Capitalismo, socialismo y democracia

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JOSEPH ALOIS SCHUMPETER, Capitalismo, socialismo y democracia, traducción de José Díaz García y Alejandro Limeres, Página indómita, Barcelona, 2015, 2 vols., vol. I, 409 pp. ISBN volumen I 978-84-943664-I-3.

Los libros de los clásicos envejecen de maravilla, no hay nada como leerlos para que no se nos caigan de las manos. Este es el caso de Capitalismo, socialismo y democracia, un libro lleno de inspiración económica y sociológica, que escribiera Schumpeter en marzo de 1942. Acaba de ser reeditado en 2015 por Página indómita con un sugerente prólogo de Joseph E. Stiglitz. En su libro Schumpeter alude a un hecho significativo del capitalismo pero que produciría cierta perplejidad hoy en día, según el cual “la coincidencia del surgimiento del humanismo y el capitalismo es muy llamativa. Al principio los humanistas eran filólogos, pero invadieron rápidamente los campos de las costumbres, la política, la religión y la filosofía […] Esto no se debió solo al contenido de las obras clásicas, contenido que ellos interpretaban con la gramática —el camino que va de la crítica de un texto a la crítica de una sociedad es más corto de lo que parece—” (pág. 275).

Esto es precisamente lo que hace Schumpeter con su libro: criticar la sociedad capitalista de su época, la de las grandes empresas capitalistas, y proponer como solución un socialismo, también muy de la época, que toma como referencia la economía del Reino Unido, que propugna un fuerte intervencionismo estatal (págs. 404-409) y su obligado corolario de nacionalizaciones, incluidas aquellas que se debían realizar por motivos no económicos (págs. 408-409). Había que aplicar dicho programa de nacionalizaciones, a pesar de que Schumpeter reconocía la dificultad que existía en algunos casos, como en la producción de energía eléctrica, para “hacer funcionar con beneficio una industria socialista, lo cual sería, sin embargo, una condición esencial de éxito si el Estado ha de absorber una parte tan grande de la vida económica de la nación” (pág. 408).

La de Schumpeter es una forma curiosa de vincular el capitalismo con el humanismo porque, en los últimos años, antes de que Sarkozy anunciase que iba a refundarlo, lo que han perseguido tanto la democracia cristiana como la socialdemocracia europeas ha sido embridar su pulsión deshumanizadora y dirigirla hacia la consecución de otro tipo de capitalismo, esta vez de rostro humano. Una sociedad capitalista, en definitiva, cuya legislación social no solo le ha sido impuesta por la fuerza, “sino que, además de elevar el nivel de las masas […] ha proporcionado también los medios materiales ‘y la voluntad’ para dicha legislación” (pág. 241). Sin embargo, la eficiencia y capacidad productiva del capitalismo “todavía dejaría de suministrarnos una idea adecuada de lo que significan estas mejoras para la dignidad, la intensidad o la comodidad de la vida humana, es decir, para [la] ‘Satisfacción de las necesidades’ ” (pág. 143). Se trata de un capitalismo que

introduce el racionalismo en las ideas y las aleja de “las creencias metafísicas, las ideas místicas y románticas de toda índole, [y que considera] el feminismo, un fenómeno esencialmente capitalista” (pág. 241), y en el que “la Bolsa es un pobre sustituto del Santo Grial” (pág. 257). Sin duda, el capitalismo conduce a un mayor rendimiento económico, aunque de ello “no se sigue que los hombres sean ‘más felices’ [y, quizás por eso] uno puede interrogarse menos por la eficiencia del sistema capitalista para producir valores económicos y culturales que por la especie de seres humanos configurados por el capitalismo y abandonados después a sus propios recursos, es decir, libres para estropear sus vidas” (pág. 244).

En cuanto a los hombres de negocios, el capitalismo toma de ellos su vigor mediante la injusticia que supone introducir incentivos perversos cuando “se adjudican premios espectaculares, mayores de lo necesario para atraer a una pequeña minoría de ganadores afortunados, y se da así un impulso mucho más potente que el que supondría una distribución más equitativa y más ‘justa’ a la actividad de la gran mayoría de los hombres de negocios” (págs. 153-154). Frente a esta postura, en la elaboración del ‘plan básico socialista’ (capítulo 16) se interroga Schumpeter sobre el papel de los incentivos, no a los hombres de negocios, sino a los trabajadores, dentro de un esquema racional de economía socialista; de modo que no deja “a los camaradas individuales la facultad de decidir cuánto van a trabajar [ni tampoco] más libertad de elección de ocupación que la que la oficina central […] pueda y quiera concederles” (pág. 328). Schumpeter se ve obligado, por lo tanto, a distribuir las fuerzas del trabajo mediante “un sistema de estímulos, ofreciendo nuevamente premios, en este caso, no solo por las horas extraordinarias, sino por todo trabajo” (pág. 329). Al obrar de este modo, no queda muy claro en el pensamiento de Schumpeter cómo se podría evitar que este ahorro individual acumulado gracias al esfuerzo del trabajo se convirtiese, con el paso del tiempo, en acumulación de capital (inversión capitalista) y, a partir de aquí, en beneficios.

Los ambiciosos programas de nacionalizaciones propuestos por Schumpeter fueron aplicados por los gobiernos laboristas, empezando por el de Clement Attlee (1945), a las principales industrias y empresas de servicios públicos, aunque se dejaron de lado los planes iniciales de nacionalizar las tierras agrícolas, siguiendo recomendaciones de Schumpeter de 1942. Estos programas reflejaron la inercia histórica de la Revolución bolchevique de 1917, del comunismo de guerra y del colectivismo integral (1917-1921), así como de la Nueva Política Económica (1921-1928) y de los años de la planificación socialista soviética (1928-1940).

Nuestro autor reconoce sin ambages los logros del capitalismo, y ensalza la racionalidad de la vida económica capitalista (págs. 159 n, 232-242, 268-270, 274 y 354-355, inter alia), que él inscribe en el marco de una civilización racionalista y antiheroica en el sentido caballeresco del término (pág. 242). Esto no le impide establecer, a continuación, una comparación entre la racionalidad económica del capitalismo de competencia perfecta y la del socialismo. Sobre este último, pretende demostrar su superioridad en racionalidad y eficiencia, y así, a la crítica de von Mises, de acuerdo con la cual el comportamiento racional supone cálculos de coste racionales, Schumpeter le opone la respuesta de Enrico Barone y, antes de él, de su maestro Pareto, los cuales percibieron que “la lógica fundamental del comportamiento económico es la misma en la sociedad mercantil que en la sociedad socialista, de cuya similitud se deduce la solución del problema” (pág. 317 n).

En realidad, la finura del bisturí con la que realiza su análisis le permite diseccionar, como al buen cirujano, las distintas naturalezas que el capitalismo ha exhibido a lo largo de su historia. Al proto-capitalismo de la sociedad mercantil constituida por gremios y mercaderes-banqueros, y de mentalidad económica medieval, le seguirá el capitalismo comercial desde finales del s. xv a finales del s. xviii, basado sobre todo en el crédito, pues la sociedad capitalista es un caso particular de la mercantil, en la que se añade el crédito (pág. 306) y los bancos privados y estatales, pero también el comercio colonial, las primeras industrias corporativas y las capitalistas, así como las fábricas reales. De finales del s. xviii hasta 1870 aproximadamente, se irá conformando el capitalismo industrial al calor de la revolución industrial, el patrón oro, el desarrollo de las bolsas de valores, y la agitación obrera.

Es el pensamiento económico que permanece anclado en este universo mental el que Schumpeter critica, pues en su opinión el mundo de la “economía mercantil del tipo de competencia perfecta […] se refiere a una etapa histórica que (por mucho que haya existido) está seguramente muerta y sepultada” (pág. 333). Tan es así que “en todo lo que constituye la fisonomía del capitalismo de competencia, el plan básico socialista es lo contrario precisamente de la competencia perfecta y está mucho más alejado de ella que del tipo de capitalismo de gran empresa” (pág. 334). De ahí la natural tendencia del capitalismo a la formación de “‘restricciones comerciales’ del tipo de las de los carteles, así como aquellas que consisten simplemente en acuerdos tácitos acerca de la competencia de precios” (pág. 181), pues “¿no es verdad, después de todo, […] que la empresa privada es poco más que un recurso para restringir la producción con vistas a arrancar beneficios que deberían calificarse, con razón, de diezmos y rescates?” (pág. 164).

Es a partir de esta constatación de donde resurge su proyecto de socialismo, el cual lanza por la borda los mercados competitivos, renuncia a este tipo de racionalidad y determinismo económicos, y reclama la figura del gestor socialista, dado que “en ausencia de mercados, tendría que haber una autoridad para hacer la evaluación” (pág. 335). Con ello Schumpeter se adentra en el análisis de la segunda época capitalista, la referida al capitalismo financiero desde 1870 hasta la Gran Guerra, que después dará lugar al capitalismo americano de las grandes corporaciones industriales. Es desde esa perspectiva histórica desde la que escribe Schumpeter, pues “hemos de tener presente una forma determinada de capitalismo si queremos dotar de significado a la comparación de la realidad capitalista con las probabilidades de éxito socialista. Así pues, permítasenos elegir el capitalismo de nuestra propia época, es decir, el de las grandes empresas, el capitalismo sujeto a trabas” (pág. 362).

Aunque desde finales del s. XIX las filosofías de la sospecha empezaron a poner en solfa el mito del progreso, este no dejó de impregnar el pensamiento de Schumpeter como se trasluce de su convicción de que “no hay razón para esperar que se haga más lento el ritmo de la producción por un agotamiento de las posibilidades técnicas” (pág. 225). Schumpeter muestra con sus argumentos que las virtudes que se atribuyen al capitalismo de competencia perfecta “pueden reconocerse también, incluso en mayor grado, al capitalismo de gran empresa” (págs. 207-208) que él defiende (págs. 352-353, inter alia). Será, sin embargo, la propia evolución capitalista la que, al automatizarse como máquina de progreso (págs. 216 y 238), dé paso a “la unidad industrial gigante, perfectamente burocratizada, [que] no solo desaloja a la empresa pequeña y de volumen medio y ‘expropia’ a sus propietarios, sino que termina también por desalojar al empresario y por expropiar a la burguesía como clase que, en este proceso está en peligro de perder no solo su renta […] sino su función” (pág. 252). El marco institucional de la sociedad capitalista se destruye debido a “que la empresa gigante tiende a desalojar a la burguesía de la función a la cual debe su importancia social” (pág.261).

La eficiencia real del capitalismo de grandes empresas “ha sido mucho mayor que en la era precedente de las empresas pequeñas o medianas” (pág. 342), lo que no impide que “el socialismo ha de heredar un capitalismo ‘monopolista’ y no un capitalismo de competencia” (pág. 343). Esto explicará después que, para Schumpeter, el estrato burgués constituya una condición esencial para el éxito del régimen socialista, pues es “un activo nacional que toda organización debe utilizar. Esto implica algo más que abstenerse de exterminar a dicha clase” (pág. 366). No es la única vez que, desde distintas perspectivas, Schumpeter subraya la naturaleza autodestructiva del capitalismo que desembocará, de modo inexorable, en el advenimiento del socialismo. Así ocurre, por ejemplo, cuando afirma que el capitalismo no solo “elimina al rey por la gracia divina, sino también a los reductos políticos que, de haber podido mantenerse, estarían formados por la aldea y el gremio de artesanos” (pág. 259); y también, cuando subraya que la gran sociedad anónima, a pesar de ser un producto del capitalismo, destruye sus raíces (pág. 290). Los factores objetivos y subjetivos, económicos y extraeconómicos del propio proceso capitalista destruyen la misma armazón del capitalismo y lo transforman para preparar la llegada del socialismo (págs. 298-299).

Nuestro autor resalta el efecto corrosivo que el capitalismo tiene también sobre el carácter del individuo, la sociedad y la propia civilización capitalista al alentar a los “profesionales de la agitación social” (pág. 272), al dar la libertad y la imprenta al intelectual que había nacido en el monasterio del medievo, alimentar su descontento, y engendrar en él un fuerte resentimiento hacia la actitud racional (págs. 274-283). Esta civilización capitalista, basada en el móvil del lucro y del interés personal (pág. 235), subyuga y racionaliza las filosofías del hombre (pág. 236) y se sustenta en el individualismo racionalista y utilitario (pág. 283) que desintegra la familia burguesa (pág. 290), a la vez que oscurece los valores de la vida de familia “tan pronto como introduce en su vida privada una especie de sistema inarticulado de cálculo de costes [y] pesados sacrificios personales que imponen […] los vínculos familiares, y especialmente el de la paternidad (pág. 292).

Este carácter corrosivo del Geist del capitalismo no le impide a Schumpeter discernir en él uno de los elementos principales que lo constituyen, y que hacen de él, y de la misma actividad racionalizadora, inversora e inventiva de los empresarios, una fuerza propulsora y un vendaval de progreso (págs. 180, 208, 212, 216, 238 y 249, inter alia). Se trata del proceso de destrucción creativa (págs. 169-170, 175, 202-203, 298-299, y 350, inter alia), que Schumpeter asimila al motor del capitalismo, un sistema en permanente mutación que favorece la aparición de nuevos productos, métodos de producción, mercados e innovaciones bajo el estímulo de la recompensa y el lucro personal. Quizás sea este el aspecto más conocido de su libro o quizás lo sea, más bien, su definición de empresario como innovador schumpeteriano, que es la que al final se ha impuesto como canónica. Lo bien cierto es que la expresión de Schumpeter no es nueva, arranca del concepto de destrucción creativa establecido inicialmente por Mijail Bakunin y Friedrich Nietzsche, pero que encajado ahora en el contexto de su obra adquiere un valor especial.

El concepto de destrucción creativa se ajusta a la visión dinámica de la economía que tenía Schumpeter, quien, a diferencia del marginalismo, siempre trató de comprender el comportamiento cambiante de las empresas y de los consumidores como el resultado de la historia reciente, y como un intento por adaptarse a las alteraciones que se producen en el mercado (pág. 170). Una visión de la economía no solo dinámica, sino consciente también de otras debilidades del análisis económico predominante de la época. Discrepaba, por ejemplo, de la economía convencional que consideraba la elección racional en condiciones de certeza. En la actualidad, los dos enfoques dominantes de la elección racional en economía, ya sea como consistencia interna de la elección o como persecución del interés propio, suponen que las decisiones se toman en situación de certidumbre. En realidad, sin embargo, las decisiones se suelen tomar por lo común bajo condiciones de incertidumbre, lo que complica enormemente su tratamiento analítico.[1] Schumpeter se apoya en este punto, entre otros, para pretender que la racionalidad socialista es superior a la capitalista: “una de las dificultades de la dirección de una gran empresa […] radica en las incertidumbres que rodean a toda decisión […] por una parte, en la reacción de los competidores efectivos y potenciales, y por otra, en cómo va a evolucionar la situación económica general. Aunque en una comunidad socialista persistirían, indudablemente, incertidumbres de otras clases, puede esperarse, razonablemente, que estos dos grupos desaparezcan casi por completo” (pág. 338). En la economía capitalista, sin embargo, “hay que tomar las decisiones en una atmósfera de incertidumbre que embota el filo de la acción, mientras que esa estrategia y esa incertidumbre no existirían en la última [la economía socialista]” (pág. 351).

Por otro lado, Schumpeter es, en mi opinión, un claro precursor de las modernas teorías de crecimiento endógeno en la medida en que estas ponen su punto focal en los descubrimientos, innovaciones y nuevas ideas que pueden ser utilizados por muchas personas a la vez, sin que por ello se agoten; y, además, porque estas teorías atribuyen enorme importancia a los monopolios por su capacidad financiera para invertir en capital tecnológico. De ahí que, para crecer no sea suficiente con innovar, necesitamos también recompensas apropiadas al esfuerzo en invención e innovación mediante un sistema jurídico que permita a los innovadores e investigadores el control efectivo de sus innovaciones, y que restrinja parcialmente su uso mediante derechos de propiedad intelectual (copyright, patentes, etc.) que les confiera rentas de monopolio con carácter temporal.

Schumpeter solo aborda de forma marginal la importancia que tiene asociar la innovación y las rentas temporales de monopolio, cuando rechaza el sabotaje contra las mejoras susceptibles de reducir costes y refiere que, en estos casos, “es suficiente para considerar el caso de un grupo empresarial que explota en exclusiva un invento técnico —por ejemplo, una patente—” (pág. 189). Por otro lado, cuando el empresario compite bajo la presión de nuevas técnicas y productos, y se ve sometido a las sacudidas que se producen en los mercados y que aumentan la incertidumbre de sus inversiones, “se hace necesario acudir a medios de protección tales como las patentes o el secreto temporal del procedimiento o, en algunos casos, contratos a largo plazo” (págs. 176-177) como medios de protección de una gestión racional.

El concepto de destrucción creativa ejercerá una influencia determinante sobre otros autores institucionalistas. En su obra sobre el Nuevo Estado Industrial, John K. Galbraith opina que el cambio técnico constituye un factor compensador del proceso de concentración empresarial, en la medida en que supone la emergencia de nuevas industrias.[2] Por otro lado, Schumpeter lleva adelante un ataque frontal a la racionalidad económica capitalista y presenta “hechos y argumentos [que] tienden a empañar la aureola que en otro tiempo rodeó a la competencia perfecta, así como a presentar bajo una perspectiva más favorable sus alternativas” (pág. 199). Entre estas últimas, Schumpeter se inclina de una forma decidida por la defensa del monopolio (págs. 193 y ss.). En su opinión, lejos de tener un efecto soporífero sobre la producción y la innovación, “una posición de monopolio no es una almohada sobre la que descansar, pues tanto para conseguirla como para conservarla es preciso desplegar vigilancia y energía” (pág. 198).

Al abordar las prácticas monopolísticas, Schumpeter subraya que la rigidez de precios a corto plazo puede afectar al desarrollo a largo plazo, de ahí que lleve a una restricción adicional de la producción mayor de la que se derivaría de una depresión. Para Galbraith, por su parte, “el planteamiento de la competencia monopolística se deriva menos de una preocupación eminentemente especulativa sobre la naturaleza del capitalismo de la época, que de la necesidad de explicar las rigideces del sistema de precios a partir de la experiencia de la gran depresión”.[3]

La parte relativa al posible funcionamiento del socialismo es, en mi opinión, la que peor ha envejecido a pesar de que Schumpeter escape a los tópicos del momento. Afirma que “el socialismo aspira a fines más elevados que llenar los estómagos” (pág. 310). También es consciente de que en una sociedad socialista los medios de producción no son evaluados por un mercado, lo que exige criterios de distribución, pero en su ausencia “el vacío tiene que llenarse mediante un acto político” (pág. 318). Por otro lado, manifiesta una fe ciega en que “la burocracia socialista dispondría de información suficiente para evaluar con bastante precisión las cantidades correctas de producción en las principales ramas de la misma, y el resto sería cuestión de ajuste mediante tanteos metódicos” (pág. 337). Desde mi punto de vista, sin embargo, esta afirmación no ha resistido bien el paso del tiempo y ha sido desmentida por la historia reciente.

En algunos de sus últimos pasajes, Schumpeter intuye la configuración de un hombre nuevo bajo el socialismo (pág. 340), y confía en que “el orden socialista obtendrá aquella lealtad moral que se niega cada vez más al capitalismo” y que “este consentimiento inspirará al obrero una actitud más saludable respecto de sus deberes que la que pueda tener bajo un sistema que ha llegado a desaprobar” (pág. 376). Quizás sea esta una opinión, en cierto modo, elitista y pequeño-burguesa que ha quedado refutada tras la caída del muro de Berlín. Queda claro, sin embargo, que no es un ingenuo ni se hace ilusiones sobre la mejora de las almas humanas (págs. 363, 389, 392 y 396-398). Prueba de ello es que entrevea el problema de la burocratización de la vida económica, y lo asuma en parte como un mal necesario (pág. 368); que nos alerte sobre el obrero holgazán “que rinde por debajo de lo normal”, o sobre aquellos que se resistirán a sacrificar “el disfrute inmediato frente al bienestar de las generaciones futuras” (pág. 379); o que considere que, en otras circunstancias, no serían necesarios los aspectos siniestros de la política disciplinaria del Estado ruso ni las “sanciones que ningún patrono capitalista pensaría siquiera en aplicar” (pág. 386).

En definitiva, en Capitalismo, socialismo y democracia Schumpeter anticipa lo que después vendrá a denominarse como capitalismo monopolista de Estado, cuyo análisis para una república plutocrática como la americana realizaron Paul A. Baran y Paul M. Sweezy. Sin embargo, ¿no anuncia Schumpeter, en cierto modo, el capitalismo monopolista de Estado que ha tomado forma bajo una dictadura comunista como es hoy China? Nos queda también por conocer cuál habría sido su opinión en torno a la tipología que establece la literatura económica sobre variedades de capitalismo, esto es, las economías coordinadas de mercado (caso alemán), las economías liberales de mercado (caso americano), y las economías de mercado mixtas (caso español, portugués, francés, e italiano, economías coordinadas de mercado con altos niveles de intervencionismo estatal).[4]

¿Qué otros tipos de vida económica le quedarían hoy por estudiar? Con seguridad, el capitalismo bancarizado y financiarizado de los gigantescos conglomerados financieros internacionales que provocaron la crisis financiera global de 2007. Pero también, el socialismo cubano y el capitalismo de la China comunista. Sobre la reflexión que Schumpeter habría podido elaborar acerca de estos dos países siempre me asaltará una duda que produce desazón porque su libro asimila y hace intercambiables los términos democracia y capitalismo, como por ejemplo cuando habla de “democracia capitalista” (pág. 383) en lugar de hablar de democracia liberal, etc. ¿Es con el tipo de capitalismo o con el tipo de democracia con lo que estamos descontentos? La urgencia de estas preguntas reside en que el capitalismo es una forma de vida económica como pueda serlo el socialismo (pág. 391). Sin embargo, plantear la dicotomía como una elección entre un sistema de vida económica y otro de vida política induce en error, pues “el capitalismo no es un sistema político; es una forma de vida económica, compatible en la práctica con dictaduras de derecha (Chile bajo Pinochet), dictaduras de izquierda (China contemporánea), monarquías socialdemócratas (Suecia) y repúblicas plutocráticas (Estados Unidos). Si las economías capitalistas funcionan mejor bajo condiciones de libertad, es quizás una cuestión más abierta al debate de lo que creemos”.[5] Dejemos, pues, que el debate continúe.

Manuel Sanchis i Marco

[1] Amartya K. Sen, ‘Rationality and Uncertainty’, en Amartya K. Sen, Rationality and Freedom, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, 2004, pág. 228.

[2] Isidro Antuñano, ‘Actualización de los Programas Institucionalista y Liberal: La Disidencia de J. K. Galbraith’, Tesis Doctoral, Universidad de Valencia, Valencia, pág. 294.

[3] Op. cit., pág. 287.

[4] Peter A. Hall; David Soskice, ‘An Introduction to Varieties of Capitalism’, en Varieties of Capitalism. The Institutional Foundations of Comparative Advantage, ed. de Peter A. Hall; David Soskice, Oxford University Press, Oxford, 2004, págs. 21 y ss. Véase también Bob Hancké; Martin Rhodes; Mark Thatcher, ‘Introduction: Beyond Varieties of Capitalism’, en Beyond Varieties of Capitalism. Conflict, Contradictions, and Complementarities in the European Economy, ed. de Bob Hancké; Martin Rhodes; Mark Thatcher, Oxford University Press, Oxford, 2007, págs. 24-28.

[5] Tony Judt, Ill Fares the Land, The Penguin Press, New York, 2010, pág. 145.

 

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