Los filósofos de Hitler

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YVONNE SHERRATT, Los filósofos de Hitler, traducción de Manuel Garrido y Rodrigo Neira Castaño, Ediciones Cátedra, Madrid, 2014, 334 pp. ISBN 978-84-376-3342-8 (Hitler’s Philosophers. Yale University Press, 2013).

El estudio del nacionalsocialismo alemán ha sido, es y será uno de los retos más importantes a los que se han enfrentado, se enfrentan y se enfrentarán los cultivadores de la historia, de la filosofía y de las ciencias sociales. Tratar de entender cómo, en un país que presumía de civilizado y culto, pudieron llegar al poder Hitler y los suyos en 1933, cómo éstos configuraron un tipo de estado basado en el nacionalismo más excluyente y exacerbado, en el racismo, en el expansionismo imperialista, en la veneración al líder intocable, en la agresividad, la violencia cotidiana y el ánimo provocador, y en la falta de compasión por los “débiles” y el odio a “los otros” (los nazis persiguieron a judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, enfermos mentales, comunistas, demócratas, pacifistas, desarraigados…), cómo lograron que una infinidad de alemanes comunes y corrientes se unieran a su causa o, en todo caso, simpatizaran de buen grado con ella (pensando seguramente que su triunfo les haría merecidos dueños del mundo), cómo consiguieron llevar al planeta a la mayor y más atroz guerra que, de momento, ha conocido, o cómo organizaron el brutal programa de exterminio genocida que identificamos con nombres como Holocausto o Shoah, ha generado y ha de seguir generando un volumen ingente de reflexiones e investigaciones de diversa calidad y horizontes variados.

Pese al tiempo transcurrido desde que las posibilidades de triunfo del régimen nazi –y el de sus muy amados hermanos de leche, el ultranacionalismo japonés y el fascismo italiano– fueran cercenadas en los campos de batalla, acercarse a su estudio con mesura, frialdad y distanciamiento sigue siendo difícil. Es un ejemplo claro de historia que no quiere pasar y por ello, quizá, almohadillar en demasía el trecho entre el investigador y el objeto de sus desvelos continúe siendo indeseable. Al menos mientras existan nostálgicos y encubridores, persista la exhibición sin pudor de sus símbolos, sus fetiches y sus consignas, y permanezcan amenazadoramente vivas –pero ¿morirán alguna vez?– las serpientes que anidaban en su seno: el miedo irracional al diferente, la intolerancia, el racismo, la xenofobia, la homofobia, el culto a la fuerza y la violencia…

A mí me gustan especialmente los trabajos que abordan el estudio del nazismo con buena información, rigor y honradez intelectual (es decir, con ánimo “científico”, con pretensión de “verdad”) y, al tiempo, eso no escamotea la maldad profunda de lo estudiado, ni conlleva una pérdida absoluta de pasión, ni olvida a los lectores haciendo alarde de una jerga académica poco apta para el gran público. La buena historia no puede ser mera propaganda, pero tampoco un discurso aséptico y sin alma y menos aún un producto sólo al alcance de sesudos profesionales. Por ello he de manifestar lo gratificante que me ha resultado leer Los filósofos de Hitler, el primer libro que se traduce al castellano de la inglesa Yvonne Sherratt, una autora que, curiosamente, comenzó estudios de medicina antes de cursar los de filosofía, que ha publicado títulos como Adorno’s Positive Dialectic (2002) y Continental Philosophy of Social Science (2005), y que ahora trabaja en la Universidad de Bristol. Y un libro que aspira a dar cumplida cuenta de cuál fue la relación que mantuvieron el nazismo –en general– y Adolf Hitler –en particular– con la filosofía.

He hablado de buena historia y no de buena filosofía. Y es que, pese a la formación académica de la autora y pese a la naturaleza del tema, la obra es, básicamente, un recorrido histórico por las fuentes filosóficas de Hitler, un relato de cómo los nazis pusieron a su servicio a la filosofía académica alemana de su tiempo, una aproximación biográfica a algunos de los más destacados filósofos que se adhirieron a tan siniestra empresa (Carl Schmitt, Martin Heidegger) y a algunos de los que, por el contrario, sufrieron persecución por razones étnicas (Walter Benjamin, Theodor Adorno, Hannah Arendt) o políticas (Kurt Huber), y un balance más que inquietante de los –escasos– logros cosechados en este campo por las medidas desnazificadoras asociadas a los juicios de Núremberg. Historia, pues, no estrictamente filosofía. E historia que se merece más el adjetivo de política que cualquier otro. Historia, por cierto, dotada de gran eficacia comunicativa, resultado sin duda de la opción por una prosa narrativa muy ágil y dinámica que realiza la autora –“el libro está escrito como un docudrama que trae al presente la era histórica y los dramas personales de la gente implicada”, nos dice en la Introducción–, evitando conceptos abstrusos y cualquier oscuridad de lenguaje, aunque quizá le sobre, en mi opinión, algún irritante neologismo, como “hackear”. Historia, por lo demás, escrupulosamente documentada, ilustrada incluso con fotografías de gran interés, edificada sobre una amplia bibliografía y que, por ello, puede concitar por igual la atención de doctos y legos.

El libro se organiza en dos partes. La primera, sin título genérico, nos presenta al bando de Hitler (he estado a punto de escribir a Hitler y su banda). El primer capítulo, “Hitler, el «genial cocktelero»”, analiza la apropiación que efectuó el líder nazi, convencido de ser él mismo un gran pensador (un “filósofo führer”), de las prestigiosas herencias intelectuales de Immanuel Kant, de Arthur Schopenhauer, de Friedrich Nietzsche (en especial) y del músico Richard Wagner, una apropiación que los convertía en sus precursores directos, y que incluyó también abundantes materiales extraídos de filósofos del relieve de Johann Gottlieb Fichte o Georg Wilhelm Friedrich Hegel, de historiadores reaccionarios como Heinrich von Treitschke y Oswald Spengler, y de escritores racistas como Houston Stewart Chamberlain (el yerno de Wagner), Paul de Lagarde y Julius Langbehn. Lector voraz (otro problema es si, y qué, leía con provecho, y cuántos de los libros que empezaba dejaba sin acabar), Hitler mezcló aquello que le interesó de todos ellos con sus prejuicios para conformar las “atroces creencias” –en expresión literal de la autora– que se plasmaron en el Mein Kampf, la obra que lo haría rico y famoso. Además de asistir al proceso de redacción –en 1923, tras un fracasado golpe de estado, y mientras cumplía condena por alta traición en muy confortables condiciones en la cárcel bávara de Landsberg, acompañado de Rudolf Hess– del citado libro, Yvonne Sherratt nos muestra a un Hitler que se cree su propia fantasía de insigne filósofo y se vanagloria de ello.

El segundo capítulo, “Cáliz envenenado”, es un repaso de lo que tomó el nazismo de esos “precursores”, es decir, de cómo Hitler tuvo a su entera disposición un amplio acervo de ideas que formaron la munición utilizada por él y sus seguidores para reforzar su fanática visión del mundo. El lector descubre, así, el antisemitismo esparcido en las obras de Kant, de Fichte, de Hegel, de Schopenhauer y de Ludwig Feuerbach.  Y, por supuesto, en las de Wagner. Se encuentra también con una valiosa aproximación a Nietzsche que permite entender por qué Hitler pudo convertirlo, a pesar de las complejidades y ambigüedades que conforman la obra del filósofo, en uno de sus autores de cabecera. Yvonne Sherratt muestra que fue la particular versión de Nietzsche elaborada por la hermana y albacea de éste, Elisabeth, la que hizo suya y aprovechó Hitler, ya que permitía satisfacer las necesidades del Tercer Reich: fanatismo bélico, antisemitismo (por más que en los escritos nietzscheanos esta cuestión aparece repleta de ambivalencias), nacionalismo, exaltación del “superhombre” y crítica de la mediocridad y, por tanto, de la democracia… Asimismo pudo hallar las raíces de la doctrina de la superioridad “aria”  y la inferioridad semita en los escritos del conde Arthur de Gobineau, de los citados Treitschke, Lagarde, Langbehn y Chamberlain (que, aunque nacido inglés, propugnó el pangermanismo), o del periodista Wilhelm Marr. Párrafos también de gran interés se dedican a la manera en que en Alemania se reelaboró el darwinismo social llevándolo al racismo puro y duro y, por tanto, a justificar la violencia contra los judíos, a través de las obras sucesivas del zoólogo Ernst Haenkel, de los eugenistas Hans Friedrich Karl Günther y Alfred Ploetz, del historiador de la cultura Arthur Moeller van der Bruck, del citado Splenger, y del filósofo Gottlob Frege. En resumen, como escribe la autora, las “teorías del estado fuerte, de la guerra, del superhombre, del antisemitismo y, definitivamente, del racismo biológico, abundaban en el pasado de la nación” alemana. En el trasfondo de su “noble herencia –la de Alemania– palpita esta escondida y oscura faz”. Con lo que “lejos de su nobleza y de su estar por encima de los asuntos corrientes, los filósofos alemanes le habían suministrado a la civilización europea un cáliz envenenado que Hitler no tardaría en utilizar en su provecho”.

Un largo tercer capítulo, “Colaboradores”, narra lo que podríamos llamar la toma del poder intelectual de Alemania por los nazis: para Hitler “era necesario adueñarse de la mente de su nación, controlar sus ideas, hacer de los hombres meros subalternos”, y para lograrlo había que comenzar por “destruir cualquier idea que no fuera congruente con la suya”. La auténtica “figura” de este capítulo es el hombre que fue escogido para dirigir tal empresa por delegación del Führer: Arthur Rosenberg. Este alemán del Báltico (había nacido en Estonia, a la sazón parte del imperio de los zares, y había estudiado ingeniería en Moscú) fue elevado al puesto de algo así como “filósofo en jefe” nacionalsocialista, y se aplicó a aportar la munición intelectual necesaria para destruir la democracia e instalar en su lugar la nueva realidad nazi. El pensamiento de Rosenberg bebía en las mismas fuentes que el de Hitler y se concretó en el libro El mito del siglo XX, que vendió más de un millón de ejemplares. El racismo de Rosenberg llegaba a extremos delirantes –sostenía, por ejemplo, que Jesucristo procedía de un enclave de raza nórdica instalado en Galilea que había luchado contra los judíos– y suministraba ideas que autorizaban el genocidio. Su aportación más celebrada fue la “escala racial humana”, jerarquización de la especie en la que los arios estaban en la cima y los judíos y los africanos en el extremo inferior. Con todo, para destruir los viejos valores e introducir los cambios en la enseñanza y la investigación que el triunfo de la ideología nazi exigía, Rosenberg necesitaba reclutar colaboradores académicos, y los encontró en dos filósofos, Alfred Bäumler y Ernst Kriek, “principales arquitectos organizadores de la infiltración nazi en las universidades”, en frase de la profesora Sherratt, y en una caterva de acólitos. La expulsión del anciano Edmund Husserl de la docencia que ejercía como emérito en 1933 ejemplifica la rapidez y la inquina con que los profesores judíos fueron desplazados a las primeras de cambio (y sustituidos por otros racialmente puros), y que constituyó el acto inaugural de agresión a las universidades. El capítulo recoge un amplio muestrario del rosario de medidas que siguieron: las quemas de libros, las listas negras, los nuevos planes de estudios… Y evidencia cómo, mientras la cruel persecución contra los judíos arreciaba hasta desembocar en la brutalidad más abyecta, los filósofos captados por el nazismo “competían, pugnando por el prestigio, en aducir argumentos que evidenciaban la corrección de sus conceptos antisemitas”.

El siguiente capítulo, “El legislador de Hitler: Carl Schmitt”, es más corto pero no menos interesante. Se centra en este singular personaje, un filósofo del derecho de apabullante prestigio cuando se afilió al partido en 1933, y que pasa por ser uno de los nazis más dotados intelectualmente. La autora recorre con detalle su biografía hasta ese momento: el catolicismo de su familia, su excomunión cuando se divorció de su primera esposa, su brillante carrera académica, su respaldo a un régimen presidencialista en lugar del vigente con la Constitución de Weimar y su declarada aversión inicial al nazismo (hasta prácticamente el día de su ingreso consideraba a los nazis unos extremistas que amenazaban la seguridad del estado). Después se pregunta qué razón motivó la especie de “pacto fáustico” que Schmitt estableció con los amos a los que vendió su alma: “¿El miedo? A cambio de protección Schmitt ofrecería su total lealtad”. El miedo, quizá, pero también un oportunismo indecente que se trasluce de la promoción académica que esa protección le aseguró. Schmitt comenzó su singladura nazi escribiendo una loa de la quema de libros de escritores judíos –de los que se mofó– y pidiendo más: que se quemaran también las obras de no judíos influidos por las ideas de éstos. Se convirtió luego, entre otras cosas, en director del grupo de profesores universitarios de la Liga Nacionalsocialista de Juristas Alemanes, en presidente de los Juristas Alemanes Nacionalsocialistas y en catedrático de la Universidad de Berlín, cargo que mantuvo hasta 1945. Pero sobre todo fue el arquitecto del sistema jurídico en que se fundamentó la dictadura nazi y el principal consejero legal de Hitler. “Schmitt desarrolló para Hitler las líneas legales y filosóficas de la constitución del Tercer Reich, cuyo pilar era el estatus de Hitler como Jefe de Estado y como líder del partido bajo la Ley aseguradora de la unión de partido y estado del 1 de diciembre de 1933”. Ni su arribismo ni su inteligencia impidieron que se convirtiera en un nazi típico: defensor del antisemitismo y de la superioridad germánica y legitimador de la tiranía, la violencia y el derramamiento de sangre.

Tras ocuparse de una de las estrellas rutilantes del pensamiento nazi, Yvonne Sherratt se detiene en la otra: en efecto, el quinto capítulo se titula “El superman de Hitler: Martin Heidegger”. Los nazis necesitaban un genio de su propio tiempo que les transfiriera su prestigio, y el filósofo de Friburgo, por aquel entonces ya cubierto de un aura de sabio mundial gracias a Ser y tiempo, era la pieza a cobrar. La autora introduce los datos claves de su biografía anterior al nefasto 1933: su vocación religiosa, su aprendizaje con Husserl (que se erigió en su padrino académico), su acceso a una plaza de profesor en Marburgo y a la cátedra en Friburgo, su enorme fertilidad intelectual en la década de los veinte y su affaire con una jovencísima estudiante judía que acabaría siendo famosa, Hannah Arendt. Después sucumbió al hechizo de Hitler. Cuando Karl Jaspers, casado con una judía y antinazi, le cuestionó que un hombre tan tosco como aquel pudiera gobernar Alemania, Heidegger le contestó: “la cultura no tiene aquí importancia. ¡Fíjese en sus maravillosa manos!”. En mayo de 1933, coincidiendo en fechas con Schmitt, Heidegger se afilió al partido nacionalsocialista, y el día 27 de ese mismo mes se convirtió en rector de la Universidad de Friburgo. Durante el año que se mantuvo en ese cargo se comportó como un nazi convencido: sus discursos a mayor gloria de Hitler y sus actos (entre los cuales destaca su participación en la expulsión de Husserl, la denuncia ante la Gestapo de profesores sospechosos de desafección, como Freidberg Hermann Staudinger, al que acusó de “tendencias pacifistas” y de posible espía, y las facilidades dadas a las actividades paramilitares de las SA estudiantiles) no dejan lugar a dudas. También hizo gala de un antisemitismo nada ambiguo. Sin embargo, las tensiones durante ese año fueron asimismo notables. Filósofos nazis muy bien situados, como Krieck y Erich Jaensch, maniobraron contra él ante Rosenberg, y se extendió la duda de que su posición filosófica fuera cristalinamente nacionalsocialista: se le vio como un pensador de la vieja escuela, seguidor del nacionalismo romántico y cultural a lo Fichte, y no como un campeón del darwinismo social y el racismo nazi. Heidegger se sintió tratado injustamente y abandonó el rectorado, pero no su militancia en el partido ni su participación en la vida académica y cultural alemana, aunque sin el mismo protagonismo. “No hay evidencia de que Heidegger padeciera noches de insomnio en su Alemania natal mientras miles de judíos fueron enviados al matadero”, nos dice la autora. Es más, añadimos nosotros, cuando fueron desvelados los horrores nazis su silencio fue notorio. La reciente publicación –en la primavera de 2014, es decir, en fecha posterior a la primera edición en inglés del libro que nos ocupa– de los tres primeros volúmenes del diario filosófico de Heidegger, los llamados Cuadernos negros, ha reabierto la polémica sobre el alcance de su innegable compromiso personal con el nacionalsocialismo. Un informado artículo de Jesús Adrián Escudero, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, en Differenz. Revista internacional de estudios heideggerianos y sus derivas contemporáneas, de julio de 2014, da buena cuenta de ello.

Viene después la segunda parte, dedicada –ésta sí que lleva título– a “Los oponentes de Hitler”. La autora se inclina por ocuparse de cuatro personalidades –Walter Benjamin, Theodor Adorno, Hannah Arendt y Kurt Huber– cuyas biografías demuestran, en su diversidad, como el atroz impacto del ascenso del Tercer Reich modificó forzosamente sus vidas. Además en un capítulo final hace un turbador balance de los logros de las políticas desnazificadoras tras la Segunda Guerra Mundial y del lugar que ocupan en el pensamiento actual los filósofos que sirvieron a Hitler y sus contrarios. La nómina de éstos últimos, obviamente, no se limita a los cuatro que son tratados monográficamente, y otros nombres conocidos, como Max Horkheimer, Ernst Cassirer, Karl Jaspers, Herbert Marcuse, Gerhard Scholem, Karl Löwith o Theodor Lessing (el filósofo judeo-alemán al que los nazis asesinaron en 1933), son mencionados en el libro y a veces tratados con cierto detenimiento. Pero las cuatro figuras en que se centra la autora –paradigmáticas, “impresionantemente únicas”– están sin duda muy bien elegidas.

Esta segunda parte echa a andar, pues, con un capítulo titulado “La tragedia: Walter Benjamin”, que constituye un magnífico recorrido por las peripecias vitales de este magnífico pensador. Nacido en Berlín en el seno de una familia judía muy acomodada, amigo de juventud de Scholem y del poeta Reiner María Rilke, era un hombre de naturaleza contemplativa antes que activa. Viajero errante y buen observador, y siempre dispuesto a escuchar a los libros, mostró muy pronto su desazón con la filosofía de Heidegger. La llegada al poder de los nazis trastocó por completo su mundo y lo sumió en una vida precaria. En el verano de 1933 se refugió en una fonda nada confortable de Ibiza, una isla que en aquel tiempo anterior al turismo de masas era algo así como el sitio donde Cristo perdió el gorro. Mendigó, pidió prestado, vendió objetos personales y se trasladó a París, donde volvió a poder ganarse la vida con sus obras, entre las cuales destacó su archiconocida La obra de arte en la era de su reproducción técnica. En febrero de 1939 la Gestapo lo puso en la lista de enemigos del régimen y en mayo fue privado de la nacionalidad alemana. Pese a ello las autoridades francesas lo internaron en un campo al declararse la guerra: incluso los judeo-alemanes refugiados en Francia se convirtieron en sospechosos de formar parte de la Quinta Columna de Hitler. Recuperó la libertad a los tres meses, pero París ya no era lugar seguro para él: cuando los alemanes se acercaron a la ciudad huyó hacia el sur. También aquí se sintió en peligro y trató de cruzar la frontera española para poder trasladarse a América. No tuvo suerte y fue detenido en Portbou. Cuando iba a ser devuelto a Francia y entregado a la Gestapo, se quitó la vida ingiriendo una dosis letal de morfina. Antes, en París, había hecho entrega de sus manuscritos a Hannah Arendt.

El capítulo siguiente, “El exilio: Theodor Adorno”, se dedica a otra figura no menos extraordinaria. A diferencia de Benjamin, que no dejó Europa y así le fue, Adorno y su familia, como tantos otros cerebros privilegiados que hubieron de abandonar la Alemania hitleriana, cruzó el charco y, tras una desalentadora parada en Oxford, no paró hasta la costa oeste de los Estados Unidos. El caso de este eminente filósofo y musicólogo le sirve a la autora para acercarnos al Hollywood liberal y antifascista que años después sería hollado por la pezuña del macarthismo. Allí convivían alemanes de ascendencia judía –Max Reinhardt, Fritz Lang– y no judía –Marlene Dietrich– unidos por su rechazo a Hitler con los que Adorno estableció sólidos lazos de amistad. Igualmente se relacionó de manera intensa con otros exiliados como él en el área de Los Ángeles que configuran una espléndida lista de creadores del siglo XX. Destacan entre ellos importantes músicos –Hanns Eisler, Arnold Schönberg, Béla Bartók, Lisa Minghetti– y los filósofos del Instituto de Investigación Social de Fráncfort, del que Adorno procedía y que Max Horkheimer, su director, trasladó a América: el mismo Horkheimer, Herbert Marcuse y Frederick Pollock. Pero también escritores del fuste de Bertolt Brecht y Thomas Mann. Aun disponiendo de tales compañías Adorno se veía como el habitante de un “hogar lejos del hogar” y “a pesar de la opulenta irrealidad de su vida social, Adorno era un desarraigado”. No se sentía lejos del peligro –antes de cerrar en 1941 el consulado alemán en Los Ángeles “organizaba manifestaciones cerca de la casa de Adorno en colaboración con el Partido Nazi-Americano”– y a la vez que se relajaba en compañía de sus amigos, “volcaba sus capacidades intelectuales en desentrañar el horror que se había apoderado de su propio país”. Así, “construyó una nueva filosofía para explicar el nazismo recurriendo a fuentes que abarcaban de los antiguos griegos a los pensadores ilustrados del siglo XVIII”. Buceó también en Kant, en Hegel, en Nietzsche y en Freud. El resultado fue su Dialéctica de la Ilustración, un “clásico de la filosofía moderna”.

Si Benjamin y Adorno fueron hombres fuera de lo común, ¿qué decir de la mujer en que se centra el capítulo siguiente, “La judía: Hannah Arendt”? A la adolescente que había sido amante de Heidegger y que se doctoró con Jaspers le nació la conciencia judía por la misma época en que se casaba con un joven filósofo asimismo judío, Günter Stern. Poco después, cuando Hitler llegó al poder, Günter, temeroso de que su nombre figurara en las listas de la Gestapo, huyó de Alemania, mientras Hannah decidía quedarse para luchar. Poco después fue arrestada junto a su madre, pero se evadió y consiguió llegar a París, donde se reunió con su marido, del que se divorció tras entablar una relación con Heinrich Blücher, activista político que nos es descrito como la antítesis de Heidegger. En la capital francesa Hannah se convirtió en una voz que defendía la necesidad de que los judíos lucharan contra la barbarie nazi. Cuando la guerra comenzó Heinrich sufrió la misma suerte que Benjamin: fue internado por las autoridades francesas y estuvo dos meses en un campo. Recobrada la libertad, la pareja se casó, pero Hannah y su madre fueron detenidas casi de inmediato. Primero fue confinada en el Velódromo de Invierno de París y después en el campo de Gurs, en el suroeste francés. Aprovechó el caos que acompañó la caída de Francia en manos de los alemanes para escapar: es casi seguro que ello la libró, a la larga, de morir en la cámara de gas. Se reencontró con Heinrich y tan pronto como pudieron abandonaron la Francia de Vichy rumbo a Estados Unidos, llevando consigo los valiosos manuscritos de Benjamin, que después fueron entregados al refundado Instituto de Investigación Social. Se instalaron en Nueva York, donde recibieron la ayuda de la Organización Sionista de América. Allí Hannah escribió Los orígenes del totalitarismo, una de las obras cumbres del siglo XX. Sus colaboraciones en la prensa del exilio alemán –judeo-alemán, mejor dicho– le otorgaron notoriedad. Sin embargo sus análisis políticos fueron “recibidos en América como los delirios de una lunática judía”. A pesar de compartir orígenes judíos, Isaiah Berlin, que la conoció durante la guerra, no tenía una buena opinión de ella y la puso en la lista de sus “más odiados”. Por cierto, las veces que Berlin hace acto de presencia en este libro no parece que vayan a granjearle las simpatías del lector. Dejémoslo con la intriga y no digamos más.

Un nuevo capítulo, “El mártir: Kurt Huber”, nos presenta al único antinazi no judío que es tratado monográficamente. Se trata de un profesor de la Universidad de Múnich conservador, nacionalista y romántico, experto en Leibniz, cultivador de la musicología y ferviente devoto de la música folklórica. En 1938 tuvo un primer tropiezo con el régimen: habiendo aceptado la cátedra del Instituto de Música Folclórica de la Universidad de Berlín se negó a convertir las canciones populares en himnos nazis. Fue apartado de su puesto y, aunque regresó a su trabajo en Múnich, su carrera quedó estancada. No le seducían los discursos de Hitler y se atrevía a disertar sobre Spinoza. Hacia 1942 comenzó a colaborar con la Rosa Blanca, una organización clandestina y no violenta de oposición compuesta por un puñado de estudiantes universitarios. Para ella redactó escritos que llamaban a la lucha contra el partido nazi (animando a los estudiantes a abandonar las organizaciones nacionalsocialistas y sus salones de lectura) y que se distribuyeron en octavillas. La Gestapo no tardó en intervenir y desarticuló la Rosa Blanca en 1943. Rodaron varias cabezas, y no de manera metafórica. Huber murió guillotinado en julio de aquel año tras pasar por un humillante proceso en el que no se ahorraron vejaciones ni muestras de desprecio. Una vez ejecutado su esposa hubo de pagar el equivalente a dos meses de salario por el desgaste de la guillotina.

El capítulo final, “Los juicios de Núremberg y los tiempos posteriores”, ha de dejar una punzante desazón en el ánimo del lector (a menos que éste sea un nazi redomado). Por una parte analiza cuán suave e incompleta fue la actividad de los comités de desnazificación formados por los aliados ante los que los jerarcas del régimen y sus colaboradores hubieron de rendir cuentas. Rosenberg, como es conocido, fue juzgado en Núremberg junto a los máximos dirigentes nazis hechos prisioneros, condenado a muerte y colgado. Bäumler y Kriek fueron sometidos a una investigación rigurosa: el primero sólo pasó tres años en la cárcel y el segundo murió en su celda en 1947. Schmitt estuvo poco más de un año confinado en un campo y después recuperó la libertad, aunque fue excluido a perpetuidad de la universidad. En su proceso presentó su colaboración con Hitler poco menos que como una obligación inherente a su labor de jurista, y a partir de los años 50 sus obras se publicaron en todo el mundo, dictó conferencias en la España de Francisco Franco y de Manuel Fraga y gozó de gran influencia en la vida académica alemana a través de sus discípulos. Nunca pidió perdón por su compromiso con el nazismo ni por sus escritos antisemitas. Heidegger también hizo frente a un proceso en el que intentó disimular su pasado. Salió bastante bien parado, ya que pese a ser expulsado de la universidad, poco a poco logró establecer una red de contactos que le aseguró el retorno al mundo académico. En 1950 recibió la visita de Hannah Arendt en Friburgo, y ésta le ayudó a recuperar su posición en la escena mundial del pensamiento. También Jean-Paul Sartre puso su grano de arena en tal rehabilitación. En 1951 Heidegger fue readmitido en la docencia universitaria y disfrutó hasta su muerte de múltiples prebendas y distinciones, sin que haber sido un destacado nazi significara ningún obstáculo al respecto. De forma similar la mayor parte de los filósofos que colaboraron con el Tercer Reich salieron casi de rositas del proceso desnazificador. En escaso lapso de tiempo prácticamente todos pudieron continuar sus carreras. Los opositores a Hitler lo tuvieron más crudo. Jaspers, entristecido por verse ninguneado mientras filósofos que habían sido nazis retornaban a sus puestos, optó por abandonar Alemania en 1948 y nacionalizarse suizo. Marcuse y Arendt permanecieron en los Estados Unidos y Scholem en Jerusalén. Horkheimer y Adorno sí que regresaron, pero no lo pasaron muy bien: el primero acabó jubilándose anticipadamente como profesor de la Universidad de Fráncfort, asqueado por el antisemitismo que seguía campeando en la docta casa; el segundo sólo consiguió acceder a la docencia universitaria en 1957 para convertirse en 1968 en blanco de la radicalización estudiantil. En el siglo XXI Heidegger y Schmitt siguen gozando de prestigio en el pensamiento occidental y sus obras continúan siendo objeto de estudio y atención. Huber permanece olvidado. Benjamin, Adorno, Arendt, Horkheimer o Jaspers son conocidos, pero no parecen gozar de tanta consideración como sus viejos enemigos: su pulso intelectual, concluye la autora, late hoy débil. Por ello, y tras leer este capítulo, quizá a más de un lector le vengan a la mente, como me ha ocurrido a mí, las palabras que cierran la sexta tesis sobre la historia de Walter Benjamin: “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence. Y el enemigo nunca ha dejado de vencer”.

En fin, un excelente trabajo el de Yvonne Sherratt que demuestra, más que su familiaridad con los escritos de muchos de los “filósofos de Hitler” que aparecen en la obra, que no hay que poner en duda, su gran capacidad para aprovechar la ingente bibliografía especializada disponible al respecto. Una bibliografía tan extensa que ocupa casi catorce páginas del volumen y que ha permitido a la autora llevar a cabo el magnífico ejercicio de síntesis que constituye, a fin de cuentas, este libro. Unas catorce páginas que se tornan en no llega a tres cuando los responsables de la traducción castellana, con criterio tan generoso como digno de alabanza, deciden adjuntar a esa relación procedente del original inglés otra que ofrece una “selección de la bibliografía publicada en español de algunos de los títulos mencionados en la bibliografía general”. Que sean tantos los frutos del amplio esfuerzo investigador que suscita el nazismo que se quedan sin traducir a la lengua de Cervantes supone un dato nada agradable y que debería dar que pensar.

Por cierto, y ya que hablamos de los traductores, que han realizado un trabajo que en líneas generales me parece excelente, no estará de más señalar un par de problemas que he encontrado y que sería conveniente que se corrigieran, si se da el caso, en futuras ediciones. Por un lado, hay algunos errores –pocos– que, en sí mismos, sólo pueden procurar perplejidad en el ánimo del lector no avisado. Ya en el “Dramatis personae” que abre el volumen (p. 13), donde se recogen en forma de entradillas propias de un diccionario biográfico a los principales protagonistas del libro, aparece Roland Freisler (1893-1945) identificado como el “presidente del Tribunal Popular que juzgó a Hitler en 1942-45, conocido como «el juez que colgó a Hitler»”. Es, por supuesto, de dominio común que Hitler se suicidó y no fue colgado, y difícilmente alguien puede entender que fuera sometido a un proceso de tres años mientras ejercía como supremo dictador de Alemania. Afortunadamente en el capítulo 9 se nos aclara quién era el tal Freisler: uno de los cinco jueces que componían el tribunal que juzgó y condenó a muerte (en la guillotina, no en la horca) a Kurt Huber en 1943, un juez que nos es descrito como un psicópata que disfrutaba humillando a sus víctimas y que no dudó en insultar y burlarse del infortunado filósofo. Más adelante, en la página 50, tropezamos con un evidente y estentóreo fallo de traducción. Hitler, se nos dice, “en las embarradas trincheras del Frente Occidental” durante la Primera Guerra Mundial, “militó sirviendo a Francia y a Bélgica”. Claro está que no se debía haber utilizado aquí la preposición “a”, sino “en”, porque lo que hizo Hitler fue servir “en Francia y en Bélgica” encuadrado en una unidad bávara del ejército alemán.

Por otro lado sería de agradecer que no se relajara nunca el control sobre la traducción de los topónimos extranjeros. Dudar sobre qué topónimos mantener en su grafía original y cuáles pasar a su versión española constituye un problema en los libros traducidos al castellano que no siempre encuentra fácil solución. Si además existe un paso intermedio, como en este caso (topónimos en alemán que se han vertido al inglés y que ahora se han de pasar, o no, al castellano), el lío es mayor. Se puede optar por traducir sólo los más corrientes y conocidos (nadie espera encontrar Milano o London en un texto en español, pero sí que es aceptable disculpar que no se escriba Mastrique en lugar de Maastricht) y dejar el resto tal como se escriben en su lengua original, o se puede apostar por un adoptar un criterio mucho más arriesgado y usar el nombre en castellano siempre que se encuentren precedentes que lo autoricen. Lo que es inaceptable a todas luces es, por ejemplo, encontrarse Genoa y no Génova en un texto traducido del inglés. Los responsables de la versión española parecen haberse decidido por el segundo camino, el más estricto, y así encontramos Friburgo en vez de Freiburg, Marburgo en vez de Marburg, Gotemburgo por Göteborg, Fráncfort (y su río el Meno) por Frankfurt (y el Main), o Núremberg por Nürnberg. Por ello resulta bien extraño el descuido cometido con Westphalia escrito así, a la inglesa, cuando Wesfalia constituye la forma común en español de un topónimo que en alemán es Westfalen– o que una misma ciudad aparezca indistintamente como Tubingen y Tubinga.

Algo parecido se puede decir del tratamiento que reciben los títulos de libros escritos y aparecidos originalmente en alemán y que después fueron traducidos tanto al inglés como al castellano. ¿Tiene sentido, por ejemplo, que Der Mythus des 20. Jahrhunderts de Rosenberg sea mencionado en el cuerpo de la obra como The Myth of the Twentieth Century y no como El mito del siglo 20?

Los últimos párrafos no deben empañar, sin embargo, la valoración enormemente positiva que, hay que insistir, merece Los filósofos de Hitler, traducción incluida. Los lectores hispanohablantes podemos felicitarnos de disponer de un texto bien construido, que da buena cuenta de un tema dotado de indudable atractivo y que, además, se deja leer con sorprendente facilidad. A mi modo de ver, descender a los infiernos del atroz racismo nazi, acercarse a los volúmenes de Schmitt y de Heidegger, o adentrarse en las páginas de Benjamin, Adorno y Arendt, después de haber conocido lo que nos cuenta este interesante libro, no será lo mismo.

Joan J. Adrià i Montolío

 

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