La decisión de Ippolit

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VICENTE JAVIER LLOP PÉREZ, La decisión de Ippolit. Ensayo sobre El idiota de F. Dostoievski, Rasmia ediciones, Valencia, 2014. ISBN: 978-84-942176-0-9, 173 pp.

« Pour moi, Dostoïevski est l’écrivain »

EMIL CIORAN, Entretiens

En los tiempos literarios y editoriales que corren, bajo los cuales el papel y la tinta parecen quedar resignados a formar parte de un olvido inminente, el nacimiento y la puesta en obra de una nueva editorial resucita el apetito y el interés literario de todo buen lletraferit. Es este justamente el caso del autor y la editorial que en este breve escrito nos concierne. La editorial valenciana Rasmia ediciones nos presenta una de sus primeras publicaciones, dentro de la colección Exergo, del bicéfalo ensayo, entre filosofía y literatura, de Vicente Javier Llop Pérez, La decisión de Ippolit. Ensayo sobre El idiota de F. Dostoievski. Esta obra que aúna el cuidado de la encuadernación y la imagen –la bella representación del Cristo en el sepulcro de Hans Holbein que servirá como leitmotiv de todo el ensayo–, junto con la calidad del texto escogido, siguen abriendo notas e interrogaciones sobre una de las obras literarias de madurez más relevantes de F. M. Dostoievski, a saber, El idiota. Publicada en 1869 y con una amalgama temática deslumbrante, esta obra se convierte en la pincelada maestra del escritor ruso, que había comenzado, desde la publicación que inició su periodo de madurez, Memorias del subsuelo (1864), a perfilar a sus quiméricas criaturas en un maremágnum psico-somático de gran magnitud. Los demonios internos, tanto del veterano eslavo, como del propio autor valenciano, salen a la luz en este ensayo a través de un haz de ideas que giran en torno a los «temples de ánimo», por emplear la expresión heideggeriana, más fundamentales del individuo humano: la muerte, el suicidio, el aburrimiento, la inmediatez del instante, la conciencia como fatalidad, las epifanías y revelaciones a través de los sueños o, finalmente, las ciegas –a veces injustas, pero asumibles– leyes de la naturaleza. Nuestro autor se adentra directamente en el subsuelo dostoievskiano, en las partes más íntimas del microcosmos del pensador ruso; absorbiendo, en su maestría como «pneumatólogo» (Berdiaév), algunos de los enigmas más próximos y relevantes de lo humano.

En cuanto a su trayectoria personal, Vicente Javier Llop Pérez (Valencia, 1953) ha compaginado la docencia de la Filosofía, la Psicología o la Comunicación Audiovisual en la Educación Secundaria, junto con el arte de la escritura y la pintura. Sus intereses rondan particularmente autores fundamentales tanto de la historia de la filosofía (Platón, Descartes, Heidegger o Gadamer) como de esa poesía y narrativa literaria impregnadas igualmente de reflexión filosófica (Rilke, Dostoievski, Camus, Mann). Autores y temáticas que confluyen directamente con sus biografías y sus obras en las raíces de lo humano. Desde su primera publicación, Rilke y la muerte (Novatores, 2010), Llop mantiene sus líneas de investigación, trazando cada vez nuevas y diversas panorámicas de todos aquellos temas y autores que nos interpelan más profundamente. Pero, en el caso que nos concierne, su interés por el literato ruso va más allá de un simple contacto intelectual. Llop parece encontrar en Dostoievski un fiel compañero de ideas, representado como un gran maitre à penser de la literatura universal.

Dividido en diversos capítulos, pero con temáticas que acaban entrelazándose, La decisión de Ippolit se abre como un afluente personal dentro del mapamundi conceptual de su propio autor; aunando sus fuerzas al mismo tiempo, en un continuo diálogo, con la vigorosa producción critica acerca de la obra de Dostoievski de autores como Steiner, Berdiaév, Bakhtine, Pareyson o Frank. La cita que inaugura el ensayo no podría estar mejor seleccionada para representar el caótico universo dostoievskiano: «Nos encontramos entre ruinas (…) Tenemos que vivir, por muchos que sean los cielos que hayan caído de nosotros». Estas palabras de D. H. Lawrence marcan intrínsecamente el germen demiúrgico de las obras de Dostoievski, a saber, un universo ruinoso (el de la Rusia del siglo XIX) del cual surgen extrañas y peculiares criaturas que acaban adquiriendo vida y pensamiento propio. Es de este modo como los personajes de Dostoievski acaban moldeándose entre sus líneas, bajo una escritura acelerada que se impregna en todas sus obras. Todos ellos son fruto de los graves problemas personales que Dostoievski padeció en vida (una situación económica muy precaria, una ludopatía corrosiva y una enfermedad que, en determinadas ocasiones, como en el germen de El idiota, determinaría la lucidez de su prosa). La cartografía del pensador ruso, como bien muestra el propósito del ensayo de Llop, persigue y atormenta todavía nuestras conciencias. Sin embargo, es el hilo del fenómeno y las diferentes figuras y representaciones de la muerte que Dostoievski pincela a lo largo de esta obra de madurez, así como la decisión del suicidio, el valor transfigurador de los sueños y la asunción del instante en plena libertad, lo que vertebra el fondo del ensayo.

Los primeros capítulos muestran como esas figuras de la muerte dentro de la novela, siguiendo las palabras del autor, «suscitan interrogaciones sobre el vivir y el morir, no ofrecen soluciones que sólo eludirían nuestro esfuerzo para pensarlas (…) esas son las cimas que escalan, en su «pasión de infinito», los personajes de Dostoievski, lanzados a lo extremo tanto de la virtud como del mal» (p. 25). Esa cima desesperada que guía la obra nos abre tres figuras esenciales de la muerte dentro de El idiota, a saber, la epilepsia sacro-demoníaca (le grand mal) del príncipe Mishkin, baluarte de la novela y quimérica representación de Cristo sobre la Tierra;la «decisión» última del joven y tísico Ippolit, (auto)destrucción final a una vida marcada por la enfermedad, la soledad y el tedio, a saber, el suicidio; y por último, una figura que atravesará todas las demás a lo largo de la obra, la representación pictórica del Cristo muerto de Holbein, la cual Rogozhin guarda en su casa y que ofrece, tanto a los personajes como al propio Dostoievski, «un monumento a la muerte del hombre y un testimonio de la pasión humana por la muerte» (p. 37). Es, como justifica el propio autor, el Experimentum crucis por excelencia, es decir, una existencia abierta –y expuesta– a las leyes de toda naturaleza, tanto humana como mundana; o al contrario, una vida, y ésta será la interpretación del príncipe Mishkin, marcada por el sentimiento religioso y el resguardo de la fe. La gran mayoría de los personajes de la novela, especialmente el joven Ippolit, al cual el comentario de texto crítico de nuestro autor está consagrado, se abocan al abismo, arrastrándose para conseguir la gracia y el perdón…pero finalmente maniatados y determinados a la fría humedad del subsuelo.

El epicentro del ensayo, así como los últimos capítulos que lo acompañan, está centrado en «la confesión» de Ippolit. ¿Qué desea comunicar finalmente aquel joven tísico y moribundo que pasa sus días esperando el furtivo final? Como efectivamente responde nuestro autor:

«Fundamentalmente dos cosas: la primera, que las relaciones humanas fracasan en su intención más directa, enredadas en convenciones y prejuicios que acaban convirtiendo en su contrario las acciones más sinceras (…) En segundo lugar, la burla que la naturaleza le inflige al hacerle renunciar a todo querer, a todos los proyectos de transformación social, y dejarle con las manos vacías, al arrebatarle la posibilidad de dejar una huella.» ( p. 28).

El estado psicológico del joven Ippolit se vuelve, como hemos comprobado, polifónico. Una de sus voces se ve coartada por la condena que le ha sido otorgada, a saber, el sufrimiento terminal de la enfermedad en su juventud y, ante todo, la imposibilidad de haber realizado una vida plena y esperanzadora. Es de este modo como Ippolit acaba revelándose como una criatura del subsuelo, un ser cuya conciencia se exaspera y se encuentra con su fatalidad más inmediata (Bewusstein als Verhängnis), en la vertiente romántica que influyó al joven Dostoievski. Ippolit es, siguiendo la línea tipológica de personajes dostoievskianos, un «humillado y ofendido», pero en este caso, ya no tan afectado por la intoxicación social, sino por un envenenamiento metafísico y psicopatológico que atormenta incesantemente a su espíritu. El humillado por su enfermedad y ofendido por su grupo social seguirá siendo nuestro prójimo más allegado. A través de este caso concreto, pero igualmente mostrando las reacciones de los diferentes personajes ante la inminente despedida pública de Ippolit, Llop elabora, en todos los capítulos que conjugan el ensayo, y gracias a la maestría del escritor ruso, una fenomenología de la muerte. Muerte concebida ante las ciegas leyes de la naturaleza que amenazan a todo ser viviente, pero desde un segundo plano, una falta de aceptación de la muerte proclamada por el individuo de la modernidad y, sobre todo, de la sociedad tecnocrática y de la «biopolítica» más furtiva, empleando la terminología foucauldiana, que no acepta ni sus límites ni su finitud. Aún así, y desde un nivel metafísico y psicológico, la muerte se concibe igualmente como un fenómeno que parece volverse «siniestro» (unheimlich), y que deviene, sobre todo para muchos de los personajes de Dostoievski, el otro lado del trágico espejo que los refleja. Hay en todas las obras del novelista ruso una verdadera passion de la souffrance, aspecto que el joven Cioran también remarcaría de muchos de los personajes dostoievskianos, y motivo que le haría encontrar en Dostoievski al écrivain por antonomasia. Una pasión activa, pero a su vez resentida, por este sufrimiento que, junto al fenómeno de la muerte, se ve acompañada de numerosos símbolos e imágenes, como en este caso concreto sucede con la representación del muro y los árboles en el continuo diálogo entre Mishkin e Ippolit, y que nuestro autor señala y argumenta muy certeramente. Como un oscuro y vil doppelgänger, al optimismo, la bondad y la fe del príncipe Mishkin se le oponen la resignación y el resentimiento de Ippolit; la rebelión de éste se entremezcla con la inocencia mancillada del otro. Es aquí, como señala nuestro autor, donde parece residir toda potencia de la tragedia humana: «desear y amar lo más elevado y lo más bajo» (p. 119).

En su trayecto final, y como colofón a todas las ideas expuestas por nuestro autor, el breve relato que Dostoievski publica en 1877, El sueño de un hombre ridículo, resume el cosmos ideológico-filosófico del escritor ruso. Una suma de aspectos que intentan, en última instancia, rescatar las raíces del enigma humano. He ahí la fuerza titánica de la novelística dostoievskiana. Es quizás en este momento cuando comprendemos todavía con mayor claridad el gran interés que suscita el novelista ruso y la gran cantidad de interrogantes que, dentro de ese enigma de lo humano, cierra y abre con tanta frescura. Es pues a través de esta lógica quebrada del sueño donde:

«se manifiesta algo importante que no entendemos y que pronto dejamos atrás al despertar, que sentimos como indudablemente propio (…) sueños que parecen dirigidos a nuestro yo más íntimo; sueños que, al igual que algunas obras literarias -como las de Dostoievski-, son elaboraciones imaginarias que nos explican, producen efectos, ofreciendo enigmas e imágenes que son auténticas experiencias abiertas a un trabajo hermenéutico en el que se revela la intimidad» (p. 124).

Este tipo de epifanías, especialmente en el universo literario de Dostoievski, se revelan en ese mundo constituido «por el dolor y la piedad, el amor y el desprecio, el orgullo y la compasión; en definitiva, una tierra mancillada que exige redención por parte de los hombres» (p. 134). La libertad humana permite a un individuo, a través de este tipo de experiencias, de intuir ese olvidado perdón y la reconstitución moral tan anhelada. Sin embargo, en la prosa del maestro eslavo, hay algunos seres a los cuales sus más fatales temples de ánimos persiguen hasta la muerte, como pudiera ser el caso del Stavrogin de Los demonios.

Y, así, de este modo, la confesión de Ippolit, su propio sueño embriagado de muerte y desesperación, se desplaza hacia una eternidad tediosa que le impide asomarse al instante, esa luminosa «plenitud del ahora». La libertad humana será, en toda la novelística de Dostoievski, la encargada de realizar los diferentes saltos ontológicos y epistemológicos en sus personajes, pero, como bien expresa Llop, «ese salto se produce por una experiencia extraordinaria, por una maduración silenciosa» (p.160). Innumerables misterios recorren El idiota, su gama cromática es tan intensa que obliga al lector a aguantar la respiración hasta la última palabra, aguardando un sublime final donde belleza y muerte se unen en una misma sinfonía. Como finaliza su ensayo nuestro autor: «estaríamos equivocados si pensáramos que sus protagonistas [los de Dostoievski] son el testimonio de una humanidad empobrecida» (p. 167). El obtuso ángulo dostoievskiano pasa de la imagen divina a las fuerzas antagónicas que dirigen al espíritu humano. Encontramos, siguiendo el comentario de Llop, un Dostoievski après Dostoievski, una voz sublime e intempestiva que nos recuerda tanto los bajos fondos de nuestra condición, como la más sublime de las intenciones humanas. Al fin y al cabo, sus ruinas, sus personajes, sus espacios, sus páginas, su tinta….son, y siempre lo han sido, las nuestras.

Sergio García Guillem

 

 

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