Escritos sobre la guerra civil y la constitución de los Estados Confederados de América

pdf

LORD ACTON, Escritos sobre la guerra civil y la constitución de los Estados Confederados de América, edición y presentación de Antonio Lastra, traducción de Alfredo Bergés y Antonio Lastra, In Itinere, Oviedo, 2015, 192 pp. ISBN 978-84-16664-00-9.

 

Una guerra civil es un hecho dramático, enloquecedor para una nación sin duda alguna. Un fratricidio de tal magnitud deja siempre una herida abierta puesto que en la guerra uno de los dos bandos debe vencer y el otro ha de sucumbir. El caso particular del conflicto civil es que al día siguiente de firmar la paz los enemigos tienen que convivir. La Guerra Civil americana o Guerra de Secesión ha sido considerada la primera de las guerras modernas: la cantidad de efectivos, el aparato tecnológico y logístico, su repercusión internacional, la extensión geográfica de la batalla y el número de bajas superó con creces las campañas napoleónicas de principio del siglo y auguró lo que estaba por llegar en Europa durante la primera mitad del siglo XX. La guerra enfrentó entre 1861 y 1865 a las fuerzas de los Estados Unidos (la Unión) o “el Norte” y los recién formados Estados Confederados de América, “el Sur”. Finalmente, y tras una larga y compleja batalla militar y política la victoria fue alcanzada por los norteños.

El conflicto suscitó el interés de las principales potencias europeas, que no supieron muy bien qué actitud tomar frente a él. Políticos e intelectuales de la época intentaron comprender sus diferentes causas, pues no estaban muy claras, cabe decir, ni en el pasado ni el presente. Uno de estos intelectuales fue el historiador, aristócrata y político inglés John Dalberg Acton (1834-1902), famoso por acuñar el aforismo “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Entre 1861 y 1863 se dedicó a informar al público inglés en diversos periódicos católicos de los que él mismo fue editor acerca de los sucesos en Norteamérica.  En 1853, el joven Acton, de 19 años, tuvo la oportunidad de viajar a Estados Unidos para ir a la Exhibición Industrial de Nueva York, visitó diversos estados norteños y conoció a personalidades de la época. No obstante, y como confiesa al general Lee en su correspondencia, no pudo visitar el Sur por lo que no conoció de primera mano la institución de la esclavitud. Durante la guerra, Acton se posicionó a favor de la causa confederada, lo cual puede despertar en una primera impresión la susceptibilidad del lector. No obstante, al leer los Escritos también se dará cuenta, si está atento, de que el historiador inglés no estaba a favor de la esclavitud; afirmaciones como esta lo corroboran: “la esclavitud se opone a la democracia, primero, porque establece la desigualdad entre los hombres y, segundo, porque acostumbra a los hombres a mandar sobre otros hombres que no pueden gobernarse a sí mismos” o “la causa sureña está ligada a una legislación infame e inmoral para mayor seguridad del dueño de esclavos”.

La adhesión de Acton a la Confederación se explica porque el historiador consideró que la democracia norteña había ido degenerando en una democracia absolutista y arbitraria sujeta a los intereses del gobierno. Como indica Antonio Lastra en la presentación de la obra, “Acton escribiría que solo la Constitución francesa del año III y la de los Confederados americanos se había enfrentado a los males de la democracia con los antídotos que la propia democracia proporciona”, también escribió “la Constitución se ha hecho incompatible con la libertad y el autogobierno se ha vuelto inalcanzable si no es a través de la independencia. La esclavitud en los Estados sureños se opone menos a los principios de moralidad política que las ideas norteñas de libertad”. La concentración de poderes en manos del gobierno central era anticonstitucional tanto para los estados esclavistas que temían la abolición de la esclavitud como para Acton, firme defensor de la división de poderes que estaba en contra de la centralización. La causa sureña era aparentemente una contradicción, ya que la Constitución de los Estados Confederados descendía directamente de la Constitución de 1787 y a su vez, esta de la Declaración de Independencia. La paradójica contradicción se resume en que, influida por las ideas de la Ilustración y en particular del filósofo John Locke, la Declaración de Independencia establecía la igualdad natural de los seres humanos, mientras que la causa confederada no podía de ningún modo mantener esto. Así mismo, durante la contienda los dos bandos hicieron suyas las ideas políticas de Thomas Jefferson, autor principal de la Declaración.

La edición y presentación de los Escritos sobre la Guerra Civil y la Constitución de los Estados Confederados de América corre a cargo del profesor Antonio Lastra, así como parte de la traducción en la que también ha participado Alfredo Bergés. La obra ha sido publicada bajo el respaldo del Seminario de Historia Constitucional “Martínez Marina” encuadrado dentro de la Universidad de Oviedo y forma parte del proyecto de investigación “Hacia una Historia Conceptual comprehensiva: giros filosóficos y culturales”. El libro contiene la mencionada presentación. En ella Lastra presenta la figura de un Acton católico y liberal en la Inglaterra victoriana del siglo XIX, analiza su posición en el liberalismo y su consideración de la Constitución Confederada dentro de la escritura constitucional de los Estados Unidos comparándola con la concepción de George Anastaplo; y concluye con una breve referencia a la que pudo ser la obra magna de Acton: su Historia de la libertad. A la presentación le sigue una nota a la edición y la bibliografía escogida. Ordenados por fecha de redacción y publicación, los escritos seleccionados son: Informes sobre la Guerra Civil en América, publicados en dos periódicos ingleses entre marzo de 1861 y octubre de 1863; reseña de La segunda guerra de independencia en América de Eduard M. Hudson; La Guerra Civil en América: su lugar en la historia, conferencia dictada el 18 de enero de 1866; la Correspondencia Acton-Lee; reseña de la Historia de cuatro años de guerra civil en los Estados Unidos de América de Constantin Sander; y la reseña de La lucha intestina de la Unión norteamericana de Heinrich von Blankenburg.

Los Informes sobre la guerra civil recorren dos esferas principales de la guerra: la esfera política y la militar. Por un lado las referencias a los políticos, los diferentes partidos y las abundantes citas; por otro lado los generales de los dos bandos se convierten en el eje vertebrador de la guerra, pues las diferentes estrategias de Grant, Lee y McCelan, entre otros, fueron variando el curso de los acontecimientos, muchas veces al margen de la política.

La llegada a la presidencia de Lincoln hizo tambalear el equilibrio entre el Norte y el Sur, un equilibrio sustentado por una media docena de acuerdos que a lo largo del siglo XIX habían evitado la secesión. La Confederación eligió a su propio presidente, Jefferson Davis, a quien Acton recurre con frecuencia. Además nombraron a un secretario de guerra, de estado, del tesoro y del interior. El Sur tenía el objetivo de defender su nuevo territorio, sus fronteras. Por el otro lado, el Norte no podía permitir la disgregación de la Unión. Para él, la secesión era a todos los efectos un ataque contra su autoridad. El estado de Virginia, el más poblado e industrializado del Sur, ofreció Richmond como capital de la nueva Confederación y desde ese momento la estrategia de los ejércitos del Norte sería atacar a la ciudad, ya que pensaban que si caía esta todo lo demás caería por la falta de cohesión entre el resto de los Estados Confederados, falta que algunos historiadores han considerado el motivo por el que cayó el Sur y de la que el mismo Acton habla. No obstante, y precisamente, esta falta de cohesión era en realidad la causa y el objetivo del Sur: el autogobierno de los Estados.

Como la profesora Aurora Bosch señala en su libro Historia de Estados Unidos, a comienzos de 1861 el país apenas tenía un ejército de 16.000 hombres repartidos entre 75 puestos fronterizos que utilizaba un armamento muy atrasado. El alto cargo del ejército estaba notablemente envejecido, “el general en jefe, Winfield Scott tenía setenta y cuatro años”, señala Bosch. Esta situación nada tendría que ver con los Estados Unidos posteriores a la Guerra Civil —como anticipa Acton—, esto se podría explicar por ser un país sin enemigos fuertes y sin potencias amenazantes como sucedía en Europa pero también se podría interpretar como un intento de los padres fundadores de alejarse de toda la belicosidad europea que solo había traído desgracias. No obstante, la Armada, poseedora de una imponente marina mercante —coinciden Bosch y Acton— los proveía de una gran fuerza potencial. Esta situación inicial cambió drásticamente en los años que duró la guerra: los dos gobiernos aprobaron reclutamientos masivos de decenas e incluso cientos de miles de hombres.

En los Informes expresa, como se ha dicho, su rechazo al Norte por haber degradado en una democracia absolutista, “el Norte suspendió el habeas corpus, ha suprimido el juicio por jurado, ha interferido en la libertad de prensa y ha encarcelado en masa tanto a hombres como mujeres por delitos políticos, incluso por sospecha”. Acton, que defendía la separación de poderes, no podía estar de acuerdo con esto, no con un poder ejecutivo (gobierno) que invadía los espacios del poder legislativo y el judicial con nuevas leyes en tiempo de guerra.

La capacidad de Acton para diagnosticar los síntomas de una nación sorprende; cito por extenso:

“Será imposible en tiempo de paz abandonar el poder dictatorial que la guerra ha conferido al presidente. La iniciativa de la administración, la función de protector y pagador universal, los recursos de coerción, intimidación y corrupción, la costumbre de dar preferencia al interés público del momento sobre la ley establecida, el deber de establecer disposiciones para el retorno de una nación entera de soldados adiestrados en los escenarios de la guerra civil, un acreedor público, un presupuesto enorme: todo eso le quedará al futuro Gobierno de la Unión Federal y le hará aproximarse más a una democracia imperial que a otro tipo republicano. Surgirán nuevas aspiraciones por medio de satisfacerlas, ya que las naciones rara vez se contentan con la gloria que se alcanza en la guerra civil”.

Nos fijamos en la última oración, esa nación “imperial” de continuas “aspiraciones” es la que muchos considerarían a los Estados Unidos a lo largo del siglo XX, si bien cabrían grandes matices.

Los sureños esperaban la intervención y apoyo de Inglaterra en el conflicto: “hay una afinidad natural entre la Confederación sureña e Inglaterra”. Sus intereses eran los mismos, someter al Norte, para el que la anexión de Canadá representaba un plato prohibido y por tanto deseado.

El Sur apenas estaba industrializado “solo 1/9 parte de la capacidad industrial estaba en la Confederación”, señala Bosch, y eso le costó muy caro. Incluso podría decirse que le costó la victoria. No tenía navíos de guerra modernos ni armas de fuego, por lo que tenía que comprarlas a las potencias europeas. Su economía estaba directamente ligada a Inglaterra por la exportación del algodón, que se vio mermada considerablemente con el bloqueo norteño. Además, el Sur apenas tenía vías de ferrocarril, por lo que el transporte de tropas, munición y alimento fue ineficiente desde el comienzo.

Escribir sobre la Guerra de Secesión conduce casi inconscientemente a pensar en la esclavitud, institución incomprensible en nuestra sociedad, condenable, detestable e incómoda. El esclavo era ni más ni menos que un ser humano propiedad de otro, no tenía representación jurídica o política, no tenía derechos y un solo deber: el de obedecer.  Al inicio de la guerra civil unos cuatro millones de esclavos negros vivían en los estados esclavistas de los Estados Unidos. Su principal labor era el trabajo agrario; hombres, mujeres y niños se dedicaban al cultivo del algodón que “el Sur” exportaba, y esto constituía la base central de su economía. Mientras tanto, al norte, los negros libres eran una minoría que tampoco gozaba de las libertades que se pudiera suponer. Como indica Acton, durante la guerra, las comunidades negras fueron acosadas e incluso atacadas y perseguidas por algunos grupos de la población (irlandeses especialmente) que los consideraban el principal motivo —y por tanto responsables— de la guerra. Durante la contienda cientos de miles de antiguos esclavos negros sirvieron en los ejércitos de la Unión, mientras, ante la gradual derrota de la Confederación se planteó si armar a los esclavos o no. Al final el Sur se rindió antes de que esto sucediera puesto que habría sido traicionar las mismas bases de la esclavitud, la de que el negro no es igual en naturaleza al blanco, por lo que no podría ser un mejor soldado.

Finalmente Acton, desde el puesto de observador extranjero reflexionó acerca de una posible solución para la guerra en la que los Estados Unidos pudieran sobrevivir sin romper toda su obra política: “una confederación que abarque la vieja Unión, sin un despotismo popular en Washington ni esclavitud en Richmond”. Es decir, el consenso como fin posible a la guerra, consenso que nunca se produjo.

En la reseña de La Segunda Guerra de Independencia en América, Acton hace una síntesis de toda la obra. Hudson estimó la población sureña en torno a 12.250.000 personas y 19.141.000 en el Norte. Esto parecería expresar una clara superioridad numérica norteña, no obstante, mientras en el Sur los esclavos (hombres, mujeres y niños) se encargan del trabajo agrícola y los hombres capaces de portar un arma eran destinados al ejército; en la Unión, una parte de los hombres tenía que quedarse en el campo y la otra ir al frente. Además, precisamente por la demanda de productos alimentarios y la falta de trabajadores agrícolas, los sueldos aumentaron por lo que cada vez los hombres mostraban mayores reticencias a la hora de marchar a la guerra. Por otro lado, solo la industria armamentística era capaz de absorber mano de obra, por lo que muchos trabajadores ocupados en otro tipo de industrias fueron despedidos; de este contingente se formó el ejército norteño. Hudson cita la degradada situación de los negros libres en el norte —como hace Acton— y menciona la paradoja de la esclavitud: “la esclavitud ha hecho […] para perjudicar a una civilización y entorpecer el progreso así como para promoverlo en otras”. Repetimos, la esclavitud es algo perturbador para nosotros pero lo cierto es que, muy a nuestro pesar, la civilización occidental nació en el seno de una sociedad ampliamente esclavista: Grecia y Roma.

En la Guerra Civil en América: su lugar en la Historia, Acton hace un balance sobre lo que era la sociedad americana antes de la guerra. Para él, representaba todo lo que no había podido ser Europa, que había estado sumida durante cientos de años —y lo que le quedaba en el siglo XX y lo que le queda aún por vivir— en la más absoluta violencia causada por “la opresión de una clase por otra, de una raza por otra y de una religión por otra”. El rápido crecimiento demográfico causado por los millones de inmigrantes europeos que veían en América un futuro prometedor, el inmenso territorio por explotar, las oportunidades de negocio y trabajo y los bajos impuestos contribuían a forjar el american dream. Para entendernos, podríamos compararla con el Estado del bienestar, en el que se “permitía a un alumno progresar desde los primeros rudimentos del conocimiento hasta la finalización  de unos estudios universitarios y prepararse para las profesiones liberales sin pagar un solo chelín”.

En la conferencia, Acton escribe que los mismos padres fundadores no creían en un futuro a largo plazo para la Unión: “resulta llamativo que los fundadores más sabios e ilustres de la Constitución apenas confiaban en ella”, “John Adams, dijo que ‘no veía la posibilidad de continuar la Unión de los Estados, su disolución tenía que llegar necesariamente’”. Además, cuando por primera vez se cuestionó la existencia de la esclavitud Thomas Jefferson escribió: “lo considero el toque de difuntos de la Unión”. En efecto, las premisas de los padres fundadores eran oscuras y auguraban un futuro incierto. Que ellos hubieran preferido una disolución de la Unión antes que una guerra civil estaba claro, cosa que sus sucesores no compartían. Por un lado el Sur se sentía atacado por un invasor enemigo que quería dominarlo, arrancarle sus derechos (la esclavitud) y por el otro, el Norte sentía que estaba luchando contra un rebelde, un monstruo esclavista.

Acton escribió “la esclavitud no fue la causa de la secesión, sino la razón de su fracaso”, nuestro historiador consideró que así como en otros muchos países la esclavitud se había ido aboliendo con un plan y un objetivo superior, procurando no alterar demasiado la estructura de la sociedad, en Norteamérica fue un grito de guerra,  un símbolo, la abolición se convirtió en una locura, “una parte la defendió perversamente y otra la eliminó perversamente”. La conferencia concluyó con las razones por las que Acton siguió a la causa confederada, razones que ya han sido citadas y se resumen en “el Sur aplicó el principio de una federación condicional para curar los males y corregir los errores de una falsa interpretación de la democracia” mientras el Norte seguía incrementando su poder y su gobierno se iba volviendo autoritario.

Las reseñas de Historia de cuatro años de Guerra Civil en los Estados Unidos de América y La lucha intestina de la Unión Norteaméricana reflejan a un Acton crítico con los historiadores de su tiempo puesto que él creía que el historiador no debería dejarse llevar por los prejuicios contemporáneos; de hecho fue acusado en cierta ocasión por su “aislamiento”. También reflejan su preocupación por las fuentes. Acton utilizó cuanto pudo para recabar información, visitó los archivos de toda Europa y se sirvió de publicaciones de otros historiadores hasta dejar a su muerte una impresionante biblioteca de 60.000 ejemplares. No obstante, por encima de todas esas fuentes, concibió el criterio y la conciencia del historiador como la fuente principal.

Como indica la profesora universitaria Paloma de la Nuez en Ensayos sobre la libertad y el poder: “No son textos fáciles. […], los escritos de Acton, llenos de ideas profundas, complejas, originales y a veces contradictorias, están redactados en un estilo que no siempre facilita su comprensión. Sin embargo, nadie se atrevería a negar que merece la pena adentrarse en su lectura.”

Siempre es complicado enfrentarse a una fuente coetánea a los hechos. No obstante, es un ejercicio al que el historiador debe someterse. La lectura de Acton no es fácil. No en vano fue considerado una de las personas más cultas de su época. No se pueden entender los Escritos si no se tiene un conocimiento de la situación política internacional y del funcionamiento y estructura del gobierno de los Estados Unidos en su contexto. Tampoco es posible comprender la dinámica de la guerra ni el texto de Acton sin un conocimiento geográfico, precisamente por las referencias que hace a ríos, cordilleras y poblaciones.

Pese a que fue rescatado por los liberales del último tercio del siglo XX, muchos autores lamentan que Acton no sea más leído e incluso lamentan ese anclaje al liberalismo. Todo lo que se haya podido decir en estas líneas resultará superficial sin duda alguna. Suponemos incluso superficial cualquier cosa que se pueda decir de él. Además, debemos tener en cuenta que estos textos, como señala Lastra, “son escritos de juventud. Acton solo tenía 35 años cuando se publicó el último”, estaba a mitad del camino de la vida como diría Dante, no obstante en ese momento no estaba perdido; sí lo estaría después, como sus escritos personales lo muestran. En ellos expresaría cómo una amarga soledad e incomprensión fueron invadiéndolo. No pudo escribir su Historia de la libertad —ni siquiera publicó un libro nunca—, y terminó sus días con la idea de que había desperdiciado su vida.

Iván Civera Martínez

 

Comments are closed.