Fra Angelico

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GIULIO CARLO ARGAN, Fra Angelico, traducción de A. de los Cobos, Casimiro libros, Madrid, 2015. 104 pp. ISBN 978-84-15715-57-3.

Fra Angelico, que fue monje, predicador y pintor,
no vivió un ensueño místico, sino que tuvo clara
conciencia de su propia función histórica.

Nos presenta la editorial Casimiro libros una esmerada traducción, previamente publicada en 1968 por la editorial Carrogio, del estudio crítico de 1955 del prestigioso erudito, crítico y profesor de historia del arte en las universidades de Palermo y Roma, Giulio Carlo Argan (Turín, 1909-Roma, 1992). Enriquecido con varias ilustraciones que sirven de  apoyo a las explicaciones del autor, el texto nos conduce en un apasionante rastreo por la obra de este extraordinario pintor que fue Giovanni di Fiesole, conocido por la historia como Fra Angelico, nacido en el valle de Mugelo, no lejos de Florencia, alrededor del 1400 (si bien Vasari fecha su nacimiento entre 1387-88) quien, muy joven, ingresó en la Orden de los dominicos donde alcanzó una posición de autoridad al tiempo que alcanzaba fama como pintor. Comenta Argan que fueron precisamente sus hermanos dominicos los que dieron a Giovanni da Fiesole el nombre de Fra Angelico para señalar que él era el pictor angelicus, al igual que Santo Tomás era el doctor angelicus.

El texto aparece dividido en dos grandes partes, la primera Fra Angelico y su tiempo, subdividida en tres partes: “La vida”, “La tradición crítica” y “La cultura” de Fra Angelico y la segunda, La obra, que contiene “Predela y retablos” y “Frescos y obras de madurez”.

En este ensayo, tan erudito como ameno, Argan traza la trayectoria doctrinal y artística de Fra Angelico a través de su obra. Desde un principio Argan se posiciona claramente frente a la crítica romántica que veía en el artista un místico que, tras orar y meditar, plasmaba sus  visiones de la divinidad en imágenes llenas de gracia, armonía y belleza luminosa. Por el contrario, el crítico italiano atribuye a su pintura una determinación didáctica de la que su autor es plenamente consciente y que viene determinada por sus intereses doctrinales, sólidamente fundados en unos principios religiosos muy determinados, los de la Orden dominica, enraizados en las tesis de Santo Tomás de Aquino y en las enseñanzas del fundador de la Orden, Dominici. Para Argan, sin duda la obra de Fra Angelico es religiosa, pero en un sentido eclesiástico y no tanto místico, es decir, didáctico y político antes que contemplativo, al menos buena parte de su obra. Su pintura es, en fin, una suerte de predicación que busca excitar los sentimientos de los creyentes mediante una intensa experiencia sensorial de luz y belleza.

Fra Angelico fue un hombre de su tiempo, el Quattrocento, y su pintura aparece ligada a los movimientos culturales que tenían lugar en la Florencia de la primera mitad del siglo XV, y que conllevaban grandes transformaciones de las cuales, según Argan, fue el fraile muy consciente y en los que colaboró con un papel muy activo. No se resistió, por ejemplo, a los cambios que se estaban operando en la cultura figurativa florentina, tales como los cambios en la  perspectiva —pero sin aceptarlas como leyes únicas de la realidad sensible si no usando la perspectivas para colocar cada cosa en el lugar que le corresponde— o el tratamiento del espacio —sin llegar a caer en un empirismo óptico pues el espacio es mero lugar representativo de cosas que, en su visión tomista, no son ni enteramente celestes ni enteramente terrestres—, sino que los acogió y adaptó a los fines religiosos que tradicionalmente se había asignado al arte, pues, al igual que los humanistas del Renacimiento buscaban una renovación de la conciencia histórica volviendo a los orígenes, a las fuentes del pensamiento greco-latino, Fra Angelico pretendía una renovación de la conciencia cristiana, una vuelta a los orígenes más puros del pensamiento y el vivir cristiano. Siendo la diferencia que para el fraile la única historia es la historia religiosa, tomó por ello como fuente para su iconografía los temas de la Leyenda Áurea, del también dominico Jacobo de Vorágine.

Los fundamentos teóricos de la pintura de Fra Angelico son, por un lado, el pensamiento tomista, en el que Dios puede ser conocido intelectualmente retrocediendo desde los efectos —la naturaleza, lo creado— hasta la causa principal que los origina —El Creador— y donde también se encuentra la idea de belleza como “aquello en que la vista se complace”  y, por otro lado,  las enseñanzas de Dominici, fundador de la Orden que lleva su nombre, hombre de amplia cultura clásica que consideraba el arte como uno de los mayores instrumentos para la propagación del pensamiento religioso, y quien unía a su interés por la predicación un sentimiento poético de la naturaleza, semejante al de los franciscanos. De ahí que Dominici admitiese, y Fra Angelico compartía esta perspectiva, que el artista, viviendo rectamente su experiencia sensorial, remontándose del efecto a la causa, podrá representar la bienaventuranza celeste y mostrársela a los devotos para exhortarlos a elegir el bien vivir, es decir, el vivir religiosamente.

Argan vincula también su pintura con la de otros artistas como Masaccio —con quien comparte el ideal de “dignidad humana”—, Doménico Veneziano, Giotto —un arte activamente religioso— e incluso arquitectos de la época como Brunelleschi. Y  explica al lector las técnicas de perspectiva que usa, por qué y para qué de su enfoque y, sobre todo, el  fantástico uso de la luz, quizás la característica que más se ha subrayado en las figuraciones de este pintor. La luz es en su obra el principio fundamental que permite al ser humano, de cognición limitada, llegar a percibir la idea del ser supremo. “La definición rigurosamente teórica del valor de la luz es la principal aportación de Fra angélico a la experiencia estética de su tiempo.” Luz absoluta, luz perfecta que se inserta en una forma, en un color que es materia, de forma que la luz, identificada con la divinidad, se manifieste a los hombres como causa, no como efecto. Y apunta el tema de lo admirable —lo mismo que en un sermón espiritual— como el tema de toda la pintura de Fra Angelico. Así despliega una suprema belleza luminosa a la vista de los hombres, no para que queden  extasiados ante dicha visión, sino con el fin de guiarlos hacia el descubrimiento del Creador a través de una experiencia natural, sensorial, que descubrimos en sus retablos.

Fra Angelico habría comenzado su obra como miniaturista, y en esta fase sus pinturas reflejan ese delicado trabajo: son sencillas, detallistas, llenas de devoción popular; es la fase de los retablos, las primeras Anunciaciones, la Madonna en el trono, la Madonna con Santa Ana, la Virgen de la Estrella, y donde empieza a desarrollar su interés por la luz. Luego vendrá una época en la que, junto a una extraordinaria perfección en el tratamiento de la luz, perfilará los elementos más naturalistas, de corte aristotélico, de modo que, ya en su fase de madurez, Fra Angélico llega a vincular arte, religión y conocimiento a un nivel muy alto, e integrará de forma armoniosa y muy elevada religión y cultura, la docta pietas, la religión mental de los intelectuales expresada plásticamente que apela a los doctos y la charitas, la religiosidad de  los sencillos que viven la religión del corazón. Pertenecen a esta etapa sus conocidas Anunciaciones, la Transfiguración de Jesús —obra tenida por Argan como un ejemplo de los pocos mandalas que ha producido el arte occidental—, o el Descendimiento y la lamentación sobre el cuerpo de Cristo.

Con la serie de frescos del convento de San Marcos de Florencia llegará la fase ascética de la pintura del fraile, obra dedicada no ya a la gente del mundo sino a monjes enclaustrados,  y que posee, ahora sí, una clara intención meditativa. En este tiempo y espacio, la pintura del dominico perderá gran parte de su característico naturalismo: las formas se depuran, la luz procedente no ya de los dorados de antaño sino del fondo blanco de la pared es incluso dura, abrupta, las imágenes son alusivas, intensas pero desencarnadas, casi inmateriales; materia y luz quedan reducidas a lo esencial y aparece cierta radicalidad, casi crudeza, en las representaciones, muy acorde con el espíritu religioso dominico, que no propicia el arrebato místico, el éxtasis visionario, sino la contemplación mental de una verdad de fe. Pinturas que acompañarán al monje en su proceso de meditación y ascesis, en el camino de llegar a la causa sin pasar por el efecto que es la realidad manifiesta. “Ante la verdad suprema, la docta pietas no vale más que la docta ignorancia.” Como resultado de esta experiencia vital y pictórica en el convento de San Marcos, la obra y las bases dogmáticas del artista se trasformarán; cambio que se plasmará en los frescos de la capilla Niccolina —encargo del papa—, en la elección del tema del bien frente al mal como vía de comunicación con lo divino y la cuestión clave del amor al prójimo.

Hacia el final de su vida, en cierta manera volverá Fra Angelico a sus inicios con una pintura más popular, de una admiración inocente ante los milagros, con un toque de humor, popular y casi con la ingenuidad de un catecismo, pero ahora ya, claro está, sobre el substrato de una alta cultura tanto técnica como religiosa: “una forma accesible sobre un rigor doctrinal.” Integración dialéctica de aristotelismo y neoplatonismo, llamada al pueblo, gran cultura de fondo, técnica depurada, humor y tragedia unidos. A esta época pertenece el Juicio final o la Lapidación de San Esteban.

Porque, al igual que en el Quattrocento los humanistas desearon un renacimiento del ser humano logrado mediante una vuelta a la pureza y belleza de los tiempos clásicos, también en la religiosidad se buscó un renacimiento del alma cristiana mediante un regreso a las fuentes puras del evangelio y a las vidas ejemplares de los primeros cristianos, mártires y padres del cristianismo que permitiese sentir la historia no como una historia de hechos y héroes sino como el desarrollo de un pathos colectivo de la humanidad en su conjunto. Y esta fue una gran labor cultural en la que, según Giulio Carlo Argan, Fra Angelico desempeñó como artista un papel fundamental, tanto por la difusión de los dogmas cristianos, tanto entro los legos como entre los humanistas, como por la síntesis entre el naturalismo y neoplatonismo que logró en su obra, síntesis que está en la base de nuestra cultura occidental, como nos recuerda el eminente profesor en las conclusiones finales de su magnífico estudio crítico.

Luz Álvarez

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