Dónde estabas el día del fin del mundo I

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LUIS ÁNGEL LOBATO, Dónde estabas el día del fin del mundo, Ediciones Cálamo, Palencia, 2014, 64 pp. ISBN 978-84-96932-85-2.

¿Qué quedará de nosotros
cuando el amor se haya ido?
Desde el confín de mi lenguaje
traduzco la médula de lo que
fuiste al idioma de las almas
(XXIV)

Con este arranque del último poema, el XIV, quiero explicar las claves de este último libro de Luis Ángel Lobato. Amor y lenguaje son las dos palabras fundamentales, aquellas sobre las que hacer girar la esencia, el porqué del libro. Abreviando mucho, se puede decir que en ellas están concitados el tema y la forma.

La poesía es, literariamente hablando, el género más exigente, porque obliga a hilar muy fino a la hora de explicar los sentimientos, las emociones, la intimidad siempre escurridiza y volátil, del ser que habla, del que se atreve a comunicar a los otros esa fiebre que siente ante la realidad (empezando esta por sí mismo) y hacerlo en voz alta. Fiebre o pasión que nace por querer desvelar lo que le emociona o acucia, lo que necesita revelarse a sí mismo con palabras, como si tratase de deshacer esos grumos interiores que se van formando dentro y que tanto le inquietan. Y ello no es fácil. Sentir, todos sentimos, y nos emocionamos y, a veces, las palabras nos queman, pero cierta torpeza nos impide elaborar un discurso coherente y elegante. Cuántas veces decimos que no tenemos palabras. Eso es lo que hace el poeta, nos da las palabras que nos faltan, pone letra a la música de nuestros sentimientos y emociones, da nombre a nuestra perplejidad ante el temblor y el misterio de la vida y el mundo.

El poeta tiene el lenguaje, lucha por trasvasar “los universales del sentimiento” (el amor, la muerte, la esperanza, el dolor, el recuerdo…) que decía Antonio Machado, a discurso sensible. Como muy bien dice L. A Lobato, a traducir esa experiencia concreta, su médula, “al idioma de las almas”. Sin el arte, sin la poesía, los hombres seríamos mucho más mudos y ciegos, mucho más ignorantes y pobres. Nuestra sensibilidad estaría embotada y el mundo carecería de encanto. Lo veríamos, supongo, como lo hacen los animales. Sin emoción ni sorpresa.

No es la primera vez que L. A. Lobato elige el tema del amor en exclusiva para uno de sus libros; lo hizo en el anterior, Lámparas (2010), por no remontarnos más atrás. Y lo sabe hacer, porque lo hace como debe hacerse, desde la hondura del sentimiento, desde la experiencia filtrada, y con el lenguaje libre, preciso, imaginativo. Es decir, a pesar de ocuparse de un tema harto manido, nos lo devuelve en su poesía con originalidad y frescura, con densidad y belleza, ¡como debe ser! Quiero decir, no encontrarán en este libro ñoñerías y tópicos, sino la experiencia de un ser traducida en lenguaje actual, en hondo y palpitante lenguaje humano.

Les propongo un juego, una tarea. No solo leer este libro, sino leerlo repasando, por ejemplo, la poesía de Garcilaso, de Bécquer y de Pedro Salinas, tres grandes poetas del amor en castellano y de épocas muy diferentes. Descubrirán la riqueza de matices, de entonaciones, de visiones y de imágenes para hablar del mismo tema, y para hacerlo con una verdad y una belleza como nunca se ha hecho. En los tres, o en los cuatro, incluido este libro de L. A. Lobato, el amor es una experiencia intensa y dolorosa, un viaje apasionado y apasionante a lo más secreto y, al mismo tiempo, revelador del alma humana.

Intentaré esbozar unas vías de lectura simultáneas.

Empieza así el primer soneto de Garcilaso: “Cuando me paro a contemplar mi estado / y a ver los pasos por dó me han traído”. El poeta se para a reflexionar sobre su estado, sobre las consecuencias del pasado en el presente, las consecuencias de un amor pasado y ya perdido. Y naturalmente, no hará sino lamentarse de la perdida felicidad, porque toda pérdida deja un hueco, un dolor, una ausencia imposible de llenar. Así finaliza el soneto X dirigiéndose a su amor ausente. “(…) si no, sospecharé que me pusiste / en tantos bienes, porque deseaste / verme morir entre memorias tristes”.

Las circunstancias son otras, pero esa experiencia amorosa suspendida, improrrogable, ya imposible, acierta L. A. Lobato a expresarla con no menos memorables fórmulas. Esa un tiempo feliz historia, ya periclitada, aparece en sus versos como “un vacío sentimental” (V), “el dolor obsceno de la pérdida” (VII) o “la conciencia ausente de tu carne” (X), por citar algunas. Y como Garcilaso, fatigará la memoria una y otra vez restaurando los momentos brillantes del amor, esos días sumidos ya en el desaguadero de lo que no vuelve. Recuerden aquella célebre estrofa de la Égloga I: “Quien me dijera, Elisa, vida mía, / cuando en aqueste valle al fresco viento, / andábamos cogiendo tiernas flores, / que había de ver, con largo apartamiento, / llegar el triste y solitario día / que diese amargo fin a mis amores”. Este fin del amor que -sigue diciendo-  “a triste soledad me ha condenado” y le hace andar “ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa”.

En el libro de L. A. Lobato podemos leer imágenes tan bellas como esta: “Lejos ya / de tu costumbre, / mi rastro adquiere / todas las fórmulas / del líquen, / la crueldad de las erosiones” (XV). O, “voltaje de estrellas polares / para dormir / sin ti” (XXII). Y repasa en el libro, como hace Garcilaso, momentos y  lugares que fueron de ese amor testigos, y que L. A Lobato acierta a definir como “los paisajes / de la memoria” (VI). En ambos poetas hay un constante ir del presente al pasado, de manera obsesiva. Es esa intensidad de la memoria, ese lenguaje tenso y emotivo, lo que eleva la gradación de la poesía. Garcilaso, como modelo que es renacentista, acude al locus amoenus aprendido en los clásicos grecorromanos, y hablará de valles, de islas, de riberas frescas y frondosas recordando los días del amor gozoso. L. A. Lobato recrea, en cambio, la ausencia convirtiendo esos lugares amenos y gustosos en todo lo contrario, en eso que la antropología social de hoy ha dado en llamar “no lugares”; es decir, sitios donde el hombre es un ser anónimo, solitario; lugares de paso, inhóspitos, en los que no existe ninguna razón para quedarse. Lugares en que la masa es amorfa y ajena, porque lo que de verdad ilumina y hace confortable el espacio es la compañía, el amor, y no la indiferencia. En los poemas del libro, el poeta deambula por las calles buscando la voz perdida (IV); el bar antaño del encuentro se convierte en lugar de tortura (V); el desamparo, el dolor se agudizan en un puente (XIII) o en la carretera (XVII). Y aun dentro de la casa, esta se le vendrá encima.

L. A. Lobato traduce en punzantes y desoladas imágenes la ausencia unas veces, pero también, el brillo del recuerdo le dicta algunas otras muy hermosas y entrañables, como cuando entreteje la figura amada con el esplendor de la naturaleza: “descubro en tus ojos / la voz de la hierba, / el brillo del vendaval” (IV); o recurre a esta inesperada imagen urbana: “los letreros / parpadean en las fachadas / esta historia / en la que tú sigues siendo / aquella mujer de mi vida” (III). Asocia momentos y lugares, lo mismo que hacía Bécquer en la célebre rima LIII con las golondrinas y las madreselvas. Los testigos del amor no se olvidan, aunque nada vuelva. Es la única forma de iluminar el pasado, de dar vida a un mundo que, sin el amor, permanecerá insensible y muerto. Fíjense en la intensidad de esta evocación, en el poder de las imágenes del poema XVI: “No era simple / comprender / tus abrazos invernales, la lumbre / de mi escalofrío. / Forjamos poco a poco / nuestra niñez / entre hilvanes de resina / y agujas de fraternidad. / Primero, / astros de vidrio / y balanzas de plata. Más tarde, / las huellas de tu carmín”. Cuánta vida, cuánto tiempo, qué tupidas vivencias evocadas en tan pocas palabras, pero, sin embargo, poderosas, evidentes, mágicas. Esto es la poesía: el milagro de dar vida al dolor o al anhelo, a lo acabado o a la esperanza. Hacernos sentir y soñar.

Y para seguir emparejando al poeta con Bécquer, nos meteremos en otro motivo del amor. El amor, “universal del sentimiento”, siempre pone a cada persona frente al espejo de su desnudez; es decir, del vértigo del tiempo, o si se quiere, de la eternidad. Nada como el amor para que el hombre se pregunte quién es y qué va a ser de él. De él y de su amor, del tú que le completa (o le vacía). He ahí el título de este libro: “¿Dónde estabas el día del fin del mundo?”. O esa triste y hasta angustiosa pregunta que aparece en el poema último: ¿Qué será / de nuestra muerte cuando el amor / se haya ido? Quevedo habló de “polvo serán, más polvo enamorado”, poniendo al amor vencedor frente a la muerte, pero me temo que no siempre esto puede aceptarse sin más. El filósofo francés Gabriel Marcel decía también que el verdadero amor pedía a gritos la eternidad: “Toi, qe j`aime, tu ne mourras pas”. L. A. Lobato lo dice a su modo, en bella paradoja: “Amarte, / como muere la vida, / es definitivo albergue, / sacrilegio sagrado” (XXI).

La rima LXVI de Bécquer, ya en la última parte del libro, la que habla de la desesperanza tras la pérdida del amor, intenta responder a dos preguntas de indudable calado existencial: “¿De dónde vengo?” y “¿Adónde voy?”. Pedro Salinas, el tercer poeta en discordia a quien hemos convocado a dialogar con este libro de L. A. Lobato, en su magnífico La voz a ti debida, hace un quiebro en este motivo del futuro del amor y realiza un enfoque bien distinto (aunque, quién sabe, en algún punto siempre los extremos se tocan). Para este poeta profesor, que celebra un amor en su vigencia, aunque tampoco llegaría con él a buen puerto, el amor inaugura el mundo; hasta que él no llega, todo es caos, dice en un poema; los amantes estrenan el mundo y lo pueblan a su antojo. Y, en otro, “Toda hacia atrás la vida / se va quitando siglos, / frenética, de encima (…) El futuro / se llama ayer”.

Algo de esta novedad, de este habitar un mundo nuevo y distinto, exclusivo, debe de haber en el recuerdo del amor correspondido cuando en el primer poema de L. A. Lobato leemos: “La gente nos mira / como si no fuésemos nosotros: / así será / el día del fin del mundo” (I). El mismo Salinas ha acuñado en el inicio de otro de sus poemas memorables estos versos “Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. / ¡Que alegría más alta / vivir en los pronombres!”. Y es que la posesión de uno mismo, la auténtica conciencia de sí, solo se tienen en la interconexión con el otro, en la compenetración del “nosotros”. La identidad se disuelve cuando “tú” y “yo” (los dos únicos pronombres personales, pues el “él/ella” son lo ajeno, lo que está afuera, lo otro) no caminan de la mano o existen aisladamente. Entonces, el yo se hace extraño a sí mismo, como dice muy bien L. A. Lobato.: “Hoy, / cuando tú no estás, / el peso / del desamparo/ envejece mi vida / en otra vida extraña” (VIII).

Mucho podríamos seguir hablando de este libro lleno de sugerencias, y cuyo lenguaje es tan moderno. El amor es y será un tema inagotable. L. A. Lobato habla de lo mismo que Garcilaso, que Bécquer, que Salinas, desde su experiencia y su óptica, pero, sobre todo, desde su lenguaje del siglo XXI, del que ha visto mucho cine y leído fantasías de un mundo asfixiado de tecnología y progreso. Cada poeta que lo es, crea y recrea su experiencia en el lenguaje de su época. Por no alargarme, no analizaré este aspecto también muy interesante de este libro y otros del autor; simplemente lo apunto. En él, L. A. Lobato diseña “la sintaxis del amor” (XIV) de forma muy particular, de tal modo que, hablando de lo mismo, la música suene diferente, acorde a los tiempos. Por esto su poesía es, además de honda e intensa, también fresca, original.

César Augusto Ayuso

 

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