Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos

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PETER TRAWNY, Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos, traducción de Raúl Gabás, Herder, Barcelona, 2015, 172 pp. isbn 978-84-254-3705-2. (Heidegger und der Mythos der jüdischen Weltverschwörung, Vittorio Klostermann, Frankfurt del Meno, 2015.)

Stanley Rosen solía contar que, durante sus visitas a Alemania en los años setenta y ochenta del siglo pasado, los antiguos estudiantes de Heidegger aludían a la existencia de un manuscrito que contenía supuestamente las enseñanzas “esotéricas” del maestro. En una ocasión, uno de esos antiguos estudiantes, luego de pedirle a Rosen que jurase guardar el secreto, le mostró una transcripción del manuscrito, que acabaría publicándose en 1989 en el volumen 65 de la Gesamtausgabe con el título de Beiträge zur Philosophie (Vom Ereignis). Esas contribuciones a la filosofía —un intento de describir la transición de una época del ser a otra, de despejar el camino a un comienzo completamente distinto de la “historia del ser”, de prepararse para el “acontecimiento”— tenían, para Rosen, graves consecuencias políticas. La principal era que la anticipación de ese comienzo completamente distinto de la “historia del ser” podía ser calificado seguramente de profético, pero carecía de cualquier significación humana. La época de transición en la que Heidegger creía encontrarse (o creía que la humanidad se encontraba) era nihilista o estaba más allá del bien y del mal, de la decadencia o salvación de la tradición o las tradiciones humanas. Las contribuciones heideggerianas a la filosofía eran, de una manera eminente, una contribución a la “custodia del ser”. Cómo podía relacionarse la “decisión” por ese otro comienzo con el “acontecimiento” del ser, una vez se hubieran eliminado las estructuras morales de la responsabilidad, era, precisamente, lo que para Rosen estaba en cuestión.[1]

La publicación de las Contribuciones, como todo lo que tiene que ver con la industria editorial heideggeriana, generó también su momento de polémica.[2] Al margen de los criterios que Heidegger impuso a la edición de sus obras, la propia publicación de un texto “esotérico” tiene sus reglas. La reciente publicación de los llamados Cuadernos negros (Schwarze Hefte) ha obliterado, en cierto modo, la publicación de las Contribuciones: por una parte, al transgredir la voluntad del autor de que los Cuadernos negros solo se publicaran al final de la edición completa y, por otra, al poner de relieve una atención mucho mayor de lo que podría imaginarse que la “historia del ser” o la “metapolítica” permitieran a la naturaleza de las cosas políticas, hasta el punto de que —como Rosen intuía— la filosofía política se convierte en una pauta de lectura de Heidegger y, tal vez, en la pauta de lo que Peter Trawny considera que será la tarea en el futuro de los estudiosos de Heidegger: una apología o defensa de Heidegger. Trawny, editor de los tres primeros volúmenes de los Cuadernos negros, es plenamente consciente de ello. Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos admite una lectura de Heidegger entre líneas propia de la escritura reticente a la que se alude con el nombre de “esoterismo”. Que el “esoterismo” sea una clave de lectura de Heidegger parece innegable para Trawny, que le dedicó hace unos años a este asunto un libro admirable, en el que Leo Strauss cobraba un protagonismo insólito en los estudios heideggerianos.[3] Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos empieza, precisamente, con el nombre de Leo Strauss, que se repite en dos ocasiones más. En la primera mención, Leo Strauss forma parte de los “judíos con los que Heidegger se encontró” (p. 11);[4] en la segunda, Trawny recuerda que Leo Strauss criticó especialmente el concepto heideggeriano de “autoctonía” (“Bodenständigkeit”) (p. 45, n. 11); en la tercera, alude a las consecuencias que podría tener “la decisión por el comienzo griego” —que condiciona el “otro comienzo”— y a las “enormes” “diferencias que existen entre pensar y creer” (p. 150). Cada una de estas menciones merece un breve comentario que ayuda a la desmitificación de la “conspiración mundial de los judíos”.

“Conspiración mundial de los judíos” es una variación de la mucho más antigua cuestión judía o del problema judío. Es posible que el nazismo hiciera patente, para quien albergara dudas al respecto, que el problema judío es un problema sin solución: ese desde luego fue el planteamiento de Leo Strauss. Que el problema judío sea un problema sin solución o un problema infinito es un planteamiento mucho más humano que la tergiversación que hace del nazismo o de la Shoah (Holocausto) un acontecimiento propiciado por los mismos judíos, como Heidegger dedujo de la literatura antisemita que se propagó por Europa desde la Emancipación y de la que los Protocolos de los Sabios de Sión fue el ejemplo más perverso. (Es decepcionante más allá de toda medida que Heidegger pudiera hacerse eco de esa literatura o que “tuviera oídos para los discursos de Hitler” [p. 58].) Hasta cierto punto, “Heidegger y la cuestión judía (o el problema judío)” habría sido un título más noble para el libro de Trawny.[5] Que la cuestión judía o el problema infinito del judaísmo no puedan plantearse sin aludir a la filosofía fue la tensión característica que Leo Strauss consideraba propia de la civilización occidental. Que “civilización occidental” fuera para Heidegger una frase sin sentido se correspondería con que hubiera “aniquilado” tanto el judaísmo (i.e. que la acusación de antisemita encuentre un fundamento incuestionable en los Cuadernos negros: véanse los capítulos ‘Aniquilación y propia aniquilación’ e ‘Intentos de respuesta’ de Trawny) como “destruido” la filosofía, lo que deja a Heidegger en un lugar que no es ningún lugar: ádyton, atopía, Bodenlosigkeit.

El judaísmo de Leo Strauss, la autoctonía heideggeriana y la contraposición entre Jerusalén y Atenas —por emplear la famosa contraposición strausiana— que subyace a la decisión por el comienzo griego y las diferencias entre pensar y creer están, por supuesto, estrechamente relacionados. Es imposible aludir a los judíos con los que Heidegger se encontró sin aludir al exilio de todos ellos de una Alemania nazificada. Pero el exilio de Alemania es solo un episodio de un acontecimiento mucho mayor: la Galut o diáspora de los judíos desde la destrucción del Templo. (¿Es comparable la destrucción del Templo con el acceso al ádyton? La destrucción del Templo es coetánea de la decisión apostólica de abandonar Jerusalén. En Atenas, donde ya existía una sinagoga, no se fundó ninguna iglesia en vida de los apóstoles.) Solo podemos conjeturar si la fundación del Estado de Israel puede describirse adecuadamente como autoctonía. No es una conjetura, desde un punto de vista filológico, que la filosofía, al menos en su comienzo griego, eludió la autoctonía: el pasaje decisivo del Panegírico de Isócrates (23-25) que vincula la autoctonía con la hegemonía de Atenas recuerda la profecía socrática en el Fedro de un modo que nos obliga a preguntarnos si Heidegger era realmente un filósofo (ἐπὶ μείζω δέ τις αὐτὸν ἄγοι ὁρμὴ θειοτέρα: φύσει γάρ […] ἔνεστί τις φιλοσοφία τῇ τοῦ ἀνδρὸς διανοίᾳ, 279 a-b). Si pudiéramos basarnos en la antigua tradición, una y otra vez descartada, que dice que el Fedro fue el primer diálogo platónico, el comienzo griego de la filosofía habría consistido en diferenciar el logos propio de la filosofía del logos propio de la retórica o de la ciudad (o de los dioses de la ciudad). En esa diferencia residía, para Leo Strauss, la necesidad logográfica de la escritura reticente o esotérica (Fedro 264 b). Como Isócrates, Heidegger, a quien, sin duda, un impulso divino lo llevaba a emprender grandes cosas y en quien había algo de filosófico, hablaba con el logos de la retórica o de la ciudad (o de los dioses de la ciudad) cuando se refería a la autoctonía, y no es posible hablar de autoctonía sin aspirar a la hegemonía. Ese logos no es en modo alguno esotérico.[6]

En la segunda mención de Leo Strauss en su libro a propósito de la “Bodenständigkeit”, Trawny cita sus póstumos Estudios de filosofía política platónica. El pasaje que menciona se encuentra en el primero de esos estudios, que está dedicado a la filosofía como ciencia estricta de Husserl y la filosofía política y comprende, en efecto, una refutación en toda regla de Heidegger, a quien Leo Strauss acabaría considerando más un “visionario” que un “filósofo” por comparación con Husserl. (Véase el capítulo de Trawny sobre Heidegger y Husserl, pp. 97-111. Heidegger se había encontrado con el judío Husserl como maestro, lo que prepararía su relación con sus discípulos judíos; que esos discípulos pudieran considerarse “hijos” de Heidegger depende de hasta qué punto Heidegger pensara alguna vez en Husserl como “padre”.) El estudio termina con una alusión al “impacto de acontecimientos” (en referencia al nazismo) que no podían ser pasados por alto y con una cita de la Crisis de Husserl: “En los comienzos de la filosofía ya hubo persecución”. Hasta cierto punto, es una tergiversación de la escritura reticente de la filosofía atribuirle a la filosofía de Heidegger la condición de esotérica: de una manera u otra, el suyo fue siempre el lenguaje del perseguidor. (Los Estudios de filosofía política platónica terminaban con un texto sobre Religión de la razón desde las fuentes del judaísmo de Hermann Cohen. En el corazón del libro, Leo Strauss dispuso un estudio sobre Más allá del bien y del mal de Nietzsche. Con esta perspectiva, no es una conjetura implausible pensar que el libro estaba compuesto como una refutación completa del paganismo heideggeriano.)

Si, como afirma Trawny, en el futuro habrá que defender a Heidegger, habrá también que establecer con precisión si su apología podría compararse con la apología por antonomasia de Sócrates ante el tribunal de la ciudad. Una manera tal vez sencilla de darse cuenta de si la apología de Sócrates (i.e. de la filosofía) y la defensa de Heidegger son comparables sería considerar la actitud ante el oráculo y el papel de Querefonte que parecen obligados a desempeñar los intérpretes. El papel de Querefonte es seguramente mucho menos atractivo que el papel de Alcibíades. Cuando Trawny dice que “atopía” es una “palabra socrática” (p. 86: “Según una palabra socrática, los pensadores son los atópicos, los carentes de lugar”), omite las referencias de los diálogos platónicos, que trazan un hilo de significación muy claro. En Fedro, la obediencia al oráculo de Delfos es la que lleva a Sócrates a dejar a un lado tanto la incredulidad como la credulidad en los mitologemas y encontrar el lugar preciso de la conversación (229 e); más adelante, la palabra sirve para referirse a la extrañeza del alma cuando adquiere su condición alada (i.e. cuando empieza a poder ver las ideas, 251 e). En la Carta vii, Platón (que aquí no es Sócrates) tiene que justificar su segundo viaje a Sicilia por las historias “absurdas e irracionales” (ἀτοπίαν καὶ ἀλογίαν) que circulan al respecto (352 a). Pero es en el Banquete donde la palabra adquiere, en boca de Alcibíades, sus resonancias más características. Alcibíades ha de decir la verdad; de hecho, cuando acaba su elogio de Sócrates, todos los presentes en el banquete reconocen su franqueza (παρρησίᾳ, 222 c). Sin embargo, no es fácil para alguien como Alcibíades contar “tus rarezas [las de Sócrates]” (σὴν ἀτοπίαν, 215 a). Sócrates es incomparable (…τὴν ἀτοπίαν ἅνθρωπος, 221 d).[7]

“Llama la atención —escribe Trawny— que Heidegger apenas considere el judaísmo una religión” (p. 145, n. 21) y añade que “un obstáculo para su acercamiento al judaísmo como religión era sin duda su significación para el cristianismo”. No haber entendido el judaísmo como religión, cualquiera que sea su significación para el cristianismo (y no es difícil reconocer en todo esto una forma del antisemitismo cuyas raíces más profundas se encuentran en el resentimiento propio de toda apostasía), incapacitaba por completo a Heidegger para entender el judaísmo. (No haber entendido el cristianismo como mandamiento divino del amor incapacitó por completo a Heidegger para entender el cristianismo. De hecho, es posible pensar en la capacidad que tuvo Heidegger para incapacitar a toda una generación de teólogos protestantes para entender el cristianismo.) Religión, en este caso, quiere decir entender el judaísmo como la posibilidad permanente de la Revelación de la Ley. No haber tenido en cuenta la posibilidad permanente de la Revelación de la Ley debilita irremediablemente, hasta convertirlo en un juego etimológico que ha obligado a devolver a la filología incluso lo que había de filosófico en ese juego, todo cuanto ha dicho Heidegger sobre la ἀλήθεια de la filosofía.[8] No hace falta ser uno de los “enemigos de la filosofía a los que les gustaría impedir la repercusión del pensamiento de Heidegger” (p. 168) para advertir que la apología o defensa de Heidegger no podrá hacerse en nombre de la verdad.[9]

(Dos palabras sobre la traducción. 1) La rapidez con la que se ha traducido este libro obedece, naturalmente, al escándalo que los Cuadernos negros han causado dentro y fuera de los muros académicos. Tal vez por esa rapidez se lea de vez en cuando “alamanes” por “alemanes”. “Alamanes”, al parecer, podía significar “todos los hombres”, lo que invalidaría buena parte de los prejuicios heideggerianos sobre los que no son alemanes. 2) En el original, Trawny escribe Shoa, que el traductor vierte por “holocausto”. “Holocausto” —que, en cualquier caso, habría de ir con mayúscula— es, sin embargo, una palabra griega. ¿Por qué sepultar el hebreo?)

Antonio Lastra
Instituto Franklin de Investigación en Estudios Norteamericanos,
Universidad de Alcalá


[1] Véase Stanley Rosen, ‘Contributions to Contributions’, en Essays in Philosophy. Modern, ed. de M. Black, St. Augustine’s Press, South Bend, 2013, pp. 153-163. Véase también George Anastaplo, ‘Heidegger and the Need for Tyranny’ (1981-1992), en George Anastaplo’s Blog, disponible en https://anastaplo.wordpress.com/2011/05/11/heidegger-and-the-need-for-tyranny/.

[2] Véase Franco Volpi, Heidegger. Aportes a la filosofía, ed. de V. Rocco, Maia, Madrid, 2010. El texto de Volpi debía haber sido la introducción a la edición italiana de los Beiträge, pero fue desautorizado por los albaceas de Heidegger. Volpi alude al “aura esotérica” que rodeaba a los Beiträge (p. 17).

[3] Véase Peter Trawny, Adyton. Heideggers esoterische Philosophie, Matthes & Seitz, Berlín, 2010. “Adyton es el lugar del oráculo […]. La filosofía de Heidegger es el acceso a ese Adyton, el intento de pensar lo que sucede en [ese lugar] impensable, al que solo somos capaces de acercarnos [para reconocer su impensabilidad]. Esto es así porque [ese] reconocimiento es una respuesta. Responde a lo inaccesible donde se resguarda. El pensamiento se ve como la correspondencia de una referencia a otra, que se muestra como ocultación, como negación, como un Adyton. […] Quien se adentra en esa referencia, recibe un inmenso exceso de sentido. Debido a que esa recepción supone ocuparse de esa referencia, la filosofía de Heidegger es esotérica” (pp. 8-9); véase también el Epílogo, ‘Atopia’. (En griego, ἄδῠτος es adjetivo y señala el lugar al que no se debe entrar; de la forma adjetiva se forma el sustantivo ἄδυτον, el sancta santorum. Trawny aduce la autoridad de Homero y Lucano, pero no la de Varrón; véase infra nota 8.) En 2012, Trawny fundó el Instituto Heidegger en la Universidad Bergische de Wuppertal y ha contado con el respaldo de los albaceas de Heidegger para la edición de los Cuadernos negros (véase la Introducción a Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos, especialmente la p. 17).

[4] Que el nombre de Leo Strauss preceda al de Hannah Arendt, Karl Löwith, Hans Jonas o Emmanuel Lévinas no es irrelevante; de hecho, supone hasta cierto punto una modificación de la pauta seguida hasta ahora para leer a Heidegger. Véase la práctica omisión de su nombre (salvo por una torpe referencia) en el influyente libro de Richard Wolin, Heidegger’s Children. Hannah Arendt, Karl Löwith, Hans Jonas, and Herbert Marcuse, Princeton University Press, 2001 (cf. p. 240, n. 1). Wolin ha criticado duramente los Cuadernos negros (‘National Socialism, World Jewry, and the History of Being: Heidegger’s Black Notebooks’, en Jewish Review of Books (verano de 2014). Véase la reseña que Stanley Rosen escribió de The Seduction of Unreason (2004) de Wolin —con referencias a Heidegger y Leo Strauss— en Essays in Philosophy. Modern, pp. 261-268.

[5] Con el lema Heidegger et “les juifs” se celebró en enero de 2015 en París un simposio dedicado a los Cuadernos negros con la participación de los principales pensadores franceses y el propio Trawny, que defendió su tesis de que el antisemitismo heideggeriano se basaba en la “historia del ser” (“l’antisémitisme onto-historiale”, en la presentación francesa). Véase el monográfico dedicado a los Cuadernos negros de Gatherings: The Heidegger Circle Annual, 5 (2015), especialmente la contribución de Anthony Steinbock. En su propia contribución a este monográfico, Trawny afirma que “the esoteric texts in Heidegger’s collected works are his Black Notebooks” y establece una pauta de lectura filosófica de su obra basada en la libertas philosophandi. El monográfico está disponible en http://www.heideggercircle.org/Gatherings2015.pdf. Véase también el Epílogo a la segunda edición de Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos (p. 165).

[6] Véase Einführung in die Metaphysik, ed. de P. Jaeger, Gesamtausgabe, vol. 40, Vittorio Klostermann, Frankfurt del Meno, 1983, § 52 a, p. 161 (p. 117). Trawny acierta al despejar el silencio de Heidegger de resonancias místicas (pp. 89-90); véase, sin embargo, la desaprovechada (¿o esotérica?) alusión a Lessing (p. 115). Trawny llega a preguntarse si “no se impone la impresión de que el pensador se extravía en un ocultismo para el que faltan las palabras” (p. 147).

[7] Véase Peter Trawny, Sokrates oder die Geburt der politischen Philosophie, Verlag Königshausen & Neumann, Würzburg, 2007, especialmente el capítulo ‘Auch eine Apologie. Max Webers Rede „Wissenschaft als Beruf“’, pp. 42-62.

[8] Trawny se refiere al “texto esotérico de la lección Sobre la esencia de la verdad del invierno de 1933-1934”, en el que Heidegger interpreta el fragmento 53 de Heráclito sobre el πόλεμος y habla de la “aniquilación”. No estoy seguro del sesgo de la frase de Trawny (no de Heidegger) que dice que “tal vez el judaísmo no sea otra cosa que la reducción apocalíptica misma” (p. 120; véase p. 121, n. 8 sobre la recepción de la lección heideggeriana). Volpi recordaba, a propósito de la legitimidad de la etimología para la filosofía, que Heidegger no había mencionado nunca la autoridad de Varrón, que en De Lingua Latina había admitido cuatro grados de interpretación de la etimología para alcanzar el conocimiento de las palabras: al que llega el pueblo, al que llegan los gramáticos, al que llegan los filósofos y el último, ubi est adytum et initia Regis, donde se accedería al misterio insondable del lenguaje. Varrón consideraba imposible el acceso a este grado (Heidegger. Aportes a la filosofía, pp. 43-44, n. 43).

[9] “Es giebt Gegner der Philosophie”: la expresión es del joven Nietzsche y merecería la pena leer detenidamente el escrito donde se encuentra, cuya idea fundamental es que los griegos habrían sabido cuándo se debe comenzar a filosofar (“wann man zu philosophiren anfangen müsste”; véase La filosofía en la época trágica de los griegos, § 1, en Obras completas, ed. de D. Sánchez Meca, Tecnos, Madrid, 2011, vol. i, p. 573).

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