Historias del arcoíris

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WILLIAM T. VOLLMANN, Historias del arcoíris, traducción de José Luis Amores. Pálido fuego, Málaga, 2013, 567 pp. ISBN 978-84-940529-6-5 (The Rainbow Stories).

Las cuatro líneas de la cita inicial no dejan lugar a dudas sobre las intenciones del hombre que firma las páginas de este volumen: presentar la miseria humana que acontece porque nada la oculta: “la miseria humana es variada. La desgracia de la tierra es uniforme. Extendida sobre el horizonte como el arcoíris, sus tonalidades son tan diversas como las de éste; y también tan distintas, aunque estrechamente integradas” (Edgar A. Poe en Berenice)

Vollmann es minucioso en lo sórdido, incluso en lo tétrico y no escatima esfuerzos ni recursos literarios para mostrarnos lo miserable que puede llegar a ser el hombre a través de los suburbios de la sociedad, a través de los indigentes, enfermos, drogadictos, prostitutas, inmigrantes, tribus urbanas… y no porque estos sean miserables, sino porque viven en una sociedad que los tolera por haberlos creado. Sus relatos manejan una literatura rayana en el absurdo por lo extremo de la realidad que relata: una sucesión interminable de colores y de escenas sórdidas, nauseabundas, tétricas… El lector anda confundido entre un mundo absurdo e irreal y otro cargado de realidad y no porque vayamos de uno a otro, sino porque no sabemos en cuál estamos, aun reconociéndonos en los dos: “como una luciérnaga en la boca de un caballo muerto”. Esos marginados empiezan marginándose a sí mismos con la esperanza de abandonarse para comenzar “su nueva vida, que tenía que vivir sin nadie, sin siquiera él mismo”. Es tal la violencia contra el diferente que Vollmann se torna en el mejor estratega de la tierra quemada y en cada línea como poco nos muestra un rasguño.

Vas leyendo los relatos que pueblan el libro y en ocasiones te encuentras leyendo escupitajos en un lenguaje directo y plano que deja al descubierto hasta el color de los sentimientos de los personajes. En otros momentos te sientes el animal salvaje que devora a su presa porque Vollmann ha escrito Historias del arcoíris a mordiscos, dejándonos una literatura cruda: “hay muchos en esta tierra que aborrecen sus vidas; para ellos cualquier pérdida es un alivio”. Lejos de ser el refugio de muchos de los inadaptados, ni en la literatura hay esperanza porque “las palabras sólo nos muestran el lado bueno de las cosas pero no llevan la bondad a nuestros corazones”. Ni tan siquiera viste la revolución de esperanza, sólo quiere mostrarla como la destrucción de un orden para implantar otro nuevo, pero ni siquiera suponiendo que será mejor, sino quedándose en la destrucción que la precede.

Una teoría de los colores se va desgranando a través de las páginas del libro, presidiendo cada color uno de los relatos y en el resumen final: “los rayos X penetran el rojo de nuestra sangre, el naranja y el amarillo de nuestros tejidos adiposos, el verde y el azul de los intestinos, el índigo de nuestros sueños, el violeta de nuestras preocupaciones… dejando únicamente el blanco y el negro”. Y a pesar de los muchos colores sólo nos queda la vida (o la muerte) en blanco y negro, con muchas sombras y grandes dosis de oscuridad. Porque a pesar de comenzar el relato en color, éste va tornando hacia el gris y acaba triunfando el negro porque hasta “las cabezas de las cerillas sofisticadas pueden pintarse de todos los tonos del arcoíris, pero cuando se rascan producen fuego de un solo color, el color de los peligros y las alarmas”… y al final queda solo el negro.

No cabe entender el libro como una recopilación de relatos uno detrás de otro, ya que a pesar de los diferentes personajes y las distintas tramas entre todos hay una sucesión marcada por la presencia del color y por la omnipresencia de una historia: la del fuego que destruye sobre las ruinas eternas de la humanidad. Un hombre que siempre enciende hogueras sobre las cenizas, sobre la muerte de otro hombre, habitando en la muerte, más que dirigiéndose a ella. Vollmann también enciende una hoguera con este libro, nunca antes había leído una fotografía tan descarnada de lo que podemos ser (o ya somos), sin escatimar adjetivos de la penuria, el desperdicio, la podredumbre, la miseria, la violencia, la maldad, la crueldad… todo absolutamente humano.

En todas las vidas que desgranan estos relatos todo trascurre sin sobresaltos, pero también sin alegrías, con cada uno de los personajes convencido de que ese es el lugar que deben ocupar sus vidas, sin pretender aspirar a más. Aun así podemos encontrar un atisbo de luz blanca entre las líneas o tal vez sólo haya sido un espejismo que me he imaginado como lector sediento en medio del desierto. Pero he creído  ver un reflejo más allá de los hombres retratados, como si Volmann al contarnos la crueldad de los hombres nos cuente también su bondad, dejando que seamos nosotros los que la descubramos. Y es así como deja en manos del hombre su propio destino, su propia elección, en contraposición a la máquina que no elige porque “una máquina no se preocupa de si sus acciones son correctas o equivocadas; una máquina no emplea la moralidad en el sentido humano del término. Todo lo que quiere es”. O cuando viste de paciencia al hombre para que demore sus pasiones, siendo capaz de ser consciente de su presente y sabedores de que sólo disponemos de una vida, de una oportunidad, y hay que saber administrarla.

De esta manera tan frágil se atisba entre las palabras de Vollmann la confianza en un mundo mejor del que se nos relata. Tal vez no hay hombre que pueda caer más bajo que los que transitan, escupen, vomitan y mueren en estos relatos; por eso cualquier mirada más allá de lo que nos ocurre a nosotros mismos puede ser un logro. No cabe sino dejarse la vida poco a poco, ir desprendiéndose de ella y dejando nuestro rastro, que en Vollmann más parece rastrojos.

José V. Garibo

 

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