José Ortega y Gasset

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JORDI GRACIA, José Ortega y Gasset, Taurus/Fundación March, Madrid, 2014, 711 pp. ISBN 9788430609505.

No es difícil estar de acuerdo con la afirmación que la Fundación March pone al inicio de cada uno de los volúmenes de la colección Españoles Eminentes: “la biografía es un género descuidado en España”. Y, en verdad, si hay un español eminente del siglo XX con el que encontrarse generación tras generación, y que merece una biografía cuidadosa, ese es José Ortega y Gasset. De ahí que deba saludarse con gratitud el esforzado intento del profesor Jordi Gracia de acometer tan esperada y difícil empresa.

            Su producto ha sido un texto largo y prolijo, que ocupará sin duda un lugar destacado en el conjunto inacabado de las biografías de Ortega, amplio al mismo tiempo en sus pretensiones y en sus insuficiencias. Entre las primeras destaca el afán por ampliar la información disponible sobre algunas de las etapas vitales más desconocidas de Ortega como, por ejemplo, la penuria en Argentina justo después de la guerra civil. No obstante, habiendo leído ya varias glosas sobre los logros de esta biografía, permítame el lector centrarme aquí, aunque solo sea por un sano afán de contraste, en las citadas insuficiencias. La mayoría de ellas deriva de una sola toma de postura, diríase programática, pues queriendo sanamente evitar la reverencia hagiográfica a Don José, no son pocas las veces en que Gracia parece situarse en un punto de vista que estuviera por encima de su vida, su pensamiento y su obra, siendo esto, ay, del todo imposible.

            Y es que, en lo que hace al plano vital, no hay posibilidad alguna de saber quién es superior a quién. Y mucho menos de que un hombre en construcción sea capaz de valorar el todo acabado (¡y qué todo!) de la vida de otro. No, el juicio biográfico (que tantas veces no es una conclusión, sino que está oculto en la actitud de aproximación al objeto de estudio), debe ser muy comedido en todo caso pues, por suerte o por desgracia, hay siempre resquicios del alma que están bien escondidos a las miradas indiscretas. Y si esto vale para cualquier persona en cualquier tiempo, no valdrá menos para los integrantes de esa generación sufriente que tuvo que vivir la hecatombe española, sus prolegómenos y el desierto de su herencia, por mucho que su cercanía como objeto de observación intelectual pueda embotar a veces sus aristas a los ojos de sus delicados estudiosos.

            Tampoco en su dimensión de intelectual, de hombre que aúna pensamiento y acción política, es posible, en mi opinión, situarse hoy por encima de Ortega. Y no solo por la interminable y brillante cadena de intervenciones políticas con que jalonó su vida, ni por la extensión y profundidad de su obra (cuya comprensión, no digamos ya emulación, supone un reto acuciante para la academia española), sino también por la autenticidad de su volcarse con la tierra y el tiempo en que creció y dio fruto, sin permitirse nunca el gesto fácil ni ahorrarse la palabra incómoda. Si por un error del eterno retorno apareciera hoy nuestro gran intelectual por el Congreso, ¿cree el lector que trataría mansamente a muchos de los que hoy se dicen sus herederos? ¿Resistiría esta España de 2014 (incluyendo el sistema educativo en su conjunto y la Universidad en particular), construida en no poca medida por tantos orteguianos, su comparación con el proyecto de nación que Ortega dejó esbozado con tanta insistencia? Dé el lector su propia respuesta y valore si hay medidas disponibles con las que abajar la talla de nuestro intelectual de referencia.

            Por otra parte, y es quizás la más manifiesta de las insuficiencias de este libro, resulta claro y constante durante la lectura el intento de reducir la importancia de la condición que para Ortega fue central en su vida y que es, además, la que mantiene más francamente abierta la puerta a una posible conversación con él: su condición de filósofo. Primar lo literario en Ortega, siendo mucha y merecida la fama que tuvo y que tiene esta cara de su trabajo intelectual, puede ser el fruto, a un tiempo, de la ausencia de una pauta de lectura perseverante y coherente con su propio planteamiento vital, y de la incapacidad para leer su obra con una perspectiva verdaderamente filosófica.Si Ortega desarrolló un pensamiento genuinamente filosófico, pero no tuvo ocasión, tiempo, fuerza, ánimos o el kairós oportuno para ponerlo negro sobre blanco, la cuestión está clara: no se trata de quejarse hasta la eternidad de que el mejor filósofo español contemporáneo no escribió la Summa esperada. Más bien se trata de afirmar con total rotundidad e ilusión que compete a los jóvenes filósofos posteriores a Ortega encontrar el hilo de Ariadna de ese pensamiento en lo que sí publicó: que les toca aprender a leerlo. Que esto es algo que aún no se ha conseguido lo demuestra la redundante (¿e inconclusa?) publicación de sus obras completas.

            Finalmente, se echa de más en un texto tan extenso la minuciosidad con que se tratan los detalles más nimios, y en rigor poco interesantes, de la vida de Ortega, incluyendo amoríos y rabietas. Viendo así abordada la existencia de un hombre que hizo del bios una categoría filosófica, cabe preguntarse si de verdad era necesario rebuscar y exponer sobre la mesa tanta ganga vital, que puede dejar ante esta generación de lectores una imagen orteguiana disminuida y con poco lustre, debilitando su más auténtica capacidad de poner en jaque a todos y a todo. Si de verdad era necesario mostrar a un Ortega controlado que queda expuesto en su desnudez.

Juan-Diego González-Sanz

 

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