Los judíos y las palabras

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Amos OZ y Fania Oz-SALZBERGER, Los judíos y las palabras, traducción de Jacob Abecasís y Rhoda Henelde Abecasís, Siruela, Madrid, 2014, 220 pp. ISBN 978-84-16120-59-8.

     Los judíos y las palabras llama la atención del poder de recepción de la escritura y enseña de manera extraordinaria una doble continuidad en lo que hoy podemos entender como judaísmo: en la autoría entre padre e hija y en el título entre los judíos y las palabras. Los judíos están íntimamente relacionados con las palabras y las palabras son reconocidas como más antiguas que el hombre. Entre los judíos, padre e hija en este caso, y las palabras, entre padre e hija, no hay sino interpretaciones que registrarían en el fondo la relación entre los judíos y las palabras. La continuidad entre los judíos y las palabras no muestra, por tanto, una línea de sangre, sino una línea de texto (p. 17). Las palabras son, también, más antiguas que el judaísmo.

     El texto es, entonces, una metáfora del mundo judío en el que la transmisión de las palabras es generacional. No tanto en un intento por conservar el anonimato de los autores como para mostrar la autoridad intelectual de la mujer, la relación entre padre e hija revelaría la superioridad de la relación entre padre y alumna auspiciada por lo que ambos, padre e hija, han denominado “la supervivencia de la memoria” que tiene que ver con la condición de la historia material de los libros afín al acceso de la mujer a los textos fundamentales de la tradición judía (pp. 101-103). Pero la transmisión intergeneracional de las palabras no implica necesariamente un acuerdo entre varias generaciones. La relación entre padre y alumno es desconocida en Occidente.

     En la tradición judía, la relación entre maestro y alumno, entre rabí y talmíd, habría puesto de manifiesto que “los hijos pueden convertirse en una gran decepción, mientras que un buen alumno rara vez nos defraudará” (p. 24). De hecho, la relación entre la figura del padre como maestro y la figura del hijo como alumno está justificada etimológicamente, en tanto que moré, maestro, y horé, padre, poseen la misma raíz. Las escuelas de la Mishná y del Talmud representan el precedente judío de la universidad intelectualmente más elevada. La familia judía ha sido forjada y mantenida por las palabras de los libros. Sin una literatura propiamente dicha, el pueblo judío no podría acudir a las fuentes textuales del pasado para arrogarse una voz propia dentro de la historia universal de la literatura, sino que se vería consternado por la ausencia de un padre intelectual que había de enseñar la vida de los textos judíos a través de la pervivencia de los libros como escena de instrucción desde la infancia. La continuidad requería originalidad (p. 76). Amos Oz ha subrayado precisamente esta tensión entre lo innovador y lo sacrosanto como el “aferramiento de los judíos a su propia historia” y a la vez “su inclinación como padres a pasar la antorcha intelectual” (p. 129). En un sentido no solo material, la literatura judía se habría convertido en la clave de la experiencia judía. La experiencia judía, sin embargo, podía o no ser religiosa.

     Las razones del judaísmo ateo o de la identidad de judío israelí laico del candidato al Premio Nobel de Literatura, así como de su hija Fania, parecerían poderosas y se resumen literalmente en que “no creemos en Dios” y “el hebreo es nuestra lengua madre”, “nuestra identidad judía no está impulsada por la fe” y la Biblia es citada conforme a una tendencia política, en el mejor de los casos, atávica o, en el peor de los casos, nacionalista (pp. 18-19). El espíritu laico del judaísmo hace referencia a una “comprensión no religiosa” del mundo en la que la fe es sustituida por el asombro y el judío ateo sigue siendo judío a través de la lectura. Ahora bien, si el mundo entero es un texto para el judío laico, ¿la laicidad consistirá entonces en una interpretación de la biblia? ¿Está justificada en la biblia? ¿Qué, o quién, la justificaría?

     La ley, la propia ética de la literatura, sería infalible en tanto que los libros no lo son (p. 21). El arte de leer y escribir son más antiguos que el libro y sobrevivirán siempre a su existencia. El judaísmo puede ser adquirido sin ser creído, pero la enseñanza del judaísmo está más allá de la incredulidad que responsabiliza a Dios de las faltas del hombre. La responsabilidad y la culpa siguen configurando el marco del pensamiento ortodoxo, alimentando la ausencia de autocrítica y la imposibilidad del cambio. Sin embargo, el judaísmo laico es solo una parte de la historia universal de la literatura. La experiencia judía o religiosa trascendería el valor literario de la biblia condicionado por el fundamento de la creencia o la fe mucho más productivo que el debate acerca de la enseñanza de la biblia como texto literario en las escuelas públicas. Pero en el margen del texto Dios aparecería infalible al alimentar la expectativa del lector.

     La bíblica hebrea es “una magnífica creación humana”. La cualidad plástica, como hemos visto, de Los judíos y las palabras da forma a una ética literaria que entronca con el placer estético de la lectura de la Biblia, trascendiendo tanto la “disección científica” como la “lectura devocional” (p. 21). La formación del canon literario judío habría sido similar a la recepción de los poemas homéricos que inauguraron la civilización occidental y que fueron hablados o cantados para luego ser recopilados de memoria a lo largo de las generaciones. Cuando la interpretación de las Escrituras o de los textos judíos es llevada a cabo desde la perspectiva de la ética literaria del escritor, su valor de lectura resulta de la amplitud con que la escritura es considerada asimismo una interpretación, y da la impresión de que lo que podemos saber de la literatura judía es lo mismo que podríamos aprender de la lectura de la literatura universal. “La lectura incesante, tanto la puramente repetitiva como la que proponía una nueva interpretación, era el único acto que retenía, relanzaba y reconsagraba los textos sagrados” (p. 50). La historia de la literatura, sin embargo, no se limita a la lectura y a la interpretación de la Biblia, pero los caracteres literarios de la Biblia contienen toda la literatura habida y a la fuerza por haber. Reconocer el valor de escritura de la Biblia y de los textos judíos en general dependerá entonces de haber comprendido las Escrituras por la cualidad que trasciende las palabras mismas, no solo por las palabras que trascienden el texto y consagran el libro para la posteridad. Una religión de la literatura judía fijaría un canon demasiado rígido, corriendo el peligro de ocultar la existencia de Dios en el placer de la crítica y la lectura.

     Dios es, también, una de las palabras judías. De hecho, hay “una fluida continuidad entre el lenguaje de la vida real y el lenguaje de la felicidad prometida por la divinidad” (p. 113). Se trata en realidad de una república teocrática de las letras. El texto sirve la polémica y es que “cada lector es un revisor, cada estudiante un crítico, y cada autor por su parte, incluido el propio Autor de la Creación del Universo, suscita una infinidad de interrogantes” (p. 11). Asociada al extremismo religioso o nacionalista, la lectura del Talmud habría enseñado, por el contrario, una “curiosidad extrema” y la experiencia de que “las cosas más diminutas importan tanto como las más grandes”. La conversación y el estudio no eran opuestos ni resultan inventos modernos. En la escuela “había lectura como oración, lectura como rito, lectura como mensaje y lectura como razonamiento” (p. 50). En realidad la conversación era propedéutica para el estudio. “Unos cuantos antiguos atenienses —escribirían los autores— están más próximos a nuestros corazones que la mayoría de los israelitas bíblicos” (p. 62). La jutspá, que podría ser traducida como descaro o atrevimiento, era el leitmotiv de la literatura judía que podía ser identificado por su “tendencia discutidora”, su “humor” predominantemente verbal, su ausencia de pantomima como algo específicamente no judío y su “reverente irreverencia”, para citar solo algunos ejemplos que no contemplarían en absoluto la santa simplicitas cristiana (p. 50). La jutspá corresponde a la intemporalidad del judaísmo por la que “todas las mentes que hayan vivido alguna vez son contemporáneas”. El debate interno del judaísmo es extraordinariamente rico para la propia literatura judía.

     Si recordamos la doble lectura que ofrecía la película Una barrera invisible (Gentelman’s Agreement) de Elia Kazan, el judaísmo aparece literalmente como una invención moderna que trata de perdurar en la historia como identidad por contraposición a la tendencia de la modernidad caracterizada por el cristianismo y el antisionismo, mientras que el canon de la literatura judía aspiraría a constituir una especie de filosofía perenne que debe su impronta más a la búsqueda permanente de la sabiduría que al rechazo de la identidad judía conforme al supuesto origen de la sabiduría. Pero, ¿cuál es el origen de la sabiduría? Harold Bloom ha declarado que el origen de la sabiduría es lo más antiguo que hay en nosotros. ¿Qué era entonces más antiguo, el texto o el autor del texto? ¿Y qué sería lo más antiguo en la vida de un judío, y para un judío? Si el judaísmo fuera una invención moderna, ¿serían los judíos más antiguos que el judaísmo? Amos Oz considera que en el actualidad el término judaísmo es utilizado como correctivo para los infieles (p. 147). El judaísmo ortodoxo es un judaísmo antilaico. En la posmodernidad judía, el judaísmo habría de sustituir a la Torá y a los Mitzvot, devolviendo al conflicto entre la religión y el Estado —la normatividad como extrema forma de vida, exclusiva y violenta, no inclusiva y pacífica— el dominio de la escena pública. “Las palabras son importantes, y también lo es su ausencia” (p. 150). El sentido de comunidad y el símil de las palabras con las catedrales constituirían al cabo un refugio para la lectura y el estudio. Al final de Los judíos y las palabras, los autores aconsejarían al lector que probara a sustituir en una relectura del libro la palabra “judío” por “lector” a fin de captar la ética literaria judía, que renovaría la lectura en cada nueva interpretación, ya fuera o no marginal. La nueva interpretación que debía ofrecer la lectura correspondería al principio de la vida. Los judíos y las palabras pertenece, por derecho propio, al canon literario occidental.

Antonio Fernández Díez

 

 

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