¿EL CRECIMIENTO ES LA ÚNICA SALIDA A LA CRISIS DEL CRECIMIENTO?

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XAVIER TORRÓ BIOSCA, ¿EL CRECIMIENTO ES LA ÚNICA SALIDA A LA CRISIS DEL CRECIMIENTO?

Hace ya algún tiempo me llegó por el correo electrónico un documental realizado por el director francés, Jean-Paul Jaud, sobre una experiencia llevada a cabo en un pequeño pueblo de la región de Langedoc-Rosellón, en Francia. El documental se titula “Nuestros hijos nos acusarán” (www.youtube.com/watch?v=IoEBePBfwVA) y fue realizado en 2008.  El alcalde de Barjac, el municipio donde transcurre la acción, concienciado ante el creciente deterioro de nuestra alimentación, organizó un comedor escolar biológico. Los alimentos que allí se cocinaban procedían de agricultores biológicos locales a los que se les apoyaba desde el ayuntamiento para contrarrestar las inercias de la agricultura industrial dominante. Se trata de un documento muy ilustrativo de lo que puede ser un municipio en transición hacia una economía real basada en los productos locales y en el cuidado de la calidad biológica de los productos consumidos por sus ciudadanos.

Pero quizá la imagen que más me impactó del documental es el momento en el que un agricultor, azada en mano, intenta demostrar ante la cámara las diferentes calidades y texturas de los terrenos donde se cultivan alimentos de agricultura industrial y alimentos de agricultura biológica. Cuando la azada penetra en la tierra tratada con herbicidas, semillas transgénicas y abonos sintéticos se observa una tierra sin vida, deslavazada, inerte. Sin embargo, la tierra de agricultura biológica abierta en canal por el golpe de la azada estaba llena de vida, con grumos, filamentos y pequeños capilares que dejaban intuir la existencia de diminutas cadenas tróficas, de pequeños universos relacionales donde el fruto o la hortaliza son un elemento más del sistema de relaciones.

Pocos días después, un periódico de amplia tirada nacional alertaba en sus páginas sobre el peligro de la extinción de especies. La mayor amenaza a la biodiversidad no está en la extinción de las especies más grandes, aun siendo ésta grave, sino en la de los microorganismos que se encuentran en nuestros suelos. Estos pequeños animales microscópicos nos pasan desapercibidos ya que tan solo han sido identificados un 1% de los que se cree que existen. Pero además tienen una función primordial, pues crean una complicada red de interrelaciones en la tierra necesaria para preservar la calidad de los productos que consumimos, para filtrar las aguas que bebemos y el aire que respiramos.

Estos dos hechos en cadena, tanto las imágenes del documental como la noticia del periódico, observados en un pequeño lapso de tiempo, me hicieron tomar conciencia de los cambios tan radicales que hemos de realizar en nuestras vidas para preservar nuestra salud y la del planeta; así como de lo equivocadas que están las respuestas que se están dando a la crisis actual.

Hechizados por el dinero y lo material hemos perdido de vista lo esencial: nuestra relación con la vida y con la naturaleza, nuestra pertenencia a esa red de relaciones que forman nuestro cuerpo, la tierra donde crecen los productos de los que nos alimentamos, el aire que respiramos y el agua que bebemos. Estos hechos son el fundamento de lo que se denomina la “conciencia ecológica”.

Opino que la conciencia ecológica es necesaria para poder superar esta crisis en la que nos encontramos, que no es tan solo una crisis económica, sino también una crisis social, política y humana. Vivimos en un mundo limitado y relacional. Nuestro modo de vida no puede basarse en el crecimiento ilimitado y en el individualismo. El mundo no nos pertenece y, por tanto, no podemos comprarlo, venderlo, manipularlo o ensuciarlo a nuestro antojo, o peor aún, obedeciendo a intereses espurios. Esto no había pasado hasta ahora pues los llamados “bienes comunes” (agua, aire, animales, plantas…) no eran propiedad de nadie y cualquiera de nosotros podíamos aprovecharlos respetando tan solo su preservación y las reglas de uso de nuestra comunidad.

El individualismo extremo propio de las sociedades en las que vivimos, hace que entendamos nuestras relaciones con la comunidad como algo que busca un beneficio particular y a corto plazo, que tenga efecto inmediato sobre nuestro ego y sobre nuestro forma de vida actual. Es decir, el individualismo a ultranza crea una conciencia tan estrecha y roma que es incapaz de reconocer las conexiones profundas de la naturaleza y de la vida. Un sujeto individualista actúa dilapidando recursos y se muestra ciego ante las consecuencias de sus actos. La conciencia ecológica obliga a entender nuestra inserción en el Cosmos y a cuidar las relaciones que nos sustentan. Cuando nuestros abuelos plantaban un árbol no lo hacían para recoger ellos sus frutos, sino para que lo aprovecharan sus descendientes. Quizá por eso ahora quemamos más bosques, ensuciamos más mares o destrozamos más ecosistemas con total desapego, porque no consideramos el proceso de la vida a largo plazo. Otra consecuencia del individualismo extremo es que hemos perdido la relación con nuestra comunidad y el arraigo con la tierra. Ambas cosas nos aíslan y merman nuestra identidad y nuestra autoestima. En este mundo material en el que vivimos tendemos a rellenar esas carencias comprando y acumulando objetos, propiedades o poder. Pensamos que nuestra felicidad depende de nuestro nivel de consumo y acabamos inmersos en una carrera de comprar y tirar sin límites. Paradójicamente, estudios recientes sobre la felicidad nos señalan que quienes ven el futuro más negro son los ciudadanos de los países europeos y quienes lo contemplan con mayor esperanza son aquellos que viven en países emergentes.

Hace algunos años, para hacer frente a esta aceleración progresiva del consumismo y su repercusión sobre el planeta, se comenzó a hablar del “desarrollo sostenible”, que consiste en seguir progresando en todos los ámbitos sin que ese progreso destruya el medio ambiente. Hoy en día esta idea no es posible. Tal vez podría darse en sociedades artesanas con una población limitada y un incipiente desarrollo económico, pero en nuestras sociedades de sobrecrecimiento, donde la capacidad de regeneración de los recursos del planeta ya se ha sobrepasado, resulta imposible.

La situación actual nos lleva necesariamente a una paradoja: un crecimiento infinito es incompatible con un planeta finito. Hoy en día sabemos que si todos los ciudadanos del mundo consumieran como los norteamericanos o como los europeos medios, necesitaríamos de tres a seis planetas como el nuestro para sobrevivir. Por lo demás, en un mundo globalizado, ¿por qué no va a ser lícito que cualquier ciudadano desee consumir igual que un norteamericano? Hemos creado un mundo donde un crecimiento cero se considera sinónimo de crisis y donde los economistas dicen que se necesita un crecimiento de más del 2% anual para que descienda el paro. Así pues, el crecimiento económico, lejos de ser el remedio, se convierte en el origen de nuestros males sociales y ecológicos en un camino sin retorno que nos lleva, si no somos capaces de enderezar esta deriva, a la catástrofe.

En esta situación poco halagüeña se ha ido estructurando en los últimos años una respuesta que recibe el nombre de “decrecimiento”. Esta respuesta todavía no tiene perfiles delimitados ni claros, sino que es más bien un estandarte, un espacio de inventiva y creatividad en el que se pueda ir diseñando un proyecto alternativo al crecimiento económico ilimitado. El programa del decrecimiento lo define Serge Latouche, uno de sus teóricos más importantes, con las ocho “R”: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar. Se trata, sostiene el pensador, de objetivos interrelacionados que a medida que se ponen en funcionamiento van generando un círculo virtuoso de decrecimiento sereno, sostenible y que origina convivencia. Esta propuesta implica una transformación social y económica importante, pues hay que pasar de una economía del crecimiento basada en la acumulación ilimitada, en la obsolescencia programada, en el crédito y en la publicidad, a una economía real basada en el consumo responsable y que tenga en cuenta el concepto de “huella ecológica” de una población. Este concepto supone que cualquier población ha de disponer del terreno necesario para producir su sustento y asimilar los desechos generados.

Debemos volver a crear poblaciones con una perspectiva local, que generen un equilibrio ecológico con el entorno donde viven. O para decirlo en términos análogos a los utilizados al principio del artículo: hemos de volver a insertarnos en la red de relaciones que es la vida de la biosfera y constituirnos como un eslabón más. Para poder hacer eso el ser humano debería dejar de lado la “hybris” de quien se ha considerado dueño y señor de la naturaleza. Esto supone un cambio radical de los valores que sustentan nuestra sociedad actual: debemos sustituir la competencia por la cooperación; la obsesión por el trabajo y la productividad por el placer del ocio y el juego; la importancia de lo material por el valor de lo relacional; la eficacia productivista por el placer estético y la belleza natural; la heteronomía por la autonomía; el individualismo por la solidaridad y el compromiso social…

Dice Serge Latouche: “Quien crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado o es un loco o es economista. El drama es que ahora todos somos economistas”. Pero siguiendo las consecuencias lógicas de la disyunción podríamos deducir una consecuencia todavía más dramática: “o locos”. Si es ésta la conclusión que extraemos de la proposición disyuntiva de Latouche, entonces estamos siendo víctimas de una especie de locura colectiva que nos lleva a la depredación del planeta y de la vida en general, incluyendo la vida humana.

Por esta razón la Ecología de los Sistemas Humanos quiere participar en ese espacio creativo y alternativo que es la teoría del decrecimiento y, junto con otros colectivos e instituciones, diseñar un nuevo mundo con unos nuevos valores.

La Ecología de los Sistemas Humanos considera que el ser humano ha ido perdiendo paulatinamente el contacto con su cuerpo y, como consecuencia, la conexión con la naturaleza. Este hecho se ha agravado en los últimos cincuenta años por la mecanización de la realidad, la incorporación masiva de la tecnología en nuestras vidas y la cultura de la especialización de funciones sociales. Los seres humanos han ido acelerando sus vidas y desconectando de los procesos esenciales que, en otras épocas, les daban identidad y seguridad; es decir, de las sensaciones vegetativas que nos permiten entender que compartimos unas raíces comunes con el resto de los seres vivos.

Como ya postuló Wilhelm Reich, la pérdida de nuestro contacto interior es debida a la estructuración de la coraza durante los primeros años de nuestra vida a medida que se va organizando el psiquismo y la identidad del sujeto. Esa coraza bloquea parcialmente las emociones y condiciona la percepción que el sujeto tiene de la realidad. La Ecología de los Sistemas Humanos, como continuadora de las teorías de W. Reich, A. Neill y otros, busca favorecer el crecimiento autorregulado de las personas aplicando las leyes del funcionamiento ecológico individualmente y a los sistemas humanos (familia, escuela, organizaciones,…) para que puedan cumplir su función vital y satisfacer las necesidades de todos los miembros.

 

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