Leyendo a Agustín

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MIKLÓS SZENTKUTHY, Leyendo a Agustín, traducción de Adan Lovacsics, prólogo de Mária Tompa, Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2014, 193 pp. ISBN 978-84-941646-2-0 (Ágoston Olvasása Közben).

Szentkuthy trabaja en estos textos sobre la posibilidad de un orden de simetrías, silencios e irrealidades que todavía no son pero que pueden dar frutos. Tiene que lidiar para ello con la tradición del sentimiento de culpa, para lo cual trata de no moralizar la idea de final, es decir, no entenderla como si fuera un castigo [p. 58]. Le contrapone, para ello, una idea cínica de justicia por medio de la cual es posible aceptar la realidad que nos ha sido dada y en la que siempre nos sorprenden los detalles más sórdidos como si fueran pequeñas joyas casi milagrosas. Tiempo pasado que vuelve en cosa, en un objeto concreto —una violeta seca entre las hojas de un libro que ahora se abre—, por ejemplo [p. 63].

Por medio de estos textos escritos a borbotones de tinta se contraponen dos fuerzas. Aquella a la que Szentkuthy llama trampa oscura del pesimismo histórico —nihilismo— [p. 36], frente a los instantes mágicos inesperados [p. 64 y 25], como el ejemplo antes citado, por medio de los que encuentra el sentido a De Trinitate de San Agustín, el espíritu santo del instante o la melancólica vida eterna [p. 55].

Estos párrafos póstumos aquí presentados se habían conservado  manuscritos por Szentkuthy a los márgenes tanto de De Trinitate como de De Civitate Dei. Iban a constituir el segundo volumen de su Breviario de san Orfeo. Así lo había dejado dicho el propio Szentkuthy en su autobiografía, Frivolitások és Hitvallások [Frivolidades y confesiones].   Mária Tompa, presidenta de la Fundación Szentkuthy, se encontró con la dificultad de darle cuerpo a estos escritos para poder editarlos. En primer lugar, los fechó en 1939. Es decir, a medio camino entre el folleto de 1938 que Szentkuthy redactó para presentar sus cuadernos de Orfeo —folleto que ya incluía un resumen de Leyendo a Agustín— y 1940, fecha que el propio Szentkuthy escribió en la cubierta del manuscrito que dejó con el título de Breviario de san Orfeo. Leyendo a Agustín I-II. Alrededor de 1940.

Las dificultades vienen dadas porque cuando se publicaron los dos volúmenes del Breviario de san Orfeo ninguno contenía los apuntes sobre Agustín. Quedó publicado solamente el resumen en el mencionado folleto. Por eso Mária Tompa ha considerado estos textos como una obra independiente. En ello abunda el que estén poblados tanto de reflexiones sobre san Agustín como de permanentes disputas con el existencialismo, la filosofía de la historia y la religión. Esta disputa, que forma a la vez una unidad, puede apreciarse también en la novela Cicero vándorévei [Los años de peregrinaje de Cicerón]. Título suficientemente elocuente como para servir a Tompa para explicar la secuencia de la vida de Szentkuthy: Roma, Agustín, los problemas políticos intemporales hasta la crisis existencial del siglo XX y la recuperación de una nueva forma de mitología [p. 22].

Szentkuthy presupone el orden como dado. A partir de ahí elabora sus comentarios como reflejo de lo que llama falta de objetivo del sistema nervioso [31]. Es decir, desorden. Hace literatura de la cara de las cosas. Una recuperación de la persona, proyecto totalmente olvidado en su tiempo, que había dado ya un paso todavía más terrible: por entonces se asistía a la descomposición de la conciencia. Por eso Szentkuthy parte de un mito dado, la función de la máscara. Acepta el juego teatral [25] para enlazar las dos tradiciones que configuran su obra: el dios-personal y la existencia solo provista de fenómenos. Así, frente al humanismo que llama de la impotencia del logos y del criticismo interminable de la duda y la sensualidad [pp. 47 y 115], contrapone el humanismo de la vida en común, convertido en opio redentor del ermitaño que no puede disfrutar ya de esa vida más que como ilusión [p. 114]. Ilusión y costumbre, habría que decir. “Vivo en lo eterno”, respondió Santayana al ser sorprendido por los militares en la guerra. Szentkuthy, enuncia el hábito cuando narra que  baja a dar un paseo a deshora por una librería y encuentra a una actriz eligiendo vestidos en las revistas que hojea [p. 31]. Caras, máscaras y azares juntos en una sola imagen que configuran una continuidad del trabajo del día a día. La pequeña anécdota narra un momento en el que el escritor busca consuelo ante su falta de inspiración. Ese azar está explicado por Szentkuthy como un continuum del trabajo del escritor en un momento en el que solo aparentemente no está trabajando en su paseo por las tiendas. Un humanismo del desorden al que no le ha sido dado el poder realizar el ascenso clásico a la teoría [p. 130]; el sueño ilustrado eligió el atajo de la razón convertida en camino explicitado.

En Leyendo a Agustín se trata, por tanto, de hablar de los poetas de la ciudad. La recuperación espiritual de Szentkuthy pasa por poder identificar el  lenguaje que condujo a la situación de descomposición que impide ese ascenso y que obliga a una nueva retórica en forma de nueva poesía. Por eso se expresa en estos escritos —en justa adecuación del hombre a su tiempo— por medio de pensamientos y párrafos sueltos. Ese otro lenguaje fatal que hay que identificar consistió en las formas del arte autorreferencial propias de un barroco que ya no responde a un momento concreto de la historia, que está por todas partes. Es el punto en el que cada autor desarrolla —siente, dice también Szentkuthy [p. 130] — la teoría como la necesidad de iluminar por medio de obras que ya no necesitan cumplir los patrones del arte en el momento de ser ofrecidos sus resultados. Algo que viene a ser como mostrar la grandeza que hay oculta en toda contradicción —es decir, lo propio de la verdad— pero manufacturada y ofrecida a precio de saldo. El nuevo artista, el nuevo filósofo, el nuevo hombre de acción política. Punto en que la historia acepta la luz perpetua que salva definitivamente al hombre de la ignorancia para que no pueda salvarse por su propio esfuerzo. Ni siquiera el purgatorio, el paraíso en la tierra.

Szentkuthy no elige la opción del silencio. Szentkuthy es un nuevo poeta. Ante esta situación dada se refugia en la historia de la mitología y de la literatura para dejar hablar a su daimon. Lo hace a borbotones atropellados, con la furia de una prosa tan cargada de referencias como llena de contradicciones reconocibles. La más clara de ellas la de eros, que no tiene su contracara en el amor carnal sino en la fe. Cuando se pregunta por el fondo del alma encuentra la solución en que las aparentes diferencias entre eros y fe son inexistentes en la realidad viva [p. 146]. La identificación de eros con el amor carnal no le inquieta lo más mínimo [p. 111]. No pierde un minuto en ello. Trabaja en una identidad más compleja que atañe al espíritu: eros es ya la fe que mueve el mundo. La fe en la posibilidad del reencantamiento del día a día. En su tarea de sujetar al mundo, incluso abandona precauciones —tal vez obligadas, juzgará el lector— para mejor equiparar los dos grandes peligros reales: el supercerebro y el superpene [p. 115]. De nuevo la contradicción solo aparente. El cumplimiento máximo de la mímesis. Frente a ello, la simple elocuencia del discurso del logos [p. 116]. Pero ahora, necesariamente, partiendo del nuevo  conocimiento. Por eso el logos ya no se puede apoyar en la misma razón que le anegó los cauces; ahora, la que está rodeada de un olor espantoso a muerte y llena de cadáveres sin sepultar, es la otra ciudad [p. 94].

Llegados aquí, Leyendo a Agustín se convierte en un bestiario por el que transitan los distintos reflejos animales del cerebro, el miedo a la naturaleza prevista de entrada [pp. 59. 158]. Aquello contra lo que el clásico sabía que no había que luchar para así liberar tiempo. Tiempo para vivir. Ese mismo tiempo para vivir que sufrió un intento fallido de rehabilitación por medio  del llamado mundo de la vida. Szentkuthy hace también su propuesta: los miles de matices de la vivencia [p. 159]. Parece ser, viene a decir, que el mismo descalabro se repite siempre en la historia del hombre. El descalabro de la razón en el siglo XIX es el mismo que el de san Agustín en De Civitate Dei por apelar a las diferencias entre felicitas y fortuna. Los méritos del hombre bueno no pueden serlo por sus resultados si la diosa fortuna se los otorga sin esfuerzo al hombre malo. El espíritu sopla donde quiere, es sabido. Szentkuthy narra un paganismo que parece anegarlo todo también en nuestros días y que coloca en el mismo sitio al hombre de fe y al hombre de razón.

Antonio Ferrer

 

 

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