Llegado el momento

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ÁNGEL GÁLVEZ, Llegado el momento, Gerust Creaciones, Andilla (Valencia), 2014, 52 pp. ISBN 978-84-16201-01-3.

Decía el poeta Antonio Colinas en una entrevista con motivo de la publicación de su último libro: “Hemos cometido el gran error de reducir la poesía a algo intelectual y hemos olvidado que también se comunica”. Con esta frase que, más que una confesión autopunitiva, en mi opinión justifica un cambio de rumbo en la actitud creadora de Colinas, podría resumirse aquello en lo que se ha convertido la poesía española en los últimos tiempos, un juego de artificio que la mantiene alejada del gran público, como si nunca hubiera sido parte del sentir popular que la ha llevado en volandas durante siglos gracias, precisamente, a su esencial oralidad y su aspiración a estar presente como algo vivo en la sociedad. Hoy, por el contrario, la voz del poeta parece resonar desde dos lugares opuestos, el del púlpito desde el que sentencia con tono profético o ceremonial, y el del banco del parque o la barra nocturna del bar, donde el tono está mucho más cerca del chiste coloquial o de la anécdota. Pocas veces se oye una voz equidistante. Por eso mismo, cuando entre los ecos trascendentales de unos y los chascarrillos de otros fluye serenamente la voz del hombre que canta a solas, del hombre que está herido y dice que está herido de manera tan simple como hermosa, sin pretensiones pedantes ni afán de aplausos, muchos le prestamos oído gustosamente, ávidos de comunicación, predispuestos como estamos para el gozo íntimo pero también para la comunión con quien ama, sufre y siente igual que nosotros.

Esa voz nueva es la de Ángel Gálvez, poeta que abre su alma y sus heridas en Llegado el momento, su segundo libro publicado desde que en 2002 viera la luz De cero a infinito. Se trata de un pequeño conjunto de poemas cuya brevedad no debe identificarse con las prisas. Antes bien, los poemas que aquí se reúnen se han escrito a lo largo de la última década, algo que es de destacar en este panorama literario nuestro en el que da la impresión de que todos los poetas quieren ganar una carrera, ya sea de premios o de libros publicados. ¿Tanto tienen que contarnos los poetas de hoy? Gálvez parece escribir con la lentitud del que quiere detener el tiempo para vivir cada momento en todo su esplendor. Por eso, cada poema es como una espina que hay que sacar despacio para que el dolor sea un poco más llevadero, como una fotografía del corazón y de la memoria expuesta ahora en el álbum que por fin permitirá al poeta empezar a mirar hacia adelante. Por sus páginas transpiran las horas paladeadas dulcemente por quien ha vivido y es conocedor de la belleza y del dolor, del pasado y del presente, del amor y de la ausencia. Su lectura deja en el alma un poso dulceamargo, como la vida misma, un pellizco cuyo dolor se prolonga hasta el pensamiento y se agarra como la cigarra al pino del verano, ese eterno verano de nuestra infancia, el del tiempo ya perdido para siempre pero que ha dejado sus propias cicatrices en nuestra memoria. Por eso a este álbum de palabras le queda tan bien esa hoja otoñal de la portada, que ha diseñado el propio Gálvez y representa a la perfección el espíritu que reside en su interior: la belleza efímera, el paso irremediable del tiempo, la fugacidad de la alegría y, pese a todo, las huellas imborrables del amor, las marcas que graba la vida en el alma del hombre despierto, que vive a flor de piel, entregado a la gente querida y a los días porque mira de reojo el final de todos los designios.

¿Qué otra cosa podrían contarnos los poetas? Y lo mejor de todo es que Ángel Gálvez nos lo cuenta con una humildad y sencillez que hoy resulta impropia de este género. Sus poemas nos llegan de manera natural, como el fruto que cae del árbol, ya maduro. Como si no estuvieran medidos, como si fueran algo espontáneo o innato, sin ánimo alguno de presunción. Como el ritmo de las olas del mar, sus versos nos traen y nos llevan mansamente por los confines de la memoria hasta dejarnos en la orilla completamente desnudos, como la primera vez, con el picor de la sal pegada en los ojos y el recuerdo de un misterioso perfume, el de la antigua verdad escondida que sólo los verdaderos poetas adivinan.

Soy ese pez que aletea inútilmente

junto al mar donde forjó sus recuerdos,

y averigua la arena en sus escamas.

“Para mí el poema ideal sigue siendo aquel en el que el poeta piensa y siente a la vez”, afirma Antonio Colinas en la misma entrevista a la que me refería al principio de esta reseña. Quisiera apoyarme en esta breve poética suya para citar algunos poemas redondos que cumplen con esas premisas, como “A pesar de todo”, con el que se abre el libro y cuyos últimos versos son todo un anticipo de lo que está por venir:

Y aunque yo no tengo apenas fuerzas para escribir,

y tú, ni cogida de mi mano me recuerdas:

Recupero el paisaje

en tu sonrisa

y huelo la hierba

en la luz de los semáforos.

“Ante mortem” o “Dormido” son dos de esos poemas, en los que el dolor real se adivina tan grande que es preferible un sueño engañoso, una dulce mentira. Del primero de ellos extraigo estos hermosos versos:

Aun cuando sé que los muertos no sueñan,

tengo las pesadillas de los muertos;

y en mi calle que yace en la ventana

convive: esta Luna llena de máculas,

la memoria del Sol en las farolas,

y una noche que azora la ciudad.

En el poema “En otras tierras” parece depositar el autor toda esperanza de reencuentro con lo perdido, una esperanza que sin embargo no llega a configurarse del todo:

Tal vez en tierras lejanas

vuelen las mariposas

que nacen en la mirada. Allí,

donde el pétalo caído

duele siempre en cualquier flor.

Pero el escepticismo no es aquí falta de arrojo, no es el equivalente del abandono o la indolencia. El poeta es un hombre que ha luchado y sabido reconocer la derrota antes de la derrota, porque la ha visto venir, inexorable. Así, en el hermoso poema “La ocasión”, se dice:

La carne encuentra su silueta

en este lar eterno de combate.

Esgrime su metal cada minuto,

mas siente sine die la derrota.

Sin embargo es la derrota la que confiere sentido a la belleza, la que define el “tiempo que no vemos –el techo del alma–”, como afirma en el poema “Pitágoras”. O, dicho de otro modo, es la caída lo que hace que nos levantemos, el descanso final lo que nos impulsa a seguir y no detenernos nunca, como en el poema “No esperes”:

No vuelvas la mirada si te daña

ni demores tu tiempo hasta el futuro:

de esa huella que lega cada instante,

atesora su mapa entre la piel.

¿Qué hay entonces después del dolor? ¿Qué le queda al hombre que ha sufrido? El poema “Unilateral”, uno de los pocos en prosa, lo explica al final del libro:

Es suficiente la existencia de los seres queridos para sentir el amor más auténtico. Todo lo demás es azar, egoísmo, y en el peor de los casos mortificación.

Este es un libro de una sinceridad y un compromiso difíciles de hallar en la poesía de hoy. Un libro que me reconcilia con ella, con el fin último para el que nació y con su auténtica naturaleza, desprovista de inútiles adornos. La sencillez con que Ángel Gálvez ha vertido en él su propia esencia es un valor añadido, pero quien quiera un análisis más profundo sabrá encontrar también los ecos de Luis Cernuda, cómo no, y de otros poetas actuales, como por ejemplo Carlos Marzal, poesía que Gálvez ha bebido y asimilado con provecho y honradez. Llegado el momento hiere y emociona a la vez, porque nos habla en el misterioso lenguaje de los sentimientos y porque apunta directamente al corazón. No importa que leyendo sus páginas se sientan más frías que nunca las aristas de la soledad, porque, al otro lado, hay un hombre que desea y consigue tener la complicidad del lector. Y esto es algo que no sucede con frecuencia.

Juan José Tejero

 

 

 

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