Le jardinier des morts

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ALAIN LERCHER, Le jardinier des morts, Éditions Verdier, París, 2015, 144 pp. ISBN: 978-2-86432-786-8

VERSIÓN ESPAÑOLA

Sumergirse en las páginas de Le jardinier des morts es una aventura apasionante debido al lenguaje utilizado a lo largo del libro, el cual invita a adentrarse en las doce historias que componen este conjunto de relatos de Alain Lercher. Doce historias que hablan de la muerte, de la vida, del aspecto animal que caracteriza al ser humano, del abandono, así como de esa violencia que el autor interpreta como inherente a la “especie” humana. Le jardinier des morts fue publicado en 2015 por Éditions Verdier, la cual fue fundada en 1979 por Gérard Bobillier, en colaboración con Benny Lévy y Charles Mopsik, a quienes confió la primera colección. Se trata de un catálogo de temática muy variada, desde la narrativa hasta la poesía, el teatro y el arte; desde la arquitectura hasta la filosofía, las ciencias humanas y la espiritualidad. El autor, Alain Lercher, nacido en Alemania y antiguo alumno de la École nationale d’administration, ha publicado en otras ocasiones en esta misma editorial. Podemos destacar de entre sus obras: Le dos, Les fantômes d’Oradour, Prison du temps y, obviamente, la que nos corresponde reseñar en esta ocasión, Le jardinier des morts.

Estos relatos obligan al lector a reflexionar sobre aspectos que pasan desapercibidos en nuestra vida diaria, pero que nuestro inconsciente retoma en algún momento y nos hace darnos cuenta de la vulnerabilidad que representa el ser humano y de cómo intentamos actuar de manera contraria a esa sensación de desasosiego. Las emociones juegan un papel principal. Puede que la lectura resulte descriptiva y en algunos momentos bastante sobria. Sin embargo, la utilización de la primera persona hace que uno se convierta en una parte de la historia que se desarrolla, ya que nuestras emociones y sentimientos se sitúan en la reflexión y también en la crítica. Es cierto que existe una coherencia extraña en el libro. Esto supone un aliciente para crear marcos cognitivos dentro de un imaginario en continuo cambio, pero, a su vez, dificulta la comprensión de Lercher en la composición de los diferentes temas.

El autor apuesta por escribir sobre la esperanza, el arrepentimiento, las frustraciones, todas ellas emociones del ser humano que llevan a rememorar aquellos recuerdos en los cuales estamos atrapados. La figura de los fantasmas (cf. “Fantômes”, pp. 15-23), esos que nos llegan a perturbar al corroborar la idea de que no estamos solos en este mundo, creando un imaginario ante la posible inmortalidad. La presencia de seres queridos que han desaparecido y que conscientemente deseamos que estuvieran entre nosotros para seguir una vida sin sufrimiento y fustigación. La imagen de una madre, incluso la de un mejor amigo, que se adentra en las profundidades del inconsciente para violentar nuestros pensamientos y sentimientos. Parafraseando al escritor de ficción cómica Christopher Moore: «¡Fantasma!

[…] Siempre hay un maldito fantasma»[1]. La cuestión es que «la mort est tragique non parce qu’elle fait souffrir mais parce qu’elle introduit dans le monde quelque chose d’irréversible»[2] (p. 11). La irreversibilidad de las cosas produce angustia debido al desconocimiento y al tabú que supone la muerte en las sociedades occidentales, donde se experimenta como algo definitivamente trágico. Sin embargo, la muerte que depende de nosotros, cuando estamos dentro de un ámbito de jerarquía, nos adormece, y, simplemente, actuamos siguiendo el criterio de la eficiencia, sin reflexionar sobre los actos que podemos cometer.

«Nous avions un bon instructeur, un sergent-chef intelligent, qui nous apprenait qu’il fallait d’abord se détendre, puis se vider entièrement la tête, ne penser à rien, oublier surtout toutes les images idiotes que véhiculent les armes, le soldat, le flic, le cow-boy, alors seulement fixer la cible, devenir la cible, et tirer»[3] (p. 60). El hecho de dejar la mente en blanco y disparar supone crear barreras y deshumanizar la imagen de un ser humano. La imagen de que la violencia es, en ocasiones, inherente a los humanos crea la sensación de que no somos capaces de elegir la manera como queremos actuar frente a un conflicto, bien sea personal, local o global. El conflicto es inherente al ser humano, no la violencia. Estamos rodeados de violencia directa, cultural y estructural diariamente, pero eso no se debe asumir como un factor dentro de la normalidad y lo característico de las personas. Somos capaces de elegir entre actuar de una forma u otra; por ello no debemos abandonar la capacidad crítica y reflexiva que nos define. Es cierto que nos enfrentamos al conflicto de una manera en la que el factor animal que se esconde en las entrañas de la especie humana llega a escaparse y en estas circunstancias actuamos violentamente, sin observar las consecuencias de la acción cometida. Es mucho más fácil el narrar que el hecho de pasar a la práctica, ya que las doce pequeñas historias que Lercher describe nos adentran en una realidad violenta, llegando a sentirnos violentados por la situación o, simplemente, porque no somos capaces de ver en la violencia el fruto de una elección.

El abandono es un sentimiento muy violento; la persona a la cual queremos y apreciamos decide alejarse, y solo vemos ese abandono como una elección personal que nos excluye. De hecho, culpabilizamos y no somos capaces de observar el largo recorrido de la relación. Se rompe la lealtad, el respeto, y uno se siente desamparado, sin saber adónde ir. «Je vivais seul depuis quelques mois, en train de divorcer, et la femme à laquelle je portais un amour fou et pour qui ou à cause de qui je divorçais venait de me quitter ou je venais de la quitter, peu importe»[4] (p. 93). Se buscan soluciones, y las primeras experiencias siempre suponen dudas y desasosiegos violentos. La incomprensión, la hipocresía, aquellos recuerdos que nos llegan a atormentar, como, ejemplificando nuestro propósito: rememorar la relación con un hermano, el cual ya no está; banalizar el trato frente a un ser vivo, como el de un animal, o bien desde el lenguaje que atrapa las concepciones que tenemos sobre el mundo. Son aspectos que nos violentan y nos hacen humanos desde la imperfección de cada ser. «L’humanité, c’est-à-dire ici la solidarité entre les vivants ou peut-être, plus étroitement, entre les mammifères, me dictait de mettre un terme à ses souffrances»[5] (p. 132). El sufrimiento es compartido por los animales; sienten esa solidaridad que se debe tener en un momento de violencia. El ser humano, como animal que es, debe potenciar la solidaridad que se da entre las demás especies animales, y no solo la competitividad, manifiesta en sociedades capitalistas.

La lectura de Le jardinier des morts nos remite a todas esas emociones que forman parte de la especie humana y que nos hacen cuestionarnos si la violencia es algo inherente al ser humano o es una elección, incluso si debemos reconciliarnos (los seres humanos) con el aspecto cooperativo de los animales, además de si podemos gestionar los sentimientos que nos despiertan algunos aspectos tabú, como la muerte, la cual es un proceso humano más, pero está llena de una carga sentimental que nos hace alejarnos de la realidad. Esas esperanzas y lamentaciones hacen de los personajes de Lercher unos seres reales que invitan al cuestionamiento de cómo gestionamos nuestras emociones.

VERSION FRANÇAISE

Se plonger dans les pages de Le jardinier des morts est une aventure passionnante en raison du langage utilisé tout au long du livre, lequel incite à entrer dans les douze histoires qui composent cet ensemble de récits d’Alain Lercher. Douze histoires qui parlent de la mort, de la vie, de l’aspect animal qui caractérise l’être humain, de l’abandon, ainsi que de cette violence que l’auteur interprète comme inhérente à l’« espèce » humaine. Le jardinier des morts a été publié en 2015 par Éditions Verdier, fondée en 1979 par Gérard Bobillier, en collaboration avec Benny Lévy et Charles Mopsik, à qui il a confié la première collection. Il s’agit d’un catalogue aux thèmes très variés, de la littérature jusqu’à la poésie, le théâtre et l’art ; de l’architecture jusqu’à la philosophie, les sciences humaines et la spiritualité. L’auteur, Alain Lercher, né en Allemagne et ancien élève de l’École nationale d’administration, a publié à d’autres occasions dans cette même maison d’édition. Nous pouvons mettre en valeur parmi ses œuvres : Le dos, Les fantômes d’Oradour, Prison du temps et, évidemment, celle dont nous devons faire le compte rendu en cette occasion, Le jardinier des morts.

Ces récits obligent le lecteur à réfléchir à des aspects qui passent inaperçus dans notre vie quotidienne, mais que notre inconscient reprend à un certain moment, nous permettant de comprendre la vulnérabilité de l’être humain et la manière dont nous essayons d’agir de façon contraire à cette sensation de trouble. Les émotions jouent un rôle principal. Il se peut que la lecture paraisse descriptive et à certains moments assez sobre. Cependant, l’utilisation de la première personne fait que l’on devient une partie de l’histoire qui se déroule, puisque nos émotions et nos sentiments se situent dans la réflexion et aussi dans la critique. Il est vrai qu’il existe une cohérence étrange dans le livre. Cela suppose une incitation à créer des cadres cognitifs dans un imaginaire en continuel changement, mais, et rend également difficile la compréhension de Lercher dans la composition de différents sujets.

L’auteur fait le pari d’écrire sur l’espoir, le repentir, les frustrations, toutes ces émotions de l’être humain qui nous mènent à nous remémorer ces souvenirs dans lesquels nous sommes attrapés. La figure des fantômes (cf. « Fantômes », p. 15-23), qui finissent par nous perturber en corroborant l’idée que nous ne sommes pas seuls dans ce monde, créant un imaginaire devant l’éventuelle immortalité. La présence d’êtres chers qui ont disparu et que nous souhaitons consciemment avoir parmi nous pour suivre une vie sans souffrance ni fustigation. L’image d’une mère, ou encore celle d’un meilleur ami, qui s’enfonce dans les profondeurs de l’inconscient pour violenter nos pensées et nos sentiments. En paraphrasant l’écrivain de fiction comique Christopher Moore : « Ghost! […] There’s always a bloody ghost. »[6] (« Fantôme ! […] Il y a toujours un foutu fantôme ») Le fait est que « la mort est tragique non parce qu’elle fait souffrir mais parce qu’elle introduit dans le monde quelque chose d’irréversible. » (p. 11) L’irréversibilité des choses provoque une angoisse due à la méconnaissance de la mort et au tabou qui lui est lié dans les sociétés occidentales, où l’on l’éprouve comme quelque chose de définitivement tragique. Cependant, la mort qui dépend de nous, quand nous sommes dans un milieu de hiérarchie, nous endort, et, simplement, nous agissons selon le critère de l’efficience, sans réfléchir aux actes que nous pouvons commettre.

«Nous avions un bon instructeur, un sergent-chef intelligent, qui nous apprenait qu’il fallait d’abord se détendre, puis se vider entièrement la tête, ne penser à rien, oublier surtout toutes les images idiotes que véhiculent les armes, le soldat, le flic, le cow-boy, alors seulement fixer la cible, devenir la cible, et tirer. » (p. 60) Le fait de faire le vide dans l’esprit et de tirer suppose de créer des barrières et de déshumaniser l’image d’un être humain. L’idée que la violence est, en certaines occasions, inhérente aux humains crée la sensation que nous ne sommes pas capables de choisir la façon dont nous voulons agir face à un conflit, qu’il soit personnel, local ou global. Le conflit est inhérent à l’être humain, pas la violence. Nous sommes quotidiennement entourés de violence directe, culturelle et structurelle, mais on ne doit pas considérer ces faits comme facteurs dans la normalité et ce qui est caractéristique des personnes. Nous sommes capables de choisir d’agir d’une manière ou d’une autre ; c’est pour cela que nous ne devons pas abandonner la capacité critique et réflexive qui nous définit. Il est vrai que nous faisons face au conflit de manière à ce que l’aspect animal qui se cache dans les entrailles de l’espèce humaine finisse par s’échapper, dans ces circonstances, nous agissons violemment, sans observer les conséquences de l’action commise. Il est beaucoup plus facile de raconter que de passer à la pratique, puisque les douze petites histoires que Lercher décrit nous plonge dans une réalité violente, jusqu’à nous faire sentir violentés par la situation ou, simplement, parce que nous ne sommes pas capables de voir dans la violence le résultat d’un choix.

L’abandon est un sentiment très violent ; la personne que nous aimons et apprécions décide de s’éloigner, et nous voyons seulement cet abandon comme un choix personnel qui nous exclut. De fait, nous accusons et ne sommes pas capables d’observer le long parcours de la relation. La loyauté et le respect disparaissent, et l’on se sent désemparé, sans savoir où aller. « Je vivais seul depuis quelques mois, en train de divorcer, et la femme à laquelle je portais un amour fou et pour qui ou à cause de qui je divorçais venait de me quitter ou je venais de la quitter, peu importe. » (p. 93) On cherche des solutions, et les premières expériences supposent toujours des doutes et des troubles violents. L’incompréhension, l’hypocrisie, ces souvenirs qui finissent par nous tourmenter, comme par exemple, pour illustrer notre propos : se remémorer la relation avec un frère ou une sœur qui n’est plus ; banaliser le traitement face à un être vivant, comme celui d’un animal, ou bien depuis le langage qui englobe les conceptions que nous avons du monde. Ce sont des aspects qui nous heurtent et nous rendent humains à partir de l’imperfection de chaque être. « L’humanité, c’est-à-dire ici la solidarité entre les vivants ou peut-être, plus étroitement, entre les mammifères, me dictait de mettre un terme à ses souffrances. » (p. 132) La souffrance est partagée par les animaux ; ils ressentent cette solidarité qu’on doit avoir dans un moment de violence. L’être humain, en tant qu’animal, doit favoriser la solidarité présente chez les autres espèces animales, et pas seulement la compétitivité, manifeste dans les sociétés capitalistes.

La lecture de Le jardinier des morts nous renvoie à toutes ces émotions qui font partie de l’espèce humaine et qui nous font nous demander si la violence est quelque chose d’inhérent à l’être humain ou si elle est un choix, ou encore si nous (les êtres humains) devons nous réconcilier avec l’aspect coopératif des animaux, mais elle nous questionne aussi sur notre capacité à gérer les sentiments que réveille en nous quelque tabou comme la mort, qui de plus, est un processus humain, mais remplie d’une charge sentimentale qui nous fait nous éloigner de la réalité. Ces espoirs et ces lamentations font des personnages de Lercher des êtres réels qui incitent à la remise en question de notre manière de gérer nos émotions.

Irene Escudero Martínez
Universidad Jaume I (Castellón)
Traducción a cargo de Juan Alfonso Monrabal

[1]C. Moore, “Siempre hay un maldito fantasma”, El bufón, trad. de Juanjo Estrella, Ediciones B, Barcelona, 2009, p. Así se llama el capítulo 1 de ese libro de Moore. En El bufón, el novelista desafía a William Shakespeare y reinterpreta, en clave de humor absurdo, una de sus tragedias: El rey Lear. Bolsillo, bufón de la corte, enclenque y mordaz, es la única persona dentro de la corte que puede arreglar el desastre que han provocado las hijas del rey.

[2]« la muerte es trágica no porque haga sufrir, sino porque introduce en el mundo algo irreversible ».

[3]« Teníamos un buen instructor, un sargento primero inteligente, que nos enseñaba que primero había que relajarse, después despejar completamente la mente, no pensar en nada, olvidarse sobre todo de todas las tontas imágenes que vehiculan las armas, el soldado, el poli, el cowboy; entonces tan solo mirar fijamente al blanco, convertirse en el blanco, y disparar ».

[4]«Vivía solo desde hacía algunos meses, en vías de divorciarme, y la mujer por la que sentía un amor loco y por quien o a causa de quien me divorciaba acababa de dejarme, o yo acababa de dejarla, da igual».

[5]«La humanidad, es decir, aquí la solidaridad entre los vivos o quizá, más concretamente, entre los mamíferos, me dictaba poner fin a sus sufrimientos».

[6]C. Moore, « Always a bloody ghost », Fool, William Morrow, New York, 2009, p. Ainsi s’appelle le chapitre 1 de ce livre de Moore. Dans Fool, le romancier défie William Shakespeare et réinterprète, sur le mode humoristique et absurde, une de ses tragédies : Le Roi Lear. Pocket, bouffon de la cour, chétif et mordant, est la seule personne dans la cour qui peut régler le désastre que les filles du roi ont provoqué.

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