JUAN CRISÓSTOMO

ANDRIUS VALEVICIUS
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Resumen: El autor realiza una presentación sintética de una de las figuras más decisivas de la historia de la Iglesia católica. Juan Crisóstomo fue obispo de Constantinopla. Contribuyó a convertir a la capital en un patriarcado de la Iglesia. Crisóstomo comenzó en la Iglesia por una vía muy distinta a la que lo convertiría en uno de sus pilares. Es ampliamente conocido por sus dotes oratorias, de lo que dan cuenta sus Homilías y múltiples escritos religiosos y teológico-pastorales, dotes que adquirió antes de convertirse plenamente al cristianismo. Su conversión fue madurada gracias a su vida monástica antes de convertirse en diácono y posteriormente en sacerdote en su ciudad natal, Antioquía. Ejerció como obispo de Constantinopla por designación de Melecio y llegó a ser una figura clave del desarrollo político y económico de la Iglesia, faceta que compaginó a la perfección con la del liderazgo espiritual y moral del pueblo cristiano.

Abstract: The author makes a brief presentation of one of the most decisive figures in the history of the Catholic Church. John Chrysostom was bishop of Constantinople. It helped to make the capital in a patriarchy of the church. Chrysostom began in the Church by a very different path to that which would make him one of its pillars. It is widely known for his oratorical skills, which is evident in his homilies and multiple religious and theological-pastoral writings, skills which he acquired before fully converting to Christianity. His conversion was matured thanks to monastic life before becoming a deacon and then a priest in his hometown, Antioch. He served as bishop of Constantinople by the designation of Meletius and became a key figure in the political and economic development of the Church, a facet that he combined perfectly with the spiritual and moral leadership of the Christian people.

 

Palabras clave: San Juan Crisóstomo, Iglesia, Constantinopla, patriarcado.

Keywords: St. John Chrysostom, Church, Constantinple, patriarchy.

San Juan Crisóstomo ha conocido días de gloria. Sus homilías han sido reproducidas en numerosas ediciones posteriores al siglo XVI. En francés se dispone de tres traducciones de sus obras, las cuales datan del año 1860, a cargo de Jeanin, Joly y Bareille. Su popularidad y su importancia se ha debido a tres traductores que cargaron sobre sí el inmenso trabajo de traducir los trece tomos de la Edición de Montfaucon de forma simultánea. En el siglo XIX se hicieron traducciones al inglés y también al ruso. Por ello, es un misterio el enorme descenso de la popularidad que había aumentado en Occidente en el siglo XX. Digo “Occidente” porque en el mundo cristiano ortodoxo Juan Crisóstomo no ha cesado jamás de gozar de popularidad e incluso se le venera como el primero entre los Padres de la Iglesia.

Por descontado, las nuevas corrientes teológicas de posguerra han vuelto más nuestra atención sobre cuestiones de actualidad y sobre la Iglesia en el mundo de hoy en día. Ha sido, ciertamente, una renovación

patrística, y con el descubrimiento de numerosos Padres tales como Gregorio de Nicea, Orígenes, Ireneo de León y otros, Juan Crisóstomo ha dejado de ser el primero de ellos. Todavía no hay una edición crítica de sus obras, a excepción de algunos textos contenidos en las Fuentes Cristianas.

A expensas de la productividad de la investigación y de la publicación sobre patrística, el porcentaje de trabajos dedicados a él es bastante restringido, a pesar de que, cuando uno lo toma en sus manos y comienza a leerlo, percibe inmediatamente que es uno de los escasos Padres cuyos textos se leen muy bien, incluso hoy en día. En la Thesaurus Linguae Graecae (TLG) es el autor griego clásico más voluminoso. Entonces, ¿a qué se debe el descenso de su popularidad? ¿Por qué se lo ha dejado de leer en el siglo XX?

He hecho notar al principio que, hoy por hoy, goza de una reputación que no es demasiado brillante. Los filólogos quizá lo continúan admirando a causa del estilo perfecto de su lengua; los historiadores lo admiran también por su cualidad de cronista de la vida en el siglo IV; pero los teólogos de la Iglesia occidental no lo conocen. Porque ya en el primer párrafo de los capítulos biográficos le quitan toda gloria. En su obra clásica Los Padres Griegos, Hans Von Campenhausen comienza con un capítulo sobre Juan Crisóstomo. Allí señala: “Sin embargo, para poder tener el cargo (de obispo), no es suficiente con disponer de cualidades espirituales de predicador y de sacerdote; es menester, asimismo, lucidez política y habilidad diplomática, talentos que Crisóstomo no poseía” (p. 162).

Además, Juan se ha ganado la reputación de ser un moralista o, peor todavía, un moralizador. Aquello, en el espíritu de las personas que no conocen a san Juan, quiere decir que solo habla del pecado. Pero esto es falso. Juan habla de la vida real. Al tomar una de sus homilías, no importa cuál, lo percibimos inmediatamente.

San Juan es un retórico genial. Con el paso del tiempo la retórica ha caído en desuso. Uno asocia la palabra “retórica” con una cierta deshonestidad o falta de sinceridad. Ésta es otra idea falsa. La retórica es el arte de argumentar y san Juan ha servido como modelo para numerosos predicadores, y puede continuar sirviendo como modelo incluso hoy. No obstante, al menos en francés, los traductores no han sido fieles a la riqueza del texto griego, debido a que lo encuentran quizá  demasiado fuerte y endulzado, lo cual  banaliza la obra de Juan. Por ejemplo: Bareille tradujo un extracto de la primera homilía al pueblo de Antioquía. Dice así:

A aquel que blasfeme el santo nombre de Dios hay que reprenderlo; si la palabra no es suficiente no tenga miedo de emplear medios más enérgicos, como golpear la cara o herir la boca impía; si apela a la justicia y quiere llevarlo ante los tribunales, no dude en hacerlo; y si el juez le amenaza con condenarlo e imponerle una pena, debe decir sin dudarlo que este hombre ha blasfemado contra el Rey de los ángeles (Homilías al pueblo de Antioquía, 1. 11).

La afirmación “si la palabra no es suficiente no tenga miedo de emplear medios más enérgicos” no figura en el original como tal. Más bien dice: “y si hay que dar golpes, no se niegue a hacerlo” (κάν πληγàς έπιθεΐναι δέή, μή παραιτήση). Y, después de decir “golpear la cara o herir la boca”, Juan señala: “tu mano será santificada con tales golpes” (άγίασον σον τήν χεΐρα δία τήςπληγής), expresión que el traductor ha escogido omitir completamente.

Juan Crisóstomo nació en Antioquía en el año 349. Frecuentó el colegio clásico y recibió una sólida formación bajo la dirección de Libanio. Se preparó para hacer carrera en la función pública pero después del bautismo, el cual recibió a la edad de 18 años, escogió vivir como un monje durante su estancia en la casa de su madre. ¿A qué se debe este repentino cambio? Algunos investigadores sostienen que su carrera habría sido bloqueada en ese momento en la medida en que era niceno y la época del Emperador estaba más bien dominada por los arrianos.

La Iglesia de Antioquía estuvo tentada de ordenarlo sacerdote en 370 o 371 y fue en este momento cuando huyó a las montañas. La vida en el centro de la ciudad no era demasiado rigurosa para él y parece que tuvo dificultades para controlar su despertante sexualidad. En su tratado sobre el sacerdocio, admite que tuvo frecuentes encuentros con mujeres. Pero es también posible que, por una razón u otra, su credibilidad hubiera descendido notablemente y, en consecuencia, quisiera simplemente marcharse de la comunidad cristiana de Antioquía.

En las montañas encontró a un maestro, un viejo sirenio con el cual pasó cuatro años aprendiendo a luchar contra las pasiones. Vivía en comunidad. Al comienzo, se lamentaba de la calidad de los alimentos. Antes había gozado de una vida burguesa, y encontró que la vida como monje contenía todavía más distracciones y preocupaciones mundanas. Tras los cuatro años de vida comunitaria Juan se convierte en ermitaño y vive dos años prácticamente en la austeridad. Durante todo este tiempo apenas pudo dormir. Nunca durmió de día ni de noche. Su única actividad consistía en memorizar las páginas de las Escrituras. Ello le permitió adquirir gran conocimiento de las mismas, pero le provocó problemas en los riñones y arruinó completamente su aparato digestivo. Durante toda su vida sufrió, asimismo, insomnio, sensibilidad al frío y una alta presión sanguínea.

Todo esto nos parece hoy en día extravagante, pero fue algo normal en el ascetismo sirio. Privarse del sueño, el más dulce de los tiranos, era muy valorado en la época.

La práctica que aún sigue vigente (la estasis) estuvo de moda durante la segunda mitad del siglo cuarto y la primera mitad del siglo quinto. La lógica que subyace a ella no es otra que la que afirma que un esclavo nunca se sienta —y, especialmente, nunca se pone— delante de su Señor.

Cuando su salud había sufrido lo suficiente, regresó a la ciudad. Continuó, no obstante, viviendo como un monje durante toda su vida.

En 378, se convirtió en lector bajo el obispo Melecio y después en diácono bajo el obispo Flaviano. Entre sus obligaciones como diácono se encuentra la de la liturgia y la de asegurarse de que quienes no habían sido bautizados salieran de la iglesia antes del rito de la consagración y de impedir el acceso a la comunión a los flagrantes pecadores. En una instrucción a los diáconos, Juan escribe que “debéis incluso arrestar a  un general del imperio. Vuestra autoridad es más grande que la suya” (PG 58, 744).

Además de la Iglesia, Juan Crisóstomo se ocupaba de los pobres, los enfermos, los demoniacos, las viudas, los huérfanos y los cristianos en prisión. La descripción de todo esto en sus homilías y en sus escritos es de gran valor para poder representarnos la vida en el siglo cuarto. En esta época escribió su Tratado sobre la virginidad, Contra las cohibiciones sospechosas y Contra los adversarios de la vida monástica. Después de su actividad como escritor no se podía prescindir de Juan en el seno de la Iglesia. Como diácono, no tenía derecho a predicar, pero Flaviano lo ordenó sacerdote en 386 y es a partir de este momento cuando comienza a granjearse su reputación de gran predicador. Tenía treinta y siete años y se encontraba en la cumbre de sus fuerzas intelectuales y espirituales. Su iglesia estaba a rebosar todos los días. Quienes asistían a ella procedían de todas las clases sociales: los ricos urbanos, los artesanos y mercaderes e incluso los campesinos de las montañas que bajaban al pueblo para escucharle. Como estos últimos no comprendían el griego, se quedaban en un rincón de la iglesia en el que había un intérprete que realizaba la traducción simultánea. Juan predicaba improvisando; no tenía notas en las que basarse. Los estenógrafos anotaban todo lo que él decía y él mismo realizaba una revisión de los textos antes de su publicación. Sabemos que predicaba de esta manera porque sus homilías están llenas de referencias a la meteorología, a los aplausos e incluso de advertencias contra los carteristas.

Su exégesis de las Escrituras era simple y comprensible para todos. Prefería la interpretación literal a los métodos de análisis alegórico. Pero, en sus críticas, parece que actuaba sin escrúpulos y con gran severidad. Sus homilías contra los judíos contienen gran violencia. En la actualidad, se ha acusado a Juan de haber sido antisemita y de ser en gran parte responsable del antisemitismo entre los cristianos a lo largo de la historia. Pero, en realidad, Juan no hacía más que repetir las mismas tesis contra los judíos que todos decían en su época; la diferencia radicaba en que él lo hacía con un gran talento oratorio. La prueba de que no es verdaderamente antisemita es que muchos años después, cuando se exilió en Constantinopla, los judíos se encontraban entre sus simpatizantes.

En 387 Juan pronunció una serie de homilías en la Cuaresma Al pueblo de Antioquía o Sobre las estatuas. Una revuelta popular que reaccionaba contra la imposición de las nuevas tasas excesivamente altas volcó las estatuas del emperador y de su familia. El ejército tomó el control de la ciudad. Los consejeros municipales fueron arrestados; los teatros, los hipódromos y los baños fueron arrendados. El bienestar social (el alimento) no se dio a los pobres. Las fábricas fueron también arrendadas. La población esperaba con gran temor la catástrofe. Teodosio tenía un temperamento violento. Después de un levantamiento popular en 390 en Tesalonia no dudó en masacrar a miles de ciudadanos.

 En las veintiuna homilías al pueblo de Antioquía, Juan hizo una gran defensa del imperio, de sus estructuras y de sus exigencias, así como de la magnanimidad del emperador. Exhortó al pueblo a respetar el poder imperial. Al mismo tiempo estas homilías constituyen una defensa del pueblo de Antioquía. Señala que los ciudadanos de Antioquía no son los responsables de las desgracias y los daños, sino que lo son las etnias, los numerosos extranjeros e inmigrantes que se instalaron en la gran ciudad en busca de una nueva vida. Los culpa a pesar de que, probablemente, no lo creía. El emperador perdonó a la ciudad los severos castigos y Juan convenció al pueblo de hacer acción de gracias a Dios por la liberación. Después de que pronunciara veintiuna homilías, la reputación de Juan rebasó los límites de Siria. Atrajo la atención de los poderes de la capital, Constantinopla. Consideraron a Juan como el maestro par excellence del sermón político.

También, a partir de 387 Juan comenzó a escribir Sobre la educación de los niños, un documento único sobre el sistema de educación del siglo IV. En 387, comenzará sus proyectos más ambiciosos: sus homilías sobre la Escritura; sesenta y siete homilías sobre el libro del Génesis; cincuenta y ocho explicaciones sobre el libro de los Salmos; cuatro homilías sobre Isaías 6; noventa homilías sobre el evangelio según Mateo; veintiocho homilías sobre el evangelio según Juan; treinta y dos homilías sobre la Carta a los Romanos; catorce homilías sobre la primera Carta a los Corintios; treinta homilías sobre la segunda Carta a los Corintios, así como un máximo de veinticuatro homilías sobre la Carta a los Efesios. En todas estas homilías Juan no cesa de abordar los problemas de hoy, prestando atención a las catástrofes naturales, a los bárbaros,  al matrimonio y a la vida familiar. Sus observaciones cambiaron mucho después de ser ordenado sacerdote y componer su tratado sobre la virginidad. Critica el teatro —es decir, los clubes de striptease de la época—, el lujo, los festivales de libertinaje y la risa vacía —que se mantienen hoy día—, y atacó la pereza y la corrupción del clero.

En octubre de 397, Juan recibió la orden de presentarse en las puertas de la ciudad de Antioquía. Se le llevó a Bagras, a una distancia de 25 kilómetros y la primera estación en camino hacia Tarso. El gobernador le informó de que se le llevaría a Constantinopla, a mil doscientos kilómetros de distancia, para convertirlo en obispo de la capital del Imperio romano. La cuestión más interesante que se puede plantear es: ¿Por qué se eligió a este sencillo sacerdote de la provincia, y no a un gran noble de nacimiento, un hombre rico, para convertirse en obispo de la capital, la más importante diócesis del Imperio romano? Hasta ahora, los historiadores han insistido siempre en la santidad de Juan y en su talento de gran predicador, que sugiere que los poderes de la capital compartían las mismas preocupaciones pastorales que Juan y que Juan mismo no se ocupó más que del establecimiento de un orden evangélico perfecto en la sociedad. Como ha dicho Von Campenhausen, Crisóstomo no poseía los talentos de “la lucidez política y la habilidad administrativa”.

No podemos considerar ahora todas las intrigas que existían en Constantinopla en 387, pero sí, al menos, presentaremos a algunos de los personajes. Arcadio es el emperador. Es un hombre muy simple de espíritu. Es un cristiano devoto. Su mujer, Eudoxia, es la emperatriz, y tiene características opuestas a las de su marido: es fuerte e inteligente. Es la hija de un emperador bárbaro llamado Bautos, y siempre mantuvo sus cualidades de bárbara. Es muy bella, ambiciosa, amante de las intrigas. Tiene un amante y es una cristiana ferviente y supersticiosa. Ella y su marido son vecinos de Juan. El palacio imperial se encuentra al lado de la catedral. Durante mucho tiempo se creyó que ella, cristiana devota, había escogido a Juan como obispo, pero ahora la mayoría piensa que estuvo en su contra.

El siguiente personaje es Eutropio. Eunuco, castrado en la infancia y vendido como esclavo, abusado, consiguió la libertad en 379 y se convirtió en el primer consejero del emperador, gracias a lo cual pudo controlar el Imperio. En una lucha con Teófilo, obispo de Alejandría, quien aspiraba al trono de Constantinopla, Eutropio escogió a Juan para frenar el avance de Gainas, el general bárbaro godo de la armada romana que amenazaba con tomar Constantinopla, y después el poder y el control del Imperio. Gainas formó parte de la facción arriana contra los godos. Eutropio creía que Juan, capaz retórico y niceano con gran fuerza, podía neutralizar la facción arriana y, posteriormente, debilitar la autoridad de Gainas. Eutropio no podía escoger a Teófilo, quien aspiraba al cargo mencionado, porque lo veía como un intrigante que quería incorporarse a la política de Constantinopla. Así pues, no fue el contenido espiritual de las homilías de Juan lo que más impresión causó a Eutropio, sino más bien su capacidad de persuasión.

En último lugar, cabe mencionar a la diaconisa Olimpia, una de las mujeres más ricas del mundo. Construyó un convento junto a la catedral y se convirtió en la mejor amiga de Juan. Él era el único hombre que podía entrar al convento. Juan se convirtió en su director espiritual y ella se ocupaba del cuidado del hogar de Juan.

En ocasiones se apela a Juan el Patriarca de Constantinopla, pero esta referencia no es exacta. La ciudad se convierte en patriarcado solamente en 451, cuando Juan ya había hecho mucho para que adquiera este estatus.

Una vez se instaló como obispo en Constantinopla, Juan comenzó a hacer grandes reformas. Se muestra como un gran hombre de negocios y como un reformador muy duro. Fue elevado al estatus de obispo de la capital, no tomó parte de la vida social de la ciudad y ciertas fuentes afirman que esto creó gran antipatía hacia él. Fundó hospitales (que en total contenían siete mil camas) y poseía grandes graneros y almacenes, gracias a los cuales podía alimentar a cincuenta mil personas por día. Atacó al clero por llevar una vida lujosa y pasó a controlar la fortuna de Olimpia, que creó muchos celos, sobre todo en la corte imperial, debido a que el emperador Arcadio había deseado que hubiera donado su fortuna al Estado, el cual necesitaba liquidarse para financiar sus guerras en el norte contra los bárbaros y para la construcción de la ciudad de Adrianópolis. Juan atacó también a los ricos de Constantinopla, algo que siempre había hecho.

Como obispo, Juan contribuyó al desarrollo de la veneración de los santos y la práctica de la procesión religiosa. Creyó que era de gran importancia la teatralidad en la Iglesia, para que hiciera la competencia a los espectáculos y al hipódromo.

Sin narrar todos los detalles de la caída de Juan y de su exilio —una historia, por lo demás, harto interesante y que ha triunfado en el cine—, quisiera resumir ahora la importancia que tiene su personaje.

Al comienzo, Juan pudo servir como modelo de establecimiento y funcionamiento de las instituciones religiosas. “Organizó” a la Iglesia como institución. En sus primeros años como hombre de Iglesia, dio las directrices que tendrían gran influencia durante los siguientes siglos. Por ejemplo, en lugar de fomentar el monaquismo formal, alentó un monaquismo “interior”, un monaquismo que cada cristiano podía vivir sin abandonar la ciudad. Esto no quiere decir que no promoviera la construcción y formación de monasterios; lo hizo, y a menudo los monjes estaban entre sus seguidores cuando tenía problemas con el clero. En su Tratado sobre el sacerdocio, Juan define el papel del sacerdote y del pastor de los siglos venideros.

También impulsó la construcción de iglesias. Los propietarios ricos debían construir las iglesias sobre las grandes plantaciones en lugar de construir baños y centros de compras. Que hubiera numerosas iglesias sería bueno, pensó él, para la seguridad de los propietarios, ya que dan orientación espiritual a los agricultores a fin de que estos, en último término, puedan estar contentos con su destino. A los pobres les enseña que no deben envidiar a los ricos y que la pobreza es más compatible con una vida de virtud. Podemos percibir en sus homilías que la situación social a fines del siglo IV se degradó: al comienzo exhortaba a los pobres a no envidiar a los ricos, pero después les exhortaba a no detestarlos.

Juan intentó arduamente fomentar la caridad individual a fin de satisfacer las necesidades de los pobres y para que la paz social se mantuviera. El Imperio romano había desarrollado un sistema de bienestar social satisfactorio. Alimentaba a los pobres y solo después se ocupaban del teatro y el hipódromo —al modo en que hoy en día damos lo suficiente para que consigan alimento, dispongan de refugio y adquieran un televisor. Pero cuando el Imperio comenzó a sufrir falta de fondos en efectivo, Juan quiso que la gente tomase conciencia del hecho de que la pobreza es responsabilidad de todos.

Una vez más, ésta es la razón por la que Eutropio quería que Juan se convirtiera en obispo de Constantinopla. Eutropio admiraba la capacidad administrativa de san Juan. Observó con detenimiento cómo supo institucionalizar la caridad. Pensaba que Juan lograría como obispo en Constantinopla lo que había logrado como diácono y sacerdote en Antioquía, y que contribuiría en gran medida a calmar al pueblo —que demandaba mayor igualdad social—, gracias a lo cual se prevendría un levantamiento y una debilitación del poder en favor de Gainas.

En efecto, cuando Juan se convirtió en obispo, reorganizó completamente las finanzas de la Iglesia. Hasta el momento, el clero, que se encontraba bajo la dependencia del obispo Nectario, había hecho suyas las riquezas de la Iglesia. Nectario había establecido el diaconado de las mujeres. Juan continuó esta tradición, pero empleó el dinero con fines legítimos. De este modo, también aumentó la popularidad de los nicianos, a pesar de los godos.

San Juan ordenó asimismo la traducción de la liturgia a la lengua de los godos y nombró a un obispo para los godos. Podemos percibir en este hecho el inicio de la diplomática eclesial y de la actividad misionaria organizada.

San Juan desarrolló una visión sinfónica de la Iglesia y del Estado, que serviría de modelo en el Imperio Bizantino durante un milenio. Al mismo tiempo, es autor de la idea de una ciudad cristiana y de la familia cristiana como núcleo central de una sociedad.

San Juan, a través de las reformas que realizó, transformó la Iglesia en un órgano pujante y rico. La Iglesia pudo entonces ejercer una enorme influencia.

En suma, San Juan fue exiliado no a causa de su personalidad sino más bien porque intentó construir un patriarcado en Constantinopla, al cual se habrían supeditado las demás iglesias locales.

Hacia el año 400, Juan realiza un viaje de cien días a Asia menor. Durante este viaje, destituyó a quince obispos y los remplazó por sus propios candidatos. De este modo, podemos asignar otro precedente a Juan. Al destituir a estos obispos, fortaleció la función del obispo de Constantinopla y sus acciones —aun cuando le costase su posición—, y con ello contribuyó a que Constantinopla se convirtiera en un patriarcado en 451.

Aquí comienza la larga historia del exilio de Juan. No obstante, las desgracias que conspiraban contra él no disminuyeron su talante como reformador. Juan Crisóstomo fue uno de los más grandes personajes que ha dado forma al rostro de la Iglesia —podría decirse—, que dio una imagen a la Iglesia. Es necesario mencionar, asimismo, otro punto importante: Juan Crisóstomo contribuyó a otorgar prestigio a la vida cristiana. Aunque es deseable que la vida cristiana constituya una lección de humildad, san Juan no cesa de denominar a la vida cristiana una filosofía de vida y denomina “filósofos” a quienes viven la simplicidad y la pobreza de su fe cristiana. Las comunidades religiosas han sido, en muchos aspectos, semejantes a las sectas filosóficas de la antigüedad. Los monjes vestían la ropa de los filósofos e imitaban sus modales. Pero san Juan Crisóstomo, al “democratizar” la vida monástica, permitió a todos los cristianos ser filósofos. Esta apelación a quienes vivían la vida cristiana se inscribe en la continuación de la vida clásica, una vida que ha sido admirada y respetada, sobre todo a los ojos de las personas educadas, tales como Libano, maestro de san Juan. Al mismo tiempo, llamando “filósofos” a los cristianos y “filosofía de vida” a la vida cristiana, san Juan sustituye al verdadero culto —el culto del Logos— retórico (de la escuela de Libano). El cristiano, sobre todo el monje, es aquel que ha eliminado todo lo que es superfluo en su vida y que dedica su vida a Cristo,  y es ahora filósofo y profesor y el monasterio es la escuela del Verbo. En los tiempos de Juan Crisóstomo, para las personas eruditas como Libano, en los monjes quedaba representada la degradación de la cultura clásica. San Juan, por el contrario, se propuso mostrar que los monjes y los cristianos que viven como filósofos mejoran la cultura gracias a su comportamiento ético. Por otra parte, sobre la base general de la sabiduría pagana, aparece ahora una perfección, una nueva sabiduría que sobrepasa la sabiduría antigua, una nueva cultura religiosa con gran potencial. Al denominar a la vida monástica, o simplemente a la vida cristiana, una filosofía de vida, inicia un proceso de valorización de esta vida y de su integración en un linaje prestigioso. Los cristianos son los nuevos filósofos. De esta manera, Juan Crisóstomo alienta a los cristianos —siendo objeto de cierta burla por parte de los eruditos— a afirmar su identidad y, al mismo tiempo, su discurso se adapta al gusto de los paganos cultivados que formaban parte de su audiencia a fin de que estos se unieran a aquellos y conseguir así finalmente una la filosofía cristiana.

Traducción de Víctor Páramo Valero

 

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