Cioran. Itinerarios de una vida

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GABRIEL LIICEANU, E.M. Cioran. Itinerarios de una vida, traducción de Joaquín Garrigós, Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2014, 159 pp. ISBN 978-973-50-2937-1 (Itinerariile unei vieți: E.M. Cioran, Humanitas, 2011).

« Dans vos ruines je me sens à l’abri »

Samuel Beckett a Emil Cioran, Cahiers (1957-1972)

 

Con una exquisita edición, plagada de innumerables fotos, cuidadosamente seleccionadas, junto con una pléyade de citas escogidas entre distintas obras, el trabajo —y la traducción— que las Ediciones del Subsuelo han hecho del ensayo de Gabriel Liiceanu merece todo el respeto y admiración por parte del público hispanófono. La primera edición veía la luz en 1995 en Francia, la traducción estuvo a cargo de una gran especialista en la historia intelectual y política de los países del Este, Alexandra Laignel-Lavastine; ensayista muy interesada en la estela tan controvertida del pensamiento político de los tres maestros rumanos en la Francia de entre y pos guerra, a saber, Mircea Eliade, Eugène Ionesco y, por último, el pensador que nos corresponde en esta ocasión, Emil Cioran[1]. El ensayo de Liiceanu, además de ser una de las mejores “biografías” realizada y publicada sobre Cioran, recorre de un modo inteligente y creativo la trayectoria vital e intelectual del controvertido transilvano.

La primera parte, como hemos enunciado, recorre la trayectoria vital e intelectual del joven y maduro Cioran, que desde su ciudad natal, Rășinari (“Ese maldito y espléndido Rășinari”, como él mismo lo denominará en vida), hasta la metrópolis que lo verá desaparecer, la lúgubre pero hechizante ciudad de París, auguran el pasaje de un espíritu desencantado, deambulante, prisionero del insomnio y de su sufriente yo. Por otro lado, a través de la segunda parte del ensayo (“El apocalipsis según Cioran. Última entrevista filmada entre el 18-20 de junio de 1990”), Liiceanu recurre a la primera persona, al diálogo entre el entrevistador y el anciano entrevistado, desentrañando la cartografía vital del Privatdenker franco-rumano. Finalmente, la última pincelada del ensayo viene a través de una pequeña e íntima entrevista en noviembre de 1994 con la compañera en vida del pensador rumano, Simone Boué (“Mon amie“, como siempre la presentaba siempre Cioran). El retrato de su protagonista, a pesar de ocupar menos de una decena de páginas, guarda una importancia capital en el lienzo final que del pensador franco-rumano acaba realizando Liiceanu. Ambas entrevistas conforman un póstumo retrato tanto del singular pensador como de la pareja que conformó en vida junto a Mme. Boué. Para todos aquellos que nos interesamos en el pensamiento cioraniano y en sus circunstancias vitales, intelectuales, políticas y literario-filosóficas la traducción de este ensayo al castellano aporta una renovada y fértil luz después de años de silencio y cuasi marginalidad que el pensamiento de Cioran mantiene en nuestro país y allende.

En cuanto a su autor, Gabriel Liiceanu (1942, Râmnicu Vâlcea), además de reputado profesor en la Universidad de Bucarest (con una tesis dedicada a elaborar una “fenomenología de lo trágico”), es el director fundador de la editorial ‘Humanitas’ en Rumanía, donde se han editado la mayoría de los textos de la intelligentsia rumana, pero además es un reputado especialista en la obra cioraniana. Comenta el propio autor en el fantástico prólogo que dedica a la persona de Simona Boué, cómo “lo hermoso es que en la vida de los grandes hombres aparece casi siempre alguien que, con absoluta discreción, crea, justo como los dioses y los ángeles para la gesta de sus héroes, la condición de la «obra», lo que la hace posible” (E.M. Cioran. Itinerarios de una vida, p. 147). Así como Boué fue ese ángel intempestivo en la vida —y en la obra— de Cioran, Liiceanu cumple, en cierta medida, el mismo propósito; guardando para el lector, como comprobaremos, un fiel y sensible, pero a su vez realista, retrato del “meteco por excelencia”, aquél que paseaba sigilosamente, cabizbajo, moribundo pero extremadamente lucido, en una Europa asfixiada por los suspiros de su propia historia.

No resulta el propósito de esta reseña el realizar de forma burda el resumen de una biografía tan plagada de lucidez, de un humor ácido y un corrosivo escepticismo como era el de Cioran. Sus principales calvarios, como pudieron ser la fisiología y la psicología humanas, el insomnio, la enfermedad o el eterno desencanto, son igualmente el fruto de su prolijidad y de su infinito humor. Autor —y sobre todo persona— poco comprendido y que, todavía en nuestros días, sigue mereciendo atención y estudio crítico. La obra de Cioran es la calumnia que merece este presente discontinuo y fracturado en el cual nos encontramos. No creemos ya más, ni tampoco lo hacía Cioran, en “esas perras palabras” de las que tanto se sirvió Pizarnik; la lengua materna y la posteriormente adquirida fueron siempre el campo de batalla del transilvano. La pulsión lírica del rumano eclipsaba la “camisa de fuerza” que imponía la composición en francés. De todos modos, y es un continuum en la obra de Cioran, los mismos e intensos demonios cohabitan bajo las palabras de cada lengua. La intensidad de la experiencia ocupa el espacio de la intuición gráfica y la conciencia lúcida, pero fatal (ese estilo romántico que guardó nuestro autor desde su juventud hasta la más tardía madurez), ayuda al individuo a observar y reflexionar desde su propia descomposición. Elementos, sensaciones y fenómenos tan humanos como el aburrimiento, el tedio, la angustia o la soledad devienen las raíces trágicas de lo humano. Pero, muy a pesar de su carga trágica, forman una parte ineludible de un ser que batalla por su descorazonada humanidad. Cioran partió de la base de estos fenómenos para elaborar todo un pensamiento que se libera de cualquier tratamiento metódico o sistemático (no es baladí que en la tesis doctoral que Fernando Savater dedicó a Cioran en 1973, de las escasas publicadas en lengua hispana, este último insinúe titular su propio prólogo a la tesis como “Del anti-sistema”). Su estilo nos castiga físicamente, desespera y parece lanzarnos a un camino repleto de puras herejías verbales recordándonos la fina y trágica situación en la que existimos, pero al mismo tiempo nos resguarda y apacigua en su más cruda lucidez.

El ensayo de Liiceanu cumple con el cometido de toda una vida, atravesada por la amistad, la intimidad y cercenada por la más paradójica de las muertes, la descomposición en el olvido. La lucidez de Cioran, desde su más temprana juventud como “experto en el tema de la muerte” hasta sus más tardías producciones —y posteriores recopilaciones de anotaciones y borradores recopilados por Mme. Boué y publicados como otro de sus ensayos clave para una mejor comprensión de su fragmentado pensamiento, los Cahiers (1957-1972)—, conjuga sufrimiento, pasión y una libertad totalmente desencantada que hizo las delicias en vida del escritor. Una vida que, bajo su aparente simpleza entre los muros de un pequeño estudio en el reconocido Quartier Latin de la capital francesa, esconde en su seno el recuerdo de un ascenso al Edén y un descenso continuo al Purgatorio, triste y bello relato de la trayectoria de una existencia individual marcada por los acontecimientos de su tiempo, pero de una innegable y necesaria actualidad.

El breve comentario de Samuel Beckett, « Dans vos ruines, je me sens à l’abri » (“En sus ruinas me siento a cubierto”), palabras encontradas en los ya mencionados Cahiers a propósito de una de las últimas publicaciones de Cioran, a saber, El aciago demiurgo (Le Mauvais démiurge) publicado en 1969, parece uno de los más sinceros juicios -y resúmenes- de toda la producción cioraniana. Al fin y al cabo, todos estos testimonios complementan y ayudan a la comprensión de su último y más excelso ejercicio de admiración, a saber, el de su eterna memoria.

Sergio García Guillem

 

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