Deshielo y ascensión

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ÁLVARO CORTINA URDAMPILLETA, Deshielo y ascensión. Jekyll & Jill, Zaragoza, 2013, 325 p. ISBN 978-84-938950-8-2.2014).

Un autor siempre escribe con la intención de no parecerse a ningún otro autor, de reescribir la vida desde un rincón novedoso. Si lo ha logrado será el propio autor quien nos lo muestre a lo largo de toda su carrera. Sin embargo parece que el lector bebe de todas sus anteriores lecturas y no es capaz de desligarse de otros autores cuando se enfrenta a un nuevo libro. Yo he leído Deshielo y ascensión y entrelineas he vislumbrado a Joseph Conrad, pero no sólo a él, sino que Álvaro Cortina Urdampilleta aporta nuevos caminos para alcanzar el porvenir, al cual se puede llegar por la palabra, pero también por la música. Álvaro Cortina afronta la descripción de un mundo futuro desde las dos artes: la literatura y la música. La edición de Deshielo y ascensión en la editorial Jekyill & Jill no está ilustrada, pero sí está musicada. Allí donde no llega la palabra llegará la música. El autor pretende (y lo consigue) hacer de cada lector un lector global, que a la vez que lee, escucha; y nos propone para cada capítulo, para cada aventura, una banda sonora que puede ser escuchada conforme se va leyendo o podemos escucharla en otro momento y así obtener una nueva “lectura” del libro de Álvaro Cortina. Incluso podríamos escucharla antes de leer el libro. De cualquier manera conseguirá abandonarnos en medio de un paisaje helado o en medio del espacio, los dos entornos que abren y cierran la novela y que son exactamente el mismo lugar. No por ser uno radicalmente blanco y otro tremendamente oscuro resultan diferentes, sino que son el mismo y en él siempre somos insignificantes, siempre somos nada, porque eso es el hombre en medio de la naturaleza abrumadora de los paisajes de Cortina: “la mano humana queda un tanto en entredicho en un lugar así”.

Los hombres de Deshielo y ascensión buscan refugio, como lo buscan los personajes de Conrad, pero no es refugio lo que encuentran, sino la soledad, que ni tan siquiera se hace eco de nuestros pensamientos. Sin embargo, jamás anduvo el hombre en soledad porque por propia voluntad cargó con los recuerdos de todos los que le precedieron. Incluso la renuncia atesora la sabiduría inevitable de lo vivido. Allá donde nos instalemos lo haremos desde lo que ya conocemos: “todo el que sube [al espacio] se lleva arriba un pedazo de mundo sobre el que pensar, porque frente a uno no hay nada”. El bagaje desde el que partimos y al que no siempre podemos renunciar, arrastra nuestra deambular y frena nuestra esperanza. No cabe el arrepentimiento sino la reparación, piedra de toque para nuestro futuro. “No sé cuándo, en qué momento de la vida, llegan a pensar que ya son muchos, demasiados, los recuerdos, inflados de memoria y en lid con la posteridad”.

         Todo huele a renuncia en la novela de Álvaro Cortina. Desde el principio cuando se nos narra la escenas de dos desconocidos encerrados en un cubo de cristal con la intención de cazar renos o más bien de renunciar al resto del mundo. A pesar de no haber nada alrededor, se resguardan en una celda de cristal, expuestos pero protegidos. Cobardes para enfrentarse al resto de la humanidad prefieren no perderse detalle, pero que las lanzas del exterior no les alcancen. Pero nadie es ajeno a lo que ocurre a nuestro alrededor y más si lo estamos viendo. Queremos ser testigos pero no declararnos partícipes. O tal vez la naturaleza nos impide ser algo más porque su presencia nos apabulla, dejándonos patente que el sitio del hombre en medio de la nada no deja de ser otra cosa que la nada: “allí en la costa norte, el verano y la humanidad no dejan de ser un precario y húmedo accidente, como la vida, y el invierno glorioso es pleno, inmóvil y eterno, como la muerte” La naturaleza a la que recurrimos nos apabulla, nos arrolla, nos expulsa. Si pretendemos dejar huella, es ella la que nos aborda y nos hace pasar desapercibidos.

Sin embargo la insignificancia del hombre no ha de servir de escusa para su decadencia; uno siempre ha de vivir buscando la excelencia y tras la depresión, el deshielo, ha de florecer la inteligencia, la ascensión. “Uno debe ser muy escrupuloso y no permitir la decadencia más que en dosis muy contadas. Si no lo irreversible se instala como una enfermedad en tu pasado, en tus noches”.

Y conforme avanzamos en la renuncia la soledad se vuelve inevitable y con ella la pérdida, que habitará a partir de ese momento todo sentimiento humano, haciendo “difícil recordar qué ha dicho uno en alto y qué en bajo cuando se está tan solo”. Es así como la pérdida, o la renuncia, nos empuja a la excelencia: “aprender tiene siempre un punto de soberbia, de poner en cuestión”. Perdemos involuntariamente, pero renunciamos conscientes de dar el primer paso antes del renacimiento.

          Renuncia, olvido, riesgo, soledad, nada… Deshielo y ascensión. Humanidad, excelencia, naturaleza, infinito… Como quien cruza un río de piedra en piedra, Álvaro Cortina nos brinda una novela plagada de salvoconductos que dejan la vía franca a un porvenir incierto pero indudablemente elegido porque como hombre “he olvidado, salvo cuando me he propuesto recordar. He sido feliz, salvo cuando me he propuesto amargarme”. Es esa la libertad del ser humano: ser excelentes desde lo que hemos vivido y llegar al infinito, que es como la nada pero cargada de esperanza.

José V. Garibo

 

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