El general Ople y lady Camper

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GEORGE MEREDITH, El general Ople y lady Camper, traducción de Pepa Linares, posfacio de Virginia Woolf, Ardicia, Madrid, 2014, 112 pp. ISBN 978-84-941235-6-6. (The Case of General Ople and Lady Camper, 1890.)

Salvo la traducción de The Egoist (El egoísta, 1879) de la que hay dos versiones distintas de 1945 —la de Ramón Planas, publicada por José Janés, y la de Eugenio Díaz del Castillo, publicada en Emecé, y de las que aún quedan ejemplares en la red y en bibliotecas—, El general Ople y lady Camper es lo único que puede leerse en castellano de la obra de George Meredith (1828-1909), en su tiempo uno de los escritores más prestigiosos de la literatura inglesa y en la actualidad una lectura reservada casi exclusivamente a los especialistas. En inglés, las últimas ediciones críticas de sus obras (al margen de una divulgación digital indiscriminada) se remontan a hace casi tres décadas. La razón de este olvido selecto no está del todo clara. Podría deberse a la irrupción, en su momento, de las vanguardias, pero el propio James Joyce consideraba a Meredith un “filósofo” al que había que leer y, en cualquier caso, lo que no vale para Meredith vale, por ejemplo, para Thomas Hardy, que fue su discípulo, o para D. H. Lawrence. La comparación con Hardy, sin embargo, puede ser esclarecedora: Hardy era un pesimista y su visión de la existencia humana era lo suficientemente sombría como para perdurar más allá de su época, pues cualquier época tiene razones sobradas para lamentar la existencia humana. Meredith, por el contrario, prefirió el espíritu cómico y las primeras palabras de su Essay on Comedy (Ensayo sobre la comedia, 1877) podrían referirse perfectamente a su destino literario: las buenas comedias son escasas, el poeta cómico no aparece con frecuencia y, cuando lo hace, carece de semejantes, porque hace falta para ello una sociedad de hombres y de mujeres cultivados, en la que las ideas fluyan y las percepciones sean rápidas en medio de una actividad intelectual incesante. La risa, añadía Meredith, exige una delicadeza sutil. La menor desigualdad —entre clases o entre sexos, entre los seres humanos quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren— es fatal para la comedia, pero no lo es menos una igualdad mantenida artificialmente en los peldaños inferiores de las posibilidades humanas. Los especialistas que aún siguen leyendo a Meredith, por otra parte, están muy lejos de apreciarlo como lo apreciaron los grandes lectores que tuvo en vida. De todos ellos, tal vez fuera Marcel Schwob, que lo tradujo al francés y lo conoció personalmente, quien acertara al observar que Meredith “traduce lo que dice” y “piensa en meredith”(traduit ce qu’il dit [] il pense en “meredith”), no en sí mismo sino en un dialecto deliberado y, tras un esfuerzo lleno de compensaciones, maravillosamente comprensible. Ni en inglés o francés o español parece, sin embargo, que se le haya entendido del todo. Al final de su vida, Meredith aceptó el reconocimiento que una sociedad convencional podía ofrecerle y, en buena medida, eso lo perjudicaría a los ojos de quienes vieron cómo esa sociedad convencional se desmoronaba sin ofrecer apenas resistencia y creyeron erróneamente que le sucedería una sociedad no convencional.

La nuestra es una sociedad tan convencional como la victoriana, pero nuestras convenciones resultan menos creíbles porque, a diferencia de lo que ocurría en las sociedades jerárquicas, nos avergonzamos de cualquier asomo de superioridad de una manera mucho más hipócrita que la manera que tenía la sociedad victoriana de avergonzarse de cualquier asomo de inferioridad. Para todo ello, la obra de Meredith es un antídoto o un revulsivo. El general Ople y lady Camper es, sencillamente, una delicia para quienes, de una manera tan desvergonzada como reverente, admiten la superioridad de determinados tipos humanos y asumen que solo la existencia de esa superioridad —incontestable, pero en modo alguno inalcanzable— permite albergar la esperanza de que un día la inferioridad desaparezca. Que la desigualdad entre “un hombre sencillo y una mujer complicada”, la variación característica del amor moderno en opinión de Meredith (que fue una de sus víctimas y “uno de sus conquistadores”, parafraseando el título de una de sus últimas obras), pueda llegar a ser arquetípica, más allá de cualquier sociedad y de cualquier convención, es el resultado de la narración. El profundo ridículo en el que cae el general Ople es proporcional a la altura moral a la que se eleva lady Camper en beneficio de los lectores que, como advirtió Stevenson, saben que no hay en estas páginas nada que les resulte ajeno.

Traducir a Meredith —traducir la traducción que Meredith era— y pensar en meredith es un ejercicio de admiración. Anoto aquí la mía y mi gratitud por esta edición.

Antonio Lastra

 

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