Helena o las tres lunas

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LUZ ÁLVAREZ, Helena o las tres lunas, Carena Editors, Valencia, 2015, 200 pp. ISBN 9788416130160.

“En la doncella está la semilla, la esperanza, el esplendor de lo que comienza, el potencial de engendrar nueva vida, el deseo de crecer, amar y obrar en el mundo. Pero ella teme y duda, pues, como el manantial que acaba de brotar, todavía no sabe hacia dónde se dirige la corriente de su vida”. Este es el comienzo de la novela de Luz Álvarez, que supone ciertamente un giro —aunque no absoluto— en su trayectoria creativa, centrada hasta ahora en el relato infantil y juvenil, un terreno que la autora domina y que le ha granjeado prestigiosos premios. Su nuevo libro es una creación que, aunque destinada a todas las edades, tiene el vínculo con su obra anterior de la condición juvenil de la protagonista y de ser un relato sapiencial de aprendizaje. Se trata, en definitiva, de una hermosa narración de iniciación a la vida —y en sentido muy específico a la vida de la Mujer— en el marco atemporal de las parábolas tradicionales, sobre el fondo de una sensible y elaborada recreación narrativa de la mitología clásica greco-latina.

Helena o las tres lunas es ciertamente una rareza en el panorama narrativo contemporáneo; remite, en primera instancia, a la estructura del cuento popular, pero con un evidente marchamo de tradición literaria culta: el prístino mundo de Dafnis y Cloe, el marco natural y mitológico de la égloga pastoril, o la dinámica de perfeccionamiento mediante el viaje y la aventura de la novela bizantina son antecedentes muy reconocibles en este relato de Luz Álvarez, que no se priva de someter a su protagonista a pruebas tan sumamente vinculadas a la tradición literaria, como la mismísima bajada al Hades. La a-espacialidad y a-temporalidad del relato —o, más bien diríamos, su universalidad y su intemporalidad— obedecen a aquellas mismas referencias, en virtud de las cuales el tiempo de la narración es un tiempo genéricamente antiguo (pre-industrial e incluso pre-mecánico) donde el camino se hace a pie, los personajes se miran y acicalan al reflejo de las fuentes y se duerme al raso. En realidad, podría decirse que se trata de una temporalidad mítica, en el más estricto de los sentidos, pues se trata del mismo momento en el que el Mito se está gestando: “Esta noche verás a Medea invocarme para consumar su venganza sobre Jasón” (pág. 138), le dice la diosa Hécate a la protagonista.

El esquema narrativo general no puede por menos que resultar reconocible, de acuerdo con los parámetros que hemos reseñado: Helena, la protagonista del relato, superada ya la adolescencia, y tras el beneplácito oracular de la “pitonisa”, se despide de sus padres y de su incipiente amado Leos y emprende un viaje iniciático —lleno de peligros, encuentros y encrucijadas—, impulsada por un deseo invencible que abrigaba desde la infancia: “peregrinar en solitario al lejano templo de la diosa Isis”. Esta última referencia, e incluso el diseño general del relato —

aunque aquí esté modalizado decisiva e intencionalmente por la condición femenina del personaje, a lo que más abajo nos referiremos— nos remite (ignoro si eso ha sido consciente en la intención de la autora) a un magnífico cuento de Novalis incluido en Los discípulos en Sais (1798), que resulta clave en la obra del romántico alemán, porque es en cierto modo la fábula matriz de su crucial y posterior relato de formación Enrique de Ofterdingen. El cuento en cuestión comienza refiriéndose al amor puro y adolescente que mantiene el joven Hyacinthe con la bella Rosenblühten, hasta que un día llega al pueblo un venerable anciano de barba larga y blanca que encandila al muchacho con misteriosas palabras. El anciano marcha, pero, a partir de ese instante, a Hyacinthe lo va invadiendo una profunda melancolía. Ensimismado, ajeno a todo y a todos, incluso a su querida Rosenblüchten, el muchacho siente la necesidad imperiosa de partir en dirección al templo sagrado de la diosa Isis, la misteriosa Madre de las Cosas. Después de un largo viaje, en el que se suceden países, paisajes y peligros, Hyacinthe llega finalmente al templo deseado, donde la diosa le recibe cubierta con un velo. Al levantarlo… la bella Rosenblühten se arroja a sus brazos. Para valorar lo que tenía muy cerca era imprescindible marcharse muy lejos.

No vamos a desvelar aquí el final del periplo de Helena, aunque diremos que el amor, evidentemente, no puede ser ajeno a su proyecto de mujer en este mundo. El regreso, en cualquier caso, se impone, tras llegar a la meta: “Es hora ya de que vuelvas al ágora del mundo, a la luz diurna, a las actividades cotidianas que llenan y conforman la rutina de los humanos, pues la contemplación del misterio no pude ser sostenida un tiempo excesivo sin correr peligro de ahogarse en sus aguas profundas y oscuras”. Son las palabras finales de la novela. Pero el aprendizaje adquirido no ofrece aquí, muy sensatamente, el aspecto de una visión deslumbrante ante el rostro de la diosa, sino más bien la especie sutil de un tónico que proporciona un conocimiento experiencial de las cosas esenciales de la vida. También aquí cae un velo metafórico y algunas respuestas aparecen tras él, pero son respuestas que tienen que ver sobre todo con la verdad interior, con la fuerza del amor y la confianza en el apoyo de las divinidades (es decir, en último termino, la confianza en uno mismo). La autora no ha pretendido en ningún momento ser “original” en este terreno —aunque siempre se muestre perspicaz en sus observaciones— y hace bien, pues la sabiduría está reñida con la originalidad, salvo en el sentido de que ésta se tome en su acepción etimológica de aproximación al “origen”. La actualización del mito no se produce, pues, en este caso en un sentido de adecuación histórica o de modernización hermenéutica, sino en el sentido narrativo y clásico de valor sapiencial para la vida.

No quisiera dejar de mencionar la notable perspectiva “femenina” que sustenta el relato, en el que prácticamente todos los personajes —tanto humanos como divinos (Artemisa, Atenea, Hestia, Hera, Deméter, Hécate, Perséfone, Isis)— son mujeres. Desde este prisma se van produciendo las lecciones existenciales que se deducen de las peripecias del relato y del aleccionamiento de las “diosas”: el encuentro con la brutalidad masculina, la existencia de la crueldad femenina, la vinculación sagrada con la naturaleza, la importancia de mantener vivo el fuego del hogar, o la amistad con el hombre y, obviamente, el amor hacia él. Yo no dudaría, desde luego, en calificar de “feminista” la novela de Luz Álvarez por su tácita reivindicación de la elevada misión femenina en este mundo y de la necesidad que tiene cada mujer de emprender la búsqueda de su verdad personal con independencia del hombre. Pero, en cambio, dudo mucho de que el feminismo militante —ese que demonizó El cuaderno dorado de Doris Lessing por su sinceridad autocrítica sin victimismo o La casa de los espíritus de Isabel Allende, por no impugnar los tradicionales rasgos femeninos de la mujer— comulgue con el designio y los presupuestos de la presente novela.

Queda por resaltar un elemento fundamental de este Helena o las tres lunas, sin el cual el relato carecería del peso y la coherencia necesarios: el estilo. Quizá precisamente el mayor reto que planteaba el empeño literario de esta obra era dar expresión lingüística a ese mundo fuera del tiempo que se recrea. Creo que Luz Álvarez ha sabido dar con la clave estilística adecuada, mediante un lenguaje limpio y evocador, que no pretende deslumbrar por sí mismo, sino que actúa como cadencioso y rítmico canalizador de historias antiguas y de lecciones clásicas. El fino y discreto estilo —a tono con una también fina y discreta sensibilidad para extraer el jugo simbólico y aleccionador de las a veces híspidas historias mitológicas— hacen de Helena o las tres lunas una de esas obras que puede ser leída de un tirón, y que nos evade por unas horas de este bajo mundo, para volver a él con una cierta melancolía. Es reconfortante pensar que hay escritores o creadores que todavía trabajan en mundos tradicionales que están por encima —o por debajo— de esta omnímoda pero transitoria y trivial contemporaneidad, con la sana intención de iluminarla (o de iluminarnos a nosotros, que somos sus víctimas). Esperemos también que haya todavía lectores capaces y dispuestos para aprovecharse de ello.

Javier García Gibert

 

 

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