De la soltería

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JAVIER GARCÍA GIBERT, De la soltería. Reflexiones sobre la vida célibe, Biblioteca Nueva, Madrid 2014, 320 pp. ISBN: 978-84-16095-39-1.

El libro que nos ocupa es un ensayo desde el humanismo clásico sobre el estado de la soltería. García Gibert es autor de numerosos libros y artículos sobre literatura y humanismo antiguo, además de ser uno de los más prestigiosos especialistas sobre Baltasar Gracián y Cervantes en España.  Vamos, pues, a poder disfrutar de una prosa exquisita, bien construida y hermosa, cosa difícil de encontrar en la actualidad.

El libro es una reflexión libre sobre su condición de soltero. Se trata de la obra más personal realizada por el autor. Por esta razón se permite prescindir de lo políticamente correcto y hablar con sinceridad de temas espinosos. La lectura del libro no pasa desapercibida al lector atento: en ocasiones se sentirá entusiasmado, en otras irritado, en otras tocado por las ideas e imágenes que se deslizan ante sus ojos. Ya el propio planteamiento del libro incita a la polémica pues García Gibert se sitúa “desde la otra orilla”, es decir, desde el estado de “soltero auténtico”; lugar que, aplicando los sesgos de la definición que realiza el autor, muy pocas personas habitan.

¿Quiénes son los solteros auténticos? Dice el autor: “consideramos solteros en este libro a quienes viven solos, no han formalizado nunca su relación con ninguna pareja y no tienen hijos. Y a quienes están, por añadidura, de modo voluntario y con intención de permanencia en dicha situación” (p. 10). Se trata pues de solteros per electio y no per accidens. Si además tenemos presente que unas líneas más abajo especifica que tan solo habla desde la condición de hombre soltero y, por tanto, sus opiniones no recogen los pareceres de las mujeres solteras, nos encontramos con un grupo selecto de sujetos al que aporta numerosos argumentos para defender su posición.

El autor despliega gran cantidad de argumentos históricos y literarios para demostrar el rechazo social a la condición de soltero y célibe. Los solteros han sido vistos en todas las épocas como seres egoístas y libertinos que no colaboran en la constitución de las familias (institución fundamental para la sociabilidad) sino más bien en ocasiones resultan un peligro para la “dulce vida conyugal”.  Además el tiempo que libran por no tener que criar hijos lo disponen para ellos, pudiendo dedicarse a la holganza y a la vida disoluta. Este estigma de la soltería se ha repetido en todas las épocas y culturas. García Gibert apela para justificar la condición de soltero y célibe a la libertad como valor absoluto y rector de su vida. Libertad e independencia que han permitido al autor la generación de una obra literaria a la que desde muy joven se siente llamado. Ilustra con igual realismo no solo los disfrutes de la soltería sino también los terrenos pantanosos por los que transita el soltero, pues el casado y el soltero son tratados como dos condiciones existenciales diferentes.

El autor analiza el tratamiento que se da a la soltería en tres obras claves de la literatura española: La Celestina, Don Quijote y Don Juan. La Celestina ha sido considerada por los comentaristas una obra influida por epicureísmo, incluso una manifestación temprana del pensamiento “libertino” que surgió en siglos posteriores en Europa. El ambiente prostibulario aflora a lo largo de toda la obra. Además, el amor entre Calisto y Melibea sería un ejemplo de amor-pasión, ajeno a proyecto conyugal alguno. Melibea sostiene en varias ocasiones que desea vivir a fondo la pasión y desiste de legitimarla por temor a degradarla. En Don Quijote el autor comienza recordando la escena trágica de Marcela y Grisóstomo dónde en el entierro de este último, quien se quitó la vida al ser rechazado por Marcela, aquella expresa con elocuencia un alegato en favor de la libertad y la soltería. Además, Don Quijote es soltero y ese estado le beneficia en su difícil tarea de resucitar la caballería andante; es decir, se trata de un soltero con una misión. La castidad de este singular hidalgo se preserva aludiendo a la fantasmal Dulcinea que impide cualquier otra implicación emocional con mujeres reales. García Gibert, como experto en la obra cervantina, nos informa del desapego del autor por la institución familiar e incluso de cierta desafección por el mundo de la infancia. Por el contrario Cervantes  toma partido en muchos lugares de su obra por la independencia y la libertad de los personajes, por delante de las “ataduras que no dejan campear el ánimo libre”. Respecto a Don Juan, García Gibert no analiza las múltiples variantes del mito sino los rasgos constitutivos más característicos de Don Juan y sus implicaciones con la soltería. Precisamente la soltería de Don Juan es el rasgo que lo ha hecho más aborrecible en la medida en que aparece como amenaza de los “lazos sagrados del matrimonio”. Don Juan utiliza las falsas promesas de matrimonio para conseguir sus propósitos de seducción y después engañar a sus víctimas. Se trata de un personaje solitario, con vocación de soltería, quizá por eso algunos autores vislumbran su decrepitud encerrado en un convento. La profusión y riqueza del mito de Don Juan se refleja en las polémicas desatadas durante el siglo XX entre antidonjuanistas como Unamuno y Gregorio Marañón, y prodonjuanistas como Ortega y Gasset. Tras este mito se desatan temores y pasiones difíciles de acotar de los que toma nota García Gibert: la capacidad de seducción de Don Juan; el deseo inconfesable de las mujeres de domar y redimir al “chico malo”; y, en última instancia, el efecto subversivo de concebir el sexo como la mejor aventura fuera del matrimonio.

García Gibert analiza también lo que denomina el “soltero problemático” al que califica como “aquel que vive su soltería como un grave problema existencial, pues la concibe como un estado provisorio y se contempla a sí mismo como un permanente aspirante a casado, destinado desde el origen a alcanzar la dicha de la Esposa, pero imposibilitado de llegar a esa meta por el albur de su naturaleza o de sus circunstancias” (p. 174). Dentro de esta categoría incluye a Henri-Frédéric Amiel, Sören Kierkegaard y Franz Kafka. Amiel es definido como soltero frustrado e insatisfecho a la luz de lo expresado en su obra Diario íntimo. El problema de Amiel es el de una idealización extrema del objeto amoroso que le hace perder el sentido de la realidad y le lleva a la inhibición. La iniciación tardía y única en el sexo, a los 39 años, le resulta desilusionante e insignificante, infinitamente peor que la poesía. Dicho acontecimiento no le impidió, sin embrago, mantener buenas relaciones con las mujeres, quienes lo consideraban empático y buen conversador. En cuanto a Sören Kierkegaard, hay un suceso que marca su vida sentimental y literaria, el compromiso matrimonial a los 27 años con Regina Olsen y su ruptura unilateral trece meses después. Este hecho es el tema fundamental de su obra literaria y la ventana de su reflexión filosófica posterior de corte existencial. Pero además Kierkegaard reconoce en su Diario que “rezaba por ella diariamente, reconocía que la tenía presente en los momentos decisivos de su vida, hacía imprimir de todos sus libros dos ejemplares en papel vitela (uno para ella y otro para él mismo) y le destinó una carta cerrada entre sus escritos póstumos” (p. 188). Es decir, tras el rechazo del compromiso, Kierkegaard se esforzó por exaltar la imagen de Regina en una especie de amor platónico que resultaba más sublime en la medida en que no era real. Justificaba esta actitud paradójica en el deseo de no traspasar su melancolía congénita a su amada. Sin embargo, había una razón más mundana que sustentaba la tensión personal que seguramente tuvo que soportar en su vida por esta decisión. Se trata de ciertos defectos físicos que le acomplejaban y que posiblemente motivaron esta actitud. Cierta similitud mantiene la historia de Kafka con Felice Bauer. Después de conocer a Felice, Kafka mantiene con ella una abundante correspondencia que desemboca en una petición de matrimonio un año después. Felice acepta la propuesta y Kafka comienza su particular tormento ante la posibilidad de casarse. Dudas, incertidumbre, auto-descalificaciones y mediaciones que enturbian más la relación acaban con el compromiso un año después, pero no con la relación. Kafka, al igual que en el caso de Kierkegaard, se afana en velar por la suerte de Felice e influir en su mentalidad para “desaburguesarla”. La relación epistolar durante más de dos años no hace más que avivar las brasas del afecto entre ambos. De nuevo las contradicciones y la angustia de Kafka afloran en sus comentarios. Tan solo los primeros síntomas de la tuberculosis, enfermedad que le llevaría a la muerte siete años después, le permitió zafarse de la soltería problemática de vivía. En los últimos años de su vida y con mujeres con las que no tenía sentido que se reactivase su “gamofobia” (terror a casarse), pudo Kafka gozar del amor.

Hay otro tema tratado en el libro que merece un comentario: la condición femenina como distinta de la masculina. A este tema dedica un extenso capítulo además de referencias dispersas en otras partes del texto. La argumentación del autor, no exenta de polémica, responde a la visión del humanismo clásico y en él se justifica. Su visión es amplia y profunda, recogiendo la sexualidad –comparándola con la sexualidad de los hombres-, el contacto con el cuerpo, las pasiones femeninas y, en general, todos los aspectos del alma femenina que la hacen singular frente al hombre. En cualquier caso niega que dichas diferencias entre el alma del hombre y la mujer sean de origen cultural, como plantea Rousseau y, a partir de él, otros autores.

Desde mi punto de vista, los dos últimos capítulos nos dan la clave de las motivaciones profundas del autor. Caelibatus intellectualis es la expresión del amor por la literatura y el conocimiento clásico del autor, del mimo y la pasión de una vida dedicada al conocimiento y al disfrute del mismo. Una sentencia de Teofrasto recogida en este capítulo resume la intención de García Gibert : “Non est ergo uxor ducenda sapienti” (No debe el sabio tomar esposa) pues eso le desviaría de su misión y goce intelectual. En el capítulo final (“El soltero y su biblioteca”) el autor nos ofrece exquisitas imágenes de ésta, su pasión por la cultura, concretadas en su biblioteca; lugar que aparece como el templo del conocimiento, ese reducto hermético y personal donde su poseedor se recluye con fetiches espirituales para concebir su obra. Pero además la biblioteca es también el producto final de ese “axioma universal del humanismo, que es conocerse y controlarse a sí mismo. Y la persecución aledaña de una existencia con sentido y de una personalidad  compacta y coherente son también aspiraciones de carácter humanístico que recaen y se proyectan sobre su biblioteca” (p. 310), en palabras del propio autor.

                                                                     Xavier Torró

 

 

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