EL ATLAS DE LA CONDICIÓN HUMANA Y EL ESPÍRITU DE LA TÉCNICA EN LA TETRALOGÍA O REINO DE GONÇALO M. TAVARES

NURIA SÁNCHEZ MADRID Índice/Summarypdf

Resumen: Este trabajo propone una lectura de la tetralogía O Reino, de Gonçalo M. Tavares*, desde una clave poética que hace de la metáfora corporal y afectiva el límite expresivo del pensamiento lógico. Se propone aplicar a las cuatro novelas que componen la tetralogía un doble eje, a saber, el veritativo o aletheiológico y el ligado al control y al dominio de los sujetos. El primero manifiesta el fundamento salvaje que sostiene la civilización, mientras que el segundo confía en la técnica como dispositivo de conocimiento y extirpación de las patologías que afectan a la humanidad, como el dolor y la violencia. Se extrae como conclusión que la noción de condición humana dibujada en O Reino reacciona con rebeldía cuando se la intenta someter al poder de la técnica, reivindicando el carácter originario de lo espontáneo, lo carente de razón y el caos.

Abstract: This paper proposes to read the tetralogy O Reino, by Gonçalo M. Tavares, from a poetic key that makes the embodied and emotional metaphor the expressive boundary of logical thinking. I suggest analyzing the four novels that build up that tetralogy from two axes: namely, the aletheiological or true-maker axis and the one linked to the control and mastery over the subjects. The first one expresses the wild ground supporting civilization, while the second relies on the technique as an ultimate device to exam and remove the diseases that affect mankind, as pain and violence. I draw the conclusion that the notion of human condition displayed by O Reino reacts with defiance when it is forced to abide the power of technique, claiming thus the original status shared by spontaneity, causes devoid of reason and chaos.

Palabras clave: Gonçalo M. Tavares, metáfora, cuerpo, técnica, afectos

Keywords: Gonçalo M. Tavares, Metaphor, Body, Technique, Affects

“Lo más curioso es que en este mundo de máquinas y
caminos de hierro, mientras los trenes circulan y las
fábricas trabajan, dos hombres se enfrenten y disparen
uno contra el otro”
H. Broch, Los sonámbulos,
“Pasenow o el Romanticismo”.

La escritura de Gonçalo Manuel Tavares constituye un raro ejemplo de equilibrada combinación entre la formación filosófica y el talento poético, que indiscutiblemente penetran su obra literaria. En el presente escrito querríamos abordar la conexión que esta prosa posee con una cierta fenomenología del cuerpo y de los afectos que aconseja un recurso sumamente calculado a lo metafórico como límite expresivo de un lenguaje que se entiende prioritariamente como un dispositivo descriptivo.[1] La sintaxis con frecuencia minimalista de la que hablamos consigue justamente identificar la línea de flotación de lo que suele considerarse como lo específicamente humano, asociada con una peculiar articulación entre formas geométricas y cualidades secundarias —quanta intensivos— que apuntan a una suerte de explosión tranquila de lo que podríamos denominar provisionalmente naturaleza del ser humano.[2] Una explosión tranquila que sorprende, en primer lugar, al sujeto que la experimenta. Me concentraré con este fin en la tetralogía O Reino, que a mi entender dibuja una teoría propia acerca de lo que podríamos calificar como condición humana. Las tramas de Tavares contienen elementos que las emparentan con la dureza emocional de los personajes del cine de Michael Haneke, pero digamos que la epokhé analítica del autor portugués en busca de lo que en el fondo somos —es decir, la razón de lo que parecemos— reivindica un resto metafórico que quizás sea lo único que pueda salvarnos de nosotros mismos, de nuestra perenne violencia, ciegos automatismos y tercos olvidos.

La sociedad estudiada por Tavares podría pertenecer a cualquier época a caballo entre el siglo XIX y el XX. Evidencia una sutil pertenencia a la densidad histórica aludida como Mitteleuropa y su mezcolanza étnica, como muestran casi todos los nombres de las novelas —de origen preferentemente germánico, hebreo y eslavo—, lo que le reporta cierta elegancia recia. Al mismo tiempo, la conducta de sus gentes revela que esos nombres no hacen más que ocultar una maquinaria infernal generadora de humillación, injusticia y marginación del diferente. Tavares posee la siguiente curiosa habilidad: mostrar individuos cuidadosamente definidos por sus cualidades sumamente particulares y lograr, sin embargo, que sus acciones dibujen constantes a lo largo de la historia. Ahora bien, las constantes no se deben a la existencia latente de ciertas estructuras antropológicas, sino a la repetición inexorable de una pulsión animal en la naturaleza humana, que no puede evitar producir horizontes y situaciones totalitarias. Así, pues, nos encontramos ante una suerte de centauros ontológicos, tan singulares como universales, cuya órbita despliega no sólo paisajes melódicos interiores, sino los ritmos objetivos reconocibles de acontecimientos dotados de alcance social y político. Las conductas que los personajes exhiben en la tetralogía mencionada delinean una geometría plástica y sensible,[3] que devuelve cada una de las emociones implicadas a una génesis figurativa tan apropiada como inopinada, provocando en todo momento la sorpresa del lector.

El atlas del cuerpo y de la imaginación —recurriendo al título de la última publicación de Tavares—, que estas cuatro obras trazan, se levanta a nuestro entender sobre dos ejes. Por un lado, la verdad, generalmente rehuida y encubierta por la representación constante que ponen en escena todos los grupos humanos —la comunidad en que los muchos se reconocen, pero precipitada por sensaciones como el hambre, y por emociones como el miedo y el amor. Paradójicamente —sostiene Tavares— no se puede seguir mintiendo si se siente hambre, se tiene miedo o se está enamorado, pues entonces aflora la entidad que verdaderamente somos, y no la que querríamos ser. La guerra, con sus soldados despiadados y mujeres prostituidas para sobrevivir —véase el irónico caso de Herthe Leo Vast, que en Um homem: Klaus Klump se esfuerza en ocultar su pasado convirtiéndose en policía de la moral pública—, es una situación perfecta para la emergencia de la verdad que cada cual lleva en su interior, sólo retenida cuando se produce el estado de debilidad generalizada que conduce a la democracia —un claro guiño nietzscheano—. La normalidad civil propicia la multiplicidad de las mistificaciones. Por otro lado, el afán de dominio, representado especialmente por las profesiones del médico, del político y del militar, a veces coincidentes en una misma persona —véase el Lenz Buchmann de Aprender a rezar na Era da Técnica[4]—, con su pretensión de dominar la historia y de comprender con todo detalle su funcionamiento como el de un cuerpo animal o humano, termina por convertir la vida colectiva en un infierno. Intentemos extraer alguna consideración de esta concentración de tendencias, la aletheiológica y la poiética. El afán de control que la técnica promete no es portador de algo así como un horizonte ilustrado, en el que finalmente las capacidades humanas puedan perfeccionarse, sino que coquetea continuamente con el develamiento de un estado de naturaleza que aguarda siempre bajo los cimientos de la considerada civilización. Ahora bien, ese estado de naturaleza no supone ningún abandono de las reglas, sino que posee toda una normatividad propia, caracterizada tanto por una radical competencia entre los individuos como por la inviabilidad de la convivencia entre los mismos, esto es, se trata de una normatividad contraria al ejercicio del derecho, en la que la vida deja oír el inocente runrún de su white noise.

1 EL EJE VERITATIVO EN O REINO. Las novelas Um homem: Klaus Klump y A máquina: Joseph Walser[5] giran a nuestro entender en torno al primer eje, a saber, el de la verdad. Klaus Klump, hombre de negocios en una ciudad anónima, que convive con su amante Johana y la madre de ésta, piensa poder mantenerse neutral ante la guerra que se declara en su país, lo que modifica inmediatamente su vida en la ciudad. En tales circunstancias, se levanta acta de los cambios advertidos:

No hay profesiones, pero las habilidades aumentaron. Los hombres se volvieron primitivos, pero cada uno es un general con una estrategia. Los días no son diarios. Los días están divididos en meses: la mañana y la noche son dos mundos y uno puede visitar al otro violentamente [Não há profissões, mas as habilidades aumentaram. Os homens tornaram-se primitivos, mas cada um é general com uma estratégia. Os dias não são diários. Os dias são divididos em meses: a manhâ e a noite são dois mundos e um pode visitar o outro violentamente] (HKK, 55).[6]

El pasaje hace hincapié en el hecho de que la decadencia de las costumbres civilizatorias y el retorno al estado primitivo no supone la despedida de las normas, sino, por el contrario, el recrudecimiento de las mismas, de suerte que quien carece de habilidad para hacerse con una gama propia de destrezas sencillamente perece en medio del caos tecnificado desatado por el conflicto. A pesar de sus veleidades de salutífera neutralidad, Klaus es hecho prisionero y Johana debe sobrevivir en su casa con una madre enferma, encontrando protección en el trato iniciado con el soldado Ivor. En medio de la locura bélica, la máquina y la técnica que la alumbra llaman la atención de Klaus, como si se tratara de un territorio continental imprescindible en medio de un océano sin riberas. Concretamente, la capacidad de un arma para producir el mismo ruido con dos balas diferentes, generando una temporalidad distinta de la que los humanos conocen, “el tiempo que avanza, que cambia, que altera las cosas [o tempo que avança, que muda, que altera as coisas]” (HKK, 105), anunciando una nueva divinidad, de la que se siente parte y a la que rinde culto cuando los negocios de la familia pasan a sus manos:

Klaus recibió los negocios de la familia como tiempo atrás recibiera un arma: con tranquilidad y con frialdad. Estaba vivo, aún tenía unos años por delante, la vida era un infierno, y no quedaba nada sino continuar: sobrevivir, ser lo más feliz posible, marcar la tierra con nuestro nombre. Nuestro nombre individual. […] Hay ejercicios para entrenarse en la verdad, como, por ejemplo, tener miedo. O tener hambre. Además, quedan ejercicios para entrenar la mentira: todos los grupos son esto, y todos los negocios [Klaus recebeu os negócios da família como há tempos atrás receba uma arma: com tranquilidade e frieza. Estava vivo, ainda tinha uns anos à sua frente, a vida era um inferno, e nada restava senão continuar: sobreviver, ser o mais feliz possível, marcar a terra com o nosso nome. O nosso nome individual. […] Há exercícios para treinar a verdade como, por exemplo, ter medo. Ou então ter fome. Depois restam exercícios para treinar a mentira: todos os grupos são isto, e todos o negócios] (HKK, 132-133).

La temporalidad representada por las armas, de la misma manera que por los negocios y por todas las estrategias grupales, recuerdan al efecto muta analizado por Elias Canetti,[7] en el que una ficción adoptada como posesión común por un conjunto de individuos carga de sentido su existencia, convirtiéndolos en una suerte de arma colectiva que reacciona agresivamente ante cualquier oposición, discrepancia o diferencia. Ahora bien, ¿qué tiempo y realidad traen consigo el arma y la lógica empresarial? Parece que se trata del tiempo y la realidad de la más absoluta homogeneidad, esto es, de la abolición de las diferencias que constituyen la matriz de todo ser. Por ello, no es de extrañar el poder destructivo alcanzado tanto por el ser humano armado como por el responsable de un negocio cuya rentabilidad debe gestionar. Ambos proyectan sobre el mundo en derredor plantillas propias de las divisiones de un ejército y de las clasificaciones del entomólogo, que extienden por la tierra una fuerza que nunca está del todo segura de su inteligencia, pues no se sostiene tanto en la veracidad cuanto en el poder.[8] Así, pues, según el criterio de las profesiones saber lo que uno es equivaldrá a reconocer cuál es la regla que le corresponde. La locura de la hipernormatividad no permite abrirse paso a la invención que se encuentra a la base, como sorpresiva espontaneidad, de toda investigación y búsqueda. En efecto, si la comunidad científica acostumbra observarlo por el centro del ojo, los grandes investigadores lo hacen por el margen del mismo, afirma Gonçalo M. Tavares en Breves notas sobre ciencia.[9] Esa misma perspectiva es la adoptada por las metáforas, que Tavares denomina en la obra apenas citada “instrumentos de un lenguaje no lógico”,[10] capaces, por tanto, de captar realidades que escapan al lenguaje calculador. Se trata de instrumentos calientes, encarnados, atravesados por el misterio de la sarx humana. Con ellas, la palabra se hace carne y, como ésta, el lógos metafórico pesa, huele y requiere de atención y cuidados para no arruinarse. Suele incomodar, precisamente por su talante innovador e inesperado. Frente a él, las máquinas de pensamiento sólo exigen ser puestas de nuevo en marcha si en algún momento se detienen. La carne piensa, por supuesto, pero sobre todo crea su propio espacio, su propia realidad, sus propias ficciones, provistas de un esencial resto de invisibilidad. Se trata de un pensamiento que avanza de la misma manera que su geometría, en un gesto que no hace sino repetir el camino teórico de Spinoza.

Otro sujeto dotado de los atributos de esta época indeterminada —o sobre-determinada, más bien—, en la que la Técnica impone sus imperativos al hombre, Joseph Walser, disciplinado empleado de una de las empresas del conglomerado de Leo Vast, experimenta el sentimiento de formar parte de una especie inferior a la máquina, que con sus mecanismos perfectos somete y controla la conducta del ser humano:

Joseph Walser se sentía, de hecho, observado por ella, por ‘su’ máquina. Para él estaban claras las jerarquías de ambas existencias: la máquina era de una jerarquía superior: podría salvarlo o destruirlo; podría hacer que su vida se repitiera, casi infinitamente, o podría, por el contrario, de un momento a otro, provocar una alteración súbita en sus días. Joseph Walser nunca comprendía mejor su papel de empleado, su existencia superviviente en relación con el exterior, que frente a una máquina, en plena ejecución de su oficio [Joseph Walser sentía-se, de facto, observado por ela, pela ‘sua’ máquina. Eram para ele claras as hierarquias das duas existências: a máquina era de uma hierarquia superior: poderia salvá-lo ou destruí-lo; poderia fazer a sua vida repetir-se, quase infinitamente, ou poderia, pelo contrário, de um momento para outro, provocar uma alteração súbita nos seus dias. Joseph Walser nunca percebia melhor o seu papel de empregado, a sua existência subserviente em relação ao exterior, do que em frente à máquina, em plena execução do seu ofício] (MJW, 156-157).

En un guiño heideggeriano podría decirse que la máquina no tiene mundo, sino que lo conserva o lo destruye, pero sin adentrarse nunca en él, sin llegar a tocar el fondo del cuerpo, su parte sentiente.[11] En ello radica la exterioridad que es capaz de mantener con respecto a lo que toca: ordena todo sin contaminarse con objeto alguno. La misma seguridad de que la máquina hace gala encuentra Joseph Walser, ese observador de las esencialidades de su tiempo, en los juegos de azar, en la determinación con que los números de un dado pueden concentrar la suerte del universo y concentrar el dominio del porvenir. Sin embargo, su aspiración única era mantenerse al margen de la guerra, al tratarse de una ciencia que no dominaba (MJW, 167). La mutilación de uno de sus dedos al manejar la máquina le transmite la sensación de haber pasado a formar parte de otra especie animal distinta de la humana (MJW, 227). Pero a pesar del debilitamiento de su cuerpo y de su incapacidad para enfrentarse al instrumento antes socio y cómplice, Walser descubre poseer unas cualidades emocionales que le posibilitan no temer el contacto ajeno ni enfrentarse al mundo con decidida voluntad de dominio, a saber, descubre que la efectividad de la mutilación puede eclipsarse al tomar la decisión de encarnarse en el espíritu seco de la máquina. En efecto, Walser confirma, de la mano de una rápida y consoladora introspección, que carece de tendencias a la amistad y al amor.[12] Está falto de cualquier capacidad para vincularse afectivamente a otros, lo que le permite avanzar por las calles de su ciudad con la misma seguridad con que lo haría un carro armado:

No tenía ni siquiera una pistola, pero había eliminado la gran debilidad de la existencia, había hecho desaparecer la fragilidad primaria de la especie: ¡no poseía ninguna inclinación al amor o a la amistad! […] Walser se sentía tan seguro —y al mismo tiempo amenazador— como si avanzara dentro de un tanque por la calle [Nâo tinha sequer ruma pistola, mas eliminara a grande fraqueza da existência, fizera desaparecer a primária fragilidade da espécie: não possuía qualquer inclinação para o amor ou para a amizade! […] Walser sentia-se tâo seguro —e ao mesmo tempo ameaçador— como se avançasse dentro de um tanque pela rua] (MJW, 278).

2 EL EJE DEL DOMINIO EN OREINO. Frente a estas dos primeras piezas, instaladas en la intención de revelar las dinámicas maquinales —agresivas y violentas— que sostienen nuestro mundo, las novelas Jerusalém y Aprender a rezar na Época da Técnica[13] nos parecen representativas del segundo eje mencionado, el afán de dominio. Jerusalém puede considerarse un canto a la victoria de los anormales, representantes de una acción anómala, pero espontánea y libre, de la que están casi siempre orgullosos. De alguna manera, la locura impone su propia salud frente a la voluntad de control del médico, Theodor Busbek, obsesionado y convencido de poder interpretar con ayuda del frío raciocinio la evolución de la Historia y los horrores que ésta acumula. He aquí su programa científico, que recuerda en más de un aspecto a una especie de aplicación tecnocrática del spinozismo:

Pero no busco solo la fórmula que resuma los efectos del horror, que resuma lo que el horror hizo en el pasado; sino que pretendo alcanzar otra fórmula; una que permita prever, que permita actuar y no solo contemplar o lamentar. Pretendo llegar a la fórmula que resuma las causas de la maldad que existe sin el miedo, esa maldad terrible; casi no humana, porque no tiene justificación. [Mas nâo procuro apenas a fórmula que resuma os efeitos do horror, que resuma aquilo que o horror fez no passado; pretendo ainda alcançar uma outra fórmula; uma fórmula que permita prever, que permita agir e não apenas contemplar o lamentar. Pretendo chegar à fórmula que resuma a causas da maldade que existe sem o medo, essa maldade terrível; quase não humana, porque não justificada] (J, 51ss.).

Con todo, este esfuerzo por reducir a una razón última el campo histórico, debido a la capacidad del doctor para “entrar en las cabezas ajenas [entrar nas cabeças estranhas]” (J, 59) implica un dato inquietante, a saber, poder llegar a comprender “la parte loca de la Historia [a parte louca da História]”, en la que destacan el totalitarismo y los campos de concentración. Busbek asocia la comprensión de lo que ocurre con la identificación del polo negativo y positivo que combinada y polémicamente producen el acontecimiento. Pero la razón científica termina por imponer su orden, al preconizar lo factible de la superación del conflicto:

El mundo era un conflicto entre una carga positiva y una carga negativa y ese mundo terminaría cuando, ya sea al nivel general, universal, gigantesco, ya sea al nivel individual y microscópico, se llegara al cero, la anulación de las dos cargas fuertes y opuestas. Ese sería el momento del fin del mundo y del fin de cada cosa [O mundo era um conflito entre uma carga positiva e uma carga negativa e esse mundo terminaria quando, quer a nível geral, universal, gigantesco, quer a nível individual e microscópico, se atingisse o zero, a anulação das duas cargas fortes e opostas. Esse seria o momento do fim do mundo e do fim de cada coisa] (J, 214).

Antes del pólemos, la nada. Después de él, el fin del mundo. Este criterio de orientación cosmológica no se separa demasiado del seguido por Lenz Buchmann, un cirujano que hará carrera política, consumando una perversión de la relación entre medicina y arte del gobierno natural para los clásicos de la Antigüedad griega y latina. Buchmann pretende aplicar al cuerpo civil los conocimientos sobre el humano que atesora, tomando como ejemplo la exhibición de la superioridad del ser humano en actividades que le resultan familiares, como la caza y el control técnico de la enfermedad, en la que reconoce “una anarquía celular, un desorden, una falta de respeto interno de normas a las que algunos llamaban incluso divinas [uma anarquía celular, uma desorden, um desrespeito interno de normas a que alguns chamavam mesmo de divinas]”.[14] A la luz de estas coordenadas existenciales, toda muestra de cortesía sólo podía significar en sí misma una frase de guerra, únicamente procrastinada por la conveniencia de seguir disfrutando de mutuas ventajas económicas.[15] Para personajes como Busbek y Buchmann, la compasión no podría fundar nuevos reinos, dado que la naturaleza y su sistemático desorden —el único fundamento posible— se encuentran siempre al acecho.[16] Más allá de las humillaciones que inflige a otros, con el propósito de confirmar su ascendiente y potencia sobre ellos, Lenz Buchmann favorece el establecimiento de relaciones que manifiestan una lealtad enfermiza, más propia de animales que de seres humanos, como la que le une a su inicial secretaria y progresivamente mano derecha y estrecha colaboradora de partido, Julia Liegnitz. Nada podía ser experimentado con mayor violencia por Lenz, como una agresión mayor, que la llegada de una enfermedad que le incapacita paulatinamente, comenzando a depender completamente de los demás, y quedando condenado a someterse a la voluntad ajena. El lobo se ve reducido así al estado de cordero, de suerte que pierde su lugar en el mundo, esto es, su relato con respecto a lo que esperar de su propia existencia. Los personajes dominadores, por así decir, de la prosa de Gonçalo M. Tavares, se distinguen de los veritativos, generalmente enajenados y locos, por su carencia de libertad o, si se prefiere, por su incapacidad para reconocer que la recurrencia lógica suministra un marco demasiado estrecho para la comprensión de la vida y, sobre todo, de ese initium absoluto que libera la espontaneidad del individuo, el auténtico factor no-dominado, como Mylia y Ernst en Jerusalém. No en vano, Hannah Arendt y la Biblia se declaran como las citas preferentes de este entramado trágico de lo normal y lo patológico. No cabría pensar un apoyo textual más elocuente.

* Este trabajo procede de una investigación resultante del proyecto Poetics of Selfhood: memory, imagination and narrativity (PTDC/MHC-FIL/4203/2012) del CFUL, concedido por la Fundação de Ciência e Tecnologia del Gobierno de Portugal, y se inscribe en la recién iniciada en el Proyecto Naturaleza humana y comunidad (III). ¿Actualidad del humanismo e inactualidad del hombre? (FFI2013-46815-P), concedido por el Ministerio de Cultura del Gobierno de España. El texto es la reelaboración de una intervención en la IV Semana Complutense de las Letras, celebrada del 22 al 25 de abril de 2014, leída y discutida concretamente en la mesa redonda ‘Cuerpo, afectos y lenguaje en la escritura de Gonçalo M. Tavares’ el 22 de abril de 2014 en la UCM, y en la que participaron también los profesores Denis Canellas de Castro (Facultad de Filología de la UCM) y Gonçalo Marcelo (Univ. Católica do Porto).

[1] Con respecto a esta línea de lectura de la obra de Tavares remito al trabajo de Gonçalo Marcelo, ‘A Inovação Semântica na Obra de Gonçalo M. Tavares’, M. L. Couto Soares/N. Venturinha/G. Santos/M. Faustino (org.), Expressões da Analogia, Colibri, Lisboa, 2009, pp. 233-240.

[2] Véase Gonçalo M. Tavares, O senhor Schwedenborg e as investigações geométricas, Caminho, Lisboa, 2009. Cfr. o trabalho de G. Marcelo, ‘De l’indistinction entre idées et récits. L’imagination narrative chez Gonçalo M. Tavares’, ponencia leída y discutida en el Congreso ‘Poétiques du soi: écritures et autres constructions’, organizado en marzo de 2014 por el equipo de investigación del Proyecto Poetics of Selfhood: memory, imagination and narrativity (PTDC/MHC-FIL/4203/2012).

[3] A esta suerte de geometría sensible se refiere Gonçalo M. Tavares, ‘Síntese’,  O atlas do corpo e da imaginação, Caminho, Lisboa, 2013, p. 526: “Los actos humanos son una mezcla de dos Mundos, verbal y muscular; un acontecimiento que existe debido al Hombre es corpóreo-lingüístico o lingüístico-corpóreo; el Hombre en su relación con los otros hombres y con las cosas tiene y utiliza verbos musculares y músculos verbales”.

[4] Caminho, Lisboa, 2012.

[5] Citadas respectivamente como HKK y MJW. Publicadas en Caminho, Lisboa, 2011.

[6] Todas las traducciones de pasajes extraídos de obras de Gonçalo M. Tavares son mías.

[7] En Masa y poder, Alianza, Madrid, 2005.

[8] Breves notas sobre ciência, Relógio d’Água, Lisboa, 2006, p. 74.

[9] Idem, p. 76; cfr. pp. 128ss.

[10] Idem, p. 112.

[11] Véase Gonçalo M. Tavares, ‘Guerra e Técnica’, O atlas do corpo a da imaginação, Caminho, Lisboa, 2013, pp. 94-106.

[12] Sobre la conexión entre la exposición y debilitamiento del cuerpo y el establecimiento de relacionesligações—, puntos en los que surge el temor, véase Gonçalo M. Tavares, ‘Solidão e libertade’, O Atlas do corpo…, p. 129.

[13] Citadas respectivamente como J y ARET. Publicadas en Caminho, Lisboa, 2010 y 2012. ARET.

[14] ARET, p. 27.

[15] ARET, pp. 14-15.

[16] ARET, pp. 72-73.

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