Está en nuestras manos

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TERESA FORCADES VILA, Está en nuestras manos, DAU. Barcelona, 2015, 168 pp. ISBN 978-84-941031-8-6.

Llama la atención, ya nada más tomar este libro entre las manos, que la portada sea una foto del rostro de la autora ataviada con el hábito benedictino. Y no tanto por el hábito en sí (aunque también tenga su miga), cuanto por esa centralidad puesta en su retrato, que es, de alguna manera, tanto como decir que el libro importa más por quien lo escribe que por lo que está escrito en él.

            Y ciertamente, es así. Porque apenas hay nada nuevo en las cuatro secciones en que está dividido Está en nuestras manos: “Crítica ética del capitalismo”, “Propuestas para una democracia social”, “Participación política, nacionalismo y diversidad” y “Los retos del cristianismo”. Ni una sola idea de las que plasma Forcades en estas cuatro partes puede serle ajena a cualquiera que se haya movido en los ámbitos de la izquierda social, eclesiástica o sanitaria en los últimos cuarenta años. Desde las propuestas básicas de la teología de la liberación y del feminismo teológico, hasta la tasa Tobin, la crítica de la deuda externa o la instrumentalización de la Organización Mundial de la Salud en pro de la industria farmacéutica, la autora incluye en este librito todas las medidas básicas para un programa revolucionario cristiano; medidas que han venido defendiendo durante décadas grupos como Cristianos por el Socialismo, Cristianisme y Justicia, o la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), entre otros muchos.

            La relevancia que pueda tener esta nueva publicación, por tanto, no hay que buscarla en el contenido sino en la forma. En el que hecho de que ahora sea esta mujer en particular la que retome y reúna un conjunto más o menos disperso de discursos ya maduros. De ahí, en mi opinión, el interés por resaltar (con la foto de portada), de dónde proceden las ideas. Se presentan como avales de la autora una formación de alto nivel como teóloga y también como médica (lo que permite evitar la crítica de los expertócratas); una elección por la vida monástica católica (que permite evitar la crítica de los conservadores religiosos ideológicamente flexibles); y una opción clara por la participación política a favor de la independencia catalana, que le ha llevado incluso a exclaustrarse temporalmente en los últimos tiempos (lo que permite evitar la crítica de los cristianos progresistas y sobre todo la de los catalanistas de cualquier índole). Porque parece ser que no es lo mismo que una monja de Montserrat hable suave y educadamente de poner límites a la propiedad privada (o que diga que la visión que se muestra en nuestro país del bolivarismo venezolano está teñida por el cristal de las gafas de los grandes grupos mediáticos), a que lo haga vociferando desde un atril cualquier profesor universitario de tono marxista.

            Pero más allá de la envoltura, de quién y desde donde promulgue este programa revolucionario cristiano, la cuestión es si este tiene interés. Y en mi opinión sí lo tiene. En primer lugar, porque en el cambio de la situación social de España que venimos viviendo desde hace un lustro, se han roto todos los tabúes políticos y económicos que habían venido sosteniéndose desde 1978. De ahí que sea interesante poner en claro cuáles son las propuestas que vienen desde los grupos, hasta ahora minoritarios, que hoy disfrutan de su minuto de gloria. Entre ellos se encuentra la izquierda cristiana, deglutida durante décadas en el seno del PSOE y de IU sin poder encontrar un rostro reconocible con el que salir al ágora pública. ¿Puede ser Teresa Forcades ese rostro o al menos parte de él?

            En segundo, porque no es tan grande como podría suponerse la pluralidad de las alternativas políticas que están surgiendo para enfrentarse al revuelto electorado que surge de este cambio social. A pesar de la irrupción de nuevos partidos en el panorama político nacional, la sensación de que se repiten viejos esquemas es bastante fuerte. Por eso es de agradecer que la izquierda cristiana reivindique su espacio como opción política y electoral, marcando un hiato entre el comunismo (más o menos disfrazado), de un lado, y el capitalismo salvaje, de otro. La “economía del bien común” que defiende Forcades a lo largo de estas páginas puede ser un punto intermedio que permita matizar a unos y a otros. Además, no conviene olvidar que representa una tradición secular dentro de la Iglesia católica, minoritaria, es cierto, pero no por eso menos importante.

            Y finalmente, el tema catalán. Todo lo anterior cobra un poco más de relevancia si lo ponemos en el marco del que probablemente sea uno de los principales retos de nuestro país en esta segunda década del siglo XXI (un país al que, por otra parte, en este libro apenas se llama España; la autora prefiere denominarlo con la locución eufemística Estado español). El protagonismo que esta religiosa benedictina está desarrollando en el proceso de forzada crisis identitaria que vive Cataluña, quizás no sea fácil de ponderar desde los lejanos territorios andaluces desde los que escribo. No obstante, dado el conocimiento que de Teresa Forcades tenemos ya en estas tierras, no ha de ser poco. Solo por ello puede merecer la pena leer sus propuestas.

            Únicamente como detalle, decir que se echa en falta un poco más de mimo a esa parte del mundo de lectores que no se asusta ante una nota a pie de página con una referencia bibliográfica exacta. Si bien se aprecia en la autora y en la editorial un legítimo interés por evitar que el libro dé la impresión de ser la típica producción académica, muy aburrida y demasiado exigente desde el punto de vista intelectual, no es menos cierto que, para tratar de estos temas de tanta envergadura, no estaría de más añadir a la bibliografía final algo más de una decena de referencias e indicar con claridad la procedencia de las citas. Tampoco sería algo negativo desde un punto de vista pedagógico.

 

Juan D. González-Sanz

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