Grandes maestros de la prosa latina

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MICHAEL VON ALBRECHT, Grandes maestros de la prosa latina: de Catón a Apuleyo, Editum, Murcia, 2013, traducción Antonio Mauriz Martínez, 368 pp. ISBN 978-84-15463-51-1.

MICHAEL VON ALBRECHT, Virgilio, Editum, Murcia, 2012, traducción de Antonio Mauriz Martínez, 474 pp. ISBN 978-84-8371-807-0.

VIRGILIO, Geórgicas, La piedra lunar, Sevilla, 2014, traducción, introducción y notas de Francisco Socas, 191 pp. ISBN 978-84-939102-4-2.

Cinco años después de su publicación en Alemania, la Universidad de Murcia editó en 2012 la traducción de uno de los últimos trabajos de Michael von Albrecht, catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Heidelberg y uno de los filólogos y traductores de latín más prestigiosos internacionalmente. Se trata de Virgilio, título que aparece ampliado en sus páginas interiores, Virgilio. Bucólicas. Geórgicas. Eneida. Una introducción, un tomo de casi quinientas páginas entre las que se incluyen una breve presentación y una extensa bibliografía virgiliana en España a cargo de la catedrática de la Universidad de Murcia Francisca Moya del Baño.

La misma Universidad de Murcia traía al propio von Albrecht a principios de año para presentar su libro junto a Grandes maestros de la prosa latina: de Catón a Apuleyo, también publicado recientemente en la colección Editum Signos de su Servicio de Publicaciones y considerada una obra de referencia que ha ido ampliándose y puliéndose desde su primera edición alemana de 1971. Ambos volúmenes han sido traducidos del alemán por Antonio Mauriz Martínez, que es asimismo el autor de otro importante libro sobre Virgilio, además de discípulo de von Albrecht.

Considero que es un gran acierto por parte de sus responsables el que se hayan traducido y publicado estas dos obras, de fácil lectura pero densas en erudición y minucioso análisis filológico. Por un lado Virgilio, traducido al español por primera vez, no es, como el lector ya se imagina, una mera introducción, sino un estudio completo y profundo de Bucólicas, Geórgicas y Eneida, que aborda muchas de las cuestiones que ha suscitado el corpus virgiliano desde la antigüedad hasta nuestros días; por otro, aunque editada con anterioridad, como adelantábamos más arriba, Grandes maestros de la prosa latina: de Catón a Apuleyo, está formado por una selección de textos latinos en prosa, comentados al detalle, que de alguna manera completa su colosal Literatura romana, el manual de consulta obligada para el amante de la literatura latina, por el que hasta ahora era más conocido Michael von Albrecht en España.

Conviene aclarar de entrada que la primera intención del doctor von Albrecht ha sido siempre la de acercar los clásicos a un público amplio que se deje llevar por la fascinación que siguen ejerciendo las más bellas creaciones literarias de la Antigüedad. Y así, “con una luz a la espalda”, tal y como Dante se refiere al propio Virgilio, su autor cree que el hombre erudito tiene la responsabilidad de guiar hacia el conocimiento, comprensión y deleite de los clásicos en un momento en que el lector piensa que están oscurecidos por la retórica de la crítica literaria y el abismo de los siglos que nos separan de ellos. A rebatir estos prejuicios –que seguramente la crítica especializada ha contribuido a crear– están destinadas las líneas del prólogo a la edición de Virgilio, recogidas bajo la pregunta ¿Leer a Virgilio hoy en día?, y para la que von Albrecht da una serie de respuestas a modo de apología que justifique la lectura de su obra. Respuestas lo suficientemente certeras y estimulantes como para atajar cualquier asomo de duda, pero entre las que también sorprende alguna más curiosa que otra, como por ejemplo “la falta de ilusiones que ofrece del ser humano”, que aquí se esgrime como “razón importante para establecer un nuevo diálogo con Virgilio”. No es que las necesite el lector sensible y curioso, pues éste se acercará a Virgilio antes que a von Albrecht, atraído sin duda por la belleza de su legado o por el lugar que aquél ocupa en la cúspide de las letras universales, sin cuestionarse la conveniencia o la idoneidad de su lectura, pero en cualquier caso conforman un puñado de buenas razones para aquéllos que recelan de su accesibilidad o de su capacidad para comunicarse con el hombre contemporáneo.

Le sigue un breve capítulo sobre la vida de Virgilio titulado El autor en su época, en el que se recogen los pocos datos biográficos que se han transmitido sobre él, mezclados siempre con anécdotas legendarias y hechos insólitos que se han ido acumulando a lo largo de los siglos y que hacen que su vida permanezca envuelta en un halo de misterio. Por eso prácticamente no rescata nada veraz o digno de crédito en ellos salvo las fechas de nacimiento y muerte del poeta, aparte de algún que otro dato que le sirve para trazar un penetrante análisis de las vivencias que han dejado huella en su espíritu y que tienen reflejo en sus tres obras. Más interesante aún que el extraordinario manejo de las fuentes, del que hace gala en toda la obra, es para mí esta reconstrucción psicológica de Virgilio que fabrica a partir de ellos, una imagen más que verídica de su personalidad y de cómo ésta se manifiesta en la elección o el tratamiento de los temas.

A continuación, cada obra constituye un gran capítulo de estudio estructurado en los tres casos de la misma manera (panorama de la obra, género y predecesores, técnica literaria, lengua y estilo, pensamiento, transmisión e influencia), algo que por un lado facilita la labor de búsqueda de un aspecto concreto de cualquier obra pero que, al mismo tiempo, lastra en exceso la lectura de quien prefiera apurarlo todo en el orden que aquí se presenta. Tanto es así que las mismas opiniones están expresadas aquí y allá de manera muy parecida o incluso, y esto se repite en demasiadas ocasiones, con idénticas palabras (y no sólo dentro de una misma obra, sino a lo largo de todo el libro), lo que produce la incómoda sensación de estar leyendo en bucle. Queda clara, no obstante, la utilidad de una disposición de este tipo, pero en mi opinión este múltiple enfoque de perspectiva es, por esta razón, la parte más ingrata de toda la obra. De ahí que no oculte mis dudas acerca de que éste sea, como se ha dicho, un libro que acerque a Virgilio a los lectores comunes, entre los que yo también me cuento. A mi manera de ver, como decía más arriba, el lector debe llegar primero a cualquiera de las obras de Virgilio sin necesidad de intermediarios. Pero si por los motivos que sean se invierte el orden natural de las cosas y se llega antes a ésta, no creo que sirva para que el lector se acerque más Virgilio que por ejemplo leyendo la Eneida. O de lo contrario no creería verdaderamente en su poder de transmisión ni sería tal su perdurabilidad, como venimos proclamando.

Intentaré explicarme mejor. Virgilio constituye un denso tratado muy práctico para el especialista o el estudiante de lenguas clásicas, y eso mismo, a pesar de lo que dice su autor al principio, es lo que parece indicar la propia estructura del libro, como destinada a servir con claridad de compendio analítico para el filólogo. En cambio, para el resto de lectores me temo que el manual queda un poco lejos de sus necesidades y el tono general de su autor resultará en exceso repetitivo y académico. Seguramente no ayudan tampoco los juicios ex cathedra con los que von Albrecht despacha a veces las teorías de otros especialistas, que ni siquiera pueden deducirse del todo por la tangencialidad o rapidez con que se exponen aquí (en muchos casos sólo se da el nombre del investigador y nada más), y que pretenden quedar resueltas no tanto con un puñetazo sobre la mesa, pero sí con la sonrisa indulgente del que no quiere perder tiempo en insignificancias. Tal es así que muchas de estas contestaciones se quedan sin más en una sentencia del tipo “éste se equivoca” o “aquél no tiene razón” o “todavía merece la pena leer a tal” o, incluso, “de lo sublime a lo trivial tan solo hay un paso”, pero se echa en falta al menos un enunciado de la teoría que se pretende rebatir y, sobre todo, un desarrollo argumentativo apropiado.

Algo parecido sucede con Grandes maestros de la prosa latina, sólo que aquí se acierta en no ocultar ni disfrazar las verdaderas intenciones del libro. Ya en el prólogo el autor expone lo que es a todas luces una evidencia, que “este libro está tanto determinado por la práctica educativa como destinado a ella”, y se muestra encantado de que éste haya encontrado “una amplia difusión entre aquellos a quienes pretendía ser de utilidad: profesores y estudiantes universitarios, así como docentes y alumnos de bachillerato”.

Tiene en común con el anterior el tono machacón y cierto exhibicionismo autoritario poco y mal razonado en demasiadas ocasiones, pero difiere principalmente en algo importante: éste es un manual práctico de análisis de textos en prosa que abarcan cuatro siglos y cuatro grandes géneros principalmente (oratoria, historia, filosofía y novela), una guía filológica que tiene como objetivo, en palabras de von Albrecht, “poner de manifiesto, mediante la interpretación de textos significativos o característicos por su forma y contenido, las amplias posibilidades del arte prosístico latino”. Su principal virtud contiene a la vez el que en mi opinión constituye su defecto más acusado, es decir, el desmembramiento minucioso de cada frase de un texto escogido por su relevancia o carácter ejemplificador, desde el punto de vista artístico, puede ser un valioso manantial de estudio para el comentarista de textos, pero también un terreno farragoso para quien se acerque a él buscando amplitud de miras en sentido literario. En contra de lo esperado, la interpretación de los textos se circunscribe aquí al ámbito de la disección filológica, en la que von Albrecht se muestra un experto de bata blanca, capaz de someter los textos literarios a un análisis estilístico incisivo, pero quizás demasiado formal o técnico. Los fragmentos aparecen descontextualizados, sin la menor mención introductoria sobre el criterio de selección ni sobre su valor dentro de la época, del género o de la producción del propio autor, y, como resultado de ello, se exponen aquí igual que animalillos cuidadosamente examinados y conservados en formol. Las comparaciones con otros textos u otros autores apenas están sugeridas de soslayo, pero pocas veces aparecen debidamente explicadas, como si fueran un asunto de dominio general. Sin embargo, lo que me parece más discutible de todo es la propia aspiración de su autor, cuya manera de entender la literatura no comparto en absoluto. “Poner de manifiesto las posibilidades del arte prosístico latino” o, como parte de la crítica ha dicho, “demostrar con precisión la excelencia de los textos literarios de la Antigüedad clásica” es en sí mismo una aspiración tan noble como frustrante, por el carácter subjetivo de la propia creación artística, que se escurre como el agua entre el mejor mimbre analítico, y por el tratamiento parcial que aquí recibe su estudio. Pretender que esa “demostración” consista en la desconexión y análisis pormenorizado de los períodos oracionales, o en el comentario etimológico del vocabulario, o en la descripción del estilo de cada autor revela una concepción muy sesgada, a mi modo de ver, del arte literario y un complejo tan irritante como extendido entre la gente de letras, y es el de querer imitar a nuestros colegas de ciencias por medio de supuestas demostraciones científicas, estadísticas y casillas de documentos “Excel”.

Volviendo a Virgilio, por tratarse de un libro de más peso no sólo en sentido estricto, no puedo dejar de admirar la seguridad que demuestra von Albrecht a la hora de situarse en el contexto y su destreza en el descarte de las capas históricas que han envuelto el pensamiento, la cultura y el lenguaje de Virgilio hasta hoy. Sobre el apartado que le dedica a la lengua y estilo de la Eneida, por ejemplo, me ha parecido especialmente valioso el esfuerzo por llegar al corazón del vocabulario virgiliano, asunto clave para entender gran parte de los usos lingüísticos propios y poder valorar como corresponde sus hallazgos poéticos y expresivos. No es menos acertado que curioso, en lo que concierne a este aspecto, el pensamiento del que parte von Albrecht para llevar a cabo esta ingente labor filológica: “La etiqueta de clásico concedida a Virgilio dificulta en ocasiones la posibilidad de reconocer la audacia original de sus recursos lingüísticos”. Sin embargo, aquí más que en ninguna otra parte se echa de menos una traducción de los numerosísimos ejemplos que se aportan en latín, cuidadosamente seleccionados para que el lector de hoy compruebe este audaz uso del vocabulario y la verdadera originalidad de Virgilio. “Mientras que otros adornan con oropeles estilísticos su pobreza interior”, según se anticipa en el prólogo, “Virgilio expresa, con vocablos aparentemente ordinarios, lo extraordinario. De este modo, cada palabra alcanza una sonoridad completa y la frescura de lo original. También hoy, la traducción de la lengua verdaderamente viva de Virgilio es un antídoto contra las lenguas muertas de nuestros días: las cáscaras vacías de las palabras de la política y la publicidad”. A este respecto, y si en efecto el libro está pensado para un gran público, me pregunto por qué no se ha optado por incluir una traducción no sólo de los ejemplos en latín, que se hallan por doquier, sino también de los que están en griego o incluso de las citas y notas que se dan en alguna otra lengua. Seguramente se espera con criterio que el lector tenga a mano un ejemplar de Bucólicas, de Geórgicas y de Eneida, pero ¿se da también por sentado que el lector común no sabe alemán, y por eso se traduce esta obra, pero sí latín, griego o inglés? En cambio los ejemplos del francés sí que están traducidos, algo cuando menos llamativo para cualquier lector hispanohablante.

Una consideración especial me merece el hecho de que von Albrecht sugiera temas de estudio aquí y allá que luego no tienen mayor continuidad que el propio avance de los mismos. Resulta particularmente desconcertante que, en un tomo de casi quinientas páginas, algunos de esos sugeridos y sugerentes temas no encuentren espacio para un desarrollo más amplio. Me refiero, por ejemplo, a la alusión “al arte del espacio vacío”, asunto que está anticipado en varias ocasiones y al que sin embargo, cuando por fin llega el momento de su estudio, no se le concede más que un párrafo de unas pocas líneas. El interés que se ha suscitado sobre él contrasta con la decepción que provoca un tratamiento demasiado superficial, pese a las grandes expectativas que había logrado despertar. La ausencia de personajes importantes que ocupan un espacio de relevancia en los poemas se presenta como una de las características de la técnica narrativa de Virgilio. Así como el arte de no decir, aspecto estudiado por quien aquí figura sólo como traductor, A. Mauriz Martínez, en su interesantísimo La palabra y el silencio en el episodio amoroso de la Enedia, que es uno de los pocos estudios que se citan de un autor español. Pero nada más mencionar escuetamente dos conclusiones extraídas del libro de su discípulo en torno a este tema (a saber, que para Virgilio “la poesía [hablando de la épica] fracasa cuando entra en juego la tribulación personal” y que no se puede confiar en las palabras de los hombres porque, a diferencia de las de los dioses, “a menudo no tienen consecuencia o bien las que tienen no son buenas”) von Albrecht las rechaza sólo un párrafo después de esta manera tan lacónica, sin justificación que se precie: “no existe necesidad alguna de circunscribirse a las aseveraciones negativas en torno a la poesía bélica y a las palabras de los hombres”.

Pero antes de terminar, aprovechando que la joven y hermosa editorial La piedra lunar acaba de publicar una nueva traducción al español de Geórgicas a cargo de Francisco Socas, quien firma además un excelente estudio introductorio (la edición es una joya por dentro y por fuera, del formato de un libro de bolsillo pero de mejor calidad y manejo), quisiera centrarme en esta obra con tal de exponer más detalladamente lo que he querido decir hasta ahora. Y más tratándose de una de las menos leídas de Virgilio que no en vano, en palabras del profesor Socas, “ocupa un lugar central de equilibrio [en la obra completa de su autor], muy acorde con su personalidad, lejos ya por edad de los juveniles e idealizados retozos de los pastores [Bucólicas] y ajeno por sus inclinaciones y gustos a las empresas de los ancestrales e imponentes héroes de la Eneida”. La poesía didáctica no está de moda, pero, como afirma Francisco Socas, “en el género didáctico las Geórgicas han ganado la partida, es una de las pocas obras que se siguen leyendo con gusto”. Es el trabajo de un gran maestro que escribe con libertad y madurez, consciente de que su labor “consiste más que nada en saber de lo que hay que prescindir. Virgilio resta y condensa, y esa es una de las claves de su atractivo duradero”. Y más adelante, “la meta de Virgilio es el logro de una construcción verbal que se pretende perdurable por benéfica y hermosa. […] La finalidad que importa y se impone en último término es la de que sus versos logren el embellecimiento de lo cotidiano”.

Siguiendo la misma estructura de estudio para cada obra, von Albrecht despieza su reconocimiento de las Geórgicas en las 8 partes que mencioné al comienzo de esta reseña. Lo mejor de esta manera de compartimentar la información, como ya he dicho, es que aquello que se busca resulta muy sencillo de encontrar pero, por otro lado, lo mismo está dicho muchas veces y no siempre se puede recomponer un hilo narrativo que aporte una visión de conjunto. De hecho, hay cosas que von Albrecht parece llevar a cabo por pura mecánica de trabajo, como dando por hecho que todas las obras se pueden y se deben analizar por igual, siguiendo un mismo esquema metodológico que, no por más sistemático o funcional, necesariamente va a aportar mayor claridad, y que en sí mismo es causa y resultado de lo que él llama sin espanto “ciencia literaria”, a la que yo aludí más arriba.

Pondré el ejemplo de un aspecto que considero significativo. Dos de los asuntos que más interés han suscitado entre los investigadores y lectores de todos los tiempos son el libro de las abejas (que ya habían ocupado a Virgilio en las Bucólicas y que también están presentes en la Eneida, a través de numerosas imágenes y comparaciones) y la fábula con la que éste concluye a la vez que toda la obra. En las 60 páginas que le dedica von Albrecht a las Geórgicas, del mismo modo que en las otras, hay un tratamiento extenso de la lengua y el estilo, de la técnica, de la teoría literaria, del pensamiento, etc., todo repleto de un rico despliegue de conocimientos acerca de lo que otros han dicho sobre cada uno de los temas que contiene la obra, que su autor unas veces aprovecha para rebatir y otras veces utiliza como mero apoyo de su propia opinión al respecto, algo que la crítica especializada ha señalado quizá con demasiada ligereza como “diálogo con sus predecesores”. Pues bien, sobre los dos asuntos citados no hay más que alguna que otra referencia, una conclusión con moraleja en relación con el mito de Orfeo y Eurídice (moraleja que en mi opinión no está condicionada por el texto ni, en el caso de que deba extraerse moraleja, no tiene por qué ser una ni tampoco ésta) y, sobre el tema de las abejas, una llamativa ausencia de profundidad. El mayor espacio a este último asunto se lo reserva von Albrecht para el primer capítulo, el correspondiente al “panorama de la obra”, donde no hace sino parafrasear el contenido del libro. Y en ninguna parte relaciona los dos.

Estructurado de forma completamente distinta, igual o más didáctico que el texto de von Albrecht, pero mucho más sugerente desde el punto de vista narrativo o literario, el prólogo de Francisco Socas aporta una lectura concreta sobre estos dos aspectos clave para la comprensión de las Geórgicas. Si para von Albrecht el pensamiento central del último libro “es la cuestión acerca de cómo superar la muerte”, algo que queda ilustrado con el intento de Orfeo por rescatar a Eurídice del inframundo, “que fracasa no por falta de aliento poético, sino más bien por la pasión excesiva de Orfeo”, en el prólogo de Socas se explica que, sobre todo, “el poema sugiere el melancólico y resignado mensaje de que, no ya el trabajo, ni siquiera el amor podrá superar la muerte, aunque tengamos necesariamente que trabajar para no morir y amar para transmitir la vida”.

En la también discutida cuestión de si éste mito se trata de un añadido posterior o una obra anterior que Virgilio recuperó para introducirla aquí von Albrecht ni se detiene. Seguramente no es esto lo más importante, pero creo que sí merecía más atención el hecho de que un libro como éste, en el que Virgilio esquiva tan deliberadamente la narración mitológica, termine justo con una bastante extensa. Michael von Albrecht subraya su importancia como ejemplo de la inmortalidad de las palabras. “El poeta Orfeo, al adentrarse en el reino de las sombras, intenta subvertir los límites de la existencia humana. En ese cometido fracasa no como cantor (su canción conmueve a los dioses de los muertos), pero sí como ser humano, pues se ve desbordado por la pasión”. En cambio, Francisco Socas relaciona los dos núcleos del último libro en una sola interpretación más completa y, a mi juicio, atinada: “La yuxtaposición del comunismo de las abejas, negadas para el amor y el arte, con el individualismo salvaje de Orfeo, entregado al amor y el arte, la descripción de los animalillos como miembros de una sociedad eterna y la historia del héroe que fracasa en su intento de rescatar a la amada de la muerte y luego es despedazado por su negativa a formar familia, todo ello encierra un aviso de Virgilio sobre los costes del colectivismo romano y su práctica de la violencia, sobre el fracaso del arte y la libertad individual, forjando una contradicción que se revelará luego en el interior de la Eneida y aun fuera de ella, esto es, en las dificultades de su ejecución, que a decir del propio autor nunca le satisfizo y había emprendido por locura”.

Una afortunada locura que tenemos la suerte de conservar y poder disfrutar ahora en numerosas traducciones y en manuales de apoyo como éstos que ha editado la universidad de Murcia, dos valiosos libros de un gran erudito en lengua y literatura latina que suponen un excelente material de estudio sobre todo para el especialista o investigador, para quien en realidad están concebidos.

Juan José Tejero

 

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