Cómo y por qué estudiamos la vida cotidiana con Michel de Certeau

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Como primera aproximación, una breve cita de Michel de Certeau que caracteriza la ambiciosa y compleja empresa que él suscitó, inspiró y dirigió sobre lo cotidiano:

He querido construir una ciencia de lo singular, es decir una ciencia de las relaciones que vinculan las acciones cotidianas a las circunstancias particulares [de su nacimiento]. Es solo a través del entrelazamiento local del trabajo y del ocio que podemos captar cómo, en el marco de las limitaciones socio-económicas, esas acciones no dejan de ofrecer una táctica de puesta en relación (una lucha vital), una producción artística (una estética), iniciativas autónomas (una ética). La lógica sutil que rige esas actividades ‘ordinarias’ solo aparece en los detalles.[1]

1.Los dos tomos de La invención de lo cotidiano, publicados en París (febrero de 1980) en 10-18, una colección de bolsillo muy activa en las ciencias humanas entonces, presentaban los resultados de un programa de investigación de tres años sobre la cultura contemporánea, tomando la palabra “cultura” en un sentido amplio como la emplean los antropólogos para describir las prácticas de un grupo social. Este programa de investigación, financiado por la Delegación general de la investigación científica y técnica (DGRST) que dependía directamente del Primer Ministro, se inspiraba en escritos anteriores de Michel de Certeau, que trataban sobre los eventos de Mayo de 1968 y la transformación en curso de la sociedad francesa.[2]

Certeau, solicitado para asegurar la dirección y la realización de ese programa, era un historiador de profesión, especialista en la historia religiosa entre los siglos XVI y XVII, a lo que añadía una reflexión más filosófica sobre la historiografía y sobre su epistemología, es decir sus condiciones de posibilidad y sus modos de conocimiento.[3]

En las incertidumbres suscitadas por el Mayo de 1968 y los empeños de reforma de las instituciones culturales y del mundo universitario tras esta sacudida, los análisis de Michel de Certeau aportaban una nueva tonalidad. Fue encargado de introducir los trabajos de la Conferencia europea de la cultura (Arc-et-Senans, abril de 1972), para preparar un encuentro de Ministros de Cultura, a escala de la Comunidad Europea (Helsinki, septiembre del mismo año), encuentro destinado a definir una política cultural común. La originalidad de su informe introductorio fue destacada. Se decidió ofrecerle tiempo, una total libertad de investigación, y una financiación para profundizar algunos de los temas esbozados en ese informe. Así nació el programa de investigación sobre las prácticas cotidianas al cual Michel de Certeau decidió asociarnos a Pierre Mayol y a mí para realizar distintos trabajos de campo sobre temas variados, en la línea de interrogantes comunes y siguiendo una metodología elaborada en común.

De este programa, ¿cuál era la intención? En la misma manera que un desconocido camina por las calles de la ciudad, Michel de Certeau estaba dispuesto a reconocer un “arte de hacer”, practicado de manera personal, o incluso un “estilo”, apropiándose de una noción que consideraba injustificado reservar a los historiadores del arte o de la literatura. Consideradas desde este ángulo, en su infinita diversidad, con una especie de entusiasmo generoso y benevolente, las acciones de la vida cotidiana podían percibirse como “prácticas culturales” (siempre en el sentido amplio de la palabra “cultura”) y se hacían dignas de un análisis teórico. A partir de ese momento, esas acciones podían inscribirse en una “economía del don” y manifestar una “ética de la tenacidad”. Observadas de cerca, analizadas con las herramientas teóricas de las que se disponía, las “maneras de hacer” de los individuos, a través de su vida cotidiana, deberían permitir la definición de “estilos de acción”, diferenciados según el asunto, la forma, el tiempo, el lugar, las situaciones y las circunstancias. De ahí un análisis metódico organizado en tres niveles: las modalidades de acción, la formalidad de las prácticas, los tipos de operación. Cada uno de nosotros tres trató de afinar este método esbozado a priori, poniéndolo a prueba con los objetos de su investigación.

2.En el primer tomo de La invención de lo cotidiano, titulado Artes de hacer, Certeau desarrolla un análisis crítico de recursos teóricos que retoma de grandes contemporáneos, Jean-Pierre Vernant, Marcel Détienne, Pierre Bourdieu o Michel Foucault, especialmente, pasando así de la antropología de la Grecia antigua a la sociología, a la filosofía y a la lingüística, asociándoles la frecuentación ecléctica de maestros anteriores, como Kant, Freud o Wittgenstein. Esta revisión crítica no estaba destinada ni a construir un sistema original, ni a descalificar todas esas relaciones teóricas como insuficientes o incapaces de ver sus presupuestos y sus límites de pertinencia. Se trataba más bien de mostrar cómo cada posición teórica podía ofrecer, bajo un cierto enfoque, una perspectiva significativa y herramientas beneficiosas para reflexionar sobre las prácticas cotidianas, pero no podía bastar ni para dar cuenta de su riqueza y de su diversidad, ni para agotar su sentido.

A esta revisión teórica y crítica, que ocupa aproximadamente la primera mitad del libro, Certeau asoció capítulos dedicados a prácticas específicas, con el fin de poner a prueba su modelo analítico. Es lo que hizo con la marcha en la ciudad (capítulo 7), el viaje en tren (capítulo 8), los relatos que describen el espacio interior (de la vida privada) o el espacio exterior (del trabajo, de la vida social) (capítulo 9). Un último grupo de capítulos, relativo a prácticas asociadas a la lengua, a la palabra, al texto, tuvo una larga posteridad en diversos campos del saber: el capítulo 12 sobre la lectura, que hacía del lector un “furtivo” en tierras ajenas, ha tenido mucho impacto sobre los historiadores del libro y de los saberes, así como sobre los trabajadores sociales y los educadores en el medio penitenciario. Finalmente los dos últimos capítulos (13 y 14), más enigmáticos y difíciles, abrían la puerta de una antropología social que el autor esperaba desarrollar más tarde. El capítulo 13 trataba sobre el creer, en su función indispensable para la construcción de los lazos sociales, al margen de toda referencia a una pertenencia religiosa. El capítulo 14 expresaba la soledad del moribundo, cuya condición postrera parece sustraerse a las prácticas ordinarias, como si, en la frontera entre la vida y la muerte, hubiera un lugar y un tiempo, sin palabras y casi sin acción, a los cuales La invención de lo cotidiano no podía ni acceder ni renunciar.

3.El segundo tomo de La invención de lo cotidiano, titulado Habitar, cocinar, incluía una breve contribución de Michel de Certeau. El resto fue esencialmente realizado por Pierre Mayol y por mí. Cada uno de nosotros desarrollaba un estudio de caso, en relación con el modelo analítico y los enunciados teóricos del primer tomo, pero sin encerrarse en ese marco. Cada uno preservó su libertad de investigación y de análisis, sus preferencias teóricas y sus hábitos de pensamiento, y cada uno visitó el campo de prácticas cotidianas a su manera, según sus centros de interés y su sensibilidad.

Pierre Mayol decidió componer una monografía relativa a un lugar determinado. Estudió minuciosamente las prácticas de espacio, público y privado, de tres generaciones de una familia de obreros en un barrio que conocía bien, la Croix-Rousse en Lyon. Realizó largas entrevistas con cada uno de los miembros de la familia, observando sus deambulaciones. Se hizo relatar las compras cotidianas o semanales, los trayectos festivos hacia otros barrios, reconstituyó con esmero la organización interior de sus alojamientos, escuchó la descripción de pequeñas acciones que ritmaban los trabajos y los días, y de las relaciones matizadas y sabiamente dosificadas con los comerciantes de los alrededores. Estuvo especialmente atento a las prácticas de apropiación de una parte del espacio público y a la riqueza lingüística de los relatos de sus interlocutores, sobre todo de la generación más mayor, cuyos relatos transmitían tanto la memoria de la condición obrera como las costumbres del presente.

En cuanto a mí, había insistido, desde el principio, en la necesidad de dar cuenta de prácticas propias de las mujeres. Tras reflexionar sobre ello, me decidí por los alimentos y su preparación, tarea esencial para mantener la existencia del grupo familiar y que correspondía generalmente a las mujeres (hoy habría que matizar esa afirmación). Mi análisis asoció elementos de historia y de antropología, tomados tanto de la escuela de los Annales como de la historia de las ciencias y de la medicina, así como datos contemporáneos tomados de un estudio de campo realizado a partir de doce mujeres, que vivían en Francia en regiones rurales o urbanas y pertenecían a medios sociales y generaciones diferentes. Esta combinación de fuentes científicas y de informaciones orales, sumada a la información de mi barrio, de mi familia, de mis amigas, me mostró cómo cocinar pone en juego una adaptación compleja y sutil a un entrecruzamiento siempre inestable de condiciones de posibilidad, de limitaciones y de interacciones sociales.

Entraban en juego, por una parte, un saber de los gestos y de las sensaciones (olores, sabores, consistencias) memorizado de manera inconsciente, y, por otra parte, circunstancias cambiantes (una visita inesperada, la enfermedad de un miembro de la familia, un producto estropeado, un ingrediente imposible de encontrar, etc.). En el orden de las limitaciones, está el tiempo disponible (para las compras, la preparación, la cocción), el nivel de los recursos (que determina la elección de los productos y su calidad, pero también el equipamiento electrodoméstico, el espacio disponible en la cocina), la edad y la condición física de los comensales (necesidades específicas de los niños y de los adolescentes, preferencias y repugnancias, problemas de salud). Las interacciones sociales llevaban a las ocasiones de celebración familiar, al calendario de fiestas religiosas o públicas, a los intercambios de invitaciones entre amigos, vecinos y parientes. Las entrevistas recogidas mostraban también que una vez en confianza, sobrepasando su timidez, convencidas de que podían decir algo interesante a la entrevistadora, las mujeres interrogadas componían pequeños relatos poéticos y afectuosos sobre sus experiencias culinarias, sus éxitos, sus angustias, su implicación en la vida cotidiana familiar.

4.La filosofía social de Certeau, desarrollada en el primer tomo, se basaba en las nociones de desvío y de collage, que le parecían permitir al “más débil” (en el espacio social) subvertir las limitaciones sociales impuestas por el “más fuerte”, como si estuviera siguiendo los requerimientos recibidos. Certeau no trataba de negar el peso de la estratificación social, de la servidumbre política para algunos, o de la falta de tiempo y de dinero para otros. Pero quería subrayar que la “gente ordinaria” es menos obediente y está menos sometida a un orden social y cultural de lo que las autoridades se complacen en decir o creer. Certeau proponía que se observaran con mas atención y respeto, también con más generosidad, las prácticas de la vida cotidiana. Hacía notar que aquello que no es observado con atención resulta invisible para el observador, y que su función resulta así ignorada.

Partiendo de la hipótesis de que existía una creatividad escondida en las prácticas cotidianas, al servicio de un “arte de vivir” silencioso y flexible, obligado a adaptarse a las circunstancias y a las ocasiones, Certeau proponía un viraje de los puntos de vista, un cambio de escala en la observación, otras opciones en cuestión de procedimientos analíticos. Allí donde sociología y publicidad acentuaban la “pasividad” de los consumidores, concerniendo la acogida de los objetos propuestos a la venta, o el “conformismo” en los comportamientos, Certeau sugería interesarse por la insinuación, en los comportamientos de los consumidores, de una acción creativa, de una apropiación imaginativa, de una libertad interior. Al vocabulario de la cantidad, de la masificación de los comportamientos, a las descripciones condescendientes, proponía sustituir la atención a los pequeños detalles, el respeto de las diferencias cualitativas, la eventualidad de una creatividad efímera. Recoger datos cuantitativos (cuántos productos comprados, cuántas horas pasadas delante de la televisión, cuánto dinero dedicado a tal tipo de ocio) le parecía menos significativo que el fino análisis de las “maneras de hacer” en una infinitud de acciones ordinarias: caminar por su barrio, ir a otra parte de la ciudad, hacer la compra, encontrarse con los vecinos, acondicionar su apartamento, decorar su coche, etc.

Para sustentar este tipo de observación y de análisis, y recalcar el cambio de escala que ello supone, Certeau se apoyó en una distinción entre las “tácticas” de practicantes anónimos, siempre privados de un lugar propio y estable, obligados a ingeniárselas con las coacciones que les eran impuestas, y la “estrategia” de los poderosos, las instituciones, las autoridades que producen las reglas y las leyes y que determinan la organización social del tiempo y del espacio. Al situar las prácticas cotidianas en el lado de las tácticas, Certeau hacía más difícil el trabajo teórico de dar cuenta de ellas. Sin embargo, ese trabajo teórico era indispensable para dar un estatus de inteligibilidad a las prácticas. ¿Cómo captar una infinita diversidad, una heterogeneidad siempre en movimiento? Tal era la cuestión principal de una ciencia de lo singular.

No hay que confundirse sobre la intención de La invención de lo cotidiano: no se trataba de componer una enciclopedia descriptiva de las prácticas cotidianas, ni de erigirlas en sistema, ni de escribir un poema impresionista sobre ellas. Certeau quería aceptar la pluralidad heteróclita de tipos de prácticas, pero pretendía unificarla definiendo su “formalidad”, es decir las formas conceptuales que permitieran a su vez clasificar las formas de prácticas, dicho de otra manera recurriendo a una abstracción de segundo grado. Esperaba conseguir un modelo analítico eficaz para caracterizar los estilos y las elecciones de los practicantes, para subsumir las series de operaciones encadenadas en secuencias temporales, y seguir la circulación de fragmentos de saber individual, primero producidas por practicantes inventivos aislados, luego compartidas en pequeños círculos de sociabilidad, con amigos o parientes, vecinos o colegas de trabajo.

5.Dando la vuelta a la perspectiva de Foucault, Certeau escribía que “estos procedimientos y ardides de los consumidores componen, finalmente, la red de una antidisciplina que constituye el tema de este libro” (IC XLV).[4]

El objeto de la empresa era efectivamente poner en valor la flexibilidad, la creatividad y la inteligencia que guían internamente la producción de las prácticas cotidianas. De ahí la necesidad de asociar su descripción a un análisis de orden teórico, como se dice en la introducción general del libro:

Se alcanzaría el objetivo si las prácticas o las ‘maneras de hacer’ cotidianas dejaran de figurar como el fondo nocturno de la actividad social, y si un conjunto de cuestiones teóricas, de métodos, de categorías y de puntos de vista, al atravesar esta noche, permitiera articularla (IC XLI).

Cuando llegó el momento de presentar los resultados obtenidos en todas nuestras investigaciones de campo, nos pusimos de acuerdo sobre un buen número de puntos. Así fue sobre el papel atribuido a las limitaciones de espacio, sobre el encadenamiento de operaciones en secuencias temporales finalizadas, sobre el aprovechamiento inventivo de ocasiones, sobre la interminable adaptación a las circunstancias, sobre la apropiación siempre recomenzada de los objetos y los lugares.

También descubrimos que una especie de armonía reinaba en nuestras descripciones de prácticas y de sus autores. Cada uno de nosotros, a su manera, en su terreno de observación, había notado la belleza de los gestos, la inteligencia de la composición de las secuencias de operaciones, la fineza de las artimañas para sortear las limitaciones del orden social y reconquistar un poco del terreno perdido. Asombrados por este consenso a posteriori, comprendimos más tarde su razón de ser. Como habíamos supuesto que la inteligencia y la ingeniosidad intervenían en acciones y lugares donde habitualmente no se suponía su presencia, pudimos reconocer sus marcas en las prácticas cotidianas. Claramente no fue por casualidad. Para asombrarse de las trazas efímeras de belleza o de inteligencia, hace falta haberse preparado interiormente. Esa fue la lección principal de La invención de lo cotidiano. Ella señala el punto nodal de nuestra deuda con Michel de Certeau.

[1] M. de Certeau, ‘Preface to the English translation’ en The Practice of Everyday Life, University of California Press, Berkeley, 1984, p. IX [disponible en castellano, La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, trad. de Alejandro Pescador, Universidad Iberoamericana, México, 1996. En adelante IC seguido de número de página].

[2] M. de Certeau, La Prise de parole et autres écrits politiques, ed. de Luce Giard, Seuil, París, 1994 (1968) [disponible en castellano, La toma de la palabra y otros escritos políticos, trad. de Alejandro Pescador, Universidad Iberoamericana, México, 1995]; La Culture au pluriel, ed. de Luce Giard, Seuil, París, 1993 (1974) [disponible en castellano, La cultura en plural, trad. de Rogelio Paredes, Nueva Visión, Buenos Aires, 1999].

[3] M. de Certeau, L’Écriture de l’histoire, Gallimard, París, 1975 [disponible en castellano, La escritura de la historia, trad. de J. López Moctezuma, Universidad Iberoamericana, México, 2006].

[4] Traducción modificada.

 

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