John Maynard Keynes

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ROBERT SKIDELSKI, John Maynard Keynes, RBA, Barcelona 2013, pp. 1120, ISBN 9788490066560. .

Apenas comenzado el viaje a través de esta biografía suntuosa, uno tropieza con una de esas inquietantes -y sin respuesta durante mucho tiempo- preguntas, que anticipan el atrevimiento y la exigencia que presiden la investigación: «¿por qué un gobierno laborista había desdeñado el New Deal como arma para combatir el desempleo masivo, como habían sugerido uno de sus ministros, Oswald Mosley, y uno de sus asesores económicos, John Maynard Keynes?»(p. 19). Una pregunta así echa por tierra décadas de esfuerzo en la construcción de una explicación del fascismo tranquilizadora, políticamente correcta, empeñada en evitar cualquier visión del pozo ciego de la conciencia social. De aquéllas que zanjaban el asunto como un resultado del resentimiento propio de la pequeña burguesía, o como el instrumento con que la gran burguesía manejó a las clases populares. Con elementos aprovechables cada una de ellas, pero insatisfactorias para dar cuenta del grado de entusiasmo de quienes se adhirieron, ni de la profundidad de sus raíces. Poco combativas, además, con el viejo orden liberal, de ascendencia decimonónica, muy imperfectamente democrático, que vio nacer al fascismo, reaccionó escasamente en su contra y cuando lo hizo, en la mayor parte de casos, no era ya ni siquiera una fuerza política más, sino un movimiento. Ciertamente, hoy hay indicios de que las cosas puedan estar cambiando. Ahí están, sin ir más lejos, los textos de Tony Judt, Pensar el siglo XX y Algo va mal, muy atentos con la obra  -y su posterior desmantelamiento- del tándem Beveridge-Keynes que, de alguna manera llevó a cabo bien y humanamente, lo que sin duda figuraba astutamente, posiblemente hipócritamente, y sin duda brutalmente llegado el caso, como ingrediente de la vertiente social del fascismo. Desde luego el lector de este libro raya el desconcierto humorístico al imaginar cómo debió quedarse H. Nicholson el día de 1943 en que, esperando una respuesta airada, o por lo menos severamente crítica por parte de Keynes, después de haber interceptado los servicios secretos los planes económicos de los nazis, inspirados por el banquero Hjalmar Schacht, el genial economista sorprendió a propios y a extraños con un contundente: «es lo que nosotros deberíamos estar pensando en  hacer» (p. 917)… de otra manera, se entiende.

      Constituye ésta una de las más preciosas anécdotas destinadas a ilustrar una personalidad en absoluto doctrinaria, aunque este rasgo sólo alcance su sentido pleno en relación a su humanismo y al ideal de la vida buena, tan metafísicos y de raigambre tan antigua. Por eso es que existen motivos sobrados para tenerle por un heredero del nominalismo y del empirismo propios de su tradición; pero no menos que de un realismo, racionalismo y optimismo, procedentes de Cambridge y, en particular, de la enorme influencia ejercida sobre su grupo, embrión del de Bloomsbury, de los Principia ethica de G.E. Moore. De hecho una de las líneas de investigación más interesantes, entre las muchas que apunta esta biografía, es la de un latente enfrentamiento -que a la postre habría acabado por atravesar el corazón del siglo- entre la metafísica constructiva, buenista y racionalista, representada por la generación de Keynes y aún con un fundamento matemático, el de la probabilidad meramente subjetiva y lógica, que, no obstante, habría conducido a la I Guerra, de un lado; y de otro, la generación siguiente, la de Wittgenstein y Ramsey, mucho más impactada por el peso de lo irracional e imprevisto de cuño positivista. Aunque sería erróneo adscribir al primero al idealismo y a los segundos al realismo. Ocurre, simplemente, que, con toda probabilidad, Keynes nunca olvidó lo escrito por Moore: «Ya he señalado que los Metafísicos poseen, en general, esta superioridad sobre los sistemas naturalistas: conciben el Bien supremo como algo que difiere más abiertamente de lo existente aquí y ahora», sin invalidar, con todo la aserción también de Moore: «lo menos útil para la Metafísica, lo más útil para la ética» (IV, 72)  ni, por supuesto, ceder en ningún caso a la pretensión de derivar la ética de la metafísica.

      Y está claro -por ingenuo y confiado que esto pueda parecer- que Keynes persiguió siempre decisiones éticas transformadoras que, razonablemente aunque lejos de certeza matemática alguna, albergasen la esperanza de acordar proyectos de sujetos racionales con resultados tangibles. Si la metafísica que pudiese quedar en Keynes sostenía alguna cosa era sólo la cautela, especialmente aquella aplicada a las previsiones económicas en el uso matemático. De ahí que la tensión entre el metafísico y los positivistas tuviese el curioso desenlace que llevó al primero a influir muy decisivamente en la economía de su tiempo, hasta los años 70 del pasado siglo, mientras que los segundos alimentaron la actitud sumisa frente a los hechos, independientemente de que entre éstos figurasen en un tiempo los «ilusionantes» experimentos de la URSS estaliniana, y en otro el desmantelamiento de aquello, con mayor o menor fortuna, tenido por keynesiano, una vez que se recuperó la fe en la matematización de la economía en la citada década. Quizás todo se resuma diciendo, como hace Skidelski: «Los individuos de Keynes son pensadores… los individuos de Ramsey son actores» (p. 418). Mucho más tarde, en el momento de la aparición de la Teoría general, Keynes seguía oponiéndose a la teoría clásica, precisamente, por la creencia de ésta en la calculabilidad del futuro, la cual adolece, principalmente de la fe de que «el futuro será igual que el presente», cosa que -sigue diciendo Skidelski- no deja de ser «una base (tan) débil de conocimiento» (p. 753). En este marco se inscribe la polémica con el estadístico holandés Jan Tinbergen en 1938 y, en cualquier caso, constituye una prueba maravillosa de hasta qué punto, no sólo pueden sino que deben acordarse el filósofo de la probabilidad y el economista que intenta poner orden en la política.

      Y aunque habrá quien le parezca un paso injustificado de unas ciencias serias a un discurso atractivo pero poco convincente (como sostenía Wittgenstein, no por casualidad un teórico de la probabilidad enfrentado, pese a la amistad), en este punto no podemos evitar referirnos a las pinceladas freudianas de Keynes, que puntualmente había tenido conocimiento de la obra del genial vienés a través de James Strachey. Su amigo Nicholas Davenport «creía que la política de regresar al oro surgía de un deseo sádico de los banqueros de infligir dolor a la clase obrera» y Keynes no se habría quedado atrás en su deseo de aprovechar -a diferencia de tanto reticente actual- los resultados de la nueva ciencia, pues, en el Tratado sobre el dinero, había afirmado que «el interés del bebé por las heces se transforma en las altas valoraciones del oro y el dinero» (p. 487). Poco después, en 1925, en uno de los ataques más contundentes contra la deriva soviética – no exento con todo de cierta comprensión, y en un deseo palmario de acordar su propia tradición con las respuestas adecuadas a los retos del presente, probó incluso a conciliar los motivos freudianos con los religiosos: «¿Había alguna escapatoria del dilema de que el progreso económico parecía depender de motivos condenados como inmorales por la religión y como neuróticos por la psicología?»(p. 520).

      Keynes tenía sobradas razones para desconfiar de que una sensatez, más doctrinaria que dispuesta a confrontarse con los hechos históricos o con otras «sensateces» u opiniones, o, también, un racionalismo timorato, de raigambre laissezfairista, pudiesen estar a la altura de los nuevos retos de posguerra y, entre la conmiseración y la ironía, en el Breve tratado, había apuntado contra «las aflicciones de los virtuosos ahorradores aniquilados por la inflación». Textualmente Keynes los caracterizaba como «el que gastó ni especuló, el que hizo provisión adecuada para su familia, el que cantó himnos a la seguridad y siguió estrictamente la moral instruida y las órdenes respetables de los sabios mundanos» (p. 472) y, con todo, acabó viendo como el azote de la crisis le respetaba tan poco (en algunos casos: incluso menos) como a sus coetáneos, digamos, vividores.

      Claro que en todo esto influían no poco los valores del medio cultural e ideológico del que Keynes provenía. Al igual que el entorno judío venido a más que rodeó a Benjamin (al menos según la descripción de H. Arendt), Keynes se atuvo siempre a una jerarquía axiológica en que una forma de «vida del espíritu», los buenos estados mentales en su jerga, debían siempre figurar por encima de los beneficios económicos: antes el arte que la ciencia, antes la ciencia que los negocios (pp. 161,520-1). Por eso que huyese siempre de las explicaciones demasiado obvias, aunque tuviesen la ventaja de la familiaridad para una mayoría, traduciéndose en sorprendentes tomas de partido: por Burke antes que por el costumbrismo de Hume; por la preocupación por la población,  la demanda, la pluralidad y, sobre todo, la temporalidad, frente a la economía y la simultaneidad de cuño ricardiano. Nunca creyó en la llamada «cura de naturaleza» de las que el capitalismo tendría que haber salido reforzado, “viniera de Marx o de Hayek” (p. 607).

      En contra de los tópicos, el «metafísico» no se distinguió, precisamente, por incurrir en algún u otro tipo de especulativismo o inacción. Todas las decisiones por las que es especialmente recordado  -su portazo de Versalles dado su desacuerdo con las condiciones del tratado, su oposición a la vuelta al patrón oro en 1925, sus reticencias ante el imparable ascenso de EEUU como primera potencia económica, sus coqueteos puntuales con el proteccionismo y el nacionalismo, la durísima negociación del préstamo de EEUU a Gran Bretaña en 1945- constituyen muestras preciosas de su capacidad de adaptación y respuesta a las circunstancias más variadas o, si se quiere, como aquí se dice, de la extrema dificultad de  -¡simultáneamente!- ser bueno y hacer el bien (p. 413). ¿Cómo -yendo a un caso concreto- ser bueno en 1945 y en Washington, mientras uno se siente atrapado entre las presiones de los propios, expectantes desde el otro lado del Atlántico, laboristas entonces en el gobierno o imperialistas de tradición, coincidentes por una de esas carambolas de la historia, y la simpatía nacida de la cercanía con contrincantes de la talla de Morgenthau o Dexter White? Resulta patentemente claro que la erudición económica era insuficiente. Hacía falta, además, una personalidad culta, cosmopolita, dotada de una especial capacidad para superar los lastres de cualquier exigencia de especialización.

      Es por este camino, no por otros habitualmente considerados más «cortos» y «prácticos», que Keynes quiso ser el auténtico profesional de la utilidad -como categoría netamente distinta del utilitarismo ramplón- que Benedetto Croce había echado a faltar en los sistemas metafísicos clásicos y exigía a quien pretendiese heredarlos, o sustituirlos, en plena modernidad. Estética y economía, meditación seria sobre las mismas, eran para el napolitano ingredientes irrenunciables de un programa filosófico destinado a ser instrumento imprescindible de comprensión y reforma de la actualidad. Y es posible que el británico, a pesar de la invitación de colaboración a principio de los años veinte, y de la más que probable mediación de Piero Sraffa, no pasara de un conocimiento superficial de la obra del sabio meridional. Aun así, el autor de Filosofia della pratica, economia ed etica no podría haber pensado en un discípulo más aplicado, ni en mejores ejemplos que las elecciones del economista como ilustración de sus tesis. No sólo «técnicas» o «concretas» como las anteriormente mencionadas, sino también acerca de grandes cuestiones, doctrinarias para unos, elitistas para otros, como el cultivo de la interioridad, la preservación de la personalidad, el alcance de la democracia, la conflictividad inherente entre ésta y la mejor herencia del liberalismo; la imposibilidad de suscribir a perpetuidad las ideas de partido alguno – por ejemplo: el «proteccionismo» y «patrioterismo», además de «los códigos morales reaccionarios», propios del partido conservador, no menos que el antielitismo e igualitarismo a la baja tan típicos del partido laborista. Por supuesto, Keynes no se privará de su dosis de proteccionismo, cuando haya que defender la estabilidad de los precios (primordialmente, como defensa, a su vez, de los más desfavorecidos) o como intento de control sobre el propio mercado frente a las presiones hoy llamadas globalizadoras. Frente al carácter inevitable de estas tendencias -hoy dogma para casi todo el arco político, también entre los laboristas, socialistas o socialdemócratas- Keynes nunca se rendirá a su supuesta evidencia. A modo de ejemplos: ni aún en sus momentos de máxima participación con los norteamericanos dealers aceptará un traslado del centro financiero al otro lado del Atlántico, menos aún en sentido exclusivo, como sí lo hará, en cambio, C. Atlee apenas llegado al gobierno. Esto, obviamente, no ha de entenderse como debilidad ni entreguismo por parte del primer ministro laborista, pues no era sino el reconocimiento de una evidencia que Keynes hizo lo posible por impedir. Y, aunque partiese de Londres, convencido de que no había que aceptar nada que no fuese la donación o, como máximo, el préstamo sin intereses, desde el otro lado del Atlántico pronto comprendió que la intención primera iba a ser, literalmente, imposible de cumplir. Aún antes de llegar al núcleo, había ya en la posición de este Keynes en América detalles extremadamente incómodos, del tipo: ¿cómo pactar las condiciones de una política económica liberal cuando tu gobierno resulta ser, en el momento de los hechos, fuertemente nacionalizador?

      Podemos hacernos una idea del asunto comparando lo que aún estamos viviendo respecto al Care service de Obama, con la creación del National health service, de Aneurin Bevan y C. Atlee, obra del primer gobierno laborista hace casi setenta años. Basta para hacerse una idea de la disparidad de posiciones. Y, con todo,insuficiente para despejar (si es que hiciese falta) la ubicuidad política de Keynes. Hoy el adjetivo keynesiano es sinónimo de socialismo, estatalismo, intervencionismo, sin que el uso y la preferencia por cada una de estas etiquetas no adelante ya bastante acerca de la posición de quien la usa. Sin embargo, uno de los muchos méritos de la biografía de Skidelsky es su esfuerzo por delimitar la frontera de lo que se ha dado en llamar keynesianismo. Aquí leemos cosas tan contundentes como que “¡Keynes resulta ser un creyente en los presupuestos equilibrados, igual que lo era Gladstone!” y también que a Keynes se le sitúa “sin demasiada reflexión en el campo dirigista” (p. 812). De hecho, Keynes nunca encajó en ninguna forma de socialismo, aunque, no con menos razones, hubiese que decir que nunca se privó de manifestar su incomodidad con cualquier etiqueta, incluida la de “liberal”. Del liberalismo “clásico” se le tiene, con bastante razón, por azote, pero no por ello se identificó jamás con el “liberalismo social de Oxford” dado que “el ataque de Oxford al laissez-faire estaba formulado en una mezcla de lenguaje hegeliano y biológico que Keynes y su generación de Cambridge encontraba repulsiva”  (pp. 511-2).

      Delimitar su posición, mientras lucha contra la imposición de etiquetas, obligando a éstas a no exceder su papel de medios sometidos a ideales que las superaban en calidad, se reconoce como uno de los grandes esfuerzos de esta obra. Pero, al mismo tiempo, impregnan la actitud de Keynes de un anacronismo inevitable. Y es que su actitud desapasionada alcanzaba a los mismos ideales de igualitarismo y democracia. Aparentemente aunque no frontalmente, en contra de lo primero, Skidelsky afirma “Era solo el elitismo estúpido el que le molestaba” (p. 517). De hecho, la estupidez podía encontrarse tanto entre los factores ya señalados de los dos grandes partidos o, más bien, corrientes. En el caso de la izquierda habría que añadir: el centralismo, además de su escasa inclinación a la selección del personal más cualificado, tendencias bien reconocibles en la historia de todos los socialismos. Ni siquiera a la democracia permitía su instalación en una especie de pedestal intangible, desde el que hoy irradiaría -añado por mi cuenta-  unas veces indiferencia ante las vicisitudes de los mortales, y otras una excesiva garantía legalista a los peores de entre ellos. Aquélla no podía desentenderse de ninguna manera de los deberes del “estado gerencial” (p. 512).

      Para completar la lista de las cuestiones “políticamente incorrectas”, además de “anacrónicas”, no podemos soslayar el “clasismo” de Keynes. Uno de los reproches que lanzaba al laborismo es que era “un partido de clase, y esa clase no es la mía” para concluir, al colmo de la resistencia de -al menos- la imagen tradicional del socialismo: “Creo que, tomados sus miembros uno a uno, la clase media, e incluso la clase alta, es muy superior a la clase obrera” (p. 519). No creo, en cualquier caso, que el velo que la izquierda actual -cuyo keynesianismo constituye uno de sus rasgos irrenunciables, aun cuando sus prácticas del pasado reciente lo desmientan en buena medida- ha dejado caer sobre estas cuestiones incómodas obedezca a un descuido, ni a una casualidad. Ciertamente, Keynes fue un “clasista” culto dedicado a paliar durante la mayor parte de su vida las peores consecuencias de la gestión económica sobre los más desfavorecidos. La izquierda, que durante los últimos decenios ha hecho guiños al liberalismo económico y ha llegado en algunos casos a proclamar la muerte del keynesianismo, por el contrario, mucho me temo que aspire a ser tan universalista como Keynes, aun a riesgo de olvidar lo que Keynes nunca olvidó.

      También la premura en la preocupación ecológica, constituye una de esas ocasiones, en que su situación social le juega una buena pasada, mientras le permite desprenderse de los prejuicios y beaterías de unos y de otros: “Destrozamos la belleza del campo porque los inapropiados esplendores de la naturaleza no tiene valor económico” (p. 683) nos dice y el lector de hoy no puede evitar preguntarse cuántos socialistas “de verdad”, “con carnet” se preocupaban en la época de estas cuestiones que absorbían a este gran burgués que se declaraba liberal y sólo en una ocasión votó a los laboristas.

      Y en el fondo, una vez adquirida una panorámica de la aventura ideológica -no por ello menos económica o política- de Keynes  la pregunta que exige reformulación inmediata es la siguiente: ¿es el socialismo aquello que nos han contado? ¿ordena la adecuación a “lo real” tal como se nos ha explicado?  Los apóstoles de la globalización que no quieran perder el “aire” de keynesianos por razones más o menos interesadas y oportunistas, tendrán dificultades de encajar unas palabras como estas: “Simpatizo… con aquellos que minimizarían en lugar de con aquellos que maximizarían las relaciones económicas entre naciones. Las ideas, el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes: son cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales. Pero dejemos que los bienes se hagan en casa siempre que sea razonablemente y convenientemente posible; y, por encima de todo, dejemos que las finanzas sean fundamentalmente nacionales”(p. 683). Por supuesto que no se trata de dar la vuelta a tortilla alguna, ni de echar ninguna reprimenda a ninguna generación por haber olvidado las enseñanzas de otra, ni de detener obstinadamente el curso de los acontecimientos. En un aspecto sí conviene al menos no ser tan confiado y crédulo con el propio presente. Por lo menos hasta admitir que socialismo no es sin más -y aún menos: por encima de todo-  internacionalismo; ni constatar el avance de la globalización significa el aplauso incondicional de las bondades de la misma. Ni, tampoco,  lo contrario… Después de todo, en cada caso hay que volver a decidir y el mundo recomienza. No se puede ser más fiel a la doctrina mooreana de su juventud según la cual el bien, por principio -para no convertirse en mal, dictamen, regla “científica”-  es indefinible.

Francesc Morató

 

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