La vida en la tumba

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STRATIS MYRIVILIS, La vida en la tumba. El libro de la guerra, introducción, traducción y notas de Margarita Ramírez-Montesinos Vizcayno, ilustraciones de Kostas Grammatópoulos, Editorial Point de Lunettes, colección Romiosyne, nº 5, Sevilla, 2015, 292 pp. ISBN 978-84-96508-88-0.

La Primera Guerra Mundial no fue una guerra como las demás, ni quiso serlo. Aunque, ¿ha existido alguna vez una guerra que sea igual a cualquier otra? Cada guerra es diferente y toda guerra, por el mero hecho de merecer tal nombre, es un ejercicio de violencia desatada, la exhibición de la cara menos razonable –si lo preferís, más deleznable– de la especie humana. Clausewitz, en su famosa definición, estableció que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Descontextualizada, la frase nunca puede desprenderse del acre aroma del cinismo, a pesar de que en la exposición del prestigioso militar prusiano su sentido era bien otro: fue la manera en que éste plasmó su deseo de encontrar algo racional en la guerra moderna, ya que los otros elementos que, a su parecer, entran a conformarla, el odio entre los pueblos, que implica pasión, y el cálculo de los estrategas, que conlleva azar y juego, hay que situarlos en el campo de lo irracional. El choque violento, la pelea hasta la muerte, pues, como medio para dirimir luchas políticas que ya no se puede, no se quiere o no se sabe gestionar de otra manera; racionalidad e irracionalidad mezcladas como la inestable nitroglicerina: eso es la guerra. Parménides, dos mil cuatrocientos años antes, parece ser que ya había dicho que la guerra es el arte de destruir a los hombres, mientras que la política es el arte de engañarlos. Por ahí iban los tiros en 1914.

La Primera Guerra Mundial –que no se llamó así, que no se podía llamar así, hasta que hubo una Segunda Guerra Mundial que la superó en magnitud y barbarie– fue especialmente atroz. Destruyó a unos hombres engañados por una política tan agresiva como desnortada que cultivó el odio y los entregó a una matanza resultante de unos cálculos estratégicos fatalmente errados. Con ella en el pensamiento, sin duda, el lúcido Paul Valéry pudo escribir aquello de que la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí que se conocen pero que no se masacran. Comparada con cualquier conflicto bélico anterior, los efectos de aquella “Gran Guerra” fueron tan desastrosos (incluso para los que la ganaron, quizá con la sola excepción estadounidense) que superaron con creces lo que hasta ese mismo momento hubiera sido considerado, no ya como aceptable, sino como concebible. Además, se convirtió en una despiadada “madre de todas las batallas”: quiso ser, en su génesis, una guerra para acabar con todas las guerras –la guerra viene precedida siempre de cierto despliegue de propaganda– y, en realidad, fue únicamente el primer acto de una intermitente y a la vez colosal guerra civil europea que sólo acabó, y dejando muchos millones de muertos de

por medio, en 1945. Aquella contienda iniciada en 1914 que, stricto sensu, cesó con el armisticio de noviembre de 1918, mató, hirió, mutiló y despedazó, reventó cuerpos y sacudió conciencias en una escala antes nunca vista ni siquiera entrevista. Sorprendió por su brutalidad extrema y asqueó a las mentes que supieron mantener –o recuperar, tras purgar entusiasmos iniciales– la necesaria cordura. La Primera Guerra Mundial no sólo fue, cabe recordarlo, una gran matanza, sino también la primera guerra aérea, la primera guerra submarina, la primera guerra química (¿cómo olvidar aquellos gases venenosos que asfixiaban, que privaban del sentido de la vista…?), la primera guerra motorizada digna de ese nombre, la primera guerra total… Nunca una guerra había producido tantos muertos ni tantos cadáveres irreconocibles. Nunca una guerra había dejado tal número de ciegos, de tuertos, de cojos, de mancos, de viudas, de huérfanos… ¿La primera guerra en que había cosas peores que morir? Posiblemente; al menos la primera en que eso se constató hasta un punto situado más allá de la duda razonable.

En todo caso, fue asimismo la guerra que hizo surgir el mayor volumen de literatura de entre todas las que habían tenido lugar hasta ese instante. De buena literatura, hay que añadir, en su inmensa mayor parte debida a participantes en ella –combatientes en el frente o la retaguardia– y a otros testigos directos. Vistas las cosas desde hoy, cuando han pasado cien años desde que tuvo lugar el conflicto bélico, cuando éste ya no es historia del tiempo presente, sino historia cicatrizada, y, por ello, los espectros de aquellos muertos parece que han dejado en paz el cerebro de los vivos, esa buena literatura es probablemente el único legado positivo de tan desoladora catástrofe. Una literatura que alcanzó un gran impacto en su tiempo, que comenzó a producirse entre el rugir de los cañones y el barro de las trincheras y que, en un esfuerzo creativo que duró un cuarto de siglo más, hasta que el estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió el marco de referencia, acabó por conformar una biblioteca de títulos de desigual nivel, variados géneros, y escritos en diversas lenguas, pero que todavía enseña músculo en algunas obras de calidad extraordinaria.

¿Cómo olvidar Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline (por más repelús que dé el escritor, un antisemita de tomo y lomo) o El miedo, de Gabriel Chevallier, novelas en que la ficción –la imaginación– entrelaza las experiencias vividas –u oídas– por sus autores en diferentes campos de batalla? ¿Cómo no dejar constancia de la excelencia de textos autobiográficos puros y duros, pero tan distintos entre sí, como Tempestades de acero, de Ernst Jünger, Adiós a todo eso, de Robert Graves, o Los siete pilares de la sabiduría, de T. E. Lawrence? ¿Cómo no traer a colación esa sátira, implacable y deliciosa, titulada Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, aunque quedara inacabada? ¿O esas dos famosas novelas, escritas por dos autores que no combatieron en el frente, pero ofrecieron cabal testimonio de su tiempo, que son El retorno del soldado, de Rebecca West, y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez, ésta última la obra que permitió al prolífico escritor valenciano alcanzar fortuna y gloria (y ser objeto de muchas envidias), en especial cuando fue llevada al cine? El cine… ¿es posible citar películas de temática bélica más inquietantes que Senderos de gloria, el film que Stanley Kubrik rodó en 1957 basándose en la novela homónima de un excombatiente canadiense, Humphrey Cobb, publicada en 1935, o que la angustiosa Johnny cogió su fusil, dirigida por Dalton Trumbo –un niño de la guerra– en 1971, pero basada en una novela del mismo Trumbo de 1939?

Otra de las novelas germinadas en la amarga experiencia de aquella contienda diabólica es La vida en la tumba, que nació de la pluma del escritor griego Stratis Myrivilis (1890-1969) y vio la luz en 1924, una obra que resiste la comparación con cualquiera de las citadas y que ahora, por fin, ha sido traducida al castellano en la colección sevillana Romiosyne que dirige el profesor Juan José Tejero. Y muy bien traducida, cabe suponer –al menos es muy grata de leer–, por Margarita Ramírez-Montesinos, que se ha cuidado también de la introducción y de las notas.

Para cualquier lector griego Stratis Myrivilis–que, en realidad, se llamaba Efstratios Stamatópoulos– es un nombre mayor de su literatura moderna. Nacido en la isla de Lesbos en 1892, entonces aún bajo dominio turco (la isla de aquellos padres de la poesía lírica que fueron Alceo y Safo, tan queridos por los profesores de lenguas clásicas; la isla que estos días acapara la atención de los telediarios a causa de la afluencia constante de refugiados sirios, iraquís, afganos… que se juegan la vida en su viaje y a los que nadie parece realmente querer), se alistó como voluntario en el ejército griego en 1912 al declararse la guerra de los Balcanes (gracias a la cual Grecia se hizo con Salónica y alrededores, Epiro, parte de Tracia, Creta y varias islas del Egeo, Lesbos incluida) y después combatió en la Primera Guerra Mundial y en la guerra greco-turca que la prolongó en Asia Menor. Su contacto con la feroz violencia bélica no sacó de raíz su nacionalismo, pero lo volvió un pacifista convencido. En La vida en la tumba, de hecho, asistimos a la narración de un goteo de vivencias más o menos brutales, más o menos calamitosas, más o menos agónicas, que llevan poco a poco a su protagonista, el entusiasta sargento voluntario –y lesbio– Andonis Costulas, a descubrir el carácter disparatado de una guerra de la que acaba desengañándose. La muerte de éste por error, al ser achicharrado durante la limpieza de las trincheras conquistadas al enemigo búlgaro a causa del “fuego líquido” que esparcía un cabo francés (es decir, lo mata “fuego amigo”), que a su vez estaba muriéndose de una puñalada en el vientre, un suceso que se nos narra ya al principio del libro, constituye todo un ejercicio de mordacidad, no sé si decir que siniestra, al servicio de un mensaje antibelicista.

Algo, el antibelicismo, que podemos considerar patrimonio común de muchos antiguos combatientes en aquellas graves horas, incluidos los que escribieron sobre la guerra. De muchos, aunque no de todos; quizá ni siquiera de la mayoría, sobre todo si consideramos a los que no probaron a dejar testimonio con su escritura. Myrivilis, Remarque, Hemingway, Cobb, Chevalier y compañía, al narrarlo, cuestionaban o denunciaban el demencial conflicto bélico que los sacó de casa y cambió sus vidas, las de ellos y las de toda su generación. Fue esa necesidad de denuncia, sin duda, la que los impulsó a no guardar silencio y tomar la palabra. Pero Jünger, por ejemplo, no alimentó con sus manos ninguna paloma de la paz, sino que en su obra glorificó la guerra y la trató como simpar escuela de valor. Y es que, si bien muchos excombatientes tornaron a casa hondamente asqueados de la guerra y con unas inmensas ganas de no matar ni a una mosca, su pacifismo sirvió, a la larga, de poco. Hubo otros supervivientes de la gran matanza que habían quedado para siempre prendidos de la cultura de la violencia. Reconvertidos en matones con causa, se vistieron con una camisa negra para convertirse en squadristi fascistas o nutrieron –enfundados éstos en una camisa parda– los Sturmabteilung nazis, así como engrosaron el resto de milicias de similar calaña esparcidas por otros países. El pacifismo de una generación de políticos y activistas por la paz que dieron pasos para intentar impedir que pudiera repetirse barbarie semejante y para paliar sus consecuencias –Aristide Briand, Frank B. Kellogg, Gustav Strasemann, Fridtjof Nansen, Jane Addams…– pudo menos que el nocivo belicismo de Adolf Hitler, otro excombatiente, decidido éste a reescribir a sangre y fuego una historia que no le gustaba, o del también excombatiente Benito Mussolini, el periodista metido a dictador que tanto hizo –como director de Il Popolo d’Italia– porque su país entrara en la Primera Guerra Mundial y que la metió –como Duce– en la Segunda.

La vida en la tumba no es sólo un magnífico ejemplo del pacifismo literario “de trinchera”, comprometido y militante, que, trufado por sus cultores de materiales autobiográficos, brotó de aquel conflicto cruel y bien regado de sangre. Fue también el libro que lanzó la carrera de escritor de Stratis Myrivilis y le abrió el camino hacia una notoriedad que en su país llegó a ser prominente. Un camino empedrado de trabajos periodísticos y de novelas de calidad –La maestra de los ojos dorados, Vasilis el Arbanita, La Virgen Sirena del Mar, de las cuales únicamente la segunda, que yo sepa, se ha traducido al castellano–, relatos éstos últimos repletos de referencias a tradiciones populares y de huellas mitológicas que contribuyeron a normalizar el uso de la dimotikí –la manera de hablar de la gente corriente, distinta a la versión arcaizante y artificial del griego que impulsaba el estado– como lengua literaria, y que le llevaron a la presidencia de la Sociedad Nacional de Escritores Griegos, a la Academia de Atenas, y a ser propuesto por ésta como candidato al Premio Nobel.

El libro de la guerra del narrador lesbio es uno de las obras más leídas del siglo XX en Grecia, y asimismo una de las más traducidas. Se fundamenta en un artificio literario nada novedoso, pero indudablemente eficaz: el encuentro por el autor de un conjunto de cartas que había escrito en el frente macedónico el sargento Costulas a su amada en Mitilene –a la que, obviamente, añora– y que no fueron nunca echadas al correo. Esa estructura narrativa permite al escritor hacer desfilar ante el lector el catálogo de atrocidades característico de la “novela de trinchera” –después hablaremos de ello– y sirve, además, para dotar a la narración de la apariencia de autenticidad que se desprende de su naturaleza epistolar (las cartas, pese a ser ficción, invitan a ser leídas como documentos verídicos).

Hay que decir, con todo, que la narración de Myrivilis presenta importantes diferencias con otras novelas de su especie. Aunque, ¿hay, y no sólo en esta temática, una obra literaria que sea un mero calco de otra? Cada una tiene su particular argumento, su especial estilo, su acento peculiar. El genio de cada autor concreto, su personalidad, pero también el contexto social –nacional, si alguien lo desea así– en que escribe y para el que escribe, introduce un sinfín de especificidades y marca distancias entre unos libros y otros. En este caso la obra está llena de originalidades. Tiene, por destacar alguna, un tono lírico inhabitual (en especial en los pasajes descriptivos) que la distingue a la vez que la enternece. Como la distingue el uso mesurado que el autor tiende a hacer de la ironía (aunque el achicharramiento del protagonista tenga poco de mesurado), una ironía a menudo delicada que se esgrime para castigar el envilecimiento generado por la guerra y, curiosamente, no impide que en muchas páginas la narración se deslice hacia la épica (una paradójica épica que desemboca en decepción). Y trata, y aquí reside la principal originalidad, de la participación en el terrible conflicto bélico de unas tropas, las griegas, un poco atípicas y que operan en un frente de combate, el que atravesaba la disputada Macedonia, que no por secundario fue menos espantoso.

En efecto, mientras el revanchismo francés (Francia, como es bien sabido, había perdido la Guerra Franco-Prusiana en 1871 y rumiaba desde entonces su venganza) o el deseo alemán de recomponer el orden mundial (hasta la citada guerra no se produjo la unificación alemana, de manera que el Imperio Alemán llegó tarde y mal al reparto del mundo que, en su propio provecho, realizaron las potencias coloniales decimonónicas), y el británico de que eso no se produjera (ya que el Reino Unido fue el estado que mayor trozo de la tarta había conseguido), explican la popularidad inicial del conflicto en esos países –donde las fuerzas políticas formaron “uniones sagradas” que comportaban una tregua temporal en las luchas entre ellas, y donde la gente, bien adoctrinada por los respectivos aparatos de nacionalización, se mostraba dispuesta a morir por la patria y a matar en su nombre a unos enemigos entrevistos como deshumanizados–, en Grecia, todavía un estado inestable y relativamente joven, el conflicto también fue interno: como pasó, por cierto, en España, al principio tanto la clase política como la opinión pública se dividieron en germanófilos y aliadófilos.

En España, por fortuna (de lo contrario, ¿cuántos de nosotros no habríamos nacido nunca?), hay que agradecer a Eduardo Dato, a Manuel García Prieto, al conde de Romanones, a Antonio Maura, y a los demás componentes de aquella tropa de políticos que manejaban, con crecientes dificultades, los hilos de la vida pública por aquel entonces, que supieran mantener la neutralidad cuando la guerra estalló y después. El orden político instalado cuatro décadas antes por Antonio Cánovas del Castillo (el régimen de la “oligarquía y el caciquismo” de que hablara Joaquín Costa), daba serias muestras de desfallecimiento, y las demandas de una “nueva política”, de democratización real, de justicia social, eran bien audibles. Los próceres del régimen envejecido, apoyados en una densa red de caciques y en un rey, Alfonso XIII, que no se privaba de intervenir en asuntos políticos –“borboneaba”– se afanaban hábilmente en contener esas demandas y perpetuarse en el poder, y no siempre ocultaron sus simpatías por uno u otro bando beligerante. Eran gente amiga del cabildeo, ejercitada en el tráfico de influencias y recelosa de la chusma. Poco recomendables vistos desde ahora. Pero acertaron, pese a los cantos de sirena que venían de los diversos países contendientes, a mantener a España lejos de la locura horrenda de las armas.

En Grecia, por el contrario, la inicial discordia entre germanófilos y aliadófilos se profundizó y acabó en ruptura abierta. El rey Constantino, favorable a los alemanes (y que estaba casado nada menos que con la hermana del káiser Guillermo II), y el carismático primer ministro, el cretense Eleftherios Venizelos, que se inclinaba sin mucho disimulo hacia la alianza –la Entente– entre franceses, británicos y rusos, representaban los dos polos de una clase política y de una opinión pública fatalmente divididas al respecto. El ideal “panhelénico” (el sueño de una Gran Grecia que reuniría a todos los grecoparlantes en un solo estado que recuperaría algo así como los límites del Imperio Bizantino, incluida Constantinopla, y que se colapsó en la “gran catástrofe” de 1922, cuando los griegos fueron derrotados por el ejército turco de Mustafá Kemal Atatürk) los unía, pero la estrategia para alcanzarlo los separaba con la hondura de un precipicio. El rey y su facción esperaban que un triunfo alemán (y, por lo tanto, el sometimiento de Serbia), beneficiaria las aspiraciones griegas en el sur de los Balcanes. El primer ministro, por el contrario, que la victoria de la Entente (y, con ello, la derrota de los turcos y, luego, de los búlgaros), permitiría anexionarse más territorios en Tracia y en Asia Menor con la protección de dichas grandes potencias. En principio la partida quedó en unas tablas inestables, y los contendientes no se movieron de la posición de neutralidad más o menos estricta, aun sin ocultar sus simpatías. Pero en 1915 la batalla de los Dardanelos obligó a tomar partido. El rey se atuvo nominalmente a la no beligerancia, lo que en tal coyuntura favorecía a alemanes, austriacos y turcos. Venizelos, por el contrario, quiso sumarse sin ambages al bando rival, el de la Entente. El desencuentro se tradujo en sucesivas crisis políticas y en un “cisma nacional” que abriría muchas heridas y dejaría profunda y larga huella. En el verano de 1916 la división se consumó. Mientras el rey y su gobierno proalemán permanecían en Atenas y controlaban parte del país gracias a los grupos de oficiales en activo y en la reserva que organizó el general –y futuro dictador– Ioannis Metaxas, los cuales se dedicaron a sembrar el terror entre sus oponentes, Venizelos se instaló en Salónica al frente de otro gobierno que fue de inmediato reconocido por los países de la Entente y que, al año siguiente, consiguió imponer su autoridad a toda Grecia tras la renuncia y exilio del rey, forzado por las presiones franco-británicas. Ya antes de tal desenlace, los griegos de la zona bajo el gobierno de Venizelos formaron unidades militares que partieron a combatir junto a sus aliados. En ese caso, es decir, en el espacio regido desde Salónica, estaba Lesbos, la isla de Myrivilis y del sargento Costulas, el voluntario de ficción, en gran parte trasunto del autor, que sale de su pequeño mundo para efectuar un viaje a ninguna parte (o mejor, un viaje hacia la muerte).

Esa diferencia de contexto con, por ejemplo, el frente occidental que atravesaba los campos belgas y franceses, explica que los episodios de la novela de Myrivilis no siempre tengan parangón –no pueden tenerlo– en otras obras literarias de la misma temática. Hay, obviamente, puntos de contacto: el realismo crudo, la brutalidad de los oficiales, el tedio de las trincheras, la suciedad, los piojos, la sarna, el barro, las latas de carne en conserva, las fantasías lascivas de hombres sin mujer, la censura postal, la nostalgia de la anterior vida civil, siempre idealizada, la omnipresencia en el frente del estruendo provocado por la artillería y por las ráfagas de las ametralladoras, el miedo a esas incesantes detonaciones, la destrucción provocada por obuses, torpedos, bombas incendiarias, lanzallamas y otros trastos de matar, el auténtico y el falso heroísmo, el azar, la desazón de las marchas y patrullas nocturnas, con peligros que acechan por doquier y llaman a reforzar la camaradería, los cuerpos desmembrados, la injusticia y la irreversibilidad de la muerte, los consejos de guerra sumarísimos que acaban en fusilamientos, las maquinaciones para provocar enfermedades que puedan permitir a un soldado desmoralizado abandonar el frente, las abyectas violaciones que sufren mujeres anónimas, la muerte de niños inocentes, el racismo descarado (franceses e ingleses respecto a sus tropas coloniales, africanas y asiáticas, pero también el antisemitismo de siempre que se hace carne en algún que otro soldado griego)… “Todas las conquistas de la mente humana sobre la ciencia, técnica, ingeniería y psicología, se han convertido en instrumentos para matar al mayor número de hombres soterrados frente a nosotros”, escribe Myrivilis al comenzar una relación de los “artilugios demoníacos” en el uso de los cuales los guerreros son adiestrados a la espera de la “gran masacre”, de “un crimen organizado con un método satánicamente pensado”. La vida en la tumba, como ocurre con obras semejantes, ya lo hemos más que insinuado, es una alegato contra todo eso, un disparo contra la guerra, una protesta en letras de imprenta, una denuncia en toda regla.

Pero hay elementos imposibles de encontrar –o no tan fácilmente– en las experiencias de los combatientes de otros ejércitos. Por ejemplo, la facilidad de las deserciones. Un griego alistado en las fuerzas de Venizelos podía huir al sur, donde, al menos durante un tiempo (hasta mediados de 1917), otro gobierno griego que mantenía una posición muy distinta en la guerra lo acogería con los brazos abiertos… O la mescolanza de gentes en un mismo marco geográfico que hacía tan difícil el sueño wilsoniano de una Europa de naciones-estado pacífica y coherente. Hay un episodio extraordinario que resume con claridad más que notoria la perplejidad de un nacionalista heleno –como era el autor y como era su personaje– ante la mescolanza étnica, religiosa y cultural que imperaba en los Balcanes. Las tropas de Lesbos llegan a Monasteri –que es como los grecoparlantes llaman a Bitola, importante ciudad que los serbios habían arrebatado a los turcos en 1912, y que hoy forma parte del estado que los gobiernos de Atenas no quieren que se llame Macedonia, sino Antigua República Yugoslava de Macedonia…– y son calurosamente recibidos como ansiados libertadores por los griegos que viven en la ciudad, que en realidad es un rico mosaico de nacionalidades. Una niña, al enterarse del lugar de origen de los soldados que atraviesan aquellas calles, incluso recita de memoria las glorias antiguas de su isla: “Lesbos, la patria de Safo, de Alceo, de Arión, de Pítaco, de Teofrasto, la cuna de la música y de la poesía lírica…”. Pero el protagonista se pregunta si ha venido a luchar contra los serbios para liberar a los oprimidos griegos de Monasteri (que es lo que éstos sin duda querrían), o a luchar contra los alemanes y los búlgaros para ayudar a los serbios que oprimen a esos griegos (y que es lo que en verdad los ha llevado hasta allí). “¡Señor, apiádate de nosotros!”, grita en su interior el sargento Costulas. Entre los agasajos de aquellos griegos irredentos que no van a ser redimidos, “algo comienza a resquebrajarse en nuestro interior. ¿La fe? Lloramos también con ellos, perplejos”. En otro episodio, el sufrido protagonista es alojado, convaleciente, en la vivienda de una familia macedonia que también sufre porque tiene dos hijos movilizados a la fuerza en el ejército búlgaro. Sus miembros lo acogen, pese a ello, con esmerada hospitalidad, aunque las dificultades que encuentran huésped y anfitriones para comunicarse son formidables: éstos hablan una lengua que aquél no entiende (suponemos que es macedonio), aunque sí que la entienden los serbios y los búlgaros, lo que no significa que ellos quieran ser búlgaros o serbios (ya que odian tanto a los unos como a los otros), ni que tampoco quieran ser griegos… Una pesadilla, insisto para políticos a lo Woodrow Wilson.

En fin, hay que dar la bienvenida a la publicación de este libro de la manera más calurosa. La vida en la tumba no tiene nada que envidiar a otras obras de su especie y, encima, nos obliga a recordar la complejidad –que en el caso griego alcanzo un grado superlativo, ya que el ciclo bélico se prolongó diez años– de aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras y que sirvió para bien poco, como mucho de primer acto de otras guerras por venir, aún peores y más destructivas. Además, pone al alcance de los hispanohablantes una de las mejores novelas de la literatura griega o, dicho quizá con más propiedad, neogriega (o neohelena). Para muchos de nosotros hablar de literatura griega es igual a hablar de Homero y de Hesíodo, de Platón y Aristóteles, de Sófocles, Esquilo y Eurípides, de Aristófanes y Menandro, de Anacreonte, de los citados Alceo y Safo, de Heródoto, Tucídides, Jenofonte, y del resto de los venerables nombres que los viejos bachilleres conocían –conocíamos– de memoria (lo que saben los nuevos bachilleres es otro problema). Pero los autores griegos de tiempos menos remotos y afamados no han merecido, no cabe duda, tantas traducciones como debieran, los que han conseguido ser vertidos al castellano lo han sido más en ediciones universitarias que en comerciales, y, por ende, no han logrado ser suficientemente difundidos ni leídos. Gran parte de de ellos son casi desconocidos en España aunque, como ocurre con las meigas, haberlos haylos.

Un buen número de lectores cultos, sin duda, acertarían a alegar, si preguntáramos sobre el tema, que conocen a Konstantinos Kavafis (si mi información no está equivocada, uno de cada cuatro libros de literatura griega moderna publicados en España son versiones, en castellano o en catalán, de este celebérrimo poeta alejandrino). No serían pocos los que mentarían también a Nikos Kazantzakis, a Vasilis Vasilicós, a Odisseas Elytis o a Giorgos Seferis (el primero, el narrador que más traducciones al español ha generado; el segundo, el autor de Z, la novela que fue llevada al cine por Costa-Gavras; los otros dos, notables poetas de fama mundial por haber sido galardonados con el Premio Nobel). Algunos se atreverían, acaso, a añadir a éstos nombres unos cuantos más: Yannis Ritsos, Kostís Palamás, Apostolos Doxiadis, Andonis Samarakis, Petros Márkaris, Kikí Dimulá, Kostas Vrachnos… Pero pocos pasarían de ahí. Afortunadamente, parece que entre los tenaces estudiosos del griego clásico –¿del griego lengua muerta?– fluye una corriente de reivindicación de la literatura griega moderna –la escrita en un griego más de ahora: el griego es una lengua viva y bien viva– no muy estruendosa, pero que, pertinaz, no cesa. Los profesores Tejero y Ramírez-Montesinos han dedicado su vida a enseñar griego (es decir, griego clásico) aunque, como ocurre con un número creciente de sus colegas, saben mirar asimismo hacia lo escrito en fechas no remotas en aquellas riberas –tan lejanas y a la vez tan cercanas– del Mediterráneo. No son los únicos, claro está, ni han sido los primeros, a pesar de que no andamos muy sobrados de gentes como ellos. Confiemos en que el ejemplo siga cundiendo y que, de su mano, o de otras manos, nos lleguen nuevos textos neogriegos –¿no era una vergüenza que, casi cien años después de haber sido escrita, todavía no hubiera versión castellana de La vida en la tumba?– de manera que la recepción de esa literatura consiga abandonar el estado de escualidez en que todavía se encuentra en esta parte, la nuestra, del mundo. Mientras tanto, leamos este hermoso libro de un hombre de paz, Stratis Myrivilis. Vale la pena.

 

Joan J. Adrià i Montolío

 

 

 

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