La casa de hojas

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MARK Z. DANIELEWSKI, La casa de hojas, edición de Ana S. Pareja, traducción de Javier Calvo, maquetación de Robert Juan Cantavella, Alpha Decay, Barcelona; Pálido Fuego, Málaga, 2013, 709 pp., ISBN 978-84-92837-46-5.

En cada libro hay un autor y de cada lector sale un nuevo libro. Atrapados, o mejor arropados, por la historia narrada (“Todos creamos historias para protegernos”), los lectores vamos abriéndonos camino entre las líneas para llegar al corazón de cada personaje, a los rincones de sus paisajes, al infinito de sus deseos.

Mark Z. Danielewski no es sólo autor de La casa de hojas, también es su arquitecto y nos deja a nosotros la tarea de construir una casa levantada sobre palabras. Siempre he pensado que hay una intención en la manera en que el libro es editado para que los lectores nos acerquemos a la lectura de una manera u otra, siendo activos intérpretes, pero con este libro no sólo interpretamos sino que principalmente construimos. El papel del lector es sumamente activo y el modo en que las líneas se van sucediendo obliga a seguir la historia según la voluntad del autor, no sólo a través de las palabras, sino también a través de la manera en que están dispuestas sobre el papel. A la vez que estamos leyendo aquello que nos ha querido contar, lo estamos leyendo del modo que quiere que lo leamos para hacernos más próximos todos los acontecimientos: si el protagonista se adentra reptando por un túnel oscuro, las páginas del libro se oscurecen y las líneas giran a su alrededor obligándonos a reptar también y no de manera figurada, sino girando el propio libro para poder seguir la lectura.

Sin un ejercicio tan extraordinario de maquetación y de edición como el que han hecho Robert Juan Cantavella y Ana S. Pareja en La casa de hojas de Danielewski, para las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego, es imposible alcanzar y llegar a reproducir los sentimientos y las emociones que el autor ha creado con esta historia que comienza en la cotidianidad de las cuatro paredes de una casa para adentrarse en una aventura de exploradores que descubren los múltiples paisajes de la naturaleza humana: las líneas son paredes, los márgenes pasillos, la caja una ventana oscura, las notas habitaciones, el relato… una aventura.

Todo el libro es un laberinto; en su relato, en su maqueta, en su intención: “estamos metidos en un laberinto… deseando asomarnos al siguiente corte con la esperanza de encontrar una solución, un centro, un sentido de la totalidad [que] se disuelve en forma de ambigüedades caóticas”. La arquitectura de la maquetación pretende embarcarnos en una excursión a través de un laberinto por el que leemos, transitamos y, sin remedio, nos vemos absorbidos. La lectura se vuelve laberíntica no por el sentido de las palabras, sino por el sentido de las líneas. Aquí cobra importancia el libro como objeto: la disposición y las formas del libro pe-

san más sobre las lecturas que la propia lectura de la palabra. Vamos leyendo de la misma forma que deambulamos por una casa: véase la nota 114 que se inscribe en unas ventanas en medio de la página, como un pasillo que recorre de punta a punta una casa: si nos adentramos por el pasillo (si leemos la nota) dejamos de entrar en el resto de habitaciones que conforman la casa (dejamos de leer el resto de pasajes) y hemos de regresar para introducirnos en aquellas habitaciones que hemos dejado atrás.

Estamos leyendo de la misma manera que estamos andando: no es baladí la arquitectura del libro, pero el libro no se agota en ella, en el proyecto o en la forma, sino que el relato persigue mostrar y desentrañar la intrincada naturaleza humana y de cada uno de los personajes obtiene Danielewski cada una de las miradas que arrojamos a todo lo que nos rodea, con la esperanza de recuperar un haz de luz que nos devuelva la esperanza: “he aquí mi oscuridad, por fin. Sin grito alguno de luz, sin resplandor trémulo, sin siquiera la más débil esquirla de esperanza para romper la presa”.

La dicotomía entre la luz y la oscuridad (“la oscuridad que sigue está muy cerca de representar esa sensación de pérdida que casi siempre se experimenta al desaparecer la luz”), entre el orden y el caos, entre la confusión y la clarividencia, reincide a lo largo de muchos pasajes y es presente en diversas escenas, siempre como motivo para la aventura que supone la búsqueda del conocimiento. Porque “la oscuridad no se puede recordar” y “la oscuridad nunca satisface”, debemos alcanzar el conocimiento para abarcar el mundo y hacerlo nuestro. Es preciso estar alerta: sin ansiedad por lo desconocido el mundo reduce sus dimensiones a lo cotidiano, dejamos de ser más allá de lo que nos rodea. Sin embargo, el afán de conocimiento devuelve el tamaño real al mundo y despeja la ilusión de la aldea global de McLujan, porque lo desconocido agranda nuestro espacio, haciendo imprescindible la exploración y la aventura.

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski es un libro de aventuras con un héroe enredado en su propio laberinto que, desesperado ante la pérdida, busca encontrarse desde lo desconocido que hay en él y en aquellos que le rodean, sin mentar un más allá inexistente (“cualquier idiota puede rezar”) desde el conocimiento, que es el objetivo de todo su esfuerzo y desde el cual igualmente avanza. Así cabe entender la escena en que Navidson, el protagonista, en medio de la oscuridad del laberinto en el que ha sido absorbido, lee a la luz de las llamas que consumen las páginas ya leídas de un libro que entre sus manos va desapareciendo para, desde ese momento, ser para siempre patrimonio indeleble.

Este libro lleno de rincones es como una casa en venta que recorremos con pausa por primera vez después de haberla adquirido, asombrándonos de cada huella allí impresa, imaginando los cuerpos que la crearon. Y como la casa en venta, este libro se hace entrañable al habitarlo y cada lector vamos dejando en cada línea nuestro rastro y nuestro rostro. A través de las líneas así montadas he podido vislumbrar el trato que el autor y los editores han querido dar al libro que, como objeto, alcanza un nuevo valor porque parece imprescindible encerrar esta historia de hombres en un laberinto hecho por hombres y ver que “sus cuerpos han reparado lo que las palabras no se atrevieron”.

 

José V. Garibo

 

 

 

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