In Time’s Eye

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In Time’s Eye. Essays on Rudyard Kipling, edited by Jan Montefiore, Manchester University Press, Manchester y Nueva York, 2013, 298 pp. ISBN 978-07190-9575-7.

WILLIAM B. DILLINGHAM, Rudyard Kipling: Life, Love & Art, ELT Press, Greensboro, 2013, 270 pp. ISBN 978-0-944318-54-6.

“Kipling’s account is still unsettled.” La frase, que podríamos traducir de diversas maneras (la consideración, la importancia, la explicación que hemos de dar de Kipling aún están pendientes), se encuentra en uno de los ensayos reunidos por Jan Montefiore en In Time’s Eye y la escribió en 1961 el poeta y crítico Randall Jarrell, cuyas apreciaciones constituyen, por venir de donde vienen y de quien vienen —el trasfondo literario de Jarrell se nutre de toda la extensión del modernismo y no puede pasarse por alto que fuera profundamente americano—, una contribución a la reputación de Kipling difícil de omitir. “El hombre Kipling, el mito Kipling han pasado, pero las historias mismas —Kipling, según Jarrell— tienen todo el tiempo del mundo” (pp. 44, 55).

          In Time’s Eye, el título del volumen, proviene de un verso de Kipling que, como señala Daniel Karlin, hay que leer como un recuerdo del “verano eduardiano” del autor que las dos entregas de Puck (1906 y 1910) y Actions and Reactions (Acciones y reacciones, 1909) conservan maravillosamente. (Acciones y reacciones incluye uno de los relatos más hermosos de Kipling, ‘An Habitation Enforced’, “Una casa a la fuerza”, que no suele figurar en las antologías y cuya maestría reside en la reticencia biográfica con la que Kipling manejó el gastado tema de la vuelta a casa.) Fue durante ese verano cuando Chesterton acusó a Kipling de “hacer el mundo más pequeño” en uno de los ensayos de Heretics (Herejes, 1905) con el que, de forma abreviada, Montefiore abre su recopilación. La noción de “hacer el mundo más pequeño” se encuentra también en el prólogo de Así habló Zaratustra de Nietzsche: el “último hombre” lo empequeñece todo.[1] Ni a Chesterton ni a Kipling les habría gustado desde luego la comparación con Nietzsche: su mundo, un mundo que empezaba a desaparecer, era eminentemente inglés y marcadamente antialemán. La pérdida definitiva de ese mundo, su reducción infinitesimal, por decirlo así, sobrevendría con la Gran Guerra, a la que el historiador Hugh Brogan dedica uno de los capítulos más difíciles (en el sentido más noble de la palabra) del libro, que empieza con un recuerdo del Remembrance Sunday, y cuyas expresiones poéticas —que ocupan por sí mismas buena parte, y buena en sí, de la poesía de Kipling— explora el poeta, y biógrafo de Kipling, Harry Ricketts. Kipling no llegaría a vivir lo suficiente como para ver el estallido de la Segunda Guerra Mundial ni las implicaciones del conservadurismo en el fenómeno totalitario que constituyen el hilo argumental del ensayo de George Orwell —una de las piezas insustituibles del legado de Kipling— publicado en 1942. Concebido como una crítica a la antología de la poesía de Kipling que T. S. Eliot había publicado el año anterior, Orwell, que en modo alguno disimularía la antipatía que sentía por Kipling, tampoco disimuló la admiración que sentía por su obra. Los ensayos de Chesterton, Orwell y Randall incluidos en In Time’s Eye proporcionan la entrada a la crítica contemporánea: aspectos como la relación de Kipling con Sudáfrica (Dan Jacobson), con la India (Lisa Lewis, Montefiore, Harish Trivedi), la búsqueda de Dios (Charles Allen), el recurso a las citas (Kaori Nagai), la “bestialidad” de la vida militar (Howard J. Booth) y el judaísmo (Bryan Cheyette) complementan los capítulos citados de Karlin, Brogan y Ricketts en un libro cuyo tema principal es la relación de la escritura de Kipling con la Historia con mayúscula. Buena parte de los ensayos se habían publicado antes en el Kipling Journal, órgano de expresión de la Kipling Society que lleva publicándose desde 1927 y que, en la era digital, ofrece el panorama más completo que pueda desear el lector más exigente del autor de Kim. Toda la erudición que hace falta para comprender la obra de Kipling está disponible, como los ensayos de este libro ponen de relieve en cada uno de sus campos, y, sin embargo, no nos salen las cuentas con Kipling. “Kipling’s account is still unsettled.” Es uno de los misterios de este libro que, como todos los libros, tiene el suyo, el que, dedicado como está a la Historia, reserve su corazón a un ensayo sobre la búsqueda de Dios. En el índice no aparece la palabra “Muerte”, que, sin embargo, es la última palabra tanto de la autobiografía póstuma de Kipling como del último libro de ficción que publicó, Limits and Renewals (Límites y renovaciones, 1932).

          William B. Dillingham aparece citado en el índice de In Time’s Eye una sola vez a propósito de la confusión sobre la lengua vernácula que Kipling había usado o traducido en su obra. Americano como Jarrell o Eliot y otros muchos americanos (con Henry y William James a la cabeza) que han quedado fascinados por la obra de un autor que consideraba los Estados Unidos un ejemplo de decivilisation —un hápax legómenon de Kipling que, hasta donde conozco, no ha vuelto a usarse—, Dillingham ha escrito una trilogía sobre Kipling formada por Rudyard Kipling: Hell and Heroism (2005), Being Kipling (2008) y el libro que ahora comentamos que constituye un ejemplo de lectura lenta de unas narraciones, como las de Kipling, cuyo carácter dramático y elusivo Dillingham ha subrayado escrupulosamente en la estela de J. M. S. Tomkins y C. A. Bodelsen. El análisis de ‘Mrs. Bathurst’, por ejemplo, como una revelación del carácter de Pyecroft, es serenamente magistral y confirma que Kipling debería figurar entre los precursores de las vanguardias del siglo xx. El análisis de tres de las narraciones incluidas en su último libro, Límites y renovaciones (‘Aurora malograda’, ‘La Iglesia que había en Antioquía’ y ‘A la manera de los hombres’) confirma que Kipling debería figurar también entre los epígonos de las vanguardias, entre aquellos escritores que, con más lucidez, comprendieron efectivamente los límites de toda renovación. “El verdadero centro del interés de Kipling —escribe Dillingham a propósito de ‘Aurora malograda’—, lo que más deseaba describir, es lo que puede resultar de nuestro fracaso en dedicarnos plenamente al trabajo apropiado en la vida” (p. 156). Ninguno de los personajes de esa narración, que, como repetidamente se ha observado de los relatos de Kipling, condensa en pocas páginas lo que podría ser por derecho propio una novela,[2] ha logrado evitar ese fracaso: todos ellos son, parafraseando los versos que sirven de lema al relato, “víctimas del canto de la mandrágora”. Según Dillingham, Kipling habría oído también ese canto, cuyo poder de atracción y distracción es fatal; sin embargo, a diferencia de sus personajes, habría logrado eludirlo gracias a una dedicación cuyo fruto tal vez empiece ahora, casi un siglo después de su muerte, a poder apreciarse por completo. Dillingham acaba el análisis del relato citando el atributo principal del Dios en el que Kipling nunca dejaría de creer: “the God of Things as They Are!”.

Antonio Lastra


[1] “Die Erde ist dann klein geworden, und auf ihr hüpft der letzte Mensch, der Alles klein macht”, Also Spracht Zarathustra, ‘Zarathustra Vorrede’, § 5.

[2] Sin duda, una de las razones más poderosas de que Kipling no figure en el canon de los grandes escritores del siglo xx al lado de Thomas Mann, Musil, Proust o Joyce, reside en su relativo fracaso como novelista (nadie podría decir de Kim que fuera un fracaso) y en la incapacidad de los críticos para leer sus narraciones sin tener en cuenta el género. Borges fue una excepción.

 

 

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