ella se dan la mano tres nociones que aparecen clara y repetidamente en este libro: la realidad de Dios y el orden objetivo del mundo que éste ha querido; la condición del ser humano como alguien llamado a “realizar su propia existencia como persona” (p. 38); y la historia como punto de encuentro de todo lo anterior: Dios, mundo y personas.

            Por todo ello esta obra de Rahner puede ser una fuente de estudio teológico.  También porque pone otra vez sobre la mesa la que es quizás la cuestión más interesante en teología desde el siglo XVI: la de la gracia. Pero a la vez puede ser una fuente de estudio filosófico para quienes intentan conocer qué hay de cierto en asuntos de tanto calado como la secularización, la separación de poderes, la desmitologización, la muerte de Dios o el final de la metafísica. Respecto a esta última y después de leer estas Meditaciones, subsiste la duda razonable acerca de si dicha muerte solo se ha dado en las cabezas de algunos (desde luego no en las de todos los lectores de Heidegger).

            Dado que la vida concreta es, en último término, el tamiz en el que ha de medir su veracidad cualquier filosofía y cualquier religión, mientras haya vidas que se desarrollen en función de lo que encuentran en la práctica de los Ejercicios Espirituales no hay duda de que seguirá habiendo metafísica. Porque quienes se embarcan en esta tarea, y salen con bien, afirman que hay un Tú (semper maior) y que hay algo que ese Tú comunica. Los Ejercicios, vistos desde fuera, se presentan entonces como una oportunidad de cuestionamiento de la propia vida a partir de la posibilidad (al menos teórica) de realizar un acto de asunción libre de la voluntad de Dios como propia. Acto al que se llama, en el campo lingüístico del cristianismo, obediencia.

            En mi opinión, no hay una palabra más importante en todo este libro y probablemente no haya una palabra más necesaria para nuestro tiempo. Su uso en el campo de la filosofía política nos llevaría al menos hasta Ortega y su reivindicación del fin del predominio de las masas, lo que de inmediato encendería algunas alarmas. Su uso en un contexto teológico cristiano supone tantas cosas, y tan difíciles de asumir para los pensamientos débiles, que son muchos los practicantes que hoy la rechazan nada más escucharla. Por eso es tan apropiada la lectura de estas Meditaciones, porque (en uno u otro uso) enfrenta a una de las realidades que todavía es capaz de generar una oposición visceral, signo de que algo se cuece interiormente a este respecto.

            En el plano cristiano es destacable que los Ejercicios Espirituales son la principal vía hacia la obediencia (en el mejor y en el peor de sus sentidos) que ha encontrado la Iglesia desde el inicio de la Edad Moderna, y sin ser ellos mismos un “sistema teológico” (p. 15), condensan las claves de una fe. La existencia de un Dios creador; su condición de persona; su encarnación en Jesucristo; la determinación de su voluntad particular para con cada ser humano; la posibilidad para estos de poder (aún parcial y pobremente) escuchar esta voluntad de Dios y ponerla por obra, son puntos de partida sin los que estos Ejercicios de San Ignacio serían incomprensibles e imposibles de practicar.

            Pero aún con el convencimiento cierto y existencial sobre la verdad de estas afirmaciones (según Rahner “solo quien cree hace la experiencia y, al hacerla, cree”, p. 269), la tarea de los Ejercicios no se presenta fácil, pues su objetivo es, nada más y nada menos “que Dios… nos diga algo” (p. 292). Dando tres pistas sobre la actitud con la que hay que aproximarse a ellos, Rahner da tres aldabonazos en la buena conciencia del ejercitante y de cualquier lector atento: “No hay que pedir demasiado” (p. 34); “no nos engañemos” (p. 35); “Dios no lo perdona todo” (p. 36). Solo por escuchar una vez más esta trinidad (no es fácil, no te engañes, no todo vale), que además de cristiana es tradicionalmente filosófica, conviene leer esta obra que puede llevarnos a redescubrir la importancia de ejercitar el espíritu y, por otro lado, a vislumbrar la diferencia entre los nuevos y antiguos ejercicios espirituales.

            Y es que la propuesta de Ignacio se inserta en una tradición que, conectando con el mundo antiguo y en especial con la escuela estoica, llega hasta nuestros días después de pasar por hitos tan relevantes como las Meditaciones de Descartes. Para ver hasta qué punto es profunda esta ligazón basta leer simultáneamente las páginas dedicadas a la muerte en las Meditaciones de Rahner y en las de Marco Aurelio (es significativo en este sentido el estudio sobre estas Meditaciones estoicas realizado por Pierre Hadot, La ciudadela interior, Alpha Decay, 2013). Sin embargo, como Rahner señala en varias ocasiones cuando habla de la indiferencia ante las cosas del mundo (confirmando que la confusión es posible), la metodología ignaciana transforma esta tradición por completo al introducir la referencia a un Dios encarnado.

            Probablemente gracias a que su origen son las notas tomadas por los asistentes a sus tandas de Ejercicios (revisadas posteriormente por otros jesuitas y solo en último término por el autor), en general todo el libro tiene un estilo dinámico, lleno de giros rápidos y cortos, que hacen muy agradable su lectura, y que contrasta con la prosa difícil a la que acostumbra Rahner en sus textos teológicos (una prosa que el lector puede catar en la sección XII, La encarnación de Dios, pp. 107-126). Por otra parte, nadie puede escaparse, y tampoco este jesuita, de lo que Ortega llamó “vigencias colectivas”, ese tipo de creencias que son el suelo conceptual de una época y que, en este caso, emergen de forma puntual pero llamativa en algunas expresiones del autor respecto a los judíos, aún sin ser nada exageradas para un católico nacido en 1904 y criado en la liturgia romana que oraba por los “pérfidos judíos”.

            Aunque para el autor sus destinatarios explícitos fueron los estudiantes de teología y los sacerdotes, la lectura de estas Meditaciones se ofrece, cuarenta años después de su primera publicación, como un tesoro oculto para todos ellos, pero también para todos los estudiantes de historia y de filosofía que quieran tener en cuenta el impacto de la Compañía de Jesús en la configuración de Occidente. Y al mismo tiempo para todas esas personas hambrientas de la posibilidad de que el ser humano no sea un capricho de la evolución y de que el mundo no sea tan superficial ni tan malo como parece. Para muchas de ellas, escuchar, actuar, obedecer, siguen siendo palabras necesarias.

Juan-Diego González-Sanz

 

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