La dynamique de la révolte

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ÉRIC HAZAN, La dynamique de la révolte. Sur des insurrections passées et d’autres à venir, La Fabrique, Paris, 2015, 130 pp. ISBN: 978-23-587-2071-7.

VERSIÓN ESPAÑOLA

Publicado en marzo de 2015, La dynamique de la révolte. Sur des insurrections passées et d’autres à venir es el último trabajo de Éric Hazan, editor y fundador de las ediciones de La Fabrique. En la estela de otros estudios precedentes sobre el tema de la revolución (La Barricade : histoire d’un objet révolutionnaire, Premières mesures révolutionnaires o Une histoire de la Révolution française, publicados bajo el mismo sello editorial), La dynamique de la révolte no se presenta exclusivamente como un libro de historia, aun cuando el autor no evita extenderse en referencias a los procesos revolucionarios más significativos de la historia occidental de los últimos dos siglos: Revolución Francesa, Comuna de París, revoluciones rusas de 1905 y 1917, Levantamiento Espartaquista, revolución social española del 36, mayo del 68, primaveras árabes, movimientos de democracia horizontal en Madrid, Atenas y Estambul. No se trata de un libro de historia porque, en lo que afecta a su propuesta metodológica, el punto de vista adoptado no pretende ser exterior u objetivo, sino transversal y militante, o, por decirlo de otro modo, decididamente contrario al principio de neutralidad axiológica.

Empleando sus propios términos, Hazan elabora una historia comparativa de los procesos de insurrección cuyo recorrido teórico apunta a un triple objetivo: en primer lugar, subrayar la heterogeneidad constitutiva de las revoluciones pasadas, presentadas en la historiografía dominante como procesos uniformes desprovistos de contradicciones internas. La politización de amplias capas de la población y un ambiente cultural específico de ebullición de ideas revolucionarias constituyen, para una gran parte de esta historiografía, el elemento detonante de la Revolución francesa. Hazan recuerda, sin embargo, que el grupo insurgente que finalmente toma la Bastilla está principalmente constituido por obreros. La lista oficial de los Vencedores de la Bastilla cuenta entre sus filas “51 carpinteros, 45 ebanistas, 28 zapateros, 28 esportilleros, 27 escultores, 23 obreros de fábricas de gas, 14 mercaderes de vino, 11 cinceladores, 9 joyeros y otros tantos sombrereros, fabricantes de clavos, marmolistas, torneros, sastres y tintoreros” (p. 22). Según Hazan, los revolucionarios adquieren su educación política en el curso mismo de los acontecimientos, en las asambleas de las milicias o en las sociedades fraternales, que desempeñan un importante papel de pedagogía revolucionaria.

Otro ejemplo: el partido que encabeza la revolución rusa de 1917 es comúnmente presentado como una organización de vanguardia

disciplinada, burocrática y verticalmente organizada a partir de la figura autoritaria de Lenin (un partido bolchevique en el que la ortodoxia historiográfica detecta, por lo demás, el germen del régimen estalinista y de sus peores consecuencias: purgas, gulag, terror). La realidad para Hazan es bien distinta: a lo largo de los ocho meses en los que se gesta la revolución de octubre, las disensiones internas en el partido bolchevique y las variaciones ideológicas del propio Lenin son profundas y frecuentes, principalmente en lo relativo al poder que debe ser atribuido a los soviets y a la oportunidad de asaltar el gobierno haciendo evolucionar la revolución hacia la lucha armada. Si, a fin de cuentas, la revolución triunfa, es en buena medida por las virtudes del partido bolchevique, tan escindido como pudiera haber estado por momentos, pero ante todo “gracias al coraje –dice el autor– y al entusiasmo de los obreros, de los soldados y de los marineros, a la eficacia de las organizaciones bolcheviques de base, a esa gran ola popular que barre en algunas horas los antagonismos y las dudas de la dirección” (p. 98).

El segundo objetivo de esta historia comparativa consiste en reconocer la relación de homogeneidad, los paralelismos y las regularidades que permiten emparentar dos o más revueltas ocurridas en diferentes países, y a veces también en épocas distintas. Entre los numerosos casos de recurrencia histórica que son analizados, hay dos que Hazan destaca particularmente. En primer lugar, la secuencia gobierno provisional – contra-revolución: según el autor, cada vez que una insurrección constituye un gobierno provisional, este mismo gobierno termina aplastando la revolución, y la mayor parte de las veces de forma sangrienta (gobierno provisional de Lamartine en 1848, gobierno de Defensa Nacional de Adolphe Thiers durante la Comuna de París). Segundo ejemplo de recurrencia histórica: la destitución del aparato de Estado al cabo de una insurrección popular no resulta nunca en el caos social ni en un escenario apocalíptico, tal y como auguran los críticos de la revolución; cuando el caos se instala, argumenta el autor, “es más bien después de las intervenciones armadas que aspiran a ‘instaurar la democracia’ –en Afghanistan, en Irak, en Libia, por atenernos a casos recientes” (p. 15).

En tercer lugar y tomando pie en la operación anterior, la historia comparativa de Hazan trata de extraer de las sublevaciones pasadas el ejemplo y los motivos para las rebeliones futuras, las lecciones que pueden llegar a convencernos acerca de su posibilidad y de sus posibilidades (la Historia, puede parecer una obviedad, nos recuerda que las revoluciones se producen y triunfan). Nos limitamos a enunciar cuatro de las intuiciones de Hazan relativas a la forma que adoptarán las revoluciones venideras: 1) primero, no tendrán ya como objetivo unitario el asalto de un centro simbólico de poder como el aparato de Estado, que en las últimas décadas ha comenzado a revestir figuras demasiado difusas (“La obsesión de De Gaulle viéndose asediado por los comunistas en el Eliseo refleja lo que era: un hombre de otro tiempo”, p. 16);  2) segundo, se apoyarán necesariamente en las redes sociales para la transmisión de información y para la organización de las fuerzas revolucionarias; 3) tercero, no detonarán como resultado de la difusión masiva de ideas políticas, sino por el aumento incontenible de la indignación de un pueblo que no tolera ya a las élites políticas y económicas; 4) cuarto, las revoluciones futuras basarán necesariamente su éxito en su capacidad para provocar la deserción y explotar las contradicciones internas de las fuerzas del orden, resaltando el vínculo equivalencial o el denominador común que pueda existir entre las demandas particulares de estas fuerzas y las demandas generales de la población.

En el punto de intersección de los tres objetivos se localiza la tesis fuerte de la obra de Hazan: la defensa de una cierta idea de continuidad histórica en contra de buena parte de la crítica postmoderna que, por medio de las distintas variantes de los cultural studies, habría dedicado un esfuerzo teórico notable a establecer las luchas concretas de las minorías como objeto preeminente de estudio para la filosofía política, en detrimento de la historia revolucionaria (con toda su pesada carga simbólica y conceptual, fundamentalmente heredada del marxismo). Nos resulta profundamente llamativa, dicho sea de paso, esta enmienda a la totalidad de la crítica postmoderna, pues no sólo desatiende la multiplicidad de corrientes de pensamiento que engloba, sino que además parece ignorar las fracturas internas provocadas por algunas teorías que, sirviéndose de la llamada filosofía postmoderna, han modificado el pensamiento marxista desde el interior, abriéndolo a la consideración de las nuevas luchas políticas por el reconocimiento cultural y de género (pensamos particularmente en teóricos postmarxistas como Ernesto Laclau, Chantal Mouffe o Nancy Fraser). Sea como fuere, defendiendo la tesis de la continuidad histórica, Hazan no está aludiendo a la existencia de una fuerza íntima que animaría secretamente el devenir histórico, resolviendo la serie completa de las revoluciones en un mismo proceso dialéctico que, a golpe de victorias y de fracasos, conduciría progresiva y necesariamente a las comunidades humanas hacia la libertad. La revalorización del pasado histórico se plantea en la obra de Hazan como una reacción a las distintas manifestaciones del pesimismo ambiental que caracteriza las sociedades contemporáneas, y que suponen un obstáculo para la organización de nuevas fuerzas revolucionarias: disolución del sentido histórico, fin de las ideologías, desafección política, desmoronamiento de los valores y de las instituciones sociales, indiferencia por la tradición, escepticismo con respecto a la idea de progreso, destitución de los grandes sistemas de sentido.

En un tiempo histórico postrevolucionario y postideológico, en esta nueva época del vacío cuya temporalidad característica es la del presente absoluto, la reapropiación de la tradición revolucionaria y de su aparato conceptual (masa, lucha de clases, opresión) es para el autor de La dynamique de la révolte la condición de posibilidad y el contenido de la futura acción común, y, de manera mucho más radical, de la propia esperanza revolucionaria. La actitud contraria, ignorando la tradición histórico-política de la que provenimos y el horizonte posible de sentido con respecto al que una sociedad debe dirigirse, resulta en la celebración del mundo tal como es y tal como está organizado; en último término, consiste –explica Hazan– en “disecar en sus últimos repliegues el último de los avatares del capitalismo, el neoliberalismo, lo cual recuerda al trabajo de los anatomistas de siglos pasados que, no pudiendo comprender el funcionamiento del cuerpo humano, pasaban el tiempo describiendo hasta los más ínfimos detalles las inserciones de los músculos y el trayecto de los vasos sanguíneos, sin otra utilidad que la de justificar su existencia” (p. 133).

En suma, La dynamique de la révolte ofrece una matizada reconstrucción de algunos de los episodios más destacados de la historia revolucionaria, con tanta frecuencia denostada por los valedores del statu quo, y proporciona valiosos instrumentos de análisis y de negación del tiempo presente. Algunas de sus tesis más polémicas carecen, sin embargo, de un desarrollo coherente con su problematicidad, y el lector percibe en estos casos un estilo argumentativo excesivamente enunciativo y unilateral. La sospecha recurrente con respecto a la lógica del sistema parlamentario, la confianza excesiva en las capacidades de transformación política horizontal y autónoma de la “masa popular” y la reprobación consiguiente de las nuevas formas gubernamentales de la izquierda europea (Syriza, Podemos) son tres de los planteamientos que, a nuestro juicio, no encuentran en el libro de Hazan una justificación teórica detenida y suficiente.

VERSION FRANÇAISE

Publié en mars 2015, La dynamique de la révolte. Sur des insurrections passées et d’autres à venir est le dernier travail d’Éric Hazan, éditeur et fondateur des éditions La Fabrique. Dans la lignée de précédents essais sur le thème de la révolution (La Barricade : histoire d’un objet révolutionnaire, Premières mesures révolutionnaires ou Une histoire de la Révolution française, publiés dans la même édition), La dynamique de la révolte ne se présente pas uniquement comme un livre d’histoire, même lorsque l’auteur analyse soigneusement les processus révolutionnaires les plus significatifs de l’histoire occidentale des deux derniers siècles : Révolution française, Commune de Paris, révolutions russes de 1905 et 1917, soulèvement spartakiste, révolution sociale espagnole de 1936, mai 68, printemps arabes, mouvements de démocratie horizontale à Madrid, à Athènes et à Istanbul. Il ne s’agit point d’un livre d’histoire, car en ce qui concerne son approche méthodologique, l’angle de vue adopté ne prétend pas être extérieur ou objectif, mais transversal et militant, ou, pour le dire autrement, résolument contraire au principe de neutralité axiologique.

Pour employer ses propres termes, Hazan tente d’élaborer une histoire comparative des processus d’insurrection dont le parcours théorique a un triple objectif : en premier lieu, souligner l’hétérogénéité constitutive des révolutions passées, présentées dans l’historiographie dominante comme des processus uniformes dépourvus de contradictions internes. La politisation de vastes couches de la population et un environnement culturel bien spécifique d’ébullition d’idées révolutionnaires constituent, pour une grande partie de cette historiographie, l’élément déclencheur de la Révolution française. Hazan rappelle néanmoins que le groupe insurgé qui prend finalement la Bastille est  principalement constitué d’ouvriers. En effet, la liste officielle des Vainqueurs de la Bastille compte « 51 menuisiers, 45 ébénistes, 28 cordonniers, 28 gagne-deniers, 27 sculpteurs, 23 ouvriers en gaze, 14 marchands de vin, 11 ciseleurs, 9 bijoutiers, autant de chapeliers, de cloutiers, de marbriers, de tabletiers, de tailleurs et de teinturiers » (p. 22). D’après Hazan, les révolutionnaires acquièrent leur éducation politique au cours même des événements, au sein des assemblées des milices ou dans les sociétés fraternelles, qui jouent un rôle fondamental de pédagogie révolutionnaire.

       Un autre exemple : le parti qui conduit la révolution russe de 1917 est habituellement présenté comme une organisation d’avant-garde disciplinée, bureaucratique et verticalement organisée à partir de la figure autoritaire de Lenin (un parti bolchevique dans lequel l’orthodoxie historiographique détecte par ailleurs le germe du régime stalinien et de ses pires conséquences : purges, goulag, terreur). Or, la réalité pour Hazan est tout autre : au cours des huit mois de gestation de la révolution d’octobre, les dissensions internes au parti bolchevique et les variations idéologiques de Lenin lui-même sont profondes et fréquentes, principalement pour ce qui est du pouvoir qui doit être attribué aux soviets et de la pertinence de faire évoluer la révolution vers la lutte armée. Si, en fin de compte, la révolution réussit, c’est en grande partie grâce aux vertus du parti bolchevique, aussi scindé qu’il ait pu être par moment, mais avant tout « grâce au courage –dit l’auteur– et à l’enthousiasme des ouvriers, des soldats et des matelots, à l’efficacité des organisations bolcheviques de base, à cette grande vague populaire qui balaya en quelques heures les antagonismes et les hésitations de la direction » (p. 98).

Le deuxième objectif de cette histoire comparative consiste à repérer la relation d’homogénéité, les parallélismes et les régularités qui permettent de rapprocher plusieurs révoltes qui se sont produites dans divers pays et à différentes époques. Parmi les nombreux cas de récurrence historique qui sont analysés, Hazan en souligne particulièrement deux. En premier lieu, la séquence gouvernement provisoire – contre-révolution : selon l’auteur, chaque fois qu’une insurrection constitue un gouvernement provisoire, ce gouvernement finit par écraser la révolution, et le plus souvent de manière sanglante (gouvernement provisoire de Lamartine en 1848, gouvernement de Défense Nationale d’Adolphe Thiers lors de la Commune de Paris). Deuxième exemple de récurrence historique : la destitution de l’appareil d’État au terme d’une insurrection populaire ne débouche jamais sur le chaos social ni sur une scène apocalyptique, contrairement à ce que laissent présager les critiques de la révolution ; lorsque le chaos s’installe, répond l’auteur, « c’est plutôt après les interventions armées visant à ‘instaurer la démocratie’ – en Afghanistan, en Irak, en Libye, pour s’en tenir à des cas récents » (p. 15).

En troisième lieu et en s’appuyant sur l’argument précédent, l’histoire comparative de Hazan tente de tirer des révolutions passées, l’exemple et les motifs des révolutions à venir motifs pour les révolutions à venir, les leçons qui peuvent nous convaincre de leur possibilité et leurs possibilités (l’Histoire –cela peut sembler aller de soi– nous rappelle que les révolutions se produisent et triomphent). Nous nous limitons à énoncer quatre des intuitions de Hazan concernant la forme qu’adopteront les révolutions à venir : 1) premièrement, elles n’auront pas pour objectif unitaire l’assaut d’un centre symbolique de pouvoir comme l’appareil d’État, qui, au cours des dernières décennies, a commencé à revêtir des formes trop diffuses. (« L’obsession de De Gaulle se voyant assiégé par les communistes dans l’Élysée renvoie à ce qu’il était, un homme d’un autre temps », p. 16) ; 2) deuxièmement, elles s’appuieront nécessairement sur les réseaux sociaux pour la transmission de l’information et  l’organisation des forces révolutionnaires ; 3) troisièmement, elles ne seront pas déclenchées par la diffusion massive d’idées politiques mais par la montée irrépressible de l’indignation d’un peuple qui ne tolère plus les élites politiques et économiques ; 4) enfin, le succès des révolutions à venir sera subordonné à leur capacité à provoquer la défection et à exploiter les contradictions internes des forces de l’ordre, en rendant compte de l’équivalence ou du dénominateur commun qu’il peut y avoir entre les demandes particulières de ces forces et les demandes générales de la population.

Au point d’intersection de ces trois objectifs se trouve la thèse majeure de l’ouvrage de Hazan : la défense d’une certaine idée de continuité historique qui va à l’encontre d’une grande partie de la critique postmoderne et qui, par le biais des différentes variantes des cultural studies, aurait consacré un effort théorique remarquable en vue de l’établissement des luttes concrètes des minorités comme objet d’étude prééminent en philosophie politique, au détriment de l’histoire révolutionnaire (et de sa lourde charge symbolique et conceptuelle, fondamentalement héritée du marxisme). Soit dit en passant, cette remise en question de la totalité de la critique postmoderne nous paraît surprenante, car non seulement elle néglige la multiplicité des courants de pensée que cette critique comprend, mais elle semble aussi ignorer les fractures internes provoquées par certaines théories qui, en prenant appui sur la philosophie appelée postmoderne, ont modifié la pensée marxiste depuis l’intérieur, en l’ouvrant à la considération des nouvelles luttes politiques pour la reconnaissance culturelle et de genre (nous pensons en particulier aux théories postmarxistes d’Ernesto Laclau, Chantal Mouffe et Nancy Fraser). Quoi qu’il en soit, en défendant la thèse de la continuité historique, Hazan ne fait pas appel à l’existence d’une force intime qui animerait secrètement l’histoire, en intégrant la série complète des révolutions dans un même processus dialectique qui –à coups de victoires et d’échecs– conduirait progressivement et nécessairement les communautés humaines vers la liberté. Bien au contraire, la mise en valeur du passé historique s’explique dans l’ouvrage de Hazan comme une réaction aux différentes expressions du pessimisme ambiant qui caractérise les sociétés contemporaines, et qui constituent un obstacle à l’organisation de nouvelles formes révolutionnaires : dissolution du sens historique, fin des idéologies, désaffection politique, effondrement des valeurs et des institutions sociales, indifférence envers la tradition, scepticisme à l’égard de l’idée du progrès, destitution des grands systèmes de sens.

Dans un temps historique postrévolutionnaire et postidéologique, dans cette nouvelle époque du vide dont la temporalité est celle du présent absolu, la réappropriation de la tradition révolutionnaire et de son appareil conceptuel (masse, lutte des classes, oppression) est pour l’auteur de La dynamique de la révolte aussi bien la condition de possibilité que le contenu de l’action commune à venir et, d’une manière beaucoup plus radicale, de l’espoir révolutionnaire lui-même. L’attitude contraire, tout en ignorant la tradition historico-politique de laquelle nous provenons et l’horizon possible de sens en fonction duquel une société doit se diriger, aboutit à la célébration du monde tel qu’il est et tel qu’il est organisé ; en fin de compte, elle consiste –explique Hazan– « à disséquer dans ses ultimes replis le dernier en date des avatars du capitalisme, le néolibéralisme, ce qui rappelle le travail des anatomistes des siècles passés, qui, ne pouvant comprendre le fonctionnement du corps humain, passaient leur temps à décrire dans les plus infimes détails les insertions des muscles et le trajet des vaisseaux, sans autre utilité que de justifier leur existence » (p. 133).

En somme, La dynamique de la révolte offre une reconstruction nuancée de certains des épisodes les plus significatifs de l’histoire révolutionnaire, si souvent décriée par les protecteurs du statu quo, et fournit de précieux instruments pour la critique et la négation du temps présent. Certaines de ses thèses les plus polémiques manquent cependant de développement cohérent avec leur problématique, et le lecteur constate dans ces cas-là un style argumentatif excessivement énonciatif et unilatéral. Le soupçon récurrent qui pèse sur la logique du système parlementaire, la confiance excessive dans les capacités de transformation politique horizontale et autonome de la « masse populaire » et la réprobation des nouvelles formes gouvernementales de la gauche européenne (Syriza, Podemos) constituent trois des positions théoriques qui, à nos yeux, ne trouvent pas dans le livre de Hazan une justification théorique approfondie et suffisante.

 

Alfredo Sánchez Santiago

Université Paris-Sorbonne

 

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