El sentido del pasado en el Renacimiento

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PETER BURKE, El sentido del pasado en el Renacimiento, trad. de Sandra Chaparro Martínez, Ediciones Akal, Madrid, 2016, 201 pp. ISBN 978-84-460-2994-6. (The Renaissance Sense of the Past, Edward Arnold, Londres, 1969.)

 

Son muchos los llamados y pocos los elegidos. Al menos eso afirmó san Mateo. También entre los historiadores son muchos los que escriben —o han escrito— libros soñando que su esfuerzo ha de ser coronado por el éxito (y no importa que ese ansiado éxito se manifieste en forma de ventas o en la más corriente de prestigio, es decir, de incremento de visibilidad positiva en la esfera pública, particularmente entre sus colegas) y bastante pocos los que realmente llegan —o han llegado— a hacerse un nombre y sobresalir entre la ingente multitud que habita el superpoblado mundo de los estudios históricos. Pues bien, Peter Burke es uno de esos elegidos.

¿Qué razones puede haber para que un historiador descuelle entre la larga nómina de sacerdotes de Clío que en el mundo son y han sido? No creo errar si sostengo que en este asunto, como en tantos otros, la nota que impera es la variedad. Hay notoriedades que proceden de la sustancia del objeto estudiado, que por un motivo u otro es capaz de atraer tanto a expertos como a lectores no excesivamente especializados. En nuestros días hay más mercado, por ejemplo, para un libro que trate de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra Civil española que para uno que narre la guerra de Yugurta. Existe más gente dispuesta a leerse la biografía de Alejandro Magno o de Josif Stalin que a entretenerse en una que hable sobre Sor Patrocionio, la monja de las llagas amiga de Isabel II. Los temas contemporáneos —los conflictos contemporáneos— suelen suscitar mayor interés que los más añejos (aunque esto no siempre se cumpla). Y, pese a que las constantes ampliaciones y diversificaciones temáticas constituyen conquistas —antiguas y recientes— de la historiografía como disciplina, los “grandes” acontecimientos del pasado —sobre todo del pasado próximo— han acreditado una persistente capacidad para abrir el apetito lector de un público amplio y dispar. Ian Kershaw, Paul Preston, Antony Beevor, Richard J. Evans y tantos otros felices —y recomendables— “superventas” del tiempo presente pueden servir de botones de muestra de todo ello. Como podrían servir asimismo los de Albert Soboul, Barbara Tuchman o Manuel Tuñón de Lara si nos dejamos llevar por un espíritu vintage, e incluso los de Jules Michelet, Lord Macaulay o el mismísimo conde de Toreno si optamos por abarcar con nuestra mirada a historiadores del tiempo de Maricastaña. (Si mi lector es un profesional de la Historia o un gran aficionado a ella, seguro que ha reconocido a todos esos nombres; en otro caso, le animo a usar la Wikipedia).

También puede proceder la notoriedad alcanzada por el historiador “eminente” de la calidad o la novedad —que no siempre es, ni tiene porqué ser, lo mismo— de las aportaciones teóricas o metodológicas a él

debidas. En este caso la susodicha notoriedad se traduce, por regla general, más en una extensa reputación entre los cultivadores de la disciplina y materias afines —una reputación que traspasa casi siempre las fronteras de su país de origen— que en grandes tiradas de libros. Lo que no significa que lograr un descomunal prestigio académico esté reñido con el éxito comercial, ni mucho menos. Marc Bloch y Lucien Febvre, Fernand Braudel y Ernest Labrousse, Hans Ulrich Wehler y Reinhart Koselleck, Carlo Ginzburg y Giovanni Levi, Edward P. Thompson y Lawrence Stone, Robert Darnton y Natalie Zemon Davis, y un etcétera que puede hacerse tan largo como gustéis, son todos nombres mayores de la historiografía del siglo XX. Muchos de ellos han tenido la fortuna de ver cómo sus obras merecían una amplia difusión y eran traducidas a otras lenguas. Otros, no tanto. Pero la categoría de cumbres de la profesión no se la niega nadie. (Tras tal ristra de nombres, cabe insistir, se invita al lector desorientado a acudir a la Wikipedia).

Hay notoriedades que vienen de otros lados, aunque a menudo se solapan con el anterior. Es el caso de aquellos historiadores que deben su fama a su talento como polemistas, a su aptitud para distinguirse en las controversias académicas (o extraacadémicas), para provocarlas inclusive, y para debatir sobre la materia histórica, sobre cómo se interpreta este o aquel proceso, sobre qué implicaciones —de carácter teórico o práctico— tiene una u otra interpretación, sobre los usos públicos —y, por tanto, políticos— de la Historia, y sobre un sinfín de cuestiones más. A los citados Febvre, Wehler y Thompson, sin ir más lejos, les gustaban los combates de ideas que a veces llevaban hasta el cuerpo a cuerpo. También François Furet o Michel Vovelle —ambos especialistas en la Revolución francesa— despuntaron como tenaces practicantes de la discusión. Hay provocadores como Daniel Goldhagen capaces de corroer verdades establecidas sobre la relación de los alemanes corrientes con el nazismo (o de cuestionar el papel de la Iglesia católica en aquel tiempo). O autores arrojados, como el clasicista Luciano Canfora, amigos de meterse en cuestiones alejadas de su campo temático específico…

Podríamos seguir definiendo itinerarios hacia la notoriedad, pero con lo dicho bastará. Sólo cabe añadir que la mayoría de los historiadores mencionados tienen en común una característica sin la cual es difícil subir a la cima del prestigio profesional o traspasar fronteras: suelen hacerse entender bastante bien. A mi modo de ver existe un exceso de literatura histórica confeccionada para la exclusiva lectura de iniciados (lo que la convierte, pues, en literatura excluyente, que no es lo mismo que mala). Hay demasiados historiadores que trabajan —que trabajamos— para ser leídos (¿únicamente o preferentemente?) por otros historiadores. Es más, para ser leídos por historiadores con los que comparten —compartimos— un mismo nicho temático. Expertos en una guerra civil, pongamos por caso, que escriben sólo para expertos en esa misma guerra civil, y que dan implícitamente por sentado que no los leerán, o que raramente los leerán, sujetos menos versados o legos en la materia, aunque sean historiadores. Es cierto que la especialización es una condición necesaria para el avance de cualquier saber. Sin ella no hay “ciencia”. Y la especialización requiere abundancia de conocimientos previos, familiaridad con la metodología adecuada y trato fácil con las pertinentes categorías analíticas, esto es, un especialista es un estudioso competente en los asuntos de su respectivo nicho, y no importa que sea un incompetente fuera de él. Así, el espíritu de especialización crea —y funciona con— sobreentendidos, lenguajes que tienden a hacerse opacos, abstrusos, y referencias —autorreferencias— más o menos ombliguistas. Algo que la Historia, un saber eminentemente social e indisociable de sus específicos y extensos usos públicos —que es tanto como decir políticos, ya se ha apuntado, lo que implica su presencia constante y conflictiva en la esfera pública y su vocación de no recluirse en torres de marfil ni jergas incomprensibles— no siempre tolera bien. De hecho, la querencia hacia la hiperespecialización a menudo se le indigesta.

Ser un historiador eminente, o ser un buen historiador, requiere el afán de ser un buen comunicador, pararse a pensar que puedes ser leído por alguien que no está encerrado —iba a escribir enterrado— en tu mismo nicho, y tomar en cuenta los derechos de ese lector. Un lector, claro está, que no hay que imaginar que sea un párvulo o un analfabeto (éste no sabe leer y aquél aún está aprendiendo), pero tampoco un doctorando en la Sorbona ni nada parecido. Un lector dotado de cierto bagaje cultural, eso sí, aunque sin pasarse. ¿Pongamos una persona que está a nivel de bachillerato? ¿O una que basta con que cumpla los requisitos para la obtención del graduado en Educación Secundaria Obligatoria? Quizá el margen se pueda fijar en la banda definida entre esos dos puntos, aunque no seré yo el que se pierda fijando fronteras. Hay hombres y mujeres que son muy inteligentes y no poseen títulos, y hay licenciados bien duros de mollera. Lo que quiero decir es que vale la pena escribir pensando en un público amplio, que no es lo mismo que masivo, y no exclusivamente en élites minoritarias.

Ha habido y hay historiadores que se dejan leer con extraordinaria facilidad sin que ello implique condescendencia ni falta de rigor científico. Ha habido y hay historiadores que pueden ser calificados apropiadamente de literatos. Cuando estaba cursando mis estudios universitarios, pronto hará cuarenta años, nos cansamos de leer sesudos artículos especializados que, pese a tratar de problemas de indudable relevancia para la disciplina en aquellos momentos, tendían a aburrir hasta a las piedras. Sin embargo, ¡qué ameno me resultó Vere Gordon Childe!, ¡qué placer sumergirme en las páginas de Georges Duby o de Jacques Le Goff!, ¡qué eficacia expresiva hallé en Eric Hobsbawm! Recuerdo perfectamente la grata impresión que me dejó la lectura de mi primer Caro Baroja, de mi primer Maravall, de mi primer Fontana, de mi primer Jover, de mi primer Álvarez Junco, de mi primer López Piñero, de mi primer Finley, de mi primer Ginzburg… Si no hubiera frecuentado autores de tal calibre (reitero mi anterior aviso a despistados: naveguen por la Wiquipedia), si no me hubiera acercado a los textos de unos historiadores que tendían a hablar claro y a huir de oscuridades, no sé si me hubiera hecho provecho la carrera. ¡Qué pesados me resultaban, por el contrario, Barry Hindes y Paul Hirst!, ¡cuánto me costó entender el debate Brenner!

Hace casi treinta años que leí mi primer Burke. Y desde hace todos esos años he seguido la trayectoria de este autor y devorado sus libros. Me confieso, como lector, un adicto a su manera de enfocar la escritura de la historia. Aunque he de admitir que, como modesto practicante del oficio, no soy capaz de imitarlo, ya que no sé producir una prosa tan contenida y tan limpia de paja como la suya. Admirar su forma de escribir, por lo demás, no parece que constituya ningún mérito especial mío. Peter Burke es uno de los historiadores que se ha labrado una mayor reputación internacional en las últimas décadas. Y, encima, es de los más prolíficos.

Nacido en Londres en 1937, Burke lleva en su ADN la diversidad cultural, lo que quizá explica la especial apertura de miras que transmite en sus obras. Su padre era un católico irlandés; su madre, una judía de origen polaco y lituano. El catolicismo paterno parece que predominaba en la casa (de hecho, el joven Burke fue educado en un prestigioso colegio jesuita del norte de Londres), pero al vivir cerca de sus abuelos maternos nuestro aprendiz de hombre tenía la posibilidad de viajar cotidianamente a través de las fronteras culturales. ¿No son nuestras experiencias de infancia y adolescencia aportaciones claves para formar nuestros gustos e inclinaciones de adulto?

Luego se formó en Historia moderna (en lo que los anglosajones llaman el early modern period) en Oxford con, entre otros maestros, un jovencísimo Keith Tomas (del que guarda el mejor de los recuerdos) y un veterano Hugh Trevor-Roper (sobre el que creo detectar que su recuerdo no es tan cariñoso). Mediados los estudios, hubo de cumplir el servicio militar obligatorio en lugar tan exótico como Singapur (otra vivencia a tener en cuenta). Su carrera docente la comenzó en 1962 en la recién creada Universidad de Sussex, y muy pronto demostró que era un sujeto especialmente inquieto. Se preocupó, por ejemplo, de nutrirse de las aportaciones de la historiografía francesa, entonces tan en boga, y no fue ajeno a la experiencia del History Workshop animada por Raphael Samuel (aquellos “talleres de historia” que hubiéramos querido, pero no supimos, imitar una parte de los historiadores de mi generación). Se casó con la historiadora brasileña Maria Lúcia Garcia Pallares (¿o mejor García Pallarés, recuperando las tildes que el portugués pierde?), nacida en 1946 y experta en la vida y obra del importante sociólogo brasileño Gilberto Freyre (más abajo el lector entenderá el porqué de esta nota de sociedad, aunque ya se puede intuir que un matrimonio latino y ultramarino debió aumentar todavía más su conciencia de la variedad cultural). Ya maduro, Burke se incorporó al cuerpo de profesores de Cambridge, donde aún figura, si mi información es correcta, como emérito. Políglota reconocido, lleva en sus zapatos el polvo de los kilómetros recorridos para intervenir en foros académicos en lugares muy distantes y diversos (yo recuerdo haber asistido, allá por 1993, a una conferencia suya en la Universidad de Verano de Gandía). Algo que le ha permitido pensar que la comunidad intelectual es, más que una realidad transnacional, una confederación de subculturas locales.

Haber sido requerido desde muchas de esas subculturas locales (es decir, desde las instancias, en especial universitarias, en que la Historia se halla institucionalizada por doquier) para participar en sus actividades, oralmente o por escrito, y el hecho de haber aceptado de buena gana tantos requerimientos, ya son síntomas de la reputación que nuestro autor se ha ganado, de su indudable éxito. Otro es la inusitada acogida que han conseguido sus trabajos: tengo entendido que se puede leer a Burke en más de veinte lenguas.

En castellano está disponible la mayor parte de sus libros. En 1985 Alianza Editorial tradujo Montaigne (publicado en inglés en 1981). En 1987, Sociología e historia (original de 1980), que fue la primera obra de Burke que yo leí. En 1993, La cultura popular en la Europa moderna (que databa de 1978), un texto universalmente aclamado que le granjeó notoriedad internacional. También ese año El Renacimiento italiano: Cultura y sociedad en Italia (de 1972); y Formas de hacer historia, influyente volumen colectivo en que el nombre del profesor Burke aparecía como principal responsable (y que había salido en inglés en 1991). Ese mismo 1993, un auténtico “año Burke” para los lectores hispanoparlantes, la editorial barcelonesa Gedisa tomaba el relevo de la madrileña Alianza para traducir La revolución historiográfica francesa: La escuela de los Annales, 1929-1989 (original de 1990); que fue seguida en 1996 de Hablar y callar: Funciones sociales del lenguaje a través de la historia (de 1993); y de Venecia y Amsterdam: Estudio sobre las élites del siglo XVII (de 1994); y en 1998 de Los avatares del Cortesano: Lecturas y lectores de un texto clave del espíritu renacentista (1993). Gedisa, sin embargo, no estuvo sola en este período: en 1995, la editorial Nerea sacó a la calle la versión en castellano de La fabricación de Luis XIV (1992). Y en 1999 Alianza volvió por sus fueros y publicó Formas de historia cultural (disponible en inglés desde 1997); a pesar de que el testigo pasó aquel mismo año a la Editorial Crítica, que tradujo El Renacimiento (de 1987); y un año después El renacimiento europeo: Centros y periferias (de 1998), un valioso intento de “descentralizar” tan precioso objeto. En 2002, por su parte, Paidós Ibérica se encargaba de hacer hueco en las estanterías a Historia social del conocimiento: De Gutemberg a Diderot (2ooo); que fue completada en 2012 por una segunda parte, Historia social del conocimiento: De la Enciclopedia a Wikipedia (aparecida ese mismo año en inglés). Asimismo en 2002 Taurus puso en el mercado un libro que Burke escribió a cuatro manos con Asa Briggs, De Gutemberg a Internet: Una historia social de los medios de comunicación (también publicada en inglés en ese año). Después, Crítica tradujo en 2005 Visto y no visto: El uso de la imagen como documento histórico (original de 2001); Akal, en 2006, Lenguas y comunidades en la Europa moderna (de 2oo4); Amorrortu, en 2007 y en Buenos Aires, Historia y teoría social (de 1991); y Paidós, en 2008, ¿Qué es la historia cultural? (de 2004). A partir de 2010 ha recaído casi en exclusiva en Akal la iniciativa de poner a Burke al alcance del público hispanohablante. En tal fecha esta editorial puso a la venta Hibridismo cultural (original en inglés de 2009), volumen en el que se incluía un estudio preliminar firmado por la profesora María José del Río-Barredo (de la Universidad Autónoma de Madrid); y La tradición cultural en la Europa moderna, obra colectiva editada por Burke y por Ronnie Po-Chia Shia (desde 2007 en inglés); y en este 2016 El sentido del pasado en el Renacimiento, libro que motiva nuestra recensión y que salió en inglés hace una friolera de años, en 1969. He dicho casi en exclusiva: el año pasado Casimiro Libros publicó en Madrid un pequeño tomo —no llega a las cien páginas— titulado ¿Por qué Venecia? que consiste en una compilación de cuatro textos de corta extensión que tienen en común, como es fácil de adivinar, la historia de la ciudad de los canales.

Supongo al lector bastante cansado, no sé si agotado, tras tan larga relación (farragosa, sin lugar a dudas), y le ahorraré la referencia a la treintena de artículos o colaboraciones en libros salidos de la pluma de Burke y disponibles en castellano. Si se tiene en cuenta que los trabajos de esta especie que ha publicado nuestro autor en total superan el centenar, se puede calcular que casi un tercio de ellos son los que se han trasladado a la lengua de Cervantes. Una cifra que no es, está claro, nada baladí, pero que implica la existencia de numerosos textos suyos que no han merecido ser traducidos. Ni siguiera todos sus libros cuentan con la oportuna versión castellana. Entre las principales lagunas que habría que llenar al respecto, a mi juicio, está la traducción de Tradition and Innovation in Renaissance Italy: A Sociological Approach (de 1974); la de The Historical Anthropology of Earl Modern Italy: Essays on Perception and Communication (de 1987); y la del libro que escribió con su esposa, Gilberto Freyre: Social Theory in the Tropics (de 2008).

En todo caso no es habitual que un historiador de otras tierras y con otra lengua goce de tan buena recepción en el ámbito hispanohablante. Si, además, tenemos en cuenta que algunos de los títulos antes mencionados han conocido las mieles de la reedición, la rareza aumenta. Pero no nos habría de pillar por sorpresa. Ahí está la manifestación más visible de cómo la mano del éxito ha tocado con fuerza al ahora profesor emérito de Cambridge. Y es que en alemán, en italiano y en portugués (algo, esto último, que supongo que hay que relacionar con la condición de brasileña de la señora Burke), los textos de su autoría abundan tanto como en español. En francés, curiosamente, no. Si no me equivoco, son sólo cuatro los libros suyos que se han vertido a la lengua de Molière: La Renaissance en Italie: Art, culture, société (publicado en 1991); Venise et Amsterdam: Étude des élites urbaines au XVII siècle (en 1992); Louis XIV: Les stratégies de la gloire (de 1995); y La Renaissance européenne (de 2ooo). Quizá el lector malpensado ya esté diciéndose para sus adentros eso de que los franceses son muy suyos y que aún no se han despertado del sueño de que los mejores historiadores continúan siendo sus paisanos. No le argumentaré nada en contrario, pero sí que me parece honesto advertir de que la historiografía francesa acogió muy pronto a Burke a bordo de su célebre buque insignia: en 1973 nuestro hombre ya publicó en Annales E.S.C. un artículo dedicado a “L’histoire social des rêves”.

No albergo la sospecha de que quien me haya seguido hasta aquí no tenga aún bien claro que Peter Burke es un historiador “eminente”. Uno de los más eminentes de las últimas décadas, cabe insistir. Pero ¿a qué se debe su gran éxito?, ¿a los temas que trata, a sus innovaciones teóricas, a sus apuestas metodológicas, a la calidad de su escritura? Probablemente a una combinación de todo ello. No me extenderé en explicar con detalle ni en valorar en qué consiste la contribución de Burke a la historiografía del último medio siglo, ni a desmenuzar sus opiniones sobre la disciplina que cultiva, sobre sus trabajos y sobre sus días. El estudio de la profesora María José del Río-Barredo antes mencionado, y la entrevista que Maria Lúcia Garcia Pallares-Burke hizo a su marido y que figura en el libro de ésta La nueva historia: nueve entrevistas (publicado conjuntamente por las universidades de Valencia y Granada en 2005; edición original en portugués de 2000), me exime de meterme en mayores honduras. Me conformaré con señalar que se trata de un autor que partió, en sus inicios, de un tema potencialmente atractivo para un público amplio (¿o no es la historia de las ideas en el Renacimiento un asunto susceptible de captar y atrapar lectores?) y que supo llevar sus tareas hacia cuestiones de teoría y de método de indudable relieve dentro del receloso espacio académico, abriéndose además a temáticas sobrevenidas y no siempre afines, pero sin menoscabar por ello su capacidad de comunicación, sin sacrificar, pues, lo que más arriba he presentado como derechos del lector no especializado.

Uno de los cuentos más conocidos de Jorge Luis Borges se titula “El jardín de senderos que se bifurcan”. Burke no ha dudado en explorar las bifurcaciones que han ido apareciendo en su camino. Una investigación lo ha llevado a otra y no se ha encerrado nunca en angostos nichos. Elegir una opción u otra no ha sido para él adentrarse en un túnel oscuro en el que no se conciben los desvíos ni las alternativas y solo cabe la mirada al frente. Ha preferido interrogarse sobre múltiples facetas de lo humano sin aceptar exclusiones. Todos los senderos que se bifurcan pertenecen a un mismo jardín y todos pueden ser interesantes si se recorren con tiento. Así, como el lector ya habrá anotado al leer el título de sus libros, se ha ocupado tanto de la historia de la cultura popular como de la cultura de las élites, del uso histórico de las imágenes, de la historia social del lenguaje o de la producción y difusión del conocimiento, de la relación de la Historia con sus ciencias vecinas —la antropología, la sociología, la lingüística— o de los mitos que ha generado Venecia… Su espíritu de pionero no lo ha llevado, sin embargo, a minusvalorar la complejidad de las realidades humanas (me cuesta rastrear en sus planteamientos la sombra de una determinación “en última instancia”), ni a olvidar que la concurrencia de opciones teóricas y metodológicas diversas enriquece la historiografía sin envilecerla, ni a dudar de la legitimidad de aquellas aproximaciones que no coinciden con la suya. Empezó haciendo historia intelectual y luego se deslizó hacia la historia social, la historia de la cultura y del arte, la historia del lenguaje, la de la lectura, y lo hizo sin caídas en el camino de Damasco y sin darse golpes de pecho. Su nombre se asocia íntimamente, sobre todo, al despegue de la historia cultural en las décadas finales del siglo pasado (“la era del giro cultural” en sus propias palabras), aunque a muchas de sus indagaciones les resultaría igual de apropiado ser definidas como historia social de la cultura que como historia cultural de la sociedad. Sus posiciones tienden, a mi modo de ver, al eclecticismo, y eso seguramente debe de molestar a los creyentes que esgrimen cualquier catecismo, a los sostenedores de cualquier dogma que se quiera exclusivo. Pero ese eclecticismo que anoto descansa en la búsqueda de la coherencia entre las partes, es reflexivo y es sano; no consiste en un simple oportunismo. Y se beneficia de la vasta erudición de la que es capaz de servirse el autor (deudor, en esto, del mejor empirismo inglés). Una erudición que se intuye tan considerable como sólida, que se ofrece, no obstante, bien integrada en el discurso, y que se muestra eficaz para atemperar las críticas de aquellos a los que no satisface este o aquel aspecto de su obra: no es fácil meterse hasta el fondo con alguien que demuestra saber tanto.

Los escritos de Burke destacan por su estructura ordenada, por la ausencia de pasajes grandilocuentes, por la claridad de la argumentación (es difícil perder el hilo) y por el medido uso de esa erudición derivada de un amplio dominio de las fuentes, de las huellas que el pasado ha dejado en el presente. Sus admiradores, entre los que evidentemente me cuento, alaban su prosa sutil, concisa y sosegada: “claridad cristalina y brevedad tacitiana”, por usar la expresión que le dedicó el ya citado Keith Thomas. Hay, sin embargo, quienes tildan su estilo de frío en exceso, de tender en demasía al laconismo. Para gustos, colores: el laconismo implica a fin de cuentas circunspección, y es deber del sabio —es proverbio bíblico— ser circunspecto, no un molesto pedante. Investigador concienzudo, siempre tiene dispuesto el ejemplo adecuado —o varios ejemplos— para ilustrar sus razonamientos, que encadena sin andarse por los cerros de Úbeda. Sus escritos abundan en citas textuales sacadas de esas fuentes, que se ponen al alcance del lector en dosis convenientes, pocas veces con cuentagotas. En todo caso Burke muestra un gran respeto por ellas, por los autores, conocidos o no, que las generaron, y procura hacer el esfuerzo de escucharlas y hacerlas audibles a los que se adentran en sus libros. Cualquier página suya es un trabado y trabajado ejercicio de equilibrio entre lo teórico y lo empírico, entre las cuitas que mueven al historiador y las voces atrapadas en la documentación de la que hace uso.

También eso ocurre en el libro que motiva estas páginas, El sentido del pasado en el Renacimiento, que fue uno de los primeros que salió de su taller y que tanto tiempo ha esperado para ser traducido. Aunque, acaso, la manera burkiana de escribir la historia está presente en él más en forma de embrión que como cuerpo constituido y maduro. El autor se propone definir en sus páginas “las claves del pensamiento histórico renacentista” para lo cual introduce como contraste una ponderación del pensamiento histórico medieval, algunas notas sobre el pensamiento del clasicismo antiguo, e incluso una sección sobre China. Su hipótesis de partida es que en el Renacimiento —el siglo XV en Italia, el XVI e inicios del XVII en otros lugares de Europa— “empezamos a adquirir un sentido histórico del que carecíamos en la Edad Media”. ¿Y en qué consiste ese “sentido de la historia”? Burke lo entiende como un concepto complejo en el que se combinan tres elementos: el “sentido del anacronismo” (esto es, percibir el pasado como algo cualitativamente diferente a lo que se percibe como presente), la “conciencia de la necesidad de contrastación” y “el interés por las causas”.

El cuerpo del escrito es una demostración de la hipótesis planteada que se funda en un acopio de textos de diversas épocas utilizados con generosidad (hay muchas citas literales que ocupan dos o tres páginas del libro; las hay incluso de seis) y a la vez con eficacia no desdeñable. El autor pone al alcance de los lectores una especie de compendio de sus fuentes primarias que permiten a éstos controlar la congruencia entre el hilo de su discurso y los materiales sacados de ellas. La erudición de Burke brilla así sin cortapisas, y la calidad de los viejos escritores de los que extrae fragmentos —desde Polibio, Lucrecio y Tito Livio a Thomas Hobbes y James Harrington, pasando por Santo Tomás de Aquino, Petrarca, Valla, Commines, Maquiavelo, Guicciardini, Vasari, Bodin, Pasquier, Calvino, Casaubon, Spinoza…— puede brillar también. Al final del recorrido, que es en cierto modo un diálogo con estas auténticas cumbres intelectuales del pasado, Burke presenta una doble conclusión que puede parecernos pobre ahora, pero que debe juzgarse teniendo en cuenta el momento en que se escribió, a finales de los años sesenta del siglo pasado, cuando la historiografía, entendida como historia de la historia, no estaba todavía tan de moda (no caigamos nosotros en un anacronismo): “la historia de cómo se escribe la historia también forma parte de la historia” y “la conciencia del sentido del pasado surgió en el Renacimiento gracias al cambio social”.

El libro no pasó desapercibido en su día, sino que generó polémicas dentro y fuera del espacio insular británico. Una de las más fértiles giró alrededor de los historiadores medievales. A uno de los medievalistas franceses de más sólida reputación, Bernard Guenée, no le gustó mucho la afirmación de que en la Edad Media carecieron de sentido de la historia incluso los más cultos, por lo que cuestionó el punto de vista de Burke en un escrito de 1977 en que se interrogaba sobre la existencia de una historiografía medieval (“Y a-t-il une historiographie médiévale?” era precisamente su título). Este artículo, junto a otras aportaciones, actuó de estímulo para ahondar en el estudio de tal cuestión, algo que sin duda ha resultado muy positivo. Por otro lado, y mencionaran o no esta obra de Burke, una serie de historiadores británicos —Timothy Hampton, Owen Chadwick, Quentin Skinner…— ofrecieron, ya en los años ochenta y noventa, argumentos que sugieren velada o abiertamente que el sentido de la “distancia histórica” es posterior al Renacimiento.

El profesor Burke tomó nota de todo ello y volvió sobre el tema en “The Renaissence Sense of the Past Revisited”, un artículo publicado en 1994, y en “The Sense of Anachronism from Petrarch to Poussin”, un escrito del año 2001 que ahora se ha traducido para integrarse en forma de apéndice —hay que alabar el criterio de los que así lo hayan decidido— de esta edición castellana de El sentido del pasado en el Renacimiento. Porque, en efecto, al replantearse el sentido del anacronismo de Petrarca a Poussin, al volver sobre su asunto, Burke se nos aparece de nuevo como un historiador dialogante que no se empeña en mantener rocosamente sus opiniones, sino que se abre a los debates educados que incrementan el saber sin hacer demasiado ruido ni sangre. Algo que en sí ya es meritorio. Burke salva lo esencial de su argumentación de 1969, pero no se encastilla, y afina, y matiza, lo que hace al texto muy interesante, al tiempo que se vale de nuevas categorías de análisis, como “distancia histórica” o “cultura histórica”, que no formaban parte del arsenal conceptual usado en el libro primitivo. No desvelaré más para incitar al lector a que no desdeñe el apéndice (¿cuántos lectores de libros de Historia se saltan los apéndices?). Estoy seguro de que le gustará.

También se ha añadido a esta cuidada edición de Akal un corto prólogo —seis páginas—  escrito por el autor ex profeso para la ocasión. Su interés es doble. Por un lado Burke contextualiza el origen de su libro, marca las líneas de la historiografía posterior al respecto y paga algunas deudas. Por ejemplo, atribuye el concepto de “cultura histórica” que usa en sus revisiones a Bernard Guenée, o señala la decisiva importancia que han tenido las aportaciones de Keith Thomas, David Lowenthal y Mark S. Phillips para la percepción de la “distancia histórica”. Por el otro lado, y dado que el prólogo se dirige a lectores en castellano, introduce algunos párrafos que ilustran la contribución de diversos escritores del mundo hispánico de los siglos XVI y XVII al surgimiento de la conciencia del sentido del pasado que se narra en el libro.

La traducción, obra de Sandra Chaparro, me parece correcta, pese a que no me abstendré de señalar un pero que, en mi opinión, ni se debe a ella ni empaña su trabajo. Me refiero a la versión que se da de las citas textuales de los autores que Burke emplea como fuente documental. Supongo que por un criterio económico —de coste de la traducción y de economía del trabajo que ésta obliga a hacer— parece ser que se ha optado por traducir del inglés, es decir, de la lengua en que aparecían en el libro tal y como se publicó en Gran Bretaña en 1969, todos los textos “de época”. Ello, y no creo que exija mucho esfuerzo demostrarlo, nunca tiene buenas consecuencias. Si un texto en latín, pongamos por caso, ya ha sido pasado antes directamente al castellano y está disponible en esta lengua, ¿tiene sentido ofrecer una versión en la que primero se ha trasladado al inglés y después ha sido objeto de una segunda traducción? Cuando se decide tomar este camino —insisto en que la causa debe ser pura cuestión de economía— los textos originales se empobrecen más de lo debido y, se quiera o no se quiera, tienden a llenarse de anglicismos inconvenientes e incluso a liar respecto al título de los escritos citados. Leer en Santo Tomás de Aquino la palabra “estándar” me ha producido cierto escalofrío, y ver citado el Contra Celsum de Origenes como Against Celsus, incluso un poco de cabreo. Ambos ejemplos constituyen sendas muestras de una práctica desagradable que no debiera ser tan abundante como, por desgracia, sucede.

No hay muchos campos del saber en que la traducción de una obra con casi medio siglo a cuestas, es decir, que no puede ser calificada de novedad y menos aún de rabiosa, pueda merecer una calurosa bienvenida. El conocimiento “científico” es siempre provisional y queda con celeridad amortizado. Ya se sabe que hoy —como ayer— las ciencias adelantan que es una barbaridad. La voluble Historia, por más que se quiere conocimiento “científico” (y no seré yo quien vaya a cuestionar esa querencia, a la cual me apunto con entusiasmo), es un punto diferente, un tanto peculiar. Como es harto conocido, historia es una palabra que empleamos con dos sentidos que resumimos en dos latinajos. Uno es el de historia res gestae, es decir, la historia como “lo sucedido”, y, por tanto, desde el momento en que el pasado alcanza a un presente que siempre se proyecta hacia el futuro, la historia como proceso que une lo sucedido con lo que sucede y con lo que ha de suceder: “el proceso histórico”. El segundo significado es el de historia rerum gestarum, la historia como interpretación —o elucidación, o análisis, o relato, o representación— hecha (establecida) por los seres humanos de “lo sucedido”, la actividad —o disciplina, o saber, o ciencia— encaminada a dar cuenta cabal de dicho proceso. Esta segunda opción se suele denominar también historiografía o Historia con mayúscula. La biología estudia la vida; la Historia rerum gestarum estudia —o indaga en— la historia res gestae. Cuando Marx escribió, por ejemplo, aquella célebre frase que asegura que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado”, pensaba, parece obvio, en la historia como res gestae. Pero, curiosamente, también podríamos leer la frase como referida a la Historia en la acepción de rerum gestarum. Los seres humanos —dejemos lo de hombres, nuestra época, a diferencia de la de Marx, sí que toma nota del sexismo inherente al lenguaje— escribimos la Historia (sobre la historia), pero no lo hacemos a nuestro libre arbitrio, sino en las circunstancias que definen nuestro tiempo y que en buena parte son herencia directa del pasado.

Este libro de Peter Burke va por ahí. Expone cómo el sentido del pasado surgió en unas concretas condiciones sociales y culturales, allá por el Renacimiento. Pero asimismo puede ser mirado como obra propia de un contexto específico, como precoz ariete de una “nueva” Historia que en determinado momento comenzó a abrirse camino. Es decir, nos puede llevar a reflexionar sobre cómo las condiciones sociales y culturales de aquellos “prodigiosos” años sesenta del siglo XX en que se concibió y produjo impulsaron a la historiografía hacia derroteros entonces poco o nada transitados. No seguiré por aquí, ya que mi reseña se deslizaría resueltamente hacia el ensayo. No me privaré, pese a todo, de recordar lo que sostenía otro magnífico historiador británico, Edward H. Carr (un autor que también se hacía entender de maravilla), cuando argüía que la historia es un diálogo entre el presente y el pasado; una conversación entre los historiadores del presente y los historiadores del pasado. Es quizá en eso en lo que la historiografía más se parece a la filosofía, añado yo, al tener igualmente ésta mucho de diálogo entre el filósofo de hoy y sus colegas de ayer. A pesar de que tanto una como otra no están a salvo de las modas (de las circunstancias del presente), los buenos productos de ambas materias, como ocurre con este libro de Burke, perviven lozanos en el tiempo mucho más, y mucho mejor, que en otros campos del saber.

La Historia como disciplina, por lo demás, no ha acabado de perder —aunque hayan sido legión los historiadores decididos a intentarlo con un arrojo digno de mejor causa— esa característica inclinación a maridar la “ciencia” (es un saber que intenta producir conocimiento verdadero) con el “arte” (en tanto que procura que ese conocimiento encuentre una adecuada expresión para llegar al público, que sus productos consigan, gracias a su buena factura formal, interesar a la gente), un maridaje fecundo que se ha encarnado en no pocos de los mejores practicantes del oficio. Hace un siglo y pico el novelista Leopoldo Alas, “Clarín”, opinaba que hay muchos historiadores que tienen la facultad de hacernos ver las momias conservadas de los tiempos muertos, pero que son pocos los que tienen el don de animar a esas momias. No creo que los historiadores de hoy en día aspiren —aspiremos— a reanimar momias ni a contar películas de zombis, pero harían —haríamos— bien si imitaran a Peter Burke, evitaran tener en la cabeza sólo a sus sesudos colegas e impidieran que los libros que escriben lleguen a aburrir y a espantar a los lectores “corrientes”. Casi medio siglo después de haber sido concebido, casi medio siglo después de haber comparecido ante el tribunal de la calle, El sentido del pasado en el Renacimiento es un libro que todavía engancha y que no se cae de las manos.

 

Joan J. Adrià i Montolío

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