La necesidad logográfica

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ANTONIO LASTRA, La necesidad logográfica, Aduana Vieja Editorial, Valencia, 2014, 200 pp. ISBN: 978-84-96846-98-2.

La necesidad logográfica presupone los límites de la escritura. La imagen por la que queda emplazado el logos es ya una mediación en la que estamos atrapados. Se convierte, por tanto, en el punto de máxima responsabilidad del lector: la tarea del aprendizaje, también conocida como el arte de leer. Una especial dificultad con la que lidiar porque presupone también la escritura como responsabilidad. El escritor sabe que el texto escrito ha sido arrojado desordenadamente a los lectores tantas veces como actos por medio de los cuales se abrirá el libro que lo contiene. Por eso Sócrates le dice a Fedro que se trata de dar curso a la posibilidad de que el texto pueda ser un organismo vivo que tenga cabeza y pies cada vez que se lee [Fedro 264c]. Ello obliga a la verdad: la filosofía socrática. Aunque haya que pagar el alto precio del dolor por parte del que accede a ese organismo natural que es el texto como leyenda filosófica [p. 60]. Así ocurre con el epigrama en la tumba de Midas, el frigio, que Sócrates le recuerda a Fedro [Fedro 264d] y que Antonio Lastra repite en los textos de La Necesidad Logográfica; también con Thoreau en Walden: “La naturaleza no pregunta ni responde a nada que ‘nosotros, los mortales’, podamos plantear” [p. 75]. La escritura, entonces, le disputa a la política el papel de segunda naturaleza. Lo hace porque actúa como carácter y constitución, en la terminología de Emerson [p. 58].

La Necesidad Logográfica contiene nueve escritos previamente publicados en distintos formatos. Antonio Lastra los divide en dos partes. Los artículos de revistas y las introducciones que redactó para libros previamente traducidos y editados. El lector puede encontrar noticia en detalle de la procedencia de cada uno de ellos en el prefacio. El que el propio autor al ordenar los capítulos los divida en nominalistas y realistas marca también el punto en que escritura y vida  filosófica se intercambian de posición  [p. 73] y la dificultad de que una responda a la otra más allá de las sucesivas capas que se van adhiriendo al discurso. Es también una llamada a la necesidad filosófica en su camino paralelo a la libertad poética. En otras palabras, la lidia con la doxa que entabla por igual la filosofía como su puesta en sociedad [pp. 64-65].

Los artículos de La necesidad logográfica presentan la posibilidad de ser entendidos bajo clave de lectura constitucional. Cuando se expone el encuentro de Celan con Heidegger o la idea de Constitución finalmente  triunfante en el pueblo americano tiene lugar la misma cuestión. Es el momento del retorno a la vida de la comunidad después de que haya sido puesta en duda su viabilidad. Lo mismo que el hijo pródigo, supone una literatura entendida como la manera de volver a unir lo que en su momento estando unido se deshizo. Equivale por tanto al religare, a una nueva forma de vivir lo humano. Como la vida en el bosque, en Walden, que ya no es la vida en el bosque sino la narración de la vida en el bosque, tras la vuelta a la ciudad [p. 74]. O como la diferencia del hombre que vuelve a casa, Celán después de visitar Todtnauberg, a la vez que comprueba que en el bosque se queda el hombre de silencio, Heidegger o Heráclito sorprendido en la cueva conservando vivo el fuego que necesitan los que no son ni animales ni dioses [p. 93].

La literatura constitucional, sin embargo, obliga a una apertura que ya no puede ser silencio y que tiene que lidiar con otras formas. Sólo el filósofo-dios puede prescindir de ella. Por eso la literatura constitucional se mueve en el plano de las certezas; cree que no es posible el filósofo-dios; ahora la cuestión se dirime en el plano de la epistemología. Por eso requiere de una articulación de los paradigmas en juego; lo que no supone prescindir de la filosofía sino adecuarla a su puesta en sociedad. En ese punto la  leyenda política —que oculta un silencio necesario— se manifiesta como en El hombre que mató a Liberty Valance, la película de John Ford, en la que la traducción que es obligado hacer de los hechos tiene que ser  intransitivamente constitutiva. Como toda ambigüedad moral [p. 60]. Como el nombre Liberty Valance. Hay así algo todavía no determinado que queda por hacer y que no se conoce; como también se trata de que no se conozca su origen. Hay también un solapamiento con la teología-política. Una estructura  mimética con punto de implosión. El silencio es la necesidad de que la vida nueva que ha surgido como el extremo máximo de esa fricción respete las reglas de la coherencia. El silencio se convierte ahora en la necesaria unidad entre la vida y sus actos de manifestación. En la teología-política esa coherencia se reproduce, por ejemplo, mediante la minuciosa y necesaria doctrina de los vicios del consentimiento, que el derecho canónico legó a la legislación civil positiva. Un ejercicio de ocultación equivalente al de la literatura constitucional [p. 64]. Es decir, lo que en origen fueron dos vertientes socráticas y luego, necesariamente, una sola epistemología platónica para su difusión.

El oficiante de la ceremonia trabaja con significados que se le escapan de las manos. Sabe que los escritos o el trabajo que deja estará sometido a un doble significado en la posteridad: su nombre —que también será reconocido como el de una actividad [p. 28], según tradiciones— pero también aquello que podrá quedar desligado de su nombre, en virtud de la polisemia de la vida que empujará y nutrirá la polisemia de la escritura. Una extraña ventura que presupone por igual reconocimiento y olvido. El vértigo de la comunicación escrita, porque incluye una contradicción.

La necesidad logográfica trata con este supuesto desde los días de los primeros diálogos socráticos. Por eso el presente título tiene que realizar el mismo ejercicio, que responde tanto a la actividad del pensamiento como a la filosofía. Un punto de fricción en el que la linde por la que discurre la filosofía presentada en público no coincide con la linde del pensamiento. Una fricción necesaria que pasa por conducir y entender la vida civilizada como un  comienzo  irónico [p.175 en relación a pp. 27-28]. La Necesidad Logográfica recoge ese mismo curso del pensamiento que no coincide necesariamente con la filosofía presentada en sociedad. Es decir, el libro que incluye el silencio necesario. Un libro que aspira tanto a los lectores como al azar.

Antonio Lastra ha ofrecido la recuperación de los problemas de la metapolítica por medio del estudio de la figura de Ramón Fernandez; el detalle de los ejercicios de paciencia de entomólogo y erudito de la ley de Leo Strauss; la razón constitucional americana, con la actualización de John C. Calhoun; la lectura de Walden; ha rastreado a Ivanhoe entre los libros; lidiado con la ecología de la cultura, y asistido a la disputa civilización-cultura por referencia a la vida civilizada y la desobediencia civil. Se puede decir que La Necesidad Logográfica trata de presentar en sociedad la filosofía.

Antonio Ferrer

 

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