La Historia como heterología: implicaciones y apropiaciones del concepto de historia de Michel de Certeau

João Rodolfo Munhoz Ohara Índice/Summarypdf

 

La publicación de La escritura de la historia, en 1975, pone a Michel de Certeau entre los autores implicados en lo que él mismo llamó “despertar epistemológico” de la historiografía. En un periodo próximo a la publicación de otros importantes libros, como La arqueología del saber, de Michel Foucault (1969), y Cómo se escribe la historia, de Paul Veyne (1971), los ensayos de Certeau presentan un peculiar abordaje acerca del problema de los fundamentos teóricos de la historiografía. Así, si por una parte Foucault buscó explicitar en su libro los principios fundamentales de su trabajo en relación con los problemas de la historiografía de la ciencia y de las ideas, y Veyne fustigó las pretensiones de cientificidad de los historiadores de su época, por otra, Certeau hizo algo diferente en sus reflexiones: él puso la historiografía en la historia, dándole, así, un lugar. Al definirse como un historiador que tiene su propia disciplina como objeto, ha recibido por parte de sus compañeros de profesión una atención raras veces concedida a estudios de carácter más filosófico, como las obras de Henri-Irénée Marrou.[1]

Varios historiadores, en diferentes ocasiones, dijeron tener hacia Certeau una profunda deuda. Arlette Farge, Jacques Revel, François Dosse y Peter Burke son algunos de sus comentadores,[2] y Paul Ricoeur cita al historiador y jesuita como uno de los “maestros del rigor”.[3] A mí esas referencias me parecen evidencia suficiente para afirmar que, a pesar de haber pasado la mayor parte de su carrera en posiciones periféricas en el sistema universitario y académico francés, Michel de Certeau tuvo un impacto significativo en la forma en la cual los historiadores encaran su propio trabajo. Al mismo tiempo, me parece justo considerar que sus reflexiones teóricas tocan puntos importantes para los historiadores de su tiempo.

Este artículo tiene como objetivo delinear, a lo largo de La escritura de la historia (1975) y de Historia y psicoanálisis (1987), aquello que me parece distintivo en el concepto de historia construido por Certeau –la idea de heterología– y contraponer mi lectura a la de Roger Chartier, en particular en su breve exposición en un artículo de 1998.[4] Esa compleja concepción de historia como heterología cuyas conexiones con los intereses de Certeau en el pensamiento místico del siglo XVI y con el psicoanálisis aún merecen ser mejor pesquisadas–, pone en evidencia la alteridad del pasado en relación al presente.[5] Y si hacer historia significa dar lugar a los muertos, entonces el historiador no puede ser solamente aquél que entierra los fantasmas, sino también aquél que los transforma en algo inteligible para los vivos.

Posteriormente, me gustaría discutir la interpretación bastante particular de ese concepto por Chartier, que afirma, con Certeau, que la historiografía como quehacer científico supera las diferencias de clase, etnia o género. Respondo, basándome en evidencias presentes en los propios textos de Certeau, que esa interpretación merece un reexamen, pues a mí me parece difícil sustentar tal posición si consideráramos el espectro más amplio de los escritos de Certeau sobre la historiografía. No se trata, evidentemente, de cuestionar la legitimidad de la lectura de Chartier, sino de un esfuerzo intelectual para abrir nuevos caminos posibles a partir de Certeau.

HETEROLOGÍA. A lo largo de La escritura de la historia, en particular (pero no exclusivamente) en la primera de las cuatro partes, las metáforas utilizadas por Certeau demuestran claramente que él entiende la historia como un trabajo con la alteridad. El pasado, en esas metáforas, surge como el muerto,[6] el fantasma,[7] las voces;[8] son siempre los elementos que remiten a la idea de distancia, de extrañamiento y de diferencia. En Historia y psicoanálisis, de nuevo, “dirigirse al pasado” es siempre una imagen mística.[9] El pasado surge siempre como Otro, como aquello que se fue, pero que se niega a desaparecer; la metáfora del fantasma y del trabajo del historiador como aquél que organiza a los muertos para dar lugar a los vivos es una expresión vívida de esa idea.

Hetero-logía, el saber sobre el otro. Como el explorador europeo de la abertura de La escritura de la historia (EH 7-12), el historiador se da como tarea hacer pensable un territorio desconocido. Delimitando y cartografiando, intenta expandir los bordes de su racionalidad, tornar habitable ese terreno salvaje y extraño. Cuando habla de una escritura conquistadora o utiliza la metáfora de la colonización para entender el proceso por el cual, en presente, damos un sentido al pasado, Certeau muestra claramente que los procedimientos del historiador son producto de una forma de comprender el mundo bastante particular de Occidente,[10] y no el fruto de una Revelación.

Desde esta perspectiva, el historiador es quien debe volver inteligibles los restos de aquello que pasó, traducir el lenguaje de los muertos para los vivos y, paradójicamente, ocultar la diferencia que es su condición de trabajo. En este sentido, las imágenes de Michelet no son accidentales: caminando entre los muertos, el historiador transforma el lenguaje popular en algo más –su habla jamás será “el habla del pueblo” (EH 13-14). Certeau mismo trató de esa distancia: “La ‘resurrección’ del pasado consiste en hacerlo como lo deseamos. Pero eso resulta imposible, porque esos cristianos del siglo XVII me parecían ajenos […]”(HP 7-12). Como el cuerpo transformado en espacio legible por la Medicina, los restos del pasado también pasan de ser un enigma a ser descifrados, un lenguaje que podemos y necesitamos traducir y comprender (EH 15-16).

Al mismo tiempo, las herramientas desarrolladas para realizar tal operación se ocultan. La diferencia entre presente y pasado, condición de posibilidad del trabajo historiográfico, desaparece una vez que la narrativa producida por el historiador presenta “aquello que pasó” como una escena no tocada por la voluntad humana; una transcripción, además de una traducción. Ocultando el enorme aparato movilizado para su producción, el texto historiográfico desea ser un medio invisible –o, por lo menos, discreto– a través del cual el lector puede sumergirse en el pasado. Se considera, por medio de un pacto tácito entre autor y lector, que el historiador hizo diligentemente su trabajo, y, así, no importan tanto sus herramientas, sino que sólo interesa la historia.[11]

Para Certeau, pensar teóricamente la historia es justamente situar esa maquinaria en la historia. Su organización de la operación historiográfica entre lugar, métodos y escritura busca precisamente evidenciar que el aparato productor de la historiografía está directamente ligado a problemas y cuestiones históricas, y sería engañoso pensar de otro modo. Certeau dice: “Más que esto, en historia, como en cualquier otra cosa, una práctica sin teoría desemboca necesariamente, antes o después, en el dogmatismo de los ‘valores eternos’ o en la apología de un ‘intemporal’” (EH 78). A partir de esas lecturas, entiendo que la reflexión teórica en la historiografía es como un memento mori: un aviso de que el historiador es parte de un dispositivo histórico, y que su práctica estará siempre relacionada con los límites históricos de su pensamiento.

Contrario a la conclusión escéptica, para la cual una historiografía limitada por la subjetividad del historiador no es una historiografía válida, Certeau advierte que, más que una mancha, son exactamente los dispositivos históricos de la historiografía los que permiten su funcionamiento (EH 79-95). En este sentido, la historiografía no sería apenas la crónica absoluta de los acontecimientos de una sociedad, sino un dispositivo con funciones específicas en cada momento histórico. Así, sólo puede existir una historiografía operante en la medida en que ella tiene posiciones discursivas particulares.

ROGER CHARTIER Y EL PROBLEMA DE LA CIENCIA HISTÓRICA. En un texto de 1998, Roger Chartier afirma que los criterios científicos de la historiografía, según la definición operada por Certeau en la famosa nota número 5 de ‘La operación historiográfica’, “no están ligados a una institución específica.”[12] En la nota, Certeau afirma lo siguiente con respecto al término “científico”: “Se puede, entretanto, definir con este término la posibilidad de establecer un conjunto de reglas que permitan ‘controlar’ las operaciones destinadas a la producción de objetos determinados” (EH 435). En principio, la lectura de Chartier sería adecuada una vez que Certeau no define las condiciones de posibilidad de establecer tal conjunto de reglas. Sin embargo, esta nota se encuentra en un capítulo en que, justamente, Certeau analizará las condiciones de operación de la historiografía moderna –la relación entre un lugar social de producción, procedimientos de análisis y la escritura de un texto. Tal vez esa lectura esté alineada con lo que Richard Terdiman apuntó como la gran capacidad de Certeau de “inspirar y libertar”, haciendo posibles nuevas y creativas lecturas.[13] Asimismo, me gustaría cuestionar esa apropiación particular (legítima, sin duda) a partir de mi propio lugar (igualmente determinado y localizable).

La colocación de Chartier se posiciona en relación con la exigencia por parte de Bonnie Smith sobre los asuntos políticos: cuestiona si la historiografía “universal” pretendida por Chartier no reproduce exclusiones ya antiguas bajo un nuevo ropaje. Smith logra mostrar con minucia la hybris que estructura el discurso universalizante de la historiografía moderna, según la cual el hombre blanco, europeo, es la medida de todas las cosas.[14] Situando históricamente la práctica historiadora del presente, Smith evidencia la fragilidad del universalismo tal como es comprendido por los historiadores hombres, blancos y europeos. Esa pretendida universalidad se fundamentaría en la exclusión de voces disonantes y elegiría como “más importante” o “más relevante” –o “más universal”– la historia de un grupo determinado en detrimento de las historias de otros.

Pero, para Chartier, las figuras del historiador y del militante no se pueden confundir. La tarea de la militancia envolvería valores y procedimientos extraños al historiador: una relación diferenciada con la “verdad” y con la “precisión histórica”; criterios de validación fundamentados en intereses diferentes de la “búsqueda de la verdad”; un lenguaje expositivo diferente relacionado con las diferencias de público y de espacios de circulación. Para Chartier:

Desde este punto de vista, todas las ‘voces silenciadas’ que debemos respetar y apoyar no necesariamente pertenecen a la producción del conocimiento histórico. Sus narrativas históricas pueden ser elementos importantes para la construcción o para la reconstrucción de una identidad colectiva o de una memoria particular, pero ellas no necesariamente son conformes a los criterios de un conocimiento ‘objetivo’ (y tal vez no lo necesiten).[15]

Esa preocupación con la “pureza” de un saber “universal” ciertamente no es nueva, y la discusión con respecto a los criterios definidores de lo que sería “buena ciencia”, en contraste con los “saberes parciales”, probablemente no tendrá un final cercano. Para Chartier, las preocupaciones “de identidad” no caben en el campo de la historiografía profesional porque sus criterios no corresponden a lo que una historiografía “universal” espera. En este sentido, no me parece exagerar si cuestiono el uso que hace de Michel de Certeau para legitimar tal perspectiva: su preocupación por las experiencias místicas,[16] por la representación de la alteridad en los relatos de viaje,[17] por la brujería,[18] o por lo creativo de lo cotidiano[19] no parecen ligarse fácilmente a la pretensión de una historiografía “universal” en los términos de Chartier.

Además, ¿será que los muchos estudios acerca de las exclusiones del discurso científico/historiográfico no mostraron ya que nuestros “universales” siempre contaron con un límite?[20] ¿O las recientes “historias globales” de la historiografía no demostraron ya suficientemente que nuestra forma de escribir la historia está lejos de ser evidente, necesaria o superior?[21] De otro modo, ¿la propia obra de Certeau no nos ha dejado claro que la manera como concebimos la historiografía moderna está lejos de ser “universal”?[22]

Así, cuando Chartier interpreta el concepto de “ciencia” en Certeau para fundamentar su proyecto de una historiografía “universal”, no podemos dejar de preguntarnos qué caminos ha tomado Chartier para construir su fundamentación.

CONCLUSIÓN. Las reflexiones teóricas de Michel de Certeau sobre la historiografía moderna siguen, hasta hoy, llenas de vida. Sin ceder a la alternativa escéptica, según la cual el historiador sólo podría producir conocimiento si este fuera inmune a su subjetividad, Certeau ofrece la posibilidad de pensar el dispositivo de la historiografía moderna como producción de discursos verdaderos sobre el pasado.[23] El gran mérito de esa perspectiva es elaborar una hipótesis sobre la construcción del saber histórico que es capaz de dar un lugar a las prácticas historiográficas sin tener que renunciar a sus capacidades cognitivas.

La hipótesis de la heterología avanzada por Certeau intenta evidenciar no solo el carácter provisorio de nuestras herramientas, concepciones y escritos, sino también que todo el proceso de producción historiográfica funciona en relación con otros dispositivos igualmente históricos. Así, los textos históricos construidos por la historiografía producen conocimiento porque operan según el régimen de verdad vigente, que es regulado por la propia práctica de los historiadores y las luchas políticas a que estos responden. Pero, por esa misma razón, el dispositivo de la historiografía moderna se ve privado de su pretensión universalista: debe asumir que su discurso es producto de complejas operaciones y que su habla posee un lugar localizable. Es en este sentido que me parece cuestionable el uso de Certeau para fundamentar la ambición universalista que él mismo quiso denunciar.

[1] Véase H-I. Marrou, ‘De la logique de l’histoire a une éthique de l’historien’, Revue de Métaphysique et Morale, 54e Année (1939/3-4), pp. 248-272; H-I. Marrou, De la connaissance historique, Seuil, París, 1954.

[2] A. Farge, Des Lieux pour l’Histoire, Seuil, París, 1997, pp. 8-9. J. Revel, ‘Michel de Certeau historien: l’institution et son contraire’, en L. Giard, H. Martin y J. Revel (Eds.), Histoire, Mystique et Politique: Michel de Certeau, Jérôme Millon, París, 1991. F. Dosse, Michel de Certeau, le marcheur blessé, La Découverte, París, 2002 [disponible en castellano, Michel de Certeau. El caminante herido, trad. de Claudia Mascarúa, Universidad Iberoamericana, México, 2003]. P. Burke, ‘The Art of Re-Interpretation: Michel de Certeau’, Theoria, 100 (2002), pp. 27-37.

[3] P. Ricoeur, La Mémoire, l’Histoire, l’Oubli, Seuil, París, 2000.

[4] R. Chartier, ‘Writing the Practices’, French Historical Studies, 21 (1998/2), pp. 255-264.

[5] M. de Certeau, L’Écriture de l’histoire, Gallimard, París, 1975 (en adelante EH) [disponible en castellano, La escritura de la historia, trad. de J. López Moctezuma, Universidad Iberoamericana, México, 2006]; Histoire et psychanalyse entre science et fiction, Gallimard, París, 2002 (1987) (en adelante HP) [disponible en castellano, Historia y psicoanálisis, trad. de Alfonso Mendiola y Marcela Cinta, Universidad Iberoamericana, México, 2003].

[6] EH 13-14, 18-20, 58-61, 73-76, 94-95, 138-142, etc.; HP 60, 85-86, 92-93, 188-191, etc.

[7] EH 14, 127, 274-275, etc.; HP 73-74, 217, etc.

[8] EH 14, 103, 229, etc.; HP 62-64, 92-93, 188-191, etc.

[9] Intenté explorar estas cuestiones en otro texto. J.R.M. Ohara, ‘Passado Histórico, Presente Historiográfico: considerações sobre História e Estrutura de Michel de Certeau’, História da Historiografia, 12 (2013), pp. 197-212.

[10] EH 9-10, 17-19; HP 203-205, 215-218.

[11] Ricoeur explora de modo breve la idea de un pacto tácito entre lector y autor como factor importante en la producción del “efecto de lo real” en la historiografía moderna. P. Ricoeur, ‘L’écriture de l’histoire et la représentation du passé’, Annales HSS, 55 (2000/4), pp. 731-747.

[12] R. Chartier, ‘Writing the Practices’, p. 256.

[13] R. Terdiman, ‘The Response of the Other’, Diacritics, 22 (1992/2), pp. 2-10.

[14] B. Smith, ‘One Question for Roger Chartier’, French Historical Studies, 21 (1998/2), pp. 213-220. En especial: “Las mujeres han servido como una categoría fundacional para todo lo que es anti historia, o sea, un pasado supuestamente escrito en términos ‘mitológicos’ o ‘imaginados’, o, en el lenguaje actual, identitarios. Más recientemente, gays, gente de color, pueblos poscoloniales y otras categorías de Otros se unieron a las filas de los que promueven una historia no universal, mitológica, fantasiosa. Desde nuestras filas profesionales podemos verlos como extraviados, en la mejor de las hipótesis; en la peor, pueden ser peligrosos por la amenaza fascista que ronda las fronteras de la historia y del Estado Occidental.”, p. 215.

[15] R. Chartier, ‘Writing the Practices’, p. 256.

[16] M. de Certeau, La Fable mystique. I. XVIe-XVIIe siècle, Gallimard, París, 1987 (1982) [disponible en castellano, La fábula mística, trad. de Laia Colell, Siruela, Madrid, 2006].

[17] M. de Certeau, ‘Ethno-Graphie. L’oralité, o l’espace de l’autre: Lery’ en EH 245-283.

[18] M. de Certeau, La Possession de Loudun, Gallimard, París, 1970 [disponible en castellano, La posesión de Loudun, Universidad Iberoamericana, México, 2012].

[19] M. de Certeau, L’Invention du quotidien. 1. Arts de faire. Gallimard, París, 1990 (1980) [disponible en castellano, La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, trad. de Alejandro Pescador, Universidad Iberoamericana, México, 1996].

[20] B. Smith, The Gender of History, Harvard University Press, Cambridge (US), 2000; J. W. Scott, ‘Back to Basics’, History and Theory, 49 (2010/1), pp. 147-152.

[21] D. Woolf, A Global History of History, Cambridge University Press, Cambridge (UK), 2011; G. G. Iggers y Q. E. Wang, A Global History of Modern Historiography, Pearson Longman, Harlow, 2008.

[22] Por ejemplo, en EH 16-19: “Muy lejos de ser genérica, esta construcción es una singularidad occidental.”

30 Entiendo “producción de discursos verdaderos” en el sentido empleado por Michel Foucault, o sea, el establecimiento de reglas que tornan verdaderos determinados discursos en detrimento de otros.

 

 

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