LA CIVILIZACIÓN DOCTRINARIA: GUIZOT Y LA HISTORIA EUROPEA

(SEGUNDA PARTE: SU INFLUJO EN LA ESPAÑA ISABELINA) Índice/Summarypdf

JOAN J. ADRIÀ I MONTOLÍO

Alguna vez, recorriendo con la vista mi biblioteca, tropiezo con el famoso libro de Guizot y lo tomo en la mano. Su aspecto es venerable como el de las grandes casas solariegas a quienes el tiempo no ha logrado arrancar el sello de su grandeza. Su encuadernación lujosa está ya bien marchita, bien arruinada; sus esquinas gastadas; su lomo deteriorado; pero tiene un aspecto de dignidad que impone respeto. Sin embargo, yo le doy vueltas entre las manos y sonrío. Mi sonrisa debe de hallarse impregnada de burla y desdén, porque el libro parece mirarme con tristeza y decirme por una pequeña boca descosida que tiene en el lomo: “¡No rías, no rías, hombre ingrato y presuntuoso! Si has hallado en otros libros mayores riquezas que en el mío, yo fui quien primero habló a tu juvenil inteligencia. En aquel tiempo me escuchaste con embeleso y aprendiste de mí a desentrañar el sentido oculto de los sucesos y a meditar sobre sus causas y sus efectos. Acuérdate de la briosa exaltación con que te asimilaste mis pensamientos, y las ilusiones que embargaban entonces tu ánimo, y las esperanzas que concebías de llegar a ser un sabio. Si no lo has sido no fue culpa mía, pues otros lo han conseguido empezando por libros que no valen tanto como yo. Acuérdate de aquellas horas venturosas que juntos pasábamos en las noches de verano, debajo del gran quinqué de petróleo cuando todo callaba ya en la aldea y tu pobre madre sentada frente a ti trabajando con la aguja de ganchillo apenas se atrevía a toser para no turbar tus estudios. Soy un viejo y fiel amigo de tu adolescencia. ¡No te burles de mí!” Entonces yo a mi vez quedo serio y triste. Permanezco inmóvil y meditabundo largo rato, y al cabo, enjugando una lágrima, vuelvo a colocar el libro con respeto donde estaba.

ARMANDO PALACIO VALDÉS, La novela de un novelista: escenas de la infancia y adolescencia.[1]

 El objeto de las líneas que siguen es acercarse a la influencia de ese “famoso libro de Guizot” en la España de su tiempo. En la primera parte de este trabajo, publicado en el número anterior de La Torre del Virrey,[2] tratamos de la génesis, contenido y difusión de la Histoire de la civilisation en Europe de François Guizot, publicada en francés en 1828, así como sobre la personalidad de su autor, rara síntesis de historiador y de político, en ambos casos de primer rango. Profundizaremos ahora en cómo fue acogido el libro en la convulsa España de su tiempo, una España en estado de guerra —guerra civil entre carlistas e isabelinos; guerra de ideas entre absolutistas y liberales— en que fue abriéndose paso con gran trabajo un modelo de estado liberal, la “monarquía constitucional”, que se quería a la vez tradicional —por monárquico— y nuevo —por constitucional—, y que en buena medida era semejante al que tenían en mente los doctrinarios franceses cuando ocuparon el poder en su país durante la monarquía de Luis Felipe, con nuestro Guizot en un lugar central. En primer lugar nos detendremos en detallar las traducciones que de él se hicieron al castellano en torno a 1840, contextualizándolas en una coyuntura de acelerado —y violento— cambio político, de receptividad a las novedades del pensamiento foráneo (y de la historia producida en otros países “avanzados” en tanto en cuanto formaba parte central de la cultura política de la época) y de triunfo de la libertad de imprenta. Después nos centraremos en los españoles que quisieron imitar a Guizot, es decir, en los autores de “historias de la civilización” producidas en España bajo el influjo de la obra del reputado catedrático de la Sorbona: Eugenio de Tapia, Fermín Gonzalo Morón, Antonio Gil de Zárate y Juan Cortada. Y para terminar dedicaremos algunas páginas a los críticos que el historiador hugonote y su libro encontraron en un país que, para esos críticos, era y había de ser ante todo católico. Unos impugnadores que, por cierto, han dejado más honda impresión en la historia del pensamiento europeo que sus compatriotas guizotianos, hoy en día prácticamente olvidados. Al fin y al cabo nos estamos refiriendo a Jaime Balmes y a Juan Donoso Cortés.

1. LA RECEPCIÓN DE GUIZOT EN ESPAÑA: LAS TRADUCCIONES DE 1839. Se puede afirmar sin temor a yerro que la recepción de la Histoire, y de la obra de Guizot en general, en España fue rápida y, como veremos, no se puede calificar de epidérmica. El profesor Josep Fontana, hace ya un cuarto de siglo, consideró “impresionante el esfuerzo colectivo por ponerse al corriente de las transformaciones intelectuales europeas que se produjo en España entre 1840 y 1850” y que se concretó en la difusión de las grandes obras que habían “renovado la concepción de la historia”, es decir, los teóricos de la ilustración escocesa —Hume, Robertson— y los historiadores franceses de la época de la Restauración, sobre todo Guizot.[3] Otro historiador, Javier Fernández Sebastián, dedicó poco después del trabajo de Fontana un esclarecedor estudio a la recepción de la Historia de la civilización guizotiana en España durante esa quinta década decimonónica que merece ser elogiado por la riqueza de su información y su rigor analítico, y que pone en evidencia el decisivo papel que desempeñó la obra como inspiradora de varias obras escritas en este país por aquel entonces.[4] Pese a los veinte años transcurridos desde su publicación, la aportación del profesor Fernández Sebastián mantiene intacto su músculo, lo que no significa que no pueda ser objeto de actualización.

Para empezar consideramos que hay que alterar un poco la fecha que dio Fontana como inicio del esfuerzo por introducir los textos historiográficos extranjeros que sirvieron para potenciar el liberalismo español. A Guizot, sin ir más lejos, se le tradujo, y profusamente, antes de 1840. Una excursión por el catálogo de la Biblioteca Nacional revela que ya en 1835 fue publicado en Valladolid, por la Viuda de Roldán, su Tratado sobre la pena de muerte en materia política, traducido por el Dr. D. Agustín Alcayde Ibieca, que no es exactamente un libro de historia (“filosófico-político-legal” es el género al que lo adscribe, en su exposición a modo de prólogo, el traductor), pero que en 1837 la imprenta de Francisco Oliva había puesto a la venta la Historia de la revolución en Inglaterra, puesta en castellano por Fernando Patxot, que, obviamente, sí que es una obra historiográfica. No obstante, fue en 1839 cuando se produjo una espectacular eclosión guizotiana: como ya se apuntó brevemente en la primera parte de nuestro trabajo, la Histoire de la civilisation en Europe fue vertida en ese año al castellano por cuatro casas editoriales distintas (y una quinta se retiró en el último momento) en tres ciudades diferentes, Madrid, Barcelona y Cádiz. Es decir, lugares donde la burguesía abundaba, se sentía fuerte y abría las puertas a un tiempo nuevo. Sólo la edición de Madrid y una de Barcelona aparecen, sin embargo, en el referido catálogo de la Biblioteca Nacional.

No es extraño que se pueda retrotraer ese inicio del desembarco de los textos guizotianos a la década de 1830. En 1833 murió Fernando VII, dejando como herencia un conflicto sucesorio que enfrentó a su hermano Carlos y a su hija Isabel (mejor dicho, a su hermano y a la viuda del rey, María Cristina, convertida por deseo de Fernando en gobernadora del reino: Isabel tenía tres años). Durante el agitado reinado fernandino la pugna entre absolutismo —el sistema político que, obviamente, prefería el reaccionario Fernando, pero también su mujer y su hermano— y liberalismo —la alternativa que, desde las Cortes de Cádiz, seducía a buena parte de las clases acomodadas y con educación del país— conoció diversas etapas y avatares. En la última década de aquel periodo, que los liberales denominaron “ominosa”, éstos parecían haber perdido la partida: perseguidos y acorralados, un buen número de ellos, entre los que figuraban sus más despejadas cabezas, sufrieron el exilio, a la vez que sus intentos de revertir la situación a través de un golpe de mano, militar por supuesto, fracasaron y se saldaron con ejecuciones y otras formas de castigo. Ahora bien, en 1833 no se cumplió eso de a rey muerto, rey puesto. El conflicto en el seno de la familia real se convirtió en algo más que una ruidosa disputa dinástica. Como Carlos había descollado por sostener el absolutismo con un ánimo todavía más acérrimo que su hermano, encontró facilidades para atraer a su bando a la flor y nata de las fuerzas de la reacción, incluyendo gran parte del clero católico, que lo veía como la última defensa ante la hidra revolucionaria. La causa de la niña Isabel, más débil por ese lado, requirió el auxilio de los hasta entonces proscritos liberales, enemigos de aquello que, con imprecisión digna de mejor causa, los revolucionarios franceses habían denominado el Antiguo Régimen, los cuales fueron llamados al gobierno en 1834, con Francisco Martínez de la Rosa a la cabeza. Y la pugna, como es bien sabido, derivó en una atroz guerra civil: la primera de las Guerras Carlistas. La reina gobernadora fue aceptando que la permanencia de su hija en el trono sólo estaría asegurada si atendía las demandas de esos imprescindibles y, por lo que parece, no muy deseados partidarios suyos. Y muchos de estos liberales, que no se fiaban, y con razón, de la voluble testa coronada, pensaron que la meta del régimen constitucional que anhelaban se había de alcanzar a las buenas o a las malas.

La guerra civil se entremezcló, así, con un proceso revolucionario de tan gran calado que sorprende que haya habido historiadores en un pasado no muy remoto a los que se les llenara la boca negándolo; una revolución —podéis llamarla liberal, podéis llamarla burguesa— compleja, espasmódica y llena de altibajos, pero al fin y al cabo triunfante. Ese cambio nada cosmético no sólo exigía acción, sino discusión de ideas y contraste de proyectos. La burguesía necesitaba armas intelectuales para derrotar también en este terreno a sus enemigos. Guizot, a la sazón estrella rutilante del firmamento francés, y otros autores extranjeros, singularmente ingleses y galos (Julián Sanz del Río aún no había importado desde Alemania la filosofía de Krause), podían aportar doctrinas aprovechables por los liberales españoles. Frente a la indigencia intelectual del campo carlista, anclado en el catolicismo más ultramontano, los liberales hicieron un esfuerzo por añadir a su acervo ideológico —el que venía de los vivos debates de las Cortes de Cádiz y del Trienio Liberal— las novedades que el pensamiento político europeo de más rabiosa actualidad ofrecía.

Por supuesto, no era indispensable traducir los escritos foráneos para que comenzaran a ejercer su influjo. Tras años de exilio no eran raros los liberales que dominaban el francés o el inglés y que podían usar en sus textos materiales leídos en esas lenguas. De hecho, Fernández Sebastián halló los primeros ecos del pensamiento histórico de Guizot en un artículo de Alberto Lista publicado en la Gaceta de Bayona en 1830, donde el literato sevillano abogaba por ensanchar el campo de la historia “al mundo moral y político”, lo que había de implicar el examen de las causas y consecuencias de los principales acontecimientos, pero también el estudio de la población, riqueza, educación, cultura y desarrollo científico de cada sociedad. El mismo Fernández Sebastián añadía que en 1833 José María Blanco White, igualmente emigrado, dedicó a las aún recientes lecciones de Guizot un artículo en inglés en una revista universitaria dublinesa. O que El espíritu del siglo, obra que Martínez de la Rosa comenzó a publicar en 1835 (el mismo año en que cesó al frente del gobierno), “está impregnada del espíritu histórico de Guizot”.[5] Con todo, si el ilustre doctrinario francés y sus no menos ilustres compañeros de allende los Pirineos habían de enriquecer el pensamiento de los partícipes en el debate de ideas que acontecía en España, mejor si se les podía leer en la lengua de Cervantes.

La tarea de ponerse al día no se limitó a los libros de historia, sino que afectó a todas las ramas del pensamiento, e implicó que se reeditaran (en ocasiones en versiones nuevas) las obras señeras de lo que podemos llamar los “clásicos de la revolución”, con Rousseau a la cabeza, mal vistos o prohibidos durante el fenecido período absolutista. 1839, ya lo hemos apuntado, fue el año de Guizot en España. También ese año se publicó en Madrid, por la imprenta de Nicolás Arias, la Historia de la economía política en Europa de Adolphe Blanqui (no confundir a este economista defensor del librecambio con su revolucionario hermano Auguste); asimismo en Madrid, en la imprenta de la viuda de Calleja e hijos, se sacaba la segunda edición del Compendio de los tratados de legislación civil y penal de Jeremy Bentham (la primera edición castellana había aparecido en París en 1828); y en Barcelona una nueva edición de la Historia del reinado del emperador Carlos V, de William Robertson y el primer tomo de la versión que José Mor de Fuentes realizó de la Historia de España, de Romey, impreso por Bergnes de la Casa, cuyo original francés había aparecido un año antes. Ese mismo 1839 llegó, desde París, la enésima edición en español de Las ruinas de Palmira o Meditación sobre las revoluciones de los imperios, del conde de Volney. El año anterior, 1838, de nuevo en Madrid, pero esta vez las imprentas de Amarita y Fuentenebro, respectivamente, dieron a luz el Tratado de los sofismas políticos de Bentham y el Tratado de economía política de Jean-Baptiste Say. Y en Cádiz, en la imprenta de Santiponce, se publicó la traducción que Moratín había hecho del Cándido de Voltaire allá por 1813 y que permanecía inédita. En 1837, salió de la imprenta de Bergnes de las Casas, una nueva traducción de Julia o la Nueva Heloisa, de Jean-Jacques Rousseau, debida a Mor de Fuentes. Y antes aún, en 1836, la imprenta de los Herederos de Roca, igualmente en Barcelona, sacó una nueva versión, anónima, del Contrato Social del mismo Rousseau; mientras que en Madrid aparecía la traducción que Larra hizo de las Paroles d’un croyant, de Felicité de Lamennais, obra publicada en francés en 1834, que en castellano se tituló El dogma de los hombres libres: Palabras de un creyente, y cuyo impresor fue José María Repullés. Podríamos seguir acumulando títulos, pero creo que éstos son suficientes para apuntalar nuestro argumento. Insistimos, antes de 1840 ya había dado comienzo el esfuerzo colectivo por ponerse al corriente de las novedades europeas —un esfuerzo que incluyó la recuperación de textos más antiguos pero que gozaron de una segunda vida en un tiempo nuevo— y, cabe añadir, ello sólo es explicable por la existencia de un contexto que ofrecía unas condiciones de demanda que hacían viables los proyectos editoriales y, a la vez, unas condiciones de posibilidad de índole legal que minimizaban las cortapisas al trabajo de traductores e impresores.

En efecto, mientras el ejército de la reina combatía contra los belicosos carlistas, los liberales se partieron en dos grupos que compartían un enemigo común, la reacción agrupada en torno a don Carlos, y un sustrato de ideas y principios, una cultura política, pero que se combatían en las Cortes y en la prensa, a la vez que se disputaban el favor de la opinión pública y el control de la calle. El liberalismo español nunca había sido una balsa de aceite, y sus adeptos tendieron, al menos desde 1820, a moverse entre dos alas, una más templada, la otra más radical, de contornos poco borrosos pero fluctuantes. Desde 1837 la polarización se intensificó y se consumó la ruptura, formándose dos partidos diferentes. En uno se unieron aquellos que temían que los cambios revolucionarios se desbocaran y llegaran a amenazar sus propios intereses de grupo, conformando algo así como la versión española del doctrinarismo francés. Grandes propietarios rurales o urbanos (con título nobiliario o no), numerosos miembros de ciertas élites profesionales —la administración del Estado, muchos docentes universitarios, una parte de la alta oficialidad del Ejército— que miraban por encima del hombro (a la vez con temor y con disgusto) a la gente corriente, una hueste de plumíferos a su servicio y un nutrido segmento del clero secular (obispos incluidos) que no veía futuro en el carlismo, optaron por conciliar sus aspiraciones entre sí y con las de la corona misma, apostando por apuntalar el poder de ésta dentro de un régimen constitucional (aunque los había que consideraban preferible un régimen de carta otorgada). Concebían la “soberanía” como algo que habían de compartir el rey y las Cortes, pretendían lograr una síntesis ecléctica entre revolución y tradición —a lo Guizot— y en la balanza entre orden y libertad, ponían más peso en el primer platillo que en el segundo. Pretendían, asimismo situarse en el “justo medio” y acabaron siendo conocidos como “moderados”. Contaban con algunas de las cabezas con mayor reputación de cultas en la esfera pública, desde Martínez de la Rosa, que igual se dedicaba a reflexionar sobre la escritura de la historia (hay un texto suyo de esta época en que se plantea “¿Cuál es el método o sistema preferible para escribir la historia?”)[6] que componía dramas románticos como La conjuración de Venecia, todavía pasto de estudiosos, hasta Álvaro Flórez Estrada, pasando por el conde de Toreno, Pedro Pidal, Antonio Alcalá Galiano, el duque de Rivas o Andrés Borrego. Entre ellos estaban, como cabía esperar, los admiradores más conspicuos de los doctrinarios franceses. Y ahí, entre los políticos moderados y sus apoyos sociales, había un mercado, quizá no muy ancho, pero sí de gran poder adquisitivo, para las traducciones.

El otro sector se definió como “progresista”. Sus integrantes salían de sectores de la población un poco menos encumbrados: la “clase media” urbana (que incluía comerciantes, artesanos y tenderos acomodados, picapleitos, oficinistas…), las capas de labradores deseosos de medidas desamortizadoras que les permitieran adquirir tierras, y buena parte de la oficialidad del Ejército. También disponía de sus propios plumíferos. Y de sus intelectuales de postín, como Agustín Argüelles, Pascual Madoz, Fermín Caballero, Joaquín María Ferrer, Joaquín María López o el poeta Espronceda. Eran gentes de declarada fe constitucional, pero que debían leer a los doctrinarios galos como hacían los moderados, que seguían interesados en revisitar lo que hemos llamado clásicos de la revolución y que gustaban de los utilitaristas británicos (cuya lectura no despreciaban sus rivales). Y muchos de ellos eran tan compradores potenciales de libros traducidos —Guizot incluido— como sus rivales. Los moderados solían ser muy ricos, pero los progresistas no eran precisamente pobres.

Veamos ahora las condiciones de posibilidad que proporcionaba el marco legal. La llamada a los liberales por María Cristina en 1834 se tradujo en una primera relajación de las leyes que afectaban a la producción y comercio de escritos impresos. Pero fue el gobierno progresista de José María Calatrava el que restableció en 1836 la legislación de 1820 que consagraba la libertad de imprenta, mientras que la Constitución de 1837 proclamó en su artículo 2 el derecho de los españoles a “imprimir y publicar sus ideas sin previa censura”. Y con menos limitaciones que nunca antes, cabe advertir, al no distinguir entre ideas “políticas” y “religiosas”, sometidas éstas a la censura eclesiástica en la normativa de signo liberal anterior. La libertad de imprenta habría de ejercerse, empero, “con sujeción a las leyes”, lo que suponía la tipificación en la legislación ordinaria de unos delitos de imprenta —es decir, de unos “abusos” punibles delimitados en la ley de 1820— que comprendían los escritos “subversivos”, “sediciosos”, “incitadores a la desobediencia”, “obscenos” e “infamatorios”. ¿Y quién había de considerar como tal un impreso? La calificación y sanción de esos delitos se sustraía, como en la citada ley, al arbitrio gubernativo y se dejaba en manos exclusivas de jurados, es decir, en manos de instancias judiciales.[7] Sin este marco legal ancho y moderno —más digno de aprecio aún si tenemos en cuenta el poco tiempo transcurrido desde la abolición de la Santa Inquisición— la llegada de las novedades intelectuales europeas habría sido imposible.

Volvamos a Guizot. A aquel 1839 que hemos calificado de su año en España, cuando moderados y progresistas iban más que nunca a la greña y la estrella del general Espartero —que en agosto se abrazó al carlista Maroto en las inmediaciones de Vergara, escenificando el acuerdo que suponía la capitulación de facto del grueso de las fuerzas carlistas en el escenario bélico vasco-navarro— ascendía gracias a sus éxitos en la marcha de una guerra que se había alargado demasiado y que ahora estaba a punto de ganar. Los apóstoles del “justo medio” intentaban aprovechar las ventajas que para ellos suponía el sufragio censitario, que impedía votar al grueso de las clases populares. Los amantes del “progreso” abrían los brazos para recibir al victorioso militar que poco a poco se acercaba a ellos. Los primeros defendían sus ideas a través de diversos medios, entre los cuales descollaba, por su calidad y por colaborar en ella sus mejores plumas, la Revista de Madrid, “publicada bajo el patronato de D. Pedro Pidal”, futuro ministro y guizotiano, por “D. Gervasio Gironella, antiguo oficial de la secretaría de Hacienda, y a quien con gran desenfado y naturalidad llamaba el Sr. Pidal en el Ateneo literato lego”, según cuenta un moderado valenciano del que más abajo nos ocuparemos, Fermín Gonzalo Morón.[8]

Pues bien, en esta publicación las referencias a Guizot son constantes. Incluso en su Segunda Serie, Tomo II, fechado en 1839, apareció una biografía titulada “Guizot (Francisco Pedro Guillermo)”, fragmentada en dos entregas, de cuya autoría se responsabilizaba G. G.[9] No se necesita ser un lince para ver ahí las iniciales de Gervasio Gironella. Se trata de un texto que narra la vida y andanzas del entonces embajador francés en Londres con un grado de detalle realmente sorprendente. No sé si será el más informado sobre nuestro personaje —al que, por cierto, todavía le quedaba mucho carrete— que se ha publicado nunca en castellano, pero creo que no iré muy desencaminado si lo pienso. El tono es elogioso, sin duda, pero mantiene un tono de contención y huye del ditirambo. Los moderados lo eran incluso en eso. Y hay algo en él, sin embargo, que puede inducir a error: pese a la fecha que figura en la portada de la publicación, no apareció en 1839, sino en 1840 (el mismo año, cabe decir, en que empezó a publicarse en Madrid la Historia de la Revolución Francesa de Adolphe Thiers, el gran rival de Guizot en la política gala del momento), cuando ya competían en el mercado las cuatro ediciones de la Historia de la civilización mencionadas. No importa. ¿No es sorprendente que se publicaran cuatro traducciones de un libro en pocos meses y que una revista como aquella dedicara a su autor tanta atención por las mismas fechas? ¿Había una estrategia de los moderados para convertir a Guizot en el autor de cabecera de su grupo de partidarios? En todo caso sí que se entrevé un estado de ánimo, una necesidad de tener disponible en castellano su obra señera y de reivindicar su figura como modelo político prestigioso y apropiado por parte de éstos. Los diversos impresores debieron captar ese estado de ánimo. Pero, he de insistir, tampoco los progresistas (y el público culto en general) tenían por qué ser reacios a leer a alguien con la reputación de Guizot: de cualquier autor se puede tomar lo que se quiera y criticar lo que no gusta. Digamos algo más de esas ediciones a las que ya aludimos de pasada en la primera parte de este escrito.

En Barcelona aparecieron de modo prácticamente simultáneo dos. Una, la realizada en la librería de Juan Oliveres y Gavarró,[10] llevaba por título Historia general de la civilización en Europa o curso de historia moderna desde la caída del Imperio romano hasta la Revolución de Francia, tenía un escueto prólogo del editor, constaba de un solo tomo y no identificaba al traductor, aunque parece que éste no fue uno sino tres: José Ferrer y Subirana, Francisco Carles y Mariano Noguera. La traducción se tiene por literal y sin mutilaciones.[11] La otra, hecha en la imprenta de Joaquín Verdaguer, se titulaba Historia general de la civilización europea, o curso de historia moderna desde la caída del Imperio romano hasta la Revolución francesa, e incorporaba asimismo un prólogo que parece escrito por el traductor, escondido tras las iniciales F.C.N., ya que acaba advirtiendo que “en cuanto ha sido asequible hemos despojado la civilización de M. Guizot del lenguaje francés para vestirla en traje de Castilla”.[12] El traje de Castilla, empero, no excusaba los costurones, ya que se han detectado en la traducción omisiones y retoques. Parece ser que otro impresor barcelonés, Antonio Bergnes de las Casas, anunció en 1838 que tenía en prensa su propia versión, pero dada la saturación del mercado catalán que debió suponer la salida a la venta de los tomos de Oliveres y de Verdaguer, aplazó sine die su proyecto.[13]

El título de la edición de Madrid era Historia general de la civilización europea, sin más, y la obra constaba de tres tomos. En su portadilla decía haber sido “traducida al castellano conforme a su última edición y anotada por D.J.V.C.” e impresa por Don Miguel de Burgos; se abría con un buen prólogo del traductor que ponderaba las lecciones de Guizot como “una de aquellas obras que forman época en el ramo de la ciencia a que pertenecen, y cuyo mérito no podrá menos de interesar en todos los tiempos y en todos los países” (por una vez, ese juicio tópico que suelen incluir los prólogos no iba errado) y daba la noticia de que ya habían salido a la venta las dos ediciones catalanas. La versión de Cádiz, por último, se distribuía en dos tomos e identificaba como traductor a J. Bitancourt y Sánchez. La imprimió la viuda de Comes y su título contiene una alteración ortográfica digna de Juan Ramón Jiménez, Historia jeneral de la civilización en Europa, desde la caída del Imperio romano hasta la Revolución francesa, texto que aparecía precedido de “un discurso sobre la historia de la Béljica (sic), por el Barón de Reiffenberg”. Tal hecho demuestra que para esta traducción se utilizó la edición belga de la Histoire de Guizot, publicada en Bruselas en 1838 por el librero-editor Lacrosse, que se abría con ese discurso de Reiffenberg “lu à l’Academie de Bruxelles le 4 février 1836”.

Esas cuatro ediciones de 1839 del “famoso libro” de Guizot se debieron de vender bien pese a la renuncia de Bergnes de las Casas a sacar a la calle la suya. En caso contrario sería inexplicable que en la década siguiente se produjeran otras tres. La primera de esta segunda hornada apareció en Madrid en 1846 y se imprimió en el establecimiento “literario-tipográfico” de Madoz y Sagasti con el título de Historia de la civilización europea, o sea curso de historia moderna desde la caída del Imperio romano hasta la revolución de Francia y con la advertencia de estar “traducida de la última edición”. Más abajo volveremos sobre ella. Un año después, también en Madrid, el editor Francisco de Paula Mellado —cuñado del historiador Modesto Lafuente y uno de los más prolíficos editores de libros de historia de la época— publicó otra Historia general de la civilización de Europa. Curso de historia moderna, que incluía un prologo del editor y unos “Apuntes biográficos sobre Mr. Guizot” firmados por J.A. Matute. Finalmente, en la Barcelona de 1849 Oliveres y Gavarró reeditaba su versión de 1839 dentro de una colección titulada “Tesoro de autores ilustres o colección selecta y económica de las mejores obras antiguas y modernas, nacionales y extranjeras”, publicada bajo la dirección del bibliófilo Augusto de Burgos.

No tenemos noticias de más ediciones de la obra en España hasta que Revista de Occidente, la editorial de Ortega y Gasset, publicó en 1935 la versión que, con el título de Historia de la civilización en Europa, realizó la mano derecha del filósofo en esta empresa, Fernando Vela. Ésta es la traducción que desde 1966 reeditó repetidas veces Alianza Editorial en edición de bolsillo. Eso no quiere decir que a mediados del siglo XIX no se publicaran fuera de España otras traducciones al castellano.[14]

Ahora bien, una cosa es comprar un libro y otra leerlo. Las referencias a Guizot en muchos escritos y discursos de liberales españoles no sólo indican que lo leyeron (en francés o en español), sino que se lo apropiaron, y tanto en lo que se refiere al contenido de sus obras jurídico-políticas como en el de las historiográficas. Y fueron estas últimas las más difundidas. Es significativo que a uno de los cerebros del partido moderado, Juan Donoso Cortés, se le llamara Guizotín en tono burlón desde los periódicos progresistas antes de que mutara en uno de los más hoscos —y tóxicos— defensores del autoritarismo.[15] Labora todavía más a favor del impacto logrado por esa lectura y del cariz de esa apropiación el hecho de que el diccionario de la lengua española comenzado a publicar por Ramón Joaquín Domínguez en 1846, y que fue el diccionario del castellano más reeditado en España en la segunda mitad de aquella centuria tras el de la Real Academia,[16] incluyera el adjetivo guizotino/a, definido como “propio de Mr. Guizot o que tiene más o menos analogía con sus doctrinas y máximas políticas y diplomáticas”.[17] Menéndez Pelayo ya señaló en su día que el doctrinarismo político se enseñoreó “de las inteligencias más cultivadas de España”. Y que el partido moderado convirtió “en oráculo suyo a un seco y honrado hugonote, gran historiador de las instituciones todavía más que de los hombres”, ese Guizot que para don Marcelino era “muy mediano filósofo de la historia porque su rígido y abstracto dogmatismo, aspirando a simplificar los fenómenos sociales, le hacía perder de vista muchos de los hilos con que se teje la rica urdidumbre de la vida”.[18] Por cierto, cuando un dogmático típico, aunque pueda hacer gala de la vasta erudición del polígrafo cántabro, acusa a alguien de dogmatismo, inevitable es mentar la frase evangélica de la paja en el ojo ajeno.

También la izquierda española de la época, como ya se ha sugerido, leyó a Guizot con sumo interés y valoró sus aportaciones. Si la historia de éste era un análisis del “progreso” que había llevado a Europa desde las tinieblas medievales a las luces modernas, no ha de sorprender que los hombres que se identificaban aquí como el “partido del progreso” apreciaran mucho al Guizot historiador sin menoscabo de sus diferencias con el Guizot político. No me parece baladí que en el Madrid de 1846, cuando los moderados campaban a sus anchas y el caballo de Narváez se comía la hierba en que no se dejaba pacer al caballo de Espartero, el “Establecimiento literario-tipográfico de P. Madoz y L. Sagasti” sacara a la calle una nueva versión de la Historia de la civilización europea, ya mencionada. Pascual Madoz, prohombre progresista que cualquier bachiller español conoce gracias a la famosa desamortización a la que dio nombre cuando fue ministro de Hacienda en 1855, había montado con un socio esa imprenta para publicar, entre 1845 y 1850, su extraordinario Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Decidirse a reeditar el libro de Guizot (en ese momento el hombre fuerte de un gobierno francés archiconservador que sería derribado por la revolución de 1848) debe ser visto, sin duda, como un síntoma de la alta estima que tenían por su obra histórica unos liberales muy alejados del doctrinarismo y del justo medio: el sentimiento de orgullo burgués que destilaban las lecciones guizotianas podía embargar por igual a un moderado que a un progresista.

De todos modos, el mismo Madoz nos ofrece, en una intervención en el Congreso de los Diputados hecha en 1851 desde los escaños de la oposición, un buen ejemplo de cómo los lectores de obras de pensamiento en el periodo isabelino —y, cabría añadir, en cualquier periodo no presidido por el espíritu de secta— no se empapaban únicamente de “los suyos”:

Diré una cosa que creo que no escandalizará a nadie: yo leo, señores, todas cuantas obras puedo de los socialistas; leo cuanto puedo a Louis Blanc, leo a Proudhon, leo las obras de todos los hombres célebres que en medio de que muchas veces presentan ideas extraviadas, las suelen presentar también muy útiles, y no se ría el Señor Ministro de Obras Públicas, porqué yo sé que lee también a Proudhon, y utiliza lo bueno que de él pueda sacarse.[19]

Igualmente debieron leer a Guizot a mediados de aquel afrancesado siglo XIX otras gentes sin tantas urgencias políticas y con un gusto por la historia menos militante. Lo francés estaba de moda, la cultura hispana vivía a su sombra y los libros franceses —en versión original o traducidos— abundaban en las bibliotecas privadas de los españoles que podían permitírselas. Domingo Faustino Sarmiento, argentino, autor de una de las obras inaugurales de la literatura hispanoamericana, Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas (publicada en 1845 y cuyo título muestra cuánto habían calado ambos conceptos), y futuro presidente de su país (de 1868 a 1874), anduvo de visita en España a mediados de la década de 1840 y dejó constancia de ello, plasmándolo en términos de amor/odio. Después de anotar que entre el público de los teatros el orgullo español se exhibe mediante el odio hacia los franceses (“este pueblo está enfermo de orgullo quebrantado, y se desahoga maldiciendo a los extraños”, y el extranjero a denigrar por antonomasia es el francés), Sarmiento describe el paradójico prestigio que goza Francia entre las élites:

Y sin embargo, francés es en Madrid el pastelero donde se pueden tomar confituras aseadas; francés, el fondista o dueño de café, donde la gente elegante come o se reúne; francés el cochero y el mueblista; francés el que vende efectos nuevos, que son nouveautés francesas; francés el que construye guantes; francés el partido moderado porqué así lo inventó Luis Felipe, el progresista, porque en Francia no está de moda el nombre estropeado de libertad; el sistema tributario de Mon es traducción del plan de rentas de Human; Martínez de la Rosa trae de París su reputación de sabio, como Narváez la de jefe político, sin contar a Rianzares, duque y par de Francia, para tener a Cristina en los intereses de la corte de Versailles…[20]

Y por lo que se refiere a la especie de colonización cultural que desde Francia irradiaba, el profesor Jesús A. Martínez Martín, que estudió las bibliotecas madrileñas del período isabelino, mostró con gran solvencia hasta qué punto era hegemónica la presencia de la cultura francesa en comparación con las del resto del continente en los notables de la Villa y Corte, y cómo ese “apego a lo francés” afectaba a todos los estratos burgueses, aunque alcanzara mayor intensidad entre políticos y burócratas.[21] Y Guizot, según se desprende del trabajo de Martínez Martín, gozaba de gran presencia en las estanterías de los poseedores de libros. El recuerdo que el novelista asturiano Armando Palacio Valdés dedicó en sus memorias a su apasionada y apasionante lectura juvenil del “famoso libro” guizotiano, y que toma cuerpo en la elocuente cita que figura al frente de este texto, confiere tanta vida como nervio a la experiencia de leer a Guizot. Palacio Valdés nació en 1853, lo que implica que debió acceder a la Historia de la civilización en Europa en los años finales del reinado de Isabel II o en los del Sexenio Revolucionario que siguió al destronamiento de la reina. El impacto que le produjo la lectura aún estaba vivo en 1921, como se documenta en el párrafo anterior al reproducido en nuestro encabezamiento, un párrafo que ya ofrecimos en la primera parte de este trabajo pero que vale la pena, para facilidad del lector, repetir aquí:

Más de todas las obras que entonces leí la que me dio más golpe y logró cautivarme fue la Historia de la civilización europea, de Guizot. Estas lecciones, profesadas en la Sorbona, fueron para mí una revelación y me iniciaron en lo que llamamos filosofía de la historia. A tal punto me impresionaron que después de haberlas leído varias veces resolví aprenderlas de memoria. Y así lo puse por obra: leía una lección repetidas veces y luego cerraba el libro y la escribía, resultando transcrita al pie de la letra.[22]

¿Encontraría Guizot algún otro lector más devoto? ¿Hasta qué punto el buen sentido del humor de don Armando lo arrastraba hasta una exageración desorbitada? Es evidente que son cuestiones que no hemos de aclarar.

Como no podemos entrar a valorar tampoco, aunque nos gustaría, la calidad de las diversas traducciones que hemos citado. Emprender un análisis comparativo de estas versiones entre sí y con el original guizotiano nos llevaría por caminos alejados de nuestro objetivo. Baste recordar la general mala fama que enturbia la labor de los traductores españoles de aquellos tiempos, poco cuidadosos con la literalidad y amigos de amputaciones y retoques. Que la decisión de Ortega y Gasset de relanzar la Historia de Guizot en la España de 1935 exigiera una nueva traducción a cargo de Fernando Vela aumenta nuestras sospechas. Larra, que sostenía que para traducir mal “no se necesita más que atrevimiento y diccionario” y que “por lo regular el que tiene que servirse del segundo, no anda escaso del primero”, ya dio razones para explicar el poco tino de los traductores de su época:

La tarea, pues, del traductor no es tan fácil como a todos les parece, y por eso es tan difícil hallar buenos traductores; porque cuando un hombre se halla con los elementos para serlo bueno, es raro que quiera invertir tanto trabajo sólo en hacer resaltar la gloria de otro. Entonces es preciso que sea muy perezoso para no inventar, o que su país tenga establecida muy poca diferencia entre el premio de una obra original y el de una traducción, que es precisamente lo que entre nosotros sucede.[23]

En fin, las siete ediciones españolas de la Historia la civilización en Europa reseñadas, y las diez que entre 1837 y 1858 salieron de la Historia de la revolución en Inglaterra, indican, como señaló Fontana en su día, que la recepción de las ideas de Guizot en España fue mayor que la de cualquier otro teórico de la historia de entonces.[24] Cabría añadir que la traducción que Mor de Fuentes realizó de la Decadencia y caída del Imperio romano de Gibbon en 1842 (publicada por Bergnes de las Casas), incluía las notas que Guizot había redactado para la edición francesa. No debe sorprendernos que ese boom guizotiano irritara profundamente, ya iniciado el siglo XX, a Menéndez Pelayo, campeón de cierto nacionalismo español devoto de Frascuelo y de María, que no veía grandeza ni motivo de respeto en el libro de un hereje, por muy docto que fuera, y que no perdonaba a su autor la ausencia de España y de los españoles en su trabajo, a la vez que reconocía lo grande que había sido su influjo:

El que por espíritu sectario o por estrechez de criterio pretendió borrar de la historia de la civilización europea el nombre de España [es decir, Guizot], no parecía muy calificado para ser maestro de españoles, y, sin embargo, aconteció todo lo contrario. Ese primer curso de Historia de la Civilización, que hoy nos parece el más endeble de los libros de Guizot, y el que menos manifiesta sus altas dotes de investigador crítico, fue en algún tiempo el Alcorán de nuestros publicistas y hombres de estado.[25]

 Me temo que en lo de la endeblez del curso de Guizot no encontraría Menéndez Pelayo hoy en día muchos acólitos. Pero en lo de que fue el Alcorán de publicistas y políticos de toda una época (romántica y coloreada por unas luchas políticas intensas, que se libraban tanto en las calles y campos de batalla como en el mundo de las ideas), el consenso está garantizado. En efecto, en la década de 1840, y aun antes, el espíritu del hugonote francés (espíritu sectario según don Marcelino) se encarnó en varios autores españoles, que usaron la palabra civilización para definir el objeto de sus trabajos históricos. Inspirados por Guizot o imitando a Guizot, según el caso, dictaron lecciones y escribieron historias que hacían de la civilización el hilo conductor de su relato. Algo que acaso tuvo algo de moda (como han escrito los profesores Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente),[26] pero también de necesidad.

2. A LA SOMBRA DEL GIGANTE: HISTORIADORES GUIZOTIANOS EN ESPAÑA. En efecto, la burguesía española no podía conformarse con importar doctrinas y libros de historia producidos en otras latitudes. Necesitaba ir más allá. Tenía que producir sus propios textos para cubrir sus propias exigencias. Los políticos y los intelectuales españoles de la época habían de dibujar por sí mismos los rasgos y caracteres de la “ciudadanía” que conformaba su “nación”, y tomar para ello —reescribir— la historia a su servicio. Un historiador que ha dedicado al tema muchas y excelentes páginas, Juan Sisinio Pérez Garzón, ha señalado que durante la revolución liberal-burguesa decimonónica, “la historia se consolidó como la ciencia por antonomasia de semejante revolución”. Así, también en España, “dejó de ser la crónica ad usum delphinis” de antaño, para acabar convertida en “una asignatura suministradora de verdades patrióticas”. Era en el pasado donde “se encontraba el arsenal de argumentos para los respectivos proyectos de futuro planteados con la revolución española”. En la primera mitad del siglo XIX “se amasaron erudición, filosofía racionalista, romanticismo y pragmatismo para fraguar la eclosión historiográfica” que culminó en la publicación, en un proceso que se alargó desde 1850 hasta 1866, de los 29 tomos de la Historia general de España de Modesto Lafuente.[27]

Ahora bien, la obra inmensa de Lafuente constituye sin duda el fruto más logrado de la historiografía liberal decimonónica en este país y, a la vez, la piedra angular de un cierto nacionalismo español que tendió a ocupar el lugar hegemónico entre las élites políticas del período (para disgusto de Menéndez Pelayo y sus adláteres “nacional-católicos”, que pese a todo supieron articular una alternativa capaz de luchar por esa hegemonía ideológica en una disputa secular que conoció diversas vicisitudes y alcanzó la segunda mitad del siglo XX). Sin embargo, el enfoque de Lafuente es el propio de lo que en el siglo XIX se llamó “historia externa”, es decir, aquel tipo de historia política centrada en narrar —e interpretar, por supuesto, dentro del proceso hilvanado por la misma sucesión de hechos— una serie de acontecimientos de notoria visibilidad e importancia: guerras, batallas, diplomacia, reinados, conflictos dinásticos… El enfoque alternativo, complementario, que se denominó “historia interna”, aludía más a los fenómenos “civilizatorios” que había puesto en el centro de su diana Guizot. Cuando Rafael Altamira publicó medio siglo después su Historia de España y de la civilización española tenía bien presente esa distinción;[28] de ahí los dos objetos diferentes que se expresan en el título. Pues bien, antes de que Lafuente comenzara a sacar sus volúmenes, los autores “guizotianos” a los que nos referimos produjeron un conjunto de textos que se alinean en esa “historia interna”, y que además de fundarse en el pensamiento del reputado historiador francés, desplazando la política “externa” del centro del relato, recogían cierta tradición tanto de “historia literaria” como de “historia civil” de raíz ilustrada (la de Jovellanos o Sempere y Guarinos).[29] Con las excepción, como veremos, de Gil de Zárate, escribiendo la “historia de la civilización” española también estaban escribiendo la “historia de la nación” española.

Nos van a interesar aquí esos autores que tomaron por modelo a Guizot para redactar sus propias historias, no aquellos de los que es perceptible el influjo del político e historiador francés, pero no desarrollaron un discurso que quisiera abarcar el despliegue del proceso a lo largo de un lapso de tiempo dilatado, sino que se ciñeron a un segmento de tiempo. Por ejemplo, El espíritu del siglo de Francisco Martínez de la Rosa, como ya se dijo, es obra empapada de guizotismo (y enorme, al ocupar ocho volúmenes con 327 capítulos), pero no es una historia de la civilización, sino un intento de “fijar el carácter propio de la época de transición que se abre para el mundo a resultas de la Revolución Francesa”.[30] Es decir, un trabajo que se centra en las décadas más recientes (un caso de eso que ahora se llamaría historia del presente) al servicio de la versión española de la política del justo medio que defendió su autor, apodado no por casualidad “Rosita la pastelera” por sus rivales, una alusión a su habilidad para las componendas, para confeccionar “pasteles” con ingredientes variados.

Tampoco nos detendremos en las lecciones que Pedro Pidal, moderado de postín, pronunció en el Ateneo de Madrid entre 1841 y 1842, y que no fueron publicadas hasta 1880 con el título Lecciones sobre la historia del gobierno y la legislación de España (desde los tiempos primitivos hasta la Reconquista), por más que sea un texto ejemplar de la doctrina del justo medio. La Histoire de Guizot está, qué duda cabe, entre sus fuentes de inspiración, pero son lecciones que no obedecen escrupulosamente a la pauta guizotiana. Como no lo hace el Compendio elemental de Historia Universal escrito por Alfredo Adolfo Camus (con la colaboración de la flor y nata de los intelectuales del momento), publicado por Boix, en Madrid, en 1842, en el que el influjo de Guizot asimismo es apreciable. Ni una obra ni la otra son estrictas “historias de la civilización”.

Los autores que nos van a ocupar fueron bien analizados, en conjunto, por Fernández Sebastián en el artículo ya mencionado y que, insistimos, merece ser leído. Los hemos citado en el primer párrafo de este escrito —Tapia, Morón, Cortada, Zárate— y son un colectivo heterogéneo por su origen geográfico, condición y edades (Tapia había nacido en 1776, Morón en 1816), pero unido por su común liberalismo, decantado claramente hacia el moderantismo en los años en que escriben sus obras guizotianas: de hecho, y como veremos, todos ellos ocupaban entonces el centro gravitatorio o estaban en la órbita del partido moderado. Adaptando la perspectiva de Guizot, imitándolo o emulándolo, proyectaban hacia el pasado los principios ideológicos del liberalismo conservador que compartían doctrinarios franceses y moderados españoles. Usarlo como modelo era, por tanto, una opción tan razonable como operativa.

Ahora bien, no todo en ellos era simple remedo de los planteamientos del historiador francés. La historia española registraba notables peculiaridades que la diferenciaban de la francesa y, en general, de la europea. Spain is different. Por ejemplo, los autores españoles tenían que tratar de la presencia islámica y valorarla. O habían de enfrentarse con el peliagudo problema que representaba para ellos juzgar el papel de la extinta Inquisición, siendo como eran individuos que hacían gala de un catolicismo ortodoxo y tendían a excluir a la Iglesia de reproches históricos. Además, los ritmos históricos de España y Europa tenían algo de contradanza, y la marcha del progreso no siempre parecía paralela.

“Esta historia de la civilización supuso sin duda un avance considerable en el terreno de la metodología histórica”, sostiene Fernández Sebastián. Por una parte representó “la superación del interés exclusivo que manifestaba la historia tradicional por una alicorta historia política” lo que permitió ampliar su objeto hacia la influencia de las ideas, hechos colectivos, actividades económicas y culturales, a la vez que originó “un afán por la generalización y la explicación”. Y, por otra parte, innovó al hacer “recurso constante al método comparativo“, situando a “Europa como telón de fondo de las diversas historias nacionales”.[31]

La primera historia de autor español cocida en molde guizotiano fue la Historia de la civilización española desde la invasión de los árabes hasta la época presente, en cuatro tomos, que apareció en Madrid en 1840, impresa por Yenes, y escrita por el polígrafo Eugenio de Tapia, “individuo de la Dirección general de estudios y de la Academia española”, según figura en la portada. El carácter pionero, inaugural, de la obra la convirtió en referencia obligada —pero una referencia escuálida, hecha de pasada— para historiadores posteriores, como Rafael Altamira y José María Jover, que cultivaron la historia de la civilización en otros tiempos y de otros modos. Con todo, los historiadores de la literatura condenaron a su autor a su particular panteón del olvido, de donde vino a sacarlo el hispanista francés Claude Morange en un excelente trabajo.[32]

Cuando redactó su Historia, Tapia era un curtido superviviente de la estética ilustrada y de las luchas políticas de casi medio siglo. Había nacido en 1776 en Ávila, y tener 64 años en aquel entonces era haber llegado a la vejez y punto, por más que a nuestro autor le restaran todavía veinte años de vida. A la sazón ya hacía más de un cuarto de siglo que su “despejado ingenio” —en expresión del conde de Toreno—[33] había producido el que sería su principal legado a la posteridad: el nuevo significado que dio al adjetivo “servil” como antónimo de “liberal”, y que quedó incorporado al vocabulario político español al ser aplicado a los partidarios del absolutismo en las Cortes de Cádiz. Morange consiguió reconstruir su biografía: íntimo amigo del famoso poeta Manuel José Quintana, poeta él mismo al tiempo que autor teatral elogiado por Larra y escritor en prosa dotado de una saludable vena satírica; periodista y hábil chismógrafo en las jornadas constitucionales gaditanas, hombre ligado al régimen liberal allí nacido y encarcelado (él, su esposa y un hijo de corta edad que moriría en prisión) en noviembre de 1814, tras la vuelta de Fernando VII —el mismo año en que había ingresado, en marzo, en la Real Academia junto a su amigo Quintana, a Vargas Ponce y a Martínez de la Rosa—, a resultas de la delación de un tal Vicente de Lema, siendo acusado de haber conspirado contra el altar y el trono, pero resultando absuelto en 1815 (el niño, claro está, no resucitó);[34] diputado a Cortes durante el Trienio Constitucional, refugiado durante la “ominosa década” en Barcelona (donde el ejército de ocupación francés no perseguía con tanta saña como el rey español a los liberales) y en Francia después, de donde regresó a España con Fernando VII aún vivo; autor de muy exitosas obras de jurisprudencia y práctica notarial y judicial, en especial los informados tomos de su Febrero novísimo o Librería de jueces, abogados y escribanos, refundida, ordenada bajo nuevo método, y adicionada con un tratado del juicio criminal y algunos otros (editada en Valencia a partir de 1828 por la imprenta de Ildefonso Mompié), vademécum de jueces y jurisconsultos de la época (algo similar a los que sería el Aranzadi en el siglo XX); procurador electo por Ávila en 1836, director de la Biblioteca Nacional de 1843 a 1847…, y autor de los dos textos históricos referidos.

El espíritu de Guizot, como es obvio, asoma por encima del hombro de Tapia en la Historia de la civilización en España, concebida, como ya se ha dicho, para ser impresa. El autor trata de dar un sentido a su narración yendo más allá de la enumeración de hechos y datos de la historia tradicional, como era propio de la historia ilustrada, pero reflejando ahora el potente influjo de los análisis guizotianos. Un sentido que, como en el historiador francés, se apoya en la idea de progreso hacia un fin. El objetivo que pretende conseguir Tapia no deja dudas sobre esa filiación, y su idea de civilización tampoco:

El designio de esta obra es dar a conocer las mejoras que se han hecho sucesivamente en el estado social de la nación española, para común utilidad de sus individuos; y los progresos de estos en el ejercicio de sus facultades morales e intelectuales: dos acontecimientos históricos que expresa la palabra civilización.[35]

Tapia organiza su material en cuatro tomos que corresponden a cuatro “épocas”, divididas en capítulos y acompañadas de apéndices. La primera, que junto a una introducción constituye el primer tomo, abarca “Desde la irrupción de los árabes hasta principios del siglo XIII”. La segunda, “Desde principios del siglo XIII hasta el reinado de Carlos I de España y V de Alemania”, lo que no es cierto, ya que termina con los Reyes Católicos. La tercera, corrigiendo lo dicho, “Desde la muerte de Isabel la Católica hasta el advenimiento al trono de Felipe V”. Y la cuarta, “Que comprende el tiempo corrido desde el advenimiento de Felipe V, hasta la renuncia de Carlos IV en su hijo Fernando VII”. Un título, este último, engañoso, ya que el penúltimo capítulo del tomo, el XVIII, (el XIX es una especie de recapitulación y conclusión final) trata “De las vicisitudes de la enseñanza pública, y de los medios empleados por el gobierno para su reforma desde la invasión de los franceses en 1808 hasta la época presente”, aunque en realidad es un auténtico ajuste de cuentas con la monarquía fernandina, con lo que tuvo de “bárbara reacción” y de “espantosa contrarrevolución”.[36] El libro termina, así, en el tiempo presente, con un párrafo muy guizotiano:

Este partido destructor [se refiere, obviamente, al carlismo] levantó otra vez la cabeza después de muerto el rey, para poner en el trono a don Carlos, y restablecer el despotismo y la inquisición. Pero ya era tarde: la nación había tenido largos y dolorosos ensayos: el despotismo y la inquisición no son de este siglo, como tampoco lo son las doctrinas democráticas del siglo XVIII. Una monarquía constitucional cimentada en sólidas bases, apoyada en la buena moral, en la justicia y en el amor del pueblo; un gobierno fuerte que reprima las facciones y haga observar escrupulosamente las leyes; esto es lo que puede en el día prosperar, lo que exige el estado de la civilización europea.[37]

La historia, ese arduo camino que lleva hasta mí…

Cometeríamos un error si viéramos en el libro de Tapia una copia monda y lironda de Guizot adaptada a tierras más soleadas. La Revue des Deux Mondes de París incluyó en junio de 1844 una severa reseña firmada por Xavier Durrieu —el correspondiente hispanista de guardia— en que se reprochaba al abulense haberse contentado con calquer el libro del nimeño, aunque se le reconocía a la vez el mérito de haber escrito el primer libro publicado en España sobre philosophie de l’Histoire.[38] Un simple vistazo al título del trabajo de Tapia ya desmiente ese calco. Nuestro autor no inicia su relato con la caída del Imperio romano, como Guizot, sino en la “irrupción” de los árabes, es decir, sitúa en el origen del proceso analizado un gran acontecimiento posterior al identificado por su mentor en el país vecino, dejando fuera de su atención “la sociedad de los tiempos anteriores” por tener “ya poca relación con la nuestra”.[39] Lo que no obsta para que en una larga introducción (38 páginas) no se hable de romanos y godos, tratando a Adriano y Teodosio de españoles y afirmando que Trajano habría sido “el primer extranjero que ocupó el solio imperial”.[40] Si Marco Ulpio Trajano hubiera sabido que en el futuro iba a ser tratado de extranjero en Roma… En fin, una muestra de esa significativa confusión respecto a qué es ser “español” que irritaba tanto a Américo Castro —que la tildaba de absurda y de bobada— pero que tipifica cierto estadio del nacionalismo.[41] Tampoco supo guardar la cautela de Guizot respecto a la historia del tiempo presente.

Por otro lado, Eugenio de Tapia dio cuenta, como no podía ser de otro modo, de la especificidad de la historia española, de su camino particular frente a Europa y frente a Francia. Es decir, había de lidiar con sucesiones de auges y decadencias que no seguían el mismo ritmo que el del continente o el del país vecino, resolviendo el problema de acuerdo con las ideas que los liberales heredaron —y afinaron— de los ilustrados. Por ejemplo, frente a unos Reyes Católicos mitificados, los Austrias representaron un retroceso en el proceso civilizatorio en estas tierras. Sería con Fernando e Isabel cuando se habría culminado el brillante trayecto recorrido durante la Edad Media. Sus sucesores alemanes se habrían apoyado “en la fuerza militar” y en “la autoridad teocrática de la inquisición” para instaurar un poder despótico y sofocante, que habría transformado enteramente” a la sociedad española:

No era ya un cuerpo vigoroso y lozano que saliendo de la anarquía de la edad media, y renunciando a unas instituciones mal enlazadas, de contrapuestos intereses locales, se regulariza para someterse a un poder central, sin perder los derechos de una libertad pacífica y bien entendida: esta era la grande obra de Isabel. Sus despóticos sucesores ahogaron aquella libertad, y el pueblo oprimido, pobre y desalentado, fue poco a poco avezándose al yugo de una ignominiosa servidumbre.[42]

Que Tapia no calque a Guizot, obviamente, no significa que el nombre de éste no asome con cierta frecuencia a sus páginas y sea citado en tono elogioso. En el primer tomo aparece expresamente al menos en tres ocasiones; en el segundo, en cuatro; y en el tercero y el cuarto, una en cada uno.[43] La guizotiana Historia de la civilización europea es calificada de “excelente”, y su autor expone argumentos “con maestría” y “con mucho fundamento”.[44]

Es indudable que Tapia, a pesar de la independencia de carácter que exhibía y que por regla general le era reconocida, cuando redactó su Historia estaba muy en línea con los moderados. Lo que no quiere decir que no gozara, como su amigo Quintana, del respeto de tirios y troyanos. De la fuerza de la confianza en su propio criterio suministra una buena prueba su decidido apoyo a la candidatura de Gertrudis Gómez de Avellaneda como miembro de la Real Academia en 1853, una batalla que ganaron los adversarios a la presencia de una mujer en la institución.[45] Tendría que pasar un siglo y cuarto más de machismo hasta que una mujer franqueara, por fin, las puertas de la docta casa. Con todo, de su alineamiento con los moderados, que venía de antiguo, existen suficientes indicios. No es ciertamente el menor el párrafo final de su Historia antes reproducido, con su doble ataque, por considerar a ambos superados, tanto al despotismo y la inquisición como a las doctrinas democráticas, un ataque que constituye una inequívoca toma de postura a favor del justo medio, y con su exigencia de un gobierno fuerte. Morange ya señaló que durante el Trienio el diputado Tapia tendió a tomar posiciones très modérées.[46] Y eso se reprodujo tras el advenimiento de Isabel II al trono. El cargo de director de la Biblioteca Nacional fue desempeñado por nuestro hombre la mayor parte del tiempo merced a la confianza de ministros moderados. Odiar a la Inquisición o escribir a favor de la libertad era, en unos momentos en que la guerra carlista estaba de cuerpo presente, algo inherente a todo el liberalismo de raigambre gaditana, inclusive el moderado. Si el que manifiesta ese odio y ese amor es, además, un hombre que ha pasado por las cárceles del Santo Oficio (niño muerto inclusive), sorprenderse de ello parece difícil. Me resulta raro, pues, hallar ahí la “ideología subyacente discretamente progresista” que vislumbró el profesor Fernández Sebastián en la obra de Tapia.[47] Quizá sería más exacto hablar de una ideología subyacente inequívocamente doctrinaria. Veamos, si no, este botón de muestra —entre otros posibles— sacado de su Historia:

El espíritu humano es progresivo; la civilización multiplica nuestras relaciones, nuestros conocimientos, aumenta las luces e introduce nuevos hábitos, intereses nuevos. El legislador debe observar estas innovaciones y acomodarse a ellas; pero no perdiendo de vista lo antiguo, que está mezclado con lo nuevo en las sociedades modernas. Con estos elementos se ha de construir el edificio político, no con abstracciones filosóficas y bellos principios, que en la aplicación produzcan fatales consecuencias. Si no es posible hacer las mejores leyes, háganse las que soporte mejor el pueblo para quien se destinan, que era la máxima de Solón. De este modo serán recibidas con gusto y se conservarán por largo tiempo, como se mantuvieron en las monarquías cristianas de la edad media.[48]

En España el libro fue bien acogido, con alguna excepción, por la crítica de la época, ya que tendió a destacar la seriedad del trabajo, la riqueza de las fuentes utilizadas y la mencionada independencia de carácter de que Tapia hacía gala, aunque se le reprochó —lo hizo el Seminario pintoresco— haber dejado demasiado lugar a la simple narración de los acontecimientos.[49] Pero no gozó de similar favor del público, no alcanzando ventas importantes ni reedición alguna. Otro amigo de Quintana e historiador de mérito, el mucho más joven Antonio Ferrer del Río, escribió a Tapia con retranca, en 1846, “que por cada cien ejemplares de su Febrero, bien se puede apostar que no se ha vendido uno de su historia de la civilización española”.[50] La calidad de la obra del abulense no resiste, en fin, y pese a esas críticas favorables, la comparación con otros seguidores españoles de Guizot. Rafael Altamira la calificó de “obra desigual y más bien ligera” por más que “incluye el estado social, los progresos industriales e intelectuales, la organización jurídica y eclesiástica, las costumbres, la literatura y las bellas artes”. Y remataba: “Muy superior a ella fue el Curso de Historia de la civilización de España que entre 1841 y 1846 y en seis tomos, publicó el profesor D. Fermín Gonzalo Morón”.[51]

Muy superior, en efecto, pero inacabada, ya que sólo llegó hasta el siglo XIV. La cita de Altamira viene como anillo al dedo para pasar a tratar a este segundo autor, un valenciano de Alberic mucho más joven que Tapia y que, por tanto, no acumulaba el bagaje existencial y político del abulense. Y al que la obra de este último no satisfizo, como demuestra en esta crítica descarnada:

Sólo hubiéramos deseado que no hubiese emprendido tan colosal trabajo, sin iniciarse con más profundidad en los adelantamientos hechos por la Europa sobre la filosofía de la historia y tener una idea clara del objeto que se proponía y de las dimensiones, que el respetable académico quería dar a su obra. Decímoslo esto, ya porque sus ideas científicas sobre la civilización nos parecen vagas, e incompletas, cuanto porque en el curso de sus cuatro tomos se nota diferencia en la extensión, que da a su plan.[52]

Nacido en 1816 cuando su padre era alcalde mayor de la mencionada población de la Ribera del Xúquer (lo sabemos gracias a la autobiografía que escribió en 1851, mientras convalecía en un manicomio inglés de la primera manifestación conocida del trastorno mental que, entre mejorías y recaídas, le acompañaría hasta su muerte en 1871 en el manicomio de Valencia),[53] con una infancia y adolescencia trashumantes por los cambios de destino de su progenitor y por sus estudios de Derecho, Gonzalo Morón acabó por afincarse en la ciudad del Turia, cuyos ambientes literarios frecuentó, adquiriendo una vasta cultura sobre historia y literatura europeas de manera prácticamente autodidacta. En 1836 fue uno de los fundadores del Liceo Valenciano, entidad en la que, según narraba él mismo, “se improvisaban funciones agradables, se pintaba, se tocaba, se recitaban versos, se tenían discusiones literarias muy importantes, y más tarde se establecieron biblioteca, gabinete de lectura, cátedras y escuelas dominicales”,[54] y en la cual empezó a impartir en 1840 las lecciones de lo que había de ser su Curso de historia de la civilización de España, que continuó en Madrid al hacerse cargo en 1841 de la cátedra de Historia de la Civilización Española del Ateneo, y que fue publicado en seis tomos en esta ciudad entre 1841 y 1846. Y que es todo un ejercicio de historia al servicio de la política en que el autor pretende emular a su modelo Guizot,[55] a la vez que marca distancias con Tapia, dejando fuera el mundo de las bellas letras.

Los dos primeros tomos se imprimieron en el Establecimiento Tipográfico de la madrileña calle del Sordo en 1841 y 1842 y merecieron una recensión de Juan Donoso Cortés en la Revista de Madrid (en la cual Guizotín empieza cargando contra el concepto de “historia de la civilización”, y acaba por “recomendar encarecidamente la lectura de una obra que merece un alto lugar entre las pocas graves publicadas en lo que va corriendo de este siglo”).[56] El tercero, también en ese último año, en la imprenta de Alegría y Charlain, y según su portadilla recoge las “lecciones pronunciadas en el Ateneo de Madrid en el curso de 1842”. El cuarto en 1844 y en la imprenta de Marcos Bueno. Y los dos últimos, con el título simplificado —Historia de la civilización de España— en 1846, en la imprenta de Francisco Díaz. El curso en total abarca 47 lecciones, pero, como se ha dicho, Gonzalo Morón no llegó a completar ni la Edad Media, ya que la penúltima lección del sexto tomo se dedica al “Examen de la legislación de Castilla desde 1252 a 1369” y la última trata “De las Provincias Vascongadas y de su estado social desde la reconquista hasta el siglo XIV”.

Seis volúmenes, casi dos mil páginas… Un esfuerzo enorme que quedó a medias… La historia de la civilización española de Morón da cierta imagen de exceso, de desmesura, que, una vez conocidos los problemas psiquiátricos que padeció su autor, uno no sabe hasta qué punto atribuir a un desequilibrio mental en aquel momento todavía no reconocido. ¿Un sabio loco? En todo caso Menéndez Pelayo, que debió hacerse esa pregunta, ya dijo de él que era “hombre de más ingenio que juicio”.[57]

La primera lección, publicada obviamente en el primer tomo, contiene unas reflexiones sobre la historia que nos muestran a un individuo que ha leído mucho y que anhela que su público aprecie su saber. Su objeto declarado es fijar “qué debe ser la historia; qué ha sido hasta ahora; y qué influencia tiene en la enseñanza y organización social del mundo”.[58] Para Morón, y para nuestra delicia, la historia debe ser una ciencia social. Porque para él “los verdaderos y principales elementos de la historia” han de ser “las instituciones políticas, las leyes, los actos oficiales del gobierno, la administración, el comercio, las artes, los establecimientos y progresos literarios y orales”, así como “todo cuanto conduzca a dar a conocer la vida material, intelectual y moral de las naciones, la descripción viva y animada de sus costumbres y de sus hábitos, de lo que constituye el carácter y la vida de un pueblo”.[59] Lo que no debe implicar, añade, que el historiador abandone a los individuos concretos, ya que “incompleto y manco sería su trabajo, si de estos hechos generales no pasase a los individuales, si del examen de la sociedad no descendiese al individuo”, si al contar los actos de gobierno “omitiese escribir lo que el hombre pensaba”: el historiador “debe pues hacer marchar de frente los hechos sociales y los individuales, los actos de la voluntad de los gobiernos y los de la inteligencia de los filósofos; mostrar en una palabra el desarrollo social y el desarrollo individual”.[60]

Después se lanza a una exposición de la historia de la historia, esto es, de los principales hitos de la historiografía, que inicia con Heródoto y Tucídides y cierra con Guizot, parándose especialmente en Tácito, en Maquiavelo, en Bacon, en Bossuet, en Vico, en Montesquieu, en Voltaire (objeto singular de sus iras y calificando a la historia de éste como “reaccionaria”),[61] en los británicos Gibbon, Robertson y Hume, en Chateaubriand, y en los filósofos de la historia alemanes, Hegel incluido. Se trata de un ejercicio de erudición y de reflexión de indudable brillantez en el que Guizot se convierte en el punto de llegada de ese dilatado proceso que lleva hasta una historia entendida como ciencia política:

Guizot hace de la filosofía de la historia una ciencia política; y su curso de civilización europea es una obra clásica que debe mostrarnos la utilidad y la importancia de esta nueva ciencia. No son los hechos materiales, los que cuenta Guizot, son los morales; los ocultos a la superficie de la historia, pero que la explican, explicando al propio tiempo al hombre. La sociedad romana, el cristianismo, la feudalidad, la municipalidad, la monarquía pura, la reforma religiosa y la reforma política; he aquí los grandes hechos examinados por Guizot, bajo el aspecto de su influencia en la civilización de Europa, y a cada uno de ellos señala su parte en esta grande obra. Tal es, señores, el actual estado de la ciencia. ¿Y qué se deduce del libro de Guizot; de esa revista de principios o hechos morales, que han servido de base a las sociedades modernas? Observaciones muy importantes; observaciones de gran interés sobre todo para el siglo actual. Infiérese de él, que si puede haber desvíos y aberraciones en el curso de los destinos de la humanidad, jamás es ésta subyugada completamente por el error; que todos los principios que la han dirigido, han tenido a su vez una legitimidad histórica; y que los progresos de la civilización no son obra de un hombre, ni de un siglo, sino el resultado del esfuerzo multiplicado de los hombres y de los siglos.[62]

La lección sigue con una historia de la historiografía de España en la que se repasa a cronistas medievales, autores de cronicones y eruditos modernos, se valora a Mariana, a Mondéjar, a Nicolás Antonio, a los ilustrados, y se cierra con referencias a Martínez Marina, Sempere y Eugenio de Tapia. Y a partir de aquí se dedica a fijar cuál ha de ser, a su juicio, la dirección que han de tomar los estudios históricos en España. No vale la pena exponer con detalle sus puntos de vista. Nos sirve con que leamos su conclusión para entender la misión que atribuye a la historia:

La filosofía, pues, de la historia, que examina lo pasado, que señala a éste su valor con miras sobre el porvenir, que estudia la marcha de la humanidad bajo todas sus fases, y en todos los esfuerzos que hace por llenar las condiciones de su existencia, se halla en íntima conexión con las necesidades sociales del mundo actual y debe ser el hábil e infatigable obrero, que reúna las piedras y los materiales necesarios a reconstruir el desmoronado edificio. Por eso la llamé al principio ciencia eminentemente social; por eso repito y concluyo ahora, que a ella pertenece en el día el porvenir y la gloria.[63]

En la lección segunda se examina el concepto de civilización. Tomando como punto de partida la Historia de Guizot, la lección primera de la cual resume con tino, Morón expone su que “tres hechos, en mi concepto, explican la organización y la naturaleza del hombre”, las necesidades materiales que ha de satisfacer, el entendimiento que ha de desarrollar y “un corazón y una imaginación que elevan su ser a la contemplación y ejecución de todo lo que hay noble, bello y moral”.[64] Por tanto, la civilización “es un hecho triple, que abraza el desarrollo material, intelectual y moral de la especie humana”, que hay que considerar “en el individuo y en el gobierno”. Y por ello “podrá preguntarse si será necesario al que escriba su historia, dar cuenta del origen y del progreso sucesivo de las ciencias y artes”.[65] La contestación que da a esta pregunta es, a mi juicio, bien representativa del estilo y las premisas del trabajo de Morón:

Creo que no. El escritor de Historia de la civilización no tomará sino los resultados y descubrimientos importantes que conduzcan a su objeto. Así la polaridad del imán, el uso y generalización del papel de lino, la invención y aplicación de la pólvora a los combates, el arte tipográfico, la maquinaria, el vapor, los telégrafos, serán considerados meramente bajo el aspecto de su influencia en el desarrollo material e intelectual, dejando a un lado los procedimientos científicos o mecánicos a que hayan debido su origen. Aun entendida de este modo la historia del género humano, se halla ésta por escribir; y en el estado actual de los conocimientos, no existen sino fragmentos y materiales insuficientes para llevar a cabo tan importante empresa. Guizot mismo, cuyo nombre no puede pronunciarse sin respeto, sólo ha contado en su curso sobre la civilización de Europa los hechos exteriores y públicos, pidiéndoles su razón, y su filosofía; y ha omitido los hechos intelectuales y morales. Sin embargo, el siglo XIX, que no debe ser desdeñoso ni enemigo del XVIII, pero que hace alarde de más justicia e imparcialidad, que estudia todas las civilizaciones, y publica las obras clásicas de todas las literaturas, debemos esperar, cumpla un día tan útil y colosal trabajo.[66]

Del estudio de “la civilización”, pues, al estudio de “las civilizaciones”. Como expusimos en la primera parte de nuestro trabajo, Gonzalo Morón parece ser el introductor de ese uso en plural de la palabra en España, y que al hacerlo echaba en cara al francés que “sólo tuvo por objeto comprender y explicar la civilización de Europa”. El desarrollo que descubrió en ella, sostiene, no se encuentra “en la civilización de la India y de la China, en la antigua de Egipto y en la de Persia”. Tampoco en las de Grecia y Roma clásicas. Con lo que la idea de “progreso y desarrollo sucesivo, verdadera, exacta, al tratarse de la civilización moderna, es insuficiente y falsa aplicada a las civilizaciones antiguas”.[67]

 “Cuatro civilizaciones pueden distinguirse en la historia: la oriental, la griega, la romana, y la germánica, o moderna”.[68] No debe de sorprender, pues, que el resto de esta segunda lección se dedique a establecer los caracteres distintivos de la civilización de Oriente y a contrastar con ella la civilización griega, examinando ésta. Ni que la tercera introduzca las civilizaciones romana y germánica, siguiendo a Guizot al hacer de éstas y del cristianismo los orígenes de la civilización moderna. Ni que hayamos de esperar a la cuarta lección para que, por fin, Morón se centre en España, señalando la necesidad de reseñar y marcar la originalidad de la civilización española, que él retrotrae a los godos: “el periodo de la dominación goda en la Península desde esta época hasta la fatal de Guadalete (711), ofrece un cuadro original y diverso del de los demás países de Europa”.[69] Se inicia así un diálogo entre el caso español y el europeo, un apreciable esfuerzo comparativo, que impregna muchas páginas de su texto y que es uno de los aspectos más notables de la contribución del autor.

No sigamos por aquí. La cantidad de páginas que el lletraferit Morón entregó a la imprenta, su calidad, la abundancia de apéndices en los que intenta apoyar, clarificar o completar su exposición, exigiría dedicar a su inacabado Curso mucho más espacio del que podemos concederle aquí. Es una lástima que los estudiosos no hayan prestado a este frondoso autor, un historiador y un crítico literario como la copa de un pino, toda la atención que merece. Uno de los pocos que se han atrevido, Frank Baasner, de la Universidad de Mannheim, lo ha descrito como “uno de los grandes desconocidos de la época romántica”.[70]

El argentino Sarmiento, de paso por Madrid, dejó escrito un comentario muy sarcástico sobre las lecciones del inquieto historiador valenciano:

Gonzalo Morón ha hecho un ensayo titulado Historia de la civilización de España, que huele de lejos a la Historia de la Civilización de Guizot; pero que de cerca sabe a tocino y a chorizo, esto es, al mal gusto nacional de violentar la historia para darse aires de ser algo, porque en la edad media fueron mucho.[71]

¿Cabe suponer que Morón nunca lo leyera?

La Introducción a la historia moderna, o examen de los diferentes elementos que han entrado a constituir la civilización de los actuales pueblos europeos, de Antonio Gil de Zárate (o Gil y Zárate), salida de la madrileña imprenta de Repullés en 1841, es obra muy diferente de las de Tapia y Morón, ya que, como su título indica, su tema no es España. Se trata del texto de las “lecciones dadas en el Liceo artístico y literario de Madrid” por este eminente moderado, nacido en El Escorial en 1796, que fue miembro de la Real Academia Española, descolló como dramaturgo y es recordado sobre todo por haber sido, como jefe de la Sección de Instrucción Pública del Ministerio de la Gobernación, el autor del Plan General de Estudios aprobado por real decreto del 17 de septiembre de 1845, que creó los institutos provinciales de segunda enseñanza y reguló, centralizándola, la enseñanza universitaria.[72] Un plan tras el cual no es difícil adivinar, por cierto, el modelo del sistema educativo que, pocos años antes, Guizot había implantado en Francia.

Preparadas con cierta precipitación, según reconoce el mismo Gil de Zárate en la “advertencia” que abre las lecciones publicadas (y pronunciadas previamente, en 1839), éstas “se deben considerar como una ojeada sobre la historia antigua y una introducción filosófica a la historia moderna”. Para impartirlas, asegura que leyó “rápidamente los autores que mas al caso me hacían para el plan que creí conveniente adoptar”, tomó “de ellos lo que me parecía oportuno, ya extractándolo, ya copiándolo” y lo coordinó “todo según aquel plan lo exigía, añadiendo las reflexiones que al escribir me ocurrían”. Nos hallamos, pues, aunque el autor no use la palabra, ante un ensayo. Un ensayo que se toma todas las libertades del género:

Algo bueno habrá en él [en el libro], si no mío, de otros autores célebres. No cito a éstos, ni las ideas o trozos que he tomado de ellos, porque no lo hice al tiempo de escribir las lecciones, y ahora sería un trabajo harto modesto, y no fácil para mí, el distinguir lo mío de lo ajeno. Baste decir que entre muchas obras, me han servido de guía principal las de Mr. Guizot, sobre todo en lo relativo al imperio romano; los que las hayan leído reconocerán fácilmente lo que le debo.[73]

En efecto, Gil de Zárate, como en seguida veremos, además de ser deudor del Guizot legislador, también debe mucho al Guizot historiador (al que en otra página califica de “autor célebre”),[74] y eso en un tiempo en que el concepto de probidad erudita y el de plagio no eran los mismos que en el nuestro. Lo que no debe al autor francés, en todo caso, es el plan general de la obra, curioso y caótico, al no seguir el habitual criterio de ordenación cronológica. La primera lección, introductoria, señala el objeto de las lecciones y destaca que mientras que la historia antigua ha perdido interés, la historia moderna lo gana más cada día. Y acaba afirmando que la historia encierra las leyes del mundo político.

La lección segunda es un breve bosquejo de historia moderna, entendida ésta como la posterior a la caída del Imperio romano, dividiéndola en épocas y describiendo los elementos de civilización existentes en sus inicios. Un breve bosquejo que no es otra cosa que un resumen de la Historia de la civilización en Europa de Guizot. Comienza con la referencia a una primera época en que “los vencedores”, los pueblos germánicos, “pugnaron por consolidar su dominio en medio de dos civilizaciones opuestas que se van modificando una a otra, y en que la civilización romana se muestra superior todavía”. Siguen una segunda “en que ya vence la civilización septentrional” y en que “se establecen la barbarie y la anarquía feudal”; una tercera, “la época de las cruzadas” en que se toma de nuevo el contacto con Asia; una cuarta, “la época de los comunes”, que es como el autor llama a la burguesía, “en que estos combaten por su emancipación y se unen a los reyes contra los señores” (la famosa lección séptima de Guizot); una quinta, la época en que “los reyes establecen su gobierno absoluto”; una sexta, “la época de la reforma religiosa y de las guerras de religión”; y la última, “la época de las revoluciones políticas, y del establecimiento de los gobiernos representativos, que es en la que nos hallamos”.[75] La historia, de nuevo, como largo camino que lleva hasta uno mismo.

Y a partir de aquí todo es historia antigua pura y dura, con lo que Guizot queda relegado: la lección tercera se centra en el estado político y religioso del antiguo Oriente; la cuarta hace lo mismo respecto al antiguo Occidente, habla de las repúblicas griegas y reflexiona sobre la libertad de los antiguos (Gil de Zárate había leído sin ninguna duda a Constant); las quinta, sexta y séptima analizan el Imperio romano, incluyendo su caída; las octava, novena y décima, el nacimiento del cristianismo, la organización eclesiástica y los efectos sobre la sociedad civil y la civilización de la irrupción de la nueva fe. La lección undécima supone un giro y una apertura: introduce en el discurso los “elementos” intelectuales, realizando una serie de consideraciones generales sobre la historia de las ciencias y de la literatura, y deteniéndose en el estado intelectual de Oriente y, ¡oh sorpresa!, en la filosofía y literatura de la India. Tras este intermedio exótico, las aguas tornan a su cauce. La lección duodécima es un recorrido por el pensamiento de los filósofos griegos; la siguiente, por el de los romanos, los padres de la Iglesia y los primeros herejes.

Y las tres últimas lecciones se interesan por el “elemento germánico” que está también en la base de la civilización europea, exponiendo el origen de los diversos pueblos germánicos, su irrupción en el mundo tardo-romano y sus costumbres y leyes. Con lo que Gil de Zárate retorna en sus páginas finales a los moldes guizotianos. Unas pocas líneas pueden servir para que el lector pueda percibir cuánto hay en ellas de Guizot, de su particular dialéctica histórica y del papel que asigna al cristianismo en el origen de la civilización europea:

Resulta, pues, que no teniendo las instituciones romanas, ni las germánicas, poder bastante cada cual de por sí para vencer a la otra, hubieron de combatirse, destruirse mutuamente, y con sus ruinas formar un nuevo edificio: ninguna permaneció intacta, pero ninguna dejó de ejercer cierta influencia.

La única institución realmente poderosa entonces era el cristianismo, como institución nueva y fuertemente organizada. Así es que no sólo resistió, sino que venció completamente, absorbiendo en su seno a los conquistadores y mandando a la vez a conquistadores y a conquistados. Este fue el lazo de unión para todos, el que resistió a la disolución general con que amenazaban a la sociedad la depravación romana por una parte y la ferocidad germánica por otra. El cristianismo fue el que infundió resignación y constancia a los unos, sentimiento de humanidad a los otros; y el que por muchos siglos dominó con imperio absoluto en el occidente.[76]

Juan Cortada y Sala fue otro moderado, catalán en este caso y nacido en 1805, aunque su carrera política no pasó de discreta si la comparamos con la de cualquiera de los anteriores: tan sólo ocupó un escaño en las Cortes en 1843 por Tarragona, y rehusó ser nombrado jefe político (lo que después se llamaría gobernador civil) de esa provincia. Pero, más allá de esa irrupción pasajera en la arena parlamentaria, Cortada fue ante todo un profesional de la historia, es decir, un profesor de historia. Peiró y Pasamar, especialistas en la materia, lo retratan como un individuo representativo del grupo de catedráticos de instituto (durante más de dos décadas enseñó en el de Barcelona) y de universidad que entonces “iniciaron el proceso de construcción de la Geografía y la Historia como disciplina escolar”.[77] Una disciplina, cabe añadir, concebida para formar ciudadanos y patriotas. Traductor, entre otros, de George Sand y de Eugene Sue, escritor de artículos de costumbres en la prensa, libretista de ópera, cultivador pertinaz de la novela histórica sobre temas catalanes (en castellano), y uno de los padres de la Renaixença (participó en el “restablecimiento” de los Juegos Florales de Barcelona en 1859, siendo uno de sus siete mantenedores),[78] Josep Fontana dijo de él que es “tal vez el más coherente desde un punto de vista metodológico de los historiadores españoles de aquel tiempo”.[79]

Su admiración por Guizot superó, sin duda, a la de todos sus colegas. Su primer gran libro de historia no novelada, los tres tomos de la Historia de España, desde los tiempos más remotos hasta 1839, fue publicado por el impresor Antonio Brusi en Barcelona en 1841. En realidad consiste en la aportación de Cortada a El mundo, Historia de todos los pueblos, voluminoso proyecto dirigido por el geógrafo A. Houzé (en concreto, los tomos sexto, séptimo y octavo del conjunto), del que se encargó también de verter al castellano los volúmenes que tratan de la Historia de Grecia e Italia, de la Historia de Alemania y de la Historia de América.[80] Fue en pleno proceso de redacción de esta obra cuando el historiador barcelonés dice que leyó a Guizot, que le impactó como una caída de caballo en su particular camino de Damasco. Así lo plasmó en un escrito posterior del que en seguida trataremos:

En aquel momento [escribiendo su Historia de España] apareció la obra de Guizot, verdadera brújula que me ha guiado en ese océano de causas, madres de los sucesos, y modificadoras de sus resultados; brillante faro que muchas veces me ha señalado el puerto en donde debía buscar un abrigo en mi extraviado rumbo; grande y profundo maestro que me ha llevado como por la mano en esa empresa, cuya arduidad apenas puede concebir quien no la haya vencido por sí mismo.[81]

Cortada se convirtió, en consecuencia, en un guizotiano convencido y un aspirante a ser un imitador particularmente bien dispuesto:

Al leer ese libro se abrió para mi entendimiento un campo nuevo; desde ese punto vi escrita ya la historia de Europa, porque en la obra de Guizot se ve todo el contorno de esa figura colosal, a que solo faltan los pormenores. Es un mapa en que están notadas todas las capitales, y cada historia particular quedará escrita poniendo alrededor de cada capital los pueblos subalternos. Después de publicada esa doctrina no tiene excusa el historiador que no dé cumplida cima a su trabajo; pues aunque la Francia es el personaje principal del cuadro, el autor no descuida por esto las demás naciones; y como la mayor parte de las veces habla de Europa cual de su objeto único, ventaja es esa muy grande para aplicar a cada uno de sus naciones lo que le convenga, haciendo en los principios generales las modificaciones que mil circunstancias exigen.[82]

“Con tan luminoso guía —concluye Cortada— me pareció comprender cómo debe estudiarse y escribirse la historia; y estas lecciones manifestarán si he sabido sacar fruto de la doctrina de ese gran maestro”. Estas lecciones no son otras que un libro notable de donde hemos extraído los párrafos anteriores, Lecciones de Historia de España, publicado por Brusi en 1846 y llamado a tener numerosas reediciones y a convertirse en uno de los manuales fundamentales para la enseñanza de la historia del XIX. ¡Por fin un historiador guizotiano español que cosechó un éxito de ventas! La quinta edición, por ejemplo, impresa en las prensas barcelonesas de Tomás Gorchs en 1869 nos informa en su portada de que es “obra señalada por el gobierno como libro de texto”, en particular “para la enseñanza de la Historia de España en los seminarios conciliares del Reino”. También parece que fue muy usada en los institutos catalanes y de las Baleares. Sin embargo, su origen último parece ser anterior, ya que estaría en unas lecciones pronunciadas en el Colegio Carreras de Barcelona en la temprana fecha de 1837,[83] con lo que esa génesis se remontaría a antes de la metafórica caída del caballo de su autor.

Cortada organizó su material en dieciséis lecciones. La primera, “Revista general”, es una sintética visión de conjunto que pretende dar “una ojeada que lo abarque todo sin detenerse más que en los puntos culminantes, verdaderos guías para el análisis a que en las otras descenderemos”.[84] La segunda, “España primitiva y España romana”, inaugura la exposición en orden cronológico de las diversas etapas de la historia “de la patria”, de manera que a través de un recorrido por los periodos medieval y moderno se llega hasta la decimosexta lección, que es tanto como decir el presente: “España, desde el convenio de Vergara, hasta que las Cortes declaran de mayor edad a doña Isabel II”.

Supongo que el lector ya ha encontrado una diferencia sustancial entre Guizot y Cortada. Se refiere a los límites cronológicos. El historiador francés había comenzado sus lecciones en la caída del Imperio Romano y Cortada se retrotrae a los tiempos primitivos, presentando a España tácitamente como un ente que existe como tal desde tiempos remotos, “en que vienen a poblarla los descendientes de Noé, ambiguamente nombrados por el legislador de los hebreos”.[85] El competente Cortada es, por una vez, víctima de un relato mítico, pseudobíblico, que no había contaminado ni al mismísimo Tapia, que en su introducción se refería a los primitivos pobladores de España sólo como “aquella casta asiática que en tiempos antiquísimos, de que no hay memoria, había venido a establecerse en la península”, y de la cual descenderían los iberos.[86] (Uno se pregunta cómo se puede saber eso: si no se conserva memoria, es decir, si no han quedado trazas, huellas, de dónde se puede sacar semejante idea si no es de la imaginación). Por el otro extremo, Cortada también desliza su relato hasta el presente.

Precediendo a esas dieciséis lecciones, hallamos una introducción de gran interés para nuestro asunto. Así, el primer párrafo es una declaración de principios con inequívoco tufo nacionalista y de una cándida credulidad en que el estudio de la historia ayuda a prever el futuro:

Señores: Entre los estudios a que debe el hombre dedicarse, ocupa si no el más levantado a lo menos un lugar muy preferente el de la historia de su patria, porque en él no sólo aprende lo que su patria ha sido, sino que con probabilidad muy grande puede vaticinar cuál será la futura suerte que le quepa.[87]

Cortada declara, a continuación, su intención de apartarse de los modelos históricos más trillados (de raigambre cronística y erudita) para reivindicar una historia que enseñe —que sirva “para adoctrinarse”, afirma de un modo que ahora suena raro— más que frivolice y divierta.

Si la historia fuese un relato de batallas, una nomenclatura de personas y una biografía de reyes, no merecería por cierto ocupar uno de los más sublimes lugares entre las obras del entendimiento humano, ni se calificaría de mejor libro para la enseñanza de los reyes y de los pueblos; pero no es tal, señores, el objeto de ese trabajo enojoso y arduo, cuanto glorioso y útil, si se desempeña de modo que aparezca digno del augusto nombre que lleva. Sin embargo, la mayor parte de las obras que con tan magnífico dictado se engalanan, no contienen en rigor más que ese relato, esa nomenclatura y esa biografía, cansadas para la lectura, poco útiles para la enseñanza, y que pueden en buen hora excitar la curiosidad de los niños y de los hombres frívolos que leen para divertirse, mas no para adoctrinarse.[88]

¿Cómo superar esa historia insustancial y ligera? ¿Cómo componer una historia útil, profunda y que enseñe? La respuesta está en la obra de dos autores que Cortada toma por santos patronos: el escocés William Robertson, y, con mayor jerarquía, François Guizot:

…y de entre el caos de libros en que no había de historia sino el nombre, ha comenzado a presentarse alguna vestida con su verdadero traje, ataviada cual a su rango corresponde y capaz de representar el papel que entre las producciones del talento humano se le tiene encomendado. En tan culminante lugar merecen ser colocadas, entre pocas otras, la historia de Carlos V por el inglés Robertson, la de la Civilización europea por el francés Guizot, y la de la Revolución de Inglaterra por el autor mismo. La de la Civilización europea aventaja sin duda a las otras dos, y a fuer de obra eminentemente clásica inmortalizará a su autor, y a través de los siglos pasará a la posteridad como un grandioso monumento de saber y de enseñanza.[89]

Evidentemente, Cortada rendía homenaje a unas obras recientemente traducidas. La nueva versión castellana de la Historia del reinado del emperador Carlos V, de Robertson, “hecha con todo esmero y exactitud” por José María Gutiérrez de la Peña, había sido publicada en Barcelona por Juan Oliveres en 1839 y comprendía cuatro volúmenes (el original inglés databa de 1769, y con fecha de 1821 había aparecido impresa en Madrid, por I. Sancha, una traslación realizada por Félix Ramón Alvarado). Y ya hemos hablado de las traducciones que se hicieron de Guizot. En ediciones posteriores de sus Lecciones,[90] Cortada añadió a esos títulos la Historia Universal del lombardo Cesare Cantù, traducida por Antonio Ferrer del Río, y publicada en 38 tomos por Mellado en Madrid entre 1847 y 1850.[91] Nuestro hombre, pues, no sólo escribía; leía y estaba al día en sus lecturas, lo que le permitía ampararse en el prestigio que conferían aquellos autores extranjeros. Pero, claro, Robertson y Cantù no podían alcanzar en su estima, ni de lejos, a Guizot y su Historia de la Civilización en Europa:

Ese libro, además de su admirable mérito absoluto tiene otro grandísimo relativo, porque no es la historia de un pueblo, sino la de Europa entera. En ella no se aprende la cronología de los reyes de nación alguna, no se leen las batallas ni los hechos de hombres ilustres; pero se ven la majestuosa marcha de Europa, sus asombrosas vicisitudes, los grandes cambios de principios, las variaciones de ideas, los trastornos políticos y religiosos en una grande escala, la formación de los pueblos, sus tránsitos de uno a otro estado; y pasando sucesivamente de época en época, se presentan la Europa romana, la Europa dominada por los pueblos del Asia y por los del norte de la Europa misma, la Europa feudal, y por último la Europa más o menos latamente monárquica. Y en todos esos principales periodos, en esas grandes fracciones del cuadro entero descuellan hechos gigantescos, trazados con pinceladas gigantescas también, y con colores intensos que fijan de por fuerza la atención de quien los mira. Se ven los combates de ideas y de principios, no los de hombres, porque al fin los hombres no son más que el instrumento puesto en acción por el impulso moral, que es la verdadera fuerza motriz; se ven las luchas religiosas, el progresivo decaimiento de una creencia y los paulatinos medros de otra, que ensanchando poco a poco su círculo, cual el que describe la piedra arrojada al agua, ahuyenta en derredor la creencia antigua, y acaba por desterrarla del todo y señorear el país entero en que la otra dominaba. Triunfan entonces nuevas ideas, créanse nuevos intereses, hay sucesos de otra esencia y de diverso aspecto; y a la vuelta de siglos, y de esas peleas durante las cuales ha ido progresando el grande hecho de la civilización, la Europa, cuya marcha sigue el autor desde el punto en que era bárbara e idólatra, es ya toda cristiana y queda constituida monárquica.[92]

Cortaremos aquí. Siguen párrafos y más párrafos en que los elogios al “trabajo inmortal” de Guizot se suceden, ensalzando su calidad literaria (“un libro que bien pudiera llamarse Arte histórica”),[93] su carácter de punto de partida para otras historias a diversa escala (“esa grande obra es la llave maestra para escribir la historia de España, de Francia, de Italia, de Inglaterra, y la historia particular de los reinos y de las provincias en que cada una de esas naciones estuvo dividida antes de formar un cuerpo solo”),[94] o su condición de modelo digno de imitar (“con tan luminoso guía me pareció comprender cómo debe estudiarse y escribirse la historia; y estas lecciones manifestarán si he sabido sacar fruto de la doctrina de ese grande maestro”).[95] Lamentablemente, entrar más a fondo en el contenido histórico de las lecciones de Cortada, o comparar sus núcleos de interés y sus reflexiones con las de su admirado Guizot o el resto de sus seguidores españoles, ocuparía demasiado espacio. Baste decir que el historiador catalán se muestra como mucho más cualificado que un Eugenio de Tapia y mucho más conciso que un Fermín Gonzalo Morón. Sus Lecciones se dejan leer todavía muy bien, por lo que no sorprende su éxito como libro de texto.

III. Frente al hereje: Jaime Balmes y Juan Donoso Cortés. La Histoire de la civilisation de Guizot no sólo mereció parabienes en España e inspiró a autores que quisieron imitarlo como los referidos. También suscitó importantes críticas que procedieron, sin que haya lugar a la sorpresa, del mismo campo que ocupaban los moderados. Así, contra ella escribieron dos de los más conspicuos representantes del maridaje entre el liberalismo moderado y el catolicismo que parecía —y era— posible, dos autores de sobrada inteligencia y capacidad que en buena parte cimentaron su posterior prestigio entre todo tipo de conservadores, contrarrevolucionarios y carcas en sus ataques a la concepción de la historia sostenida por Guizot. Me refiero, claro está, al clérigo catalán Jaime Balmes y al rico político extremeño Juan Donoso Cortés. A ninguno de los dos le gustó nada un relato histórico que prescindía, de hecho, de la divina providencia —reducida a alusiones retóricas a sus designios y a un plan que en nada violentaba la voluntad de los hombres— y en el que la Iglesia católica no representaba precisamente un papel lucido. Y ambos lograron una duradera fama en la historia del pensamiento europeo merced a sus escritos antiguizotianos, una fama que nunca soñaron con alcanzar los historiadores guizotianos españoles, prácticamente olvidados incluso al sur de los Pirineos.

Balmes es un personaje complejo y rico de matices cuyos contornos se difuminan demasiado debajo de la costra integrista con la que lo cubrieron tras su prematura muerte sus rendidos admiradores ultramontanos y neocatólicos, una costra que han cuarteado, afortunadamente, numerosos estudiosos movidos por el rigor crítico y no por el fervor acrítico. Nacido en Vic en 1810 y ordenado sacerdote en 1834, dotado de un entendimiento poco común y de una pluma fácil, creativa y fértil, sus reflexiones se desparramaron por la filosofía, la teología y la política. Además de pensar (y cabe suponer que de rezar), obraba, actuaba colaborando o dirigiendo periódicos y revistas, haciendo oír su voz, buscando esferas donde ejercer su influencia. No creo errar si afirmo que en su persona se sintetizaban aquellos viejos modelos cristianos de la vida activa y de la vida contemplativa. Y actuar en aquellos tiempos implicaba tomar partido político, opinar sobre un mundo en cambio que podía igual generar esperanza que dar miedo. “Para su gloria, Balmes hizo bastante. Consummatus in brevi explevit tempora multa”, escribió al respecto Marcelino Menéndez Pelayo.[96]

Este último, por cierto, realizó en su día un gran esfuerzo por presentar a un Balmes distante de los moderados. A su parecer, el cura catalán fue “juez más o menos benévolo” de éstos, “pero nunca cómplice ni siquiera aliado”.[97] Muchos indicios, sin embargo, sugieren lo contrario: dime con quién andas y te diré quién eres; si no era un moderado, al menos sirvió de compañero de viaje. Es bien sabido que en Barcelona fue amigo íntimo, por ejemplo, de Ferrer y Subirana, “moderado y católico ferviente”,[98] a quien ya hemos mencionado por su participación en la traducción de Guizot que publicó Oliveres. Con Ferrer mantuvo una intensa correspondencia y con él —y con Joaquín Roca y Cornet— publicó una revista titulada significativamente La Civilización, que se abre con un artículo del mismo título escrito por Balmes en que se parte, para intentar definir el término, del curso de Guizot, y que sigue con otro obra de Roca que trata de “La religión considerada como la base de la civilización”.[99] Cuando se instaló en Madrid, entre 1844 y su muerte, se movió en los ambientes del ala derecha de los moderados, la que tenía como cabeza visible al marqués de Viluma, un grupo que le proporcionó el dinero necesario para fundar El Pensamiento de la Nación, periódico religioso, político y literario, del que fue director y redactor casi único desde ese 1844 hasta 1846, y que nació para defender la llegada al gobierno de los vilumistas.[100] Balmes se adaptó, por tanto, en aquellos años difíciles al régimen constitucional e intentó reformarlo, no derribarlo. No era un retrógrado, sino un participante en el debate de cómo había de ser el nuevo orden político, un católico que aspiraba a encontrar fórmulas para armonizar su fe, inconmovible, con la civilización moderna. El profesor Joan Bada i Elias —historiador y teólogo— destacó, ya hace unos años, que más que un reaccionario era un hombre que buscaba ofrecer una alternativa a la revolución, una alternativa que toma por eje los términos reforma y evolución. “¿Queréis evitar revoluciones? Haced evoluciones”, decía Balmes. Y “evolucionar és per a ell sinònim de reformar”.[101] Otros autores, empero, no han dudado de calificarlo de reaccionario, ya que a fin de cuentas sus obras y sus actos constituyen una reacción contra la revolución en marcha. En un texto publicado póstumamente y escrito poco antes de morir, y hablando nada menos que de la “cuestión social” a propósito de la revolución francesa de 1848, hallamos un fragmento que quizá sea la mejor ilustración de esa postura a la vez evolucionista y conservadora:

…estoy persuadido que dentro de dos siglos la sociedad habrá cambiado hasta un punto de que nosotros apenas nos formamos idea; pero insisto en la conveniencia, en la necesidad de no precipitar nada. Si se quiere hacer en  breve tiempo lo que ha de ser el efecto de una evolución lenta en las ideas, en los sentimientos y en los hechos, el resultado infalible será provocar un cataclismo que lejos de avanzar la resolución la retrasará considerablemente.[102]

El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea constituye una de las obras mayores de Balmes y la que cimentó su fama europea. Y es una vigorosa respuesta al curso de historia de la civilización en Europa de Guizot, en especial a la lección 12 de éste, que trata de la Reforma. Los dos primeros tomos vieron la luz en la imprenta barcelonesa de José Tauló en 1842; el tercero, en el mismo establecimiento en 1843; y el cuarto, en 1844. Prácticamente a la vez salió la versión francesa (es sabido que Balmes fue a París en el mismo 1842 a revisar la traducción), auspiciada por los ambientes ultramontanos galos, y las traducciones a las principales lenguas europeas se sucedieron con rapidez.

En un trabajo de las dimensiones del nuestro es imposible proceder a analizar, con el detenimiento que se merece, la apología del catolicismo que Balmes construye en su obra a partir de la crítica de las tesis de Guizot acerca de la influencia decisiva del protestantismo en el desarrollo de la civilización. Otros lo han hecho, y a ellos me remito.[103] Habrá de bastar, para que el lector se haga una idea de su posición, de su método y de su estilo, con el resumen que hacen de sus argumentos dos autores franceses, ochocentista uno, novecentista el otro, y con un par de párrafos sacados directamente de las páginas del libro.

El autor del siglo pasado es un prestigioso especialista en historia de la religión, Jacques Gadille, recientemente fallecido. Balmes, explica Gadille, se levantó “con fuerza contra el principio de división que el protestantismo había introducido” en el mundo occidental, “lanzando en el siglo XVI a las naciones de Europa unas contra otras, y dejando así escapar la gran ocasión que representaban los grandes descubrimientos para la difusión de nuestra civilización”. Por el contrario, “los obreros del Evangelio presentaron al mundo la imagen de confesiones desunidas y concurrentes”. En lo esencial, pues, la civilización europea es “la obra de la Iglesia antes de la Reforma”. Y si “algunos progresos se han realizado después, ha sido sobre todo contra el espíritu de la Reforma y por la virtud de la unidad cada vez más centralizada alrededor de Roma”. Este criterio de unidad o de “homogeneidad” constituye el fondo de la crítica de Balmes: “lejos de traducir simples particularismos religiosos, el protestantismo había infringido la identidad misma de la verdad evangélica”.[104]

El del siglo XIX, Albéric de Blanche-Raffin, ultramontano y viejo amigo de Balmes, que en la biografía de éste que publicó en 1849 sintetizó lo que, a su juicio, el escritor de Vic quiso trasmitir: en primer lugar, “que en la antigüedad y durante el curso de la Edad Media, fue necesaria toda la fuerza inherente a la institución católica para vencer la resistencia de las pasiones: un sistema vago, incoherente, desnudo de organización, como el protestantismo, habría ciertamente sucumbido en esta empresa”; y además, que “en el momento de la aparición del protestantismo, el edificio de la civilización, gracias a la labor de la Iglesia católica, no esperaba más que su coronación”. Por ello, “si, tras esa época, el mismo edificio ha recibido un grado nuevo de perfección, ello se debe a la eficacia de las instituciones católicas, mantenidas en pie a pesar de la fuerza del protestantismo”. Es más, “en todo lo que depende de su influencia, el principio protestante, lejos de secundar el progreso de la civilización, por el contrario, lo ha ralentizado”. Blanche-Raffin concluye que el libro de Balmes podría haberse titulado: Histoire du développement de la Civilisation européenne par l’action du principe catholique.[105] No me cabe duda.

El texto balmesiano que he seleccionado para el lector, ya que es uno de los que mejor refleja, a mi parecer, la manera de argumentar de su autor, recoge las primeras andanadas lanzadas por éste en su libro contra el hugonote francés.

Para Guizot, aduce Balmes, “la reforma fue un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana”, y este esfuerzo “nació de la vivísima actividad que desplegaba el espíritu humano y del estado de inercia en que había caído la Iglesia romana”, de manera que el primero andaba “con fuerte movimiento” y la segunda “se hallaba estacionaria”. Veamos el argumento que construye el cura catalán contra ese punto de vista:

Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la autoridad en materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió ser seguramente contra esa autoridad: es decir que aconteció la sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se movía de sus dogmas, o por valerme de la expresión de Guizot: “la Iglesia se hallaba estacionaria”.

Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto a los dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir que andaba muy desacertado en señalar como particular de una época, lo que para la Iglesia era un carácter de que ella se había gloriado en todos los tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que a la Iglesia se la puede llamar estacionaria en sus dogmas; y esta es una prueba inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la verdad es invariable por ser una.[106]

Estupenda literatura para convencidos.

El libro está lleno de frases impagables, sorprendentes, aunque supongo que Guizot y los protestantes las hallarían tan insidiosas como capciosas. No me resisto a ofrecer otra: “Mirado en globo el Protestantismo solo se descubre en él un informe conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes solo en un punto: en protestar contra la autoridad de la Iglesia”. Ergo sólo hay una Iglesia con mayúscula, católica claro, y las iglesias reformadas constituyen sectas.[107] Y ya se sabe el carácter peyorativo que tiene la palabra. El Diccionario de la RAE recoge como una de sus acepciones la de “conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa”. Católicos y protestantes no estaban, pues, en un plano de igualdad. ¿Podemos sorprendernos de que, así, las palabras del apologista únicamente pudieran sonar bien en los oídos de los que compartían su mismo globo?

Balmes, brillante reaccionario (¿o no?), elabora de este modo, en pugna con el herético Guizot, una auténtica teología de la historia, sin duda muy del gusto de la ortodoxia católica de su tiempo, que reúne la negación de valores liberales notorios (la tolerancia religiosa, el pluralismo) con el mantenimiento de la providencia divina como motor de la historia. Ese providencialismo arrastra a Balmes hacia el optimismo, como ha destacado el profesor Rivera: basándose en “el hecho supuestamente probado de que Dios ni puede abandonar su creación ni dejar vencer el error”, Balmes cree que “el europeo volverá pronto a la verdadera religión” y que la “crisis social contemporánea” está dirigida “por la providencia para castigar a los pecadores, mas las revoluciones, los trastornos contemporáneos, tienen un carácter transitorio.[108]

Si Balmes es un alma optimista y confiada en Dios, Juan Donoso Cortés es un espécimen pesimista y temeroso de los hombres (de los de “baja condición”, cabría añadir). Y un acaudalado reaccionario de tomo y lomo. Mientras Balmes lo espera todo de la providencia, cuyos misteriosos designios llevarán a un mundo feliz en el que el catolicismo ya no estará en retroceso, sino que reocupará el lugar central, Donoso piensa que, si no se toman medidas contra el apocalipsis que amenaza (y que él percibe en las revoluciones de 1848), ese mismo mundo se deslizará, ¡ay!, por las pendientes que conducen al abismo aberrante donde habitan las hidras monstruosas de la democracia y el socialismo. O se usa la mano dura, o el mundo —su mundo— se hunde.

Lo curioso es que Donoso se dio a conocer en política como una de las cabezas mejor amuebladas del partido moderado. Y que su familiaridad y su admiración por los textos de Guizot fue tanta que, como ya se ha dicho, mereció el apodo de Guizotín. Sus lecciones de Derecho Político impartidas en 1836 y 1837 en el Ateneo de Madrid, por ejemplo, centradas en el problema de la soberanía, son “más bien escribió el especialista en Derecho Constitucional Joaquín Varela— un Curso de Filosofía de la Historia, que el publicista extremeño escribió bajo el influjo de los doctrinarios franceses, sobremanera de Guizot”.[109] Si hay una pluma que en las revistas de la época más veces cite a éste o a Royer-Collard, ese es su entonces admirador Donoso, un Donoso con vena moderna. En 1840, sin embargo, comienza el proceso que, pocos años después, le llevará a la reacción más absoluta. En esa fecha, la reina María Cristina, que gobierna al ser su hija Isabel todavía una niña, es forzada a abandonar el poder y el país y Espartero se convierte en regente. El extremeño la acompaña al exilio parisino y allí redacta un escrito en que sostiene la idea de que el monarca debe gobernar y a la vez ser irresponsable.[110] Con el regreso de los moderados al poder se convierte en una de sus figuras parlamentarias. Su oratoria es brillante, contundente, incluso provocativa. Su mano se percibe tras la Constitución de 1845, que modifica la de 1837 en aras a responder mejor a los intereses de los sectores sociales más oligárquicos. La reina, agradecida, le concede el título de marqués de Valdegamas. En esa época comienza a poner en guardia a sus correligionarios contra la “soberanía de la muchedumbre”.

En 1848, el año de la primavera de los pueblos, estallan las revoluciones románticas y democráticas que sacuden Europa. La historia parece acelerarse. En Francia, Guizot es expulsado del poder. Entonces el giro reaccionario de Donoso se intensifica. En los pocos años que le quedan de vida produce los textos que hacen de él un clásico del pensamiento antiliberal, un teórico de la reacción e, incluso, un antecesor del fascismo (no está de más recordar al lector el papel que ha tenido el filósofo del derecho nazi Carl Schmitt en revalorizar a Donoso en el siglo XX, interpretándolo según sus necesidades). De enero de 1849 data su importantísimo Discurso sobre la Dictadura, que pronuncia en el Congreso de los Diputados. Un año después, en el mismo lugar, desarrolla su no menos relevante Discurso sobre Europa.

En el primero, gracias al cual inició su fama europea, y entre bravos y aplausos de sus correligionarios moderados, Donoso defiende la política de Narváez, que había logrado un levantamiento de las garantías constitucionales ante la posibilidad de que España se contagiara de la situación revolucionaria que vivía Europa, y que gobernaba, por tanto, con poderes extraordinarios. Pero en el fondo es un ataque al sistema constitucional y un elogio del autoritarismo más desnudo que indica que, en aquellas horas graves, Donoso ya había virado:

…la cuestión, como he dicho antes, no está entre la libertad y la dictadura; si estuviera entre la libertad y la dictadura, yo votaría por la libertad como todos los que nos sentamos aquí. Pero la cuestión es ésta, y concluyo: se trata de escoger entre la dictadura de la insurrección y la dictadura del Gobierno; puesto en este caso yo escojo la dictadura del Gobierno como menos pesada y menos afrentosa; se trata de escoger entre la dictadura que viene de abajo y la dictadura que viene de arriba: yo escojo la que viene de arriba, porque viene de regiones más limpias y serenas; se trata de escoger, por último, entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable: yo escojo la dictadura del sable porque es más noble. Señores, al votar nos dividiremos en esta cuestión, y dividiéndonos seremos consecuentes con nosotros mismos. Vosotros, señores [dice a los progresistas], votaréis, como siempre, lo más popular; nosotros, señores, como siempre, votaremos lo más saludable.[111]

En el segundo, casi un año exacto después, se muestra como un precursor de los actuales gurús del choque de civilizaciones. Sólo que las civilizaciones en lucha no son las de hoy en día. En un lado sitúa la civilización católica, positiva e identificada con la civilización europea. En el otro, la civilización filosófica, negativa, diabólica. Maniqueísmo en blanco y negro. El socialismo amenaza la primera, y sólo el catolicismo y los ejércitos permanentes pueden salvarla, impidiendo que se pierda en la barbarie. Donoso remacha su paradoja: “Hoy día, señores, presenciamos un espectáculo nuevo en la Historia, nuevo en el mundo: ¿Cuándo, señores, cuándo se ha visto que se vaya a la civilización por las armas y a la barbarie por las ideas?”. Y “¿qué sería del mundo, que sería de la civilización, que sería de la Europa si no hubiera sacerdotes ni soldados?”.[112] El concepto ilustrado de civilización, su pareja de baile el progreso, la filosofía de la historia que sobre ambos edificó el mejor Guizot, han sido hechos trizas por el hacendado extremeño, no sé si decir que hipnotizado o alucinado por la previsión de una catástrofe inminente, que sólo con la fuerza se puede evitar. La dictadura defendida un año antes se convierte, “en esta lucha a muerte”, en “el instrumento supremo de defensa de la civilización”.[113] De la vena moderna, esclerotizada por el temor a la “soberanía de las muchedumbres”, nada queda.

En 1851 la imprenta de La Publicidad de Madrid saca a la calle su célebre Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, considerados en sus principios fundamentales, “sustancialmente un compendio de sus textos anteriores”, en opinión de un estudioso, y que “no tiene excesivo interés salvo por el hecho de que aquí su visión se torna más apocalíptica que nunca y a la faceta política le gana definitivamente la partida la teológica”.[114] Y salvo, cabe añadir, porque lo hace aún más famoso fuera de España y le permite ingresar en el canon del pensamiento europeo, algo que no ha sido precisamente habitual entre los pensadores españoles. Como ocurrió en el caso de Balmes, el mismo año en que el libro salió en castellano lo hizo en francés. Y como en el caso de Balmes, no tardaron en aparecer versiones en los principales idiomas europeos.

Como su nombre indica, el escrito donosiano consta de tres partes. En la primera, que quizá merece mejor el calificativo de tratado teológico que de obra de pensamiento político, el autor produce una nueva apología católica. El texto está plagado de frases apodícticas que se apoyan en argumentos que, como en Balmes, sólo pueden satisfacer a creyentes convencidos. El providencialismo preside la exposición, hasta el punto de minusvalorar la pertinencia de estudiar las “causas segundas”, con lo que el autor degradaba los esfuerzos realizados para dotar de explicaciones racionales a los fenómenos naturales o sociales.

Es en esta primera parte apologética donde Donoso realiza su crítica al relato histórico de Guizot (que es tratado como un autor eminente, valorando su ingenio, su capacidad analítica, su claridad expositiva). Y lo hace cometiendo una tergiversación —de Guizot y de la historia— y proponiendo una rectificación. Como era común entre los ultramontanos, como tendía a hacer también Balmes, el cristianismo es reducido al catolicismo y el catolicismo identificado con el cristianismo. Con lo que se perpetra una operación de metonimia que deja al enemigo sin agua. El historiador francés consideró al cristianismo uno de los tres principios que, junto con la aportación romana y la germánica, estaban en la base del proceso de civilización acontecido en Europa desde la caída del Imperio romano hasta su propio tiempo. La jugada retórica de Donoso expulsa a la Reforma del proceso —en Guizot, recordemos, su importancia era capital— y ningunea a los protestantes. Es como si los cristianos de hace mil quinientos años ya vivieran según los preceptos del Concilio de Trento.

Por otra parte, el extremeño lamenta que el sabio nimeño haya “visto bien todos los elementos visibles de la civilización”, pero que no se haya dado cuenta de que “había uno, empero, visible e invisible a un tiempo mismo”. Ese elemento, claro está, “era la Iglesia”, que “obraba sobre la sociedad de una manera análoga a la de los otros elementos políticos y sociales, y además de una manera que le era exclusivamente propia”, dado que al ser una “institución divina, tenía en sí una inmensa fuerza sobrenatural”, no sujeta “ni a las leyes del tiempo ni a las del espacio”, obrando “callada, secretísima y sobrenaturalmente” y conservando “siempre su identidad absoluta”. “Al ponerse en contacto con ella”, la sociedad romana, sin dejar de ser romana, “fue católica”.[115] Lo mismo les aconteció a los pueblos germánicos. La rectificación consiste, por tanto, en defender que es el principio religioso, es decir, la aportación de eso que para él es el catolicismo, el único que está en la base del proceso civilizatorio europeo:

La civilización europea no se llamó germánica, ni romana, ni absolutista, ni feudal: se la llamó y se llama la civilización católica.
El Catolicismo no es pues solamente, como Mr. Guizot supone, uno de los varios elementos que entraron en la composición de aquella civilización admirable: es más que eso, aun mucho más que eso: es esa civilización misma.[116]

El influjo de la obra de Donoso, insistimos, ha sido grande y duradero entre los enemigos del liberalismo, el socialismo o la democracia. Balmes era un sacerdote que defendía su confesión religiosa desde la altura de su distinguido globo. Pero Donoso era un político curtido en agitaciones diversas, debates en foros de papel y luchas parlamentarias. Un político de pies a cabeza que hablaba de política, de los peligros de aquella nueva política en que los poderes de los reyes se cuestionaban y limitaban, los gobiernos querían ser representativos —otra cosa es a quién representaran— y muchos ciudadanos bregaban por la conquista y ampliación de derechos y libertades. Y un político perspicaz que conectaba con los miedos de muchos europeos acomodados, que identificaban cada disturbio, cada conato de estallido social, cada protesta de los que estaban abajo, con el apocalipsis y el caos.

Otro insigne católico, Marcelino Menéndez Pelayo, comparó a Donoso y a Balmes en un texto —el mismo en que se establece el paragón entre Guizot y el Alcorán— en el que el primero, con todo, sale perdiendo:

La reputación de Donoso Cortés fue grande y universal, pero mucho más efímera, ligada en parte a las circunstancias del momento, y debida más bien a la elocuencia deslumbradora del autor que a la novedad de su doctrina, cuyas ideas capitales pueden encontrarse en De Maistre, en Bonald y en los escritos de la primera época de Lamennais. Balmes parece un pobre escritor comparado con el regio estilo de Donoso, pero ha envejecido mucho menos que él, aun en la parte política. Sus obras enseñan y persuaden, las de Donoso recrean y a veces asombran, pero nada edifican, y a él se debieron principalmente los rumbos peligrosos que siguió el tradicionalismo español durante mucho tiempo.[117]

¿Qué quiere decir con eso de los “rumbos peligrosos”? ¿Que el carlismo y sus adláteres superaron su indigencia intelectual gracias a Donoso? Es bien probable. El polígrafo santanderino, pese a su integrismo católico, estaba muy a gusto en el régimen liberal de Cánovas (el mundo, pese a todo, no se había hundido), que lo llenó de prebendas y honores y le fijó un lugar preferente en el Parnaso de sus sabios: nunca fue carlista. Y como es sabido, la crisis y desplome de la monarquía isabelina, que equivalía a crisis y desplome del moderantismo, se había saldado con un serio trasvase de perplejos moderados a las aguerridas huestes de Don Carlos poco antes y después de 1868 (de Don Carlos VII en este caso, un joven pretendiente que volvió a encender la llama de la guerra civil como cuarenta años antes hiciera su abuelo). Al carlismo se unió nada menos que Luis González Bravo, el último presidente del Consejo de Ministros de la destronada reina. Carlista se hizo Antonio Aparisi Guijarro, varias veces diputado por Valencia y antiguo compañero de Gonzalo Morón en la fundación del Liceo Valenciano… El tradicionalismo católico actuó de cemento en esa boda entre viejos absolutistas y tibios liberales que dejaron de serlo. Quizá ahí se encuentre una explicación a la aceptación que de la palabra civilización se hizo por aquel tiempo en el carlismo, refractario al parecer hasta entonces a su uso. Fernández Sebastián ya llamó la atención sobre un texto del canónigo Vicente Manterola,[118] diputado y conspirador carlista, cuyo título es Don Carlos es la civilización, impreso en Madrid en 1871 por Antonio Pérez Dubrull. En él se pinta con las más negras tintas la sociedad capitalista e industrial y se defiende la tesis de que esa civilización materialista, que sólo busca producir más cosas en menos tiempo, no tiene entrañas, es egoísta, despiadada y cruel: la peor de las barbaries. Por el contrario, la civilización cristiana se desarrolla según los designios de Dios y “realiza gloriosos destinos caminando de progreso en progreso por la ley santa de la perfectibilidad humana, hasta hallar su feliz coronamiento más allá de los espacios, al otro lado de las vicisitudes del tiempo, en el eterno descanso, en la fruición de Dios”. Esa es la misión que la Divina Providencia asigna a Don Carlos, “príncipe egregio” que “viene a reconstruirlo todo, a salvarlo todo, cuando todo se consideraba irremisiblemente perdido en España”.[119] Lo que vino, sin embargo, fue otra guerra terrible.

No me parece exagerado afirmar que las impugnaciones radicales a su manera de interpretar la historia —y, con ella, de entender el mundo— salidas de las plumas de Balmes y Donoso dolieron a Guizot, que se consideraba al fin y al cabo un hombre de orden tan poco amigo de revoluciones como sus correosos contradictores. Les contestó concisamente en el prefacio de la sexta edición francesa, escrito en 1855, en donde se reafirmó en sus puntos de vista y proporcionó otro ejemplo, muy sintético esta vez, de reflexión histórica al servicio de su posición política. En él manifestó, además, su intención de no dejarse arrastrar a la polémica que los apologistas católicos buscaban. Con ello nos ahorró a nosotros lo que, con completa seguridad, habría degenerado en ruidoso diálogo entre sordos, que no mudos (aunque Balmes había muerto en 1848 y Donoso en 1853, no habrían faltado epígonos que sostuvieran encendida su antorcha, o mejor, su cirio). Después de acusar recibo de las críticas de los dos autores españoles con esmerada educación —a Donoso, recientemente fallecido, lo califica de “muy llorado”— y de las del abate Gorini (autor éste de una Défense de l’Église contre les eròurs historiques de Mm. Guizot, Aug. et Am. Thierry, Michelet, Ampère, Quinet, Fauriel, Aimé-Martin, etc., que no ha disfrutado de la fortuna posterior de los textos de Balmes y Donoso), Guizot afirma que no quiere responderles por dos razones, “una personal y otra general”. La personal estriba en que “no siento ningún placer en disputar contra convicciones que respeto sin compartir, contra fuerzas morales que más bien quisiera robustecer que debilitar, aunque no sirva bajo su bandera”. No quiere prestarse a una controversia que necesariamente habría de desplazarse hacia la defensa confesional del catolicismo o del protestantismo.[120] Para Guizot, su descripción del papel de la Iglesia católica en el desarrollo de la civilización europea la hizo “libremente” a la vez que “con un profundo sentido de equidad y respeto”, y cualquier debate sobre tal asunto lo empujaría fuera de la mesura que desea guardar. En tono abiertamente conciliatorio, pero sin recular, Guizot se muestra convencido de que “Francia necesita, para su salud moral y social, “volver a ser cristiana y, volviendo a serlo, seguirá católica”.

Después expone la razón general, que ya vimos en nuestra primera parte, mucho más interesante y en la que no se deja sitio a las componendas:

Dos grandes fuerzas y dos grandes derechos, la autoridad y la libertad, coexisten y se combaten naturalmente en el seno de las sociedades humanas. En el mundo antiguo, hasta la Europa cristiana, y aunque en ninguna parte ninguna ha anulado jamás plenamente a la otra —que Dios no lo permita—, el predominio, un predominio resuelto y permanente, ha pertenecido siempre a una u otra; las naciones habían vivido tan pronto bajo el yugo casi absoluto de la autoridad, tan pronto víctimas de las continuas tempestades de la libertad. El carácter glorioso y original de la civilización europea, desde que se desarrolló bajo la influencia evidente u oscura, aceptada o desconocida, del Evangelio, ha sido que la autoridad y la libertad han vivido y crecido juntas, hombro con hombro, luchando siempre sin jamás reducirse mutuamente a la impotencia, sujetas ambas a oscilaciones, a vicisitudes de la suerte que a través de una larga serie de siglos han trazado el destino de los gobiernos y los pueblos. La Europa cristiana nunca ha sufrido el imperio indiscutido de uno de los dos principios rivales; siempre el vencido ha quedado apto para defenderse y con probabilidades de vencer a su vez.

Y después de esta nueva lección de historia al servicio del equilibrio y el justo medio, Guizot remata con elegancia:

Mientras describía los orígenes y el proceso de la civilización europea, he hecho resaltar este gran carácter, pero como historiador y no como abogado, sin tomar partido por el uno y contra el otro de los dos grandes principios que presiden simultáneamente esta historia. Los escritores que me han hecho el honor de combatirme son abogados declarados del principio de autoridad y francos adversarios del principio de libertad. Yo cambiaría de posición y de conducta si procediera como ellos y, para responder, me hiciese abogado del principio de libertad y adversario del principio de autoridad. Faltaría a la verdad histórica y a mi propio pensamiento. No lo haré, pues.[121]

No lo había hecho, en efecto, sino que en pocas líneas había remarcado su insalvable distancia con los defensores a ultranza de la Iglesia de Roma.

La defensa de Guizot, por supuesto, no hizo mella alguna en los animosos vindicadores del catolicismo que siguieron la estela de Balmes y Donoso. No viajaban en el mismo globo. En la portadilla interior del ejemplar de la edición barcelonesa de Oliveres de la Historia general de la civilización en Europa que se conserva en la biblioteca del Institut d’Estudis Catalans —accesible on-line—[122] se puede ver aún cómo una mano desconocida, quizá a fines del siglo XIX (nada más abrir el ejemplar existe otra anotación a mano fechada en 1894), ha escrito con una ortografía catalana anterior a Pompeu Fabra: “Es prohibit. Tirénlo al foch”. Por fortuna nadie cumplió tal orden y el ejemplar no acabó en la hoguera. Quien la dio, sin embargo, mucho nos tememos que creía que el hugonote Guizot ya estaba ardiendo, eterna y merecidamente, en las llamas del infierno.

[1] Librería de Victoriano Suárez, Madrid, 1921. Cito según edición moderna a cargo de Francisco Trinidad, Ayuntamiento de Laviana, Laviana, 2005, pp. 300-301.

[2] Número 16, 2014/2, pp. 87-109.

[3] Josep Fontana, ‘La historiografía española del siglo XIX: un siglo de renovación entre dos rupturas’, en Santiago Castillo (coord.), La Historia Social en España. Actualidad y perspectivas. Siglo Veintiuno de España, Madrid, 1991, p. 326.

[4] Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España de la Histoire de la civilisation de Guizot’, en Jean-René Aymes y Javier Fernández Sebastián (eds.), L’image de la France en Espagne (1808-1850), Universidad del País Vasco, Bilbao, 1997, pp. 127-149.

[5] Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España…”, pp. 132 (n) y 134.

[6] Revista de Madrid, Segunda serie, Tomo II, pp. 531-539.

[7] Juan Ignacio Marcuello Benedicto, ‘La libertad de imprenta y su marco legal en la España liberal’, Ayer, 34 (1999), pp. 69 i 72-73.

[8] Fermín Gonzalo Morón, Colección de obras escritas por Don Fermín Gonzalo Morón, durante su supuesta locura en Inglaterra, Francia y España, Imprenta de Severiano M. Montero, Madrid, 1852, “Tomo I, pp. 109-110. El bibliógrafo francés Georges le Gentil, por su parte, en su obra Les revues littéraires de l’Espagne pendant la première moitié du XIXe siècle, Hachette, París, 1909, pp.101-102, calificó a esta revista de “modérée en littérature comme en politique”.

[9] Pp. 287-311 y 383-394

[10] He optado por mantener en su forma castellana —ya que este trabajo está escrito en castellano— los antropónimos catalanes y valencianos de la época. Por más que a Balmes, por poner un ejemplo, le llamaran Jaume en su casa y en cualquier otro lugar de Cataluña, en las publicaciones siempre aparecía como Jaime.

[11] Jordi Rubió i Balaguer, ‘Bergnes de las Casas’, en Obres de Jordi Rubió i Balaguer VII. Il·lustració i Renaixença, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, 1989, p. 54 (n). Este texto se publicó por primera vez en 1947.

[12] P. VIII.

[13] Jordi Rubió i Balaguer, ‘Bergnes de las Casas’, p. 54 (n).

[14] Hay, al menos, una chilena, la Historia jeneral de la civilización en Europa o curso de historia moderna desde la caída del Imperio romano hasta la revolución de Francia, editada en Santiago de Chile por la Imprenta del Ferrocarril en 1860.

[15] María Cruz Mina, ‘La “inopinable” opinión pública de los doctrinarios’, Historia Contemporánea, 27 (2003), p. 695. También Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España…’, p. 143.

[16] Manuel Bruña Cuevas, ‘Un diccionario bilingüe enciclopédico (Ramón Joaquín Domínguez, 1845-1846)’, en María Jesús Salinero Cascante e Ignacio Iñarrea las heras (coord.), El texto como encrucijada. Estudios franceses y francófonos. Universidad de la Rioja, Logroño, 2003, vol. II, p. 283.

[17] Ramón Joaquín Domínguez: Diccionario nacional, o gran diccionario clásico de la lengua española. Tomo I, Establecimiento Léxico-Tipográfico de R. J. Domínguez, Madrid, 1846, p. 905. He modernizado la ortografía —excepto antropónimos y topónimos— en todas las citas de obras decimonónicas.

[18] Marcelino Menéndez Pelayo, ‘Dos palabras sobre el centenario de Balmes. Discurso leído en la sesión de clausura del Congreso Internacional de Apologética, el día 11 de septiembre de 1910’. En Ensayos de crítica filosófica, Librería general de Victoriano Suárez, Madrid, 1918, p. 370.

[19] Cit. por Jesús A. Martínez Martín, Lectura y lectores en el Madrid del siglo XIX, Madrid, 1992, CSIC, p. 348.

[20] Domingo F. Sarmiento, Viajes en Europa, África y América. Imprenta de Mayo, Buenos Aires, 1854, pp. 233-234.

[21] Jesús A. Martínez Martín, Lectura y lectores…, pp. 343-345.

[22] La novela de un novelista, pp. 299-300.

[23] Mariano José De Larra, ‘De las traducciones’, en Obras completas de Fígaro, Imprenta de Yenes, Madrid, 1843, tomo III, pp. 118-119.

[24] Josep Fontana, ‘La historiografía española del siglo XIX…’, p. 326 (n).

[25] Marcelino Menéndez Pelayo, ‘Dos palabras…’, p. 370.

[26] José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente Monge, ‘La evolución del relato histórico’, en José Álvarez Junco (coord.), La historia de España. Visiones del pasado y construcción de identidad, Marcial Pons, Madrid, 2013, p. 285.

[27] Juan Sisinio Pérez Garzón, ‘Los historiadores en la política española’, en Usos públicos de la Historia ed. de Juan José Carreras y Carlos Forcadell, p. 114.

[28] Sus cuatro tomos se publicaron en Barcelona, por la Librería de Juan Gili, entre 1900 y 1911.

[29] José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente Monge, ‘La evolución del relato histórico’, p. 285. Pedro José Chacón Delgado, ‘El concepto de historia en España (1750-1850)’, Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, nº 17 (2007), pp. 187-211, p. 207.

[30] Joaquín Ruiz Alemán, ‘El Espíritu del Siglo y el justo medio del liberalismo español’, Monteagudo, Vol. 77 (1982), p. 11.

[31] Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España…’, p. 136.

[32] Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia, un ami oublié de Quintana (notes bio-bibliographiques’, en Mélanges offerts à Albert Dérozier, Annales littéraires de l’Université de Besançon, Besançon, 1994, pp. 45-81.

[33] Conde De Toreno, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España , Librería Europea de Baudry, París, 1838, tomo segundo, p. 246.

[34] José Antonio Bernaldo De Quirós Mateo, ‘Eugenio de Tapia en prisión. Un episodio de la represión de 1814’, Espéculo. Revista de estudios literarios, 19, 2001, http://www.ucm.es.info/especulo/numero19.html.html. Este historiador es autor también de El escritor Eugenio de Tapia: un liberal del siglo XIX. Caja de Ahorros, Ávila, 2003.

[35] P. 3 del tomo I.

[36] Ver estas expresiones, por ejemplo, en la p. 371 del tomo IV.

[37] Pp. 400-401 del tomo IV.

[38] Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia…’, p. 81.

[39] Pp. 3-4 del tomo I.

[40] P. 12 del tomo I.

[41] Americo Castro, Sobre el nombre y el quién de los españoles, Sarpe, Madrid, 1985, p. 269.

[42] Pp. 130-131 del tomo III.

[43] Pp. 34, 36 (n) y 63 del tomo I. Pp. 8, 35, 36 y 232 del tomo II. P. 72 del tomo III. Y p. 8 del tomo IV.

[44] Pp. 34 del tomo I, 8 del tomo II y 63 del tomo I, respectivamente.

[45] Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia…’, p. 75.

[46] Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia…’, p. 69.

[47] Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España…’, p. 131.

[48] P. 200 del tomo I.

[49] Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia…’, p. 81.

[50] Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia…’, p. 71.

[51] Rafael Altamira, Proceso histórico de la historiografía humana, El Colegio de México, México, 1948, p. 111. Cit. por Claude Morange, ‘Eugenio de Tapia…’, p. 80.

[52] Revista de España y del Extranjero, t. I (1842), p. 266. Cit. también por Frank Baasner, ‘El crítico literario Fermín Gonzalo Morón en el contexto de los años cuarenta’, en Del Romanticismo al Realismo: Actas del I Coloquio de la Sociedad de Literatura Española del Siglo XIX (Barcelona, 24-26 de octubre de 1996), edición a cargo de Luis F. Díaz Larios y Enrique Miralles, Barcelona, Universitat, 1998, pp. 75-87. Disponible on-line en www.biblioteca.org.ar/libros/154058.pdf, p. 3 de esta edición digital.

[53] La autobiografía llega hasta 1851 y está escrita entre el 23 y el 26 de noviembre de 1851 —aunque el capítulo final no está datado— en la Kenssingthon Housse of Madness (sic). Se titula, impropiamente, ‘La gran exhibición de Londres y viaje por Francia e Inglaterra’, y fue publicada en el primer tomo de la Colección de obras escritas por Don Fermín Gonzalo Morón…, ya citada, pp. 81-136.

[54] Colección de obras escritas por Don Fermín Gonzalo Morón…, p. 104.

[55] Ya hace más de cien años, en 1909, el bibliógrafo Georges Le Gentil señaló que Morón “met l’histoire au service de la politique” y que, según él, parte de los males de la hora presente proceden de que se ignora el pasado de la nación. Les revues littéraires de l’Espagne…, p. 119.

[56] La recensión apareció en la Revista de Madrid, 2ª época tomo I (1843), pp. 190-264. Fue recogida después en el tomo tercero de las Obras de Don Juan Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas. Ordenadas y precedidas de una noticia biográfica por Don Gavino Tejado, Imprenta de Tejado, Madrid, 1854, pp. 5-25, que es donde la hemos consultado. Sobre el concepto de “historia de la civilización” Donoso dice que “se concibe muy bien que a la relación de los acontecimientos políticos de un pueblo se le dé el nombre de historia política; que a la relación de las vicisitudes de su literatura se le dé el nombre de historia literaria; pero lo que no se concibe es, que a la relación de todos los fenómenos de su vida se le dé el nombre de historia de su civilización; porque si esa no es su historia por excelencia, ¿cuál es esa historia?”. P. 6, las cursivas, en el original. La recomendación de la lectura, en la p. 25.

[57] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, BAC, Madrid, 2000, t. II, p. 861.

[58] P. 8.

[59] P. 9.

[60] Pp. 9-10.

[61] P. 22.

[62] Pp. 25-26.

[63] P. 59.

[64] Pp. 76-77.

[65] Pp. 81-82.

[66] Pp. 82-83.

[67] Pp. 74-75. Y p. 97 de la primera parte de nuestro trabajo.

[68] P. 84.

[69] P. 187.

[70] ‘El crítico literario Fermín Gonzalo Morón…’, p. 1 de la edición digital citada.

[71] Domingo F. Sarmiento, Viajes por Europa, África y América, pp. 234-235.

[72] Manuel De Puelles Benítez, Educación e ideología en la España contemporánea, Labor, Barcelona, 1980, p. 118 y ss. Julio Ruiz Berrio, ‘El Plan Pidal de 1845: Los institutos públicos, dinamizadores de las capitales de provincia’. CEE Participación Educativa, 7 (2008), pp. 28-38.

[73] Esta “advertencia” consta de dos páginas que no van numeradas.

[74] P. 274

[75] Pp. 25-26.

[76] Pp. 286-287.

[77] Ignacio Peiró Martín y Gonzalo Pasamar Alzuria, Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal, Madrid, 2002, pp. 204-205.

[78] Manuel Jorba I Jorba, ‘Els Jocs Florals”, en Joaquim Molas (director), Historia de la literatura catalana, part moderna, volum VII, Ariel, Barcelona, 1986, pp. 123-151.

[79] Josep Fontana, ‘La historiografía española del siglo XIX’, p. 326.

[80] Ignacio Peiró Martín y Gonzalo Pasamar Alzuria, Diccionario Akal…, p. 204

[81] Juan Cortada, Lecciones de historia de España, Brusi, Barcelona, 1846, p. 11.

[82] Juan Cortada, Lecciones de historia de España, pp. 11-12.

[83] Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España…’, pp. 129 y 131.

[84] Juan Cortada, Lecciones de historia de España, p..15.

[85] P. 18.

[86] Eugenio De Tapia, Historia de la civilización, I, pp. 4-5.

[87] P. 5.

[88] P. 6.

[89] Pp. 7-8.

[90] Por ejemplo, en la edición de 1869 (5ª), publicada en Barcelona por Tomás Gorchs, p. 3.

[91] María De Las Nieves Muñiz Muñiz, ‘Ensayo de un catálogo de las traducciones españolas de obras literarias italianas en el siglo XIX’, Quaderns de Filologia. EstudisLingüístics, Vol. VIII (2003), p. 137.

[92] Pp. 8-9.

[93] P. 9.

[94] P. 10.

[95] P. 12.

[96] ‘Dos palabras…’, p. 356.

[97] ‘Dos palabras… ‘, p. 360.

[98] Josep Maria Fradera, Cultura nacional en una sociedad dividida. Cataluña 1838-1868, Marcial Pons, Madrid, 2003, p. 298(n).

[99] El subtítulo de la publicación era Revista religiosa, filosófica, política y literaria de Barcelona. El primer tomo, que es el que citamos, salió de la imprenta de Brusi en 1841. El artículo de Balmes, en las pp. 3-13; el de Roca, en las pp. 13-23.

[100] María Arroyo Cabello, ‘El debate político decimonónico en la periodística de Jaume Balmes’, Historia y Comunicación Social, 14 (2009), pp. 114-115. José Álvarez Junco, Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Taurus, Madrid, 2001, p. 408.

[101] ‘Jaume Balmes, lector crític de la Revolució francesa’, Ausa, XIV, 124 (1990), pp. 73-74.

[102] Jaime Balmes, Escritos póstumos, Imprenta de A. Brusi, Barcelona, 1850,p. 29.

[103] Un escrito reciente y muy interesante es el del profesor Antonio Rivera García que sirve de Introducción a la edición digital del primer tomo de El protestantismo comparado con el catolicismo realizada por la Biblioteca Saavedra Fajardo. El texto se titula ‘Revolución y libre examen’ y está accesible en www.saavedrafajardo.org/archivos/NOTAS/RES0061.pdf.

[104] Jacques Gadille, ‘Les critiques du concept de civilisation chrétienne chez Guizot au XIXe siècle‘, Bulletin de la SHPF, 122/5 (1976), pp. 333-334. La traducción, mía.

[105]A. de Blanche-Raffin, Jacques Balmes. Sa vie et ses ouvrages, Sagnier& Bray, París, 1849, pp. 149-150. La traducción, mía.

[106] T. I, pp. 39-41.

[107] T. I, p. 14.

[108] Antonio Rivera García, ‘Revolución y libre examen’, p. 9.

[109] Joaquín Varela Suanzes, ‘¿Qué ocurrió con la ciencia del Derecho Constitucional en la España del siglo XIX?’, Boletín de la Facultad de Derecho, 14 (1999), p. 109.

[110] Pablo Jiménez, ‘La reacción contra la historia. Donoso Cortés y Carl Schmitt’, en Miguel Ángel Ruiz Carnicer y Carmen Frías Corredor (coords.), Nuevas tendencias historiográficas e historia social en España: actas del II Congreso de Historia Local de Aragón (Huesca, 7 al 9 de julio de 1999. Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 2001, p. 403.

[111] Diario de las Sesiones del Congreso de los Diputados. Legislatura de 1848 a 1848, Tomo I, Imprenta nacional, Madrid, 1849, p 87.

[112] Tomo tercero de las Obras de Don Juan Donoso Cortés…, pp. 322 y 324.

[113] Javier Fernández Sebastián, ‘La recepción en España…’, p. 143.

[114] Pablo Jiménez, ‘La reacción contra la historia…’, p. 407.

[115] Pp. 95-96 de la primera edición de 1851.

[116] P. 97.

[117] Marcelino Menéndez Pelayo, ‘Dos palabras…’, p. 358.

[118] ‘La recepción en España…’, p. 144(n).

[119] Cit. según Juan María Sánchez Prieto, El imaginario vasco: representaciones de una conciencia histórica, nacional y política en el escenario europeo, 1833-1876, Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona, 1993, p. 245.

[120] Jacques Gadille, ‘Les critiques du concept de civilisation…’, p. 334.

[121] François Guizot, Historia de la civilización en Europa. Alianza Editorial, Madrid, 1972 (3ª edición), pp. 14-15.

[122] En el portal http://books.google.es.

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