El peso de la conciencia

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ROSANA TRIVIÑO CABALLERO, El peso de la conciencia. La objeción en el ejercicio de las profesiones sanitarias, Plaza y Valdés, Madrid, 2014, 372 pp. ISBN 978-84-16032-54-9.

La proliferación de conflictos por motivos de conciencia en el ámbito sanitario es una realidad sobre la que las hemerotecas pueden dar buena cuenta. Semejante abundancia está relacionada con la complejidad de un escenario asistencial donde resulta difícil encontrar respuestas unívocas. En un contexto en el que los agentes y las relaciones cambian y se multiplican, en el que rige la diversidad de criterios en la consideración de la vida, el morir o de lo que cada persona considera bueno o éticamente permisible, la apelación a la propia conciencia se ha presentado como un recurso indiscriminado para solventar determinados conflictos. En el caso de los profesionales sanitarios, el uso inapropiado de conceptos como el de objeción de conciencia desatiende las consecuencias que la negativa a prestar un tratamiento tiene para el resto de personas implicadas. En el caso de los usuarios es frecuente que sus convicciones tengan un reconocimiento limitado a la hora de tomar decisiones que atañen a su bienestar.

A partir de estas premisas, en este libro se analizan las tensiones entre intereses, derechos y deberes de las partes implicadas, así como las relaciones de poder que se establecen entre quienes ostentan el conocimiento experto y quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. El análisis persigue identificar los problemas en los distintos niveles discursivos ―de intereses, de derechos y deberes y de relaciones de poder― para establecer posteriormente una serie de límites que condicionen el ejercicio de la libertad de conciencia para los profesionales sanitarios. Con ello se aspira a ofrecer un marco ético-normativo que pudiera servir como referencia para la resolución de conflictos, basado en una noción de conciencia menos individualista y más relacional-feminista.

 

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Mise au point

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LE CORBUSIER, Mise au point, Edición de Jorge Torres, Abada Editores, Madrid, 2014, 84 pp. ISBN 978-84-16160-20-4.

JORGE TORRES, Pensar la Arquitectura: “Mise au point” de Le Corbusier, Prólogo de Juan Calatrava, Abada Editores, Madrid, 2014, 262 pp.ISBN: 978-84-16160-21-1.

Obra completa: ISBN: 978-84-16160-19-8.

Mise au point (1966), el último e imprescindible libro de Le Corbusier y su testamento intelectual, se ofrece aquí en edición e inédita en español a cargo de Jorge Torres, que porta un abundante aparato crítico con el que el lector sabrá situar adecuadamente en su contexto histórico esta obra esencial.

Viene acompañado de Pensar la Arquitectura, un ensayo donde Jorge Torres, desvela el proceso de redacción del texto, su estilo, sus peculiaridades y el grado de intervención de Jean Petit, su editor original. Así mismo, el libro invita a reflexionar sobre las grandes cuestiones que preocuparon a Le Corbusier a lo largo de toda su trayectoria profesional, especialmente en los últimos años de su vida. Pensar la Arquitectura es la labor que Le Corbusier nos propone en su Mise au Point, pues en esta obra se encuentra para él lo únicamente transmisible: el pensamiento.

Jorge Torres Cueco (1963) es doctor arquitecto y catedrático del Departamento de Proyectos Arquitectónicos de la Universidad Politécnica de Valencia desde el año 2003. Ha escrito, entre otros, los siguientes libros: Grup R (con Carmen Rodríguez, 1994), Le Corbusier. Visiones de la técnica en cinco tiempos (2004); Casa por casa. Reflexiones sobre el habitar (coordinador, 2009); Le Corbusier. Mise au point (coordinador, 2012). Arquitecto en ejercicio ha recibido distintos premios en concursos de arquitectura.

 

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Homo ¿sapiens?

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PEDRO DOMÍNGUEZ GENTO, Homo ¿sapiens?, Pedro Domínguez, Alcira, 2015, 208 pp. ISBN 978-84-616-9019-0.

 

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Islam y modernidad

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SLAVOJ ŽIŽEK, Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas, traducción de María Tabuyo y Agustín López, Herder, Barcelona, 2015, 84 pp. ISBN 978-84-254-3468-6 (Islam and modernity: some blasphemic reflexions).

Un ensayo provocador y que aporta perspectivas novedosas sobre las bases y las paradojas del conflicto entre Occidente e Islam, abordando temas espinosos como los ataques terroristas en París o el papel de la mujer en las dos culturas.
Ahora, cuando todos nos encontramos en estado de shock tras las matanzas en París, es el momento justo de reunir el coraje de pensar. Según Žižek, las manifestaciones apasionadas generadas por estos hechos implican en el fondo un acercamiento de la sociedad a las fuerzas de orden y control. «La amenaza terrorista triunfaba así al lograr lo imposible: reconciliar a los revolucionarios del 68 con su peor enemigo, con el pueblo ofreciéndose a sí mismo para tareas de vigilancia.» Ahora bien, —se pregunta Žižek— ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿Qué es lo que ensombrecen tales acontecimientos?
Žižek trata en este ensayo cuestiones espinosas como el fundamentalismo religioso y el Occidente moderno, la libertad y la tolerancia, el papel de la mujer en el islam y en Occidente, sirviéndose, como es habitual en sus ensayos, de la teoría psicoanalítica lacaniana para su análisis de la política internacional y de la identidad de las comunidades religiosas.

 

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La dama y los laureles

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LEONARD MERRICK, La dama y los laureles, traducción de Julia Osuna Aguilar, Ardicia, Madrid, 2015, 104 pp. ISBN 978-84-942916-1-6.

William Childers, recién licenciado en Oxford y poeta en ciernes, es enviado por su madre a Sudáfrica, donde esta espera que su tío Somerset pueda hacer carrera de él en los campos de diamantes. Pero las escasas aptitudes comerciales del muchacho harán que termine ocupando un puesto de escribiente en el soporífero juzgado del poblado de Du Toit’s Pan, donde los días transcurren monótonamente. Sin embargo, su abúlica existencia dará un giro radical cuando, durante una gira por el país, la archifamosa actriz Rosa Duchêne se cruce en su camino, cambiando su vida para siempre.

En La dama y los laureles (1908), historia de tintes autobiográficos que sería llevada al cine por Cecil B. DeMille en 1921 y que, diez años más tarde, conocería una nueva versión de la mano de Berthold Viertel, Leonard Merrick narra de manera exquisita una tierna y agridulce historia sobre los equívocos del amor, las ironías del destino y las múltiples caras de la verdad.

Leonard Merrick nació en 1864 en Londres. Cursó estudios en Brighton y Heidelberg, pero a la edad de dieciocho años, a causa de la crítica situación financiera de su progenitor, se vio obligado a trasladarse a Sudáfrica para trabajar en un bufete de abogados en las explotaciones diamantíferas. De vuelta en Inglaterra, ejerció como actor y representante teatral en diversas compañías. Aunque enormemente valorado por muchos de los mejores escritores en lengua inglesa de su época, la obra de Merrick no gozó de demasiada difusión entre el gran público, y fue considerado durante años como un novelista para novelistas. Entre 1918 y 1922, algunos de sus más reputados colegas fueron publicando, en colaboración con el editor E. P. Dutton, una edición en quince volúmenes de sus obras completas –que incluía relatos, novelas y obras de teatro–, como reconocimiento y tributo al excelso trabajo de su camarada. Murió en 1939 en su ciudad natal.

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Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó

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LIUDMILA PETRUSHÉVSKAIA, Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó, traducción de Ana Guelbenzu, Marbot, Barcelona, 2015, 184 pp. ISBN 978-84-92728-48-0 (РАССКАЗЫ О ЛЮБВИ).

«Historias de amor profundamente ajenas al romanticismo, relatadas de forma franca… Hechizante.»

The New York Times Book Review

«Sus relatos convierten lo mundano en algo extraño.»

Kirkus Reviews

Los relatos de Petrushévskaia capturan, con una economía de palabras asombrosa, un amor muy real y a la vez muy extraño; muy amargo y muy burlesco. Los escritores rusos han recurrido desde siempre a la imaginación para convivir con un Estado tradicionalmente muy presente. Los relatos de Petrushévskaia retratan con gran crudeza y realismo la última época de la Unión Soviética, vista desde las miserables escaleras de vecinos, las oficinas donde se llevan a cabo trabajos incomprensibles. Es en este entorno donde colecciona sus extraños y fascinantes episodios amorosos, en los que resuena el surrealismo espontáneo de los cuentos de hadas.

 

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Idee concrete

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ROSA M. CALCATERRA, Idee concrete. Percorsi nella filosofía di John Dewey, Marietti, Génova 2011, 140 pp. ISBN: 978-88-211-8711-7

La obra del filósofo norteamericano John Dewey (1859-1952) es sistemática en la teoría y, en vida del propio Dewey, aspiraría a ser también sistemática en la práctica. En la práctica, un modo de tratar la profunda complejidad de la filosofía es atender a la antigua reciprocidad entre las palabras y las acciones, una práctica ausente o poco común en la continuidad que demanda naturalmente la vida humana, sobre todo en la actualidad. Tanto la naturaleza como la cultura serían un pretexto para la experiencia que, en ese sentido, podría significar todo o nada. Desde la perspectiva pragmatista de Dewey, la vida práctica de las ideas hace literalmente referencia a una realidad concreta que la profesora Calcaterra ha puesto de manifiesto paralelamente en relación con la biografía de Dewey en su libro Idee concrete. Percorsi nella filosofia di John Dewey (que se puede traducir por Ideas concretas. Recorridos en la filosofía de John Dewey). A lo largo de los siete capítulos que van desde el instrumentalismo y las consideraciones lógicas hasta el naturalismo humanístico pasando por la teoría de la educación social y el concepto de democracia, Calcaterra desbroza cronológicamente el corpus filosófico de Dewey atendiendo especialmente al uso y a la aplicación del método científico a la investigación filosófica crítica y reflexiva, entendida como una forma de vida por su parte.

El primer capítulo del libro, que consiste en una breve nota biográfica sobre Dewey, sirve de introducción al problema central en el que convergerían todos los caminos o recorridos en su filosofía, es decir, el continuum ontológico entre la condición natural y cultural del ser humano, entre las ideas y la propia vida humana, conlleva la concretezza della realtà, la concreción de la realidad. Mientras que la naturaleza parece ser inevitablemente la realidad del hombre, la cultura expresaría la condición de la filosofía o de las ideas como forma de vida. De esta manera, la concreción de la realidad es, hasta cierto punto, como podrá comprobar el lector, la certeza de la realidad. Por otra parte, que el instrumentalismo de Dewey sirviera como método de lectura de sus propias obras habría demostrado, a mi juicio, que la revisión extraordinariamente receptiva por su parte de la defensa de la vida práctica de las ideas que llevaron a cabo Charles Sanders Pierce y William James —principalmente, como ha subrayado la profesora Calcaterra, en relación con el valor de la normatividad en el primero y con la elaboración de una gramática de la experiencia en el segundo— era la más pragmática y la más universal de las visiones modernas de la experiencia americana.

En el segundo capítulo, titulado “Cristianesimo, hegelismo, darwinismo” (“Cristianismo, hegelianismo, darwinismo”), el instrumentalismo de Dewey es caracterizado como antidualista y antireduccionista para dar prioridad a la experiencia. A diferencia del filósofo inglés F. C. S. Schiller, Dewey encontraría en el idealismo el origen del pragmatismo norteamericano. Gracias al estudio de la obra de Hegel durante su juventud, Dewey aprendería que la experiencia era pública por definición, mostrando consecuentemente la aprehensión del significado de las cosas. Sin embargo, la ulterior ruptura con Hegel, así como la amplia adscripción al instrumentalismo en busca de fundamento para una nueva teoría estética, constituye la prueba temprana de la coherencia interna (“consistenza interna”, p. 23) del conjunto de la propuesta filosófica de Dewey, cuya garantía proporcionaría el darwinismo. Como es sabido, el darwinismo ofrecía una visión unitaria del mundo o una armonía que en el lenguaje de Dewey se traduce en el organicismo que atraviesa toda su obra. Por otra parte, la influencia de la obra del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, que en los Estados Unidos era ampliamente leída como un intento por racionalizar las doctrinas cristianas, llevaría también a Dewey a traducir la fe cristiana en una fe laica, como luego veremos, confirmada por su propio naturalismo humanístico. Dewey defiende desde el principio una democracia espiritual inspirada claramente por los Ensayos de Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, que aspira a mostrar la trascendencia universal del cristianismo más allá de la esfera lógica o formal, como ha mostrado la profesora Calcaterra, con el propósito de evitar la omisión de la realidad espiritual que predomina y sustenta la visión fisiológica del mundo y elevar la experiencia a la antesala del lenguaje fenomenológico.

Lo que podría resultar una de las claves de lectura de la obra de Dewey, en el tercer capítulo, titulado “La architettura dello strumentalismo” (“La arquitectura del instrumentalismo”), sirve como precedente del concepto de conciencia universal o absoluta, que para Dewey conlleva el primado epistemológico y ontológico de la experiencia y, en consecuencia, la unificación de los datos de los sentidos. La ruptura con Hegel dejaría paso, efectivamente, al estudio de los Principios de psicología de James. Y, en respuesta a la lectura de James, Dewey llegaría a la conclusión de que la proposición de que el observador es también un experimentador implica que la experiencia primaria se vuelve tan concreta como la experiencia científica. Sin embargo, el concepto de arco reflejo contribuiría a anular el dualismo entre estímulo y respuesta —o, en otras palabras, entre ideas y objetos o entre hechos y valores—, de tal manera que el estímulo y la respuesta conforman una sola unidad en el circuito sensorial en lugar de mostrar la conducta como el resultado de experiencias anteriores. Esa unidad, en la que el cuerpo es un todo o conjunto orgánico en el que cada parte se corresponde con las otras, constituye asimismo la condición de posibilidad de la experiencia. La visión instrumentalista del mundo —la relación entre el pensamiento y la acción, donde la última resulta el reflejo de la primera—, permitiría diferenciar así entre la forma lógica del pensamiento y el proceso efectivo como fundamento de un programa educativo en el que Dewey atribuye a la verdad, partiendo de Pierce, el papel de la verificación por parte de una comunidad de investigadores, con el trasfondo, como ha sugerido con acierto la profesora Calcaterra, de la interacción entre la dimensión natural y la dimensión social del ser humano.

En el cuarto capítulo, titulado “Il consolidamento della logica strumentalista” (“La consolidación de la lógica instrumentalista”), la profesora Calcaterra sostiene que para Dewey no existe un criterio para determinar el valor del juicio, sino que un juicio es considerado más o menos justo en la medida en que se adecúa a la situación. De esta manera, que un juicio sea satisfactorio depende de las condiciones de felicidad en virtud de las cuales el pensamiento trata de realizar su función resolviendo la situación. No sería desacertado, a mi modo de ver, considerar a Dewey como un precursor del actual situacionismo o ética de la situación, hasta cierto punto. Por lo demás, la participación de Dewey en la redacción de la International Encyclopedia of Unified Sciences junto a otros pensadores como Bertrand Russell, Alfred North Whitehead y el Círculo de Viena le llevaría a retomar la distinción de Kant entre psicología y lógica —entre las condiciones del acto de pensar y las reglas para pensar cómo debemos pensar, valga la redundancia— para redefinir el concepto de normatividad que comprendía una serie de medios para alcanzar un fin. Aunque el pensamiento reflexivo era coherente con la práctica de formular juicios, Dewey se esforzaría no solo por humanizar la lógica, sino por crear una teoría de la racionalidad homogénea y unificada en la que la cultura resultara “una segunda naturaleza” (“una sorta di seconda natura”, p. 60).

En el quinto capítulo, titulado “Gli individui e la polis” (“Los individuos y la polis”), la profesora Calcaterra define el proyecto científico de Dewey por medio de la relación entre ciencia, investigación sociopolítica e investigación ética, donde la inteligencia consiste en resolver los problemas de tal manera que esa misma actividad conlleva precisamente una reconstrucción racional de la vida humana. Lo que supone el “primado epistémico de la sociedad [democrática] sobre el individuo en particular” (pp. 67-69). Como sugerimos antes, Dewey pretendía reconstruir los conceptos sociales que, de acuerdo con la la historia tradicional de la filosofía, se han atribuido a la invención de las clases más ricas, lo que le lleva a reformular las esferas de poder con la intención de aplicar el método científico a las cuestiones morales, adoptando la perspectiva de la crítica historicista. “La responsabilidad moral no es ni más ni menos —escribió Dewey— que un retrato de la inteligencia humana, de su capacidad para conocer los hechos de la experiencia y para contemplar la posibilidad o cursos de acción alternativos a los ya dados, así como para valorar las eventuales consecuencias” (“La responsabilità morale no è né più né meno che un portato dell’inteligenza umana, della sua capacità di conoscere i fatti dell’esperienza e di vedere possibilità o corsi d’azione alternativi a quelli già dati nonché di valutarne le eventuali conseguenze”, p. 85).

Durante los primeros años como profesor en la Universidad de Michigan bajo la influencia de George Herbert Mead, Dewey rechazaría, por tanto, la teoría del contrato social, argumentando que la naturaleza del individuo es intrínsecamente social debido a que las relaciones sociales eran comunes antes de la existencia de un contrato social. Al comprender la sociedad como ethos —como el conjunto de la cultura que engloba tanto el carácter y las costumbres como la experiencia y la expansión de las prácticas comunes de todos los individuos—, Dewey terminaría por redefinir la noción de individualidad en Viejo y nuevo individualismo, donde reivindicaba una sociedad igualitaria de intereses compartidos que solo es posible en una democracia caracterizada por la libre creatividad, es decir, una fuente de enriquecimiento para la experiencia de la vida en menoscabo del interés privado que la sociedad inferiría de una mala lectura llevada a cabo deliberadamente tanto de las páginas de Jefferson y Lincoln, como de Emerson y Whitman.

En el sexto capítulo, titulado “La democrazia come forma di vita” (“La democracia como forma de vida”), se hace referencia a la democracia como un estado ideal para crear, que para Dewey no se agota en su principio “teórico, moral y estético”, sino que posee la cualidad de ser renovado continuamente (p. 87), en la línea de lo que había dicho Whitman antes, por ejemplo, en Perspectivas democráticas (cuya reseña se puede leer en esta misma Revista de Libros). No obstante, Dewey estaría en deuda con Jefferson, que definía la democracia como un experimento ininterrumpido, y simpatizaría totalmente con Martin Luther King y E. B. du Bois. La democracia de Dewey puede ser entendida como el resultado de la suma de la naturaleza y la experiencia, en tanto que contiene elementos de la naturaleza esenciales para el desarrollo de la capacidad humana y proporciona el contexto adecuado para las prácticas sociales que muestran la “experiencia compartida” de todos los individuos. Richard Rorty vio precisamente en el concepto de identidad de Dewey la inclusión de todos los individuos, lo que supondría considerar pacíficamente las prácticas culturales para hacernos mejores a través de ellas en lugar de ser sometidos por la violencia que implican. El intento de Dewey por emancipar la religiosidad de la religión convertiría, como dijimos antes, la fe religiosa en una verdad trascendental cuyo conocimiento correspondía transmitir tanto a la ciencia como a la cooperación social. Lo que defiende Dewey es, por decirlo así, la secularización de los conceptos religiosos por parte de la ciencia, presuponiendo que la ciencia es “neutral desde el punto de vista metafísico” (“neutrale dal punto di vista metafisico”, p. 94). Sin embargo, existe la duda, como la profesora Calcaterra ha dicho oportunamente, de si Dewey adopta una perspectiva mística de la experiencia entendida como algo privado o, mejor dicho, si la investigación predomina sobre la acción. El acuerdo principal, y la diferencia, residiría en que el agente moral es ideal porque está inspirado en un modelo teórico, mientras que la experiencia es pública porque está inspirada en el método de las ciencias naturales. Dewey define precisamente la moralidad no como el valor de la acción, sino como el ser de la experiencia concreta. Así que, en última instancia, Dewey trataría de encontrar tanto el remedio como la causa del mal que amenaza a la sociedad, partiendo del hecho de que la racionalidad social trasciende la experiencia y la reflexión crítica ordena el debate público y la vida en comunidad.

En el último capítulo del libro, titulado “Pragmatismo e naturalismo umanistico” (“Pragmatismo y naturalismo humanístico”), la profesora Calcaterra toma como punto de partida una de las obras finales de Dewey, Experience and Nature, para mostrar la filosofía de Dewey como un “instrumento de valores prácticos” (“strumento di valori pratici”, p. 105). Si la filosofía es una conducta de la vida, entonces la reflexión filosófica ha de encontrar el equilibrio entre “los elementos ideales y reales de la experiencia humana” (p. 107). De esta manera, para no privilegiar los elementos empíricos ni intelectuales que organizan la experiencia por igual, pero, sobre todo, para poner fin a cualquier forma de autoritarismo dogmático, Dewey trata de transferir el ideal participativo de la democracia a la praxis educativa con la intención de contribuir a la continuidad entre investigadores, profesores y ciudadanos. El naturalismo humanístico de Dewey muestra así la más estrecha relación entre la experiencia y la cultura, que sería en realidad el título original de Experience and Nature. A diferencia de Dewey, Rorty encuentra en la experiencia lingüística la clave de la cultura, atribuyendo al lenguaje, y no a la experiencia, la validez de la concreción de las ideas y tomando la historia caracterizada por metáforas relevantes como el resultado del progreso intelectual y moral del hombre. Pero la unión de la naturaleza, la racionalidad y la sociabilidad no era casual o accidental para Dewey, sino que la moral es precisamente el resultado de un intercambio entre la naturaleza y los hábitos humanos, no como una repetición mecánica de la acción, sino como modos inteligentes de dar vida a comportamientos sociales, siendo lo más importante que los hábitos no contradigan la creatividad propia de la razón (p. 114). Se trataba, en definitiva, de humanizar la ciencia o, a estas alturas, aprender a conocer.

Si el lector reemplazara el título de Idee concrete (Ideas concretas) por el de Idee astratte (Ideas abstractas), también se encontraría, en una relectura del libro de la profesora Calcaterra, con la aspiración metafísica de Dewey por conseguir que las ideas fueran más concretas o humanas, en contraste con el trasfondo de la experiencia ideal o el conjunto de los ideales democráticos. En el mejor de los casos, tanto de lo concreto a lo abstracto como de lo abstracto a lo concreto, el reduccionismo resultaría inevitable. La democracia exigía, al contrario que la política, la adaptación al cambio que la filosofía atribuía a la recepción del conocimiento.

Antonio Fernández Díez

 

 

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La Tumba

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KOSTÍS PALAMÁS, La Tumba, traducción de Juan Antonio Pérez, Juan Francisco Reyes y José Manuel Ruiz, coordinación y prólogo Francisco Javier Ortolá Salas, Colección Romiosyne, Point de lunettes, Sevilla, 2015, 105 pp. ISBN 978-84-96508-81-1.

La Tumba de Kostís Palamás (1859-1942) es la cuarta entrega de la colección Romiosyne de poesía griega contemporánea dirigida por el profesor Juan José Tejero Ramírez en la editorial Point de lunettes.

Publicada por primera vez el 9 de mayo de 1898, La Tumba es un extenso poema, una elegía que el poeta escribe tras la muerte de su hijo Alkis a los cuatro años de edad. La lectura deja tras de sí un poso de amargura iluminado a veces en algunos versos que toman fuerza por sí mismos. Hay dos que encierran tanto sentimiento y lo expresan de manera tan sencilla y sutil que merece la pena recordarlos aquí:

¡Hazte soplo de aire

y bésanos con dulzura!

Se suele decir que en poesía la imagen es muy importante para la comprensión de un poema. Esos dos versos reflejan una imagen bellísima que encarna una añoranza conmovedora.

La edición está precedida por el prólogo de Francisco Javier Ortolá Salas, en el que nos da una información muy completa sobre el autor y las circunstancias de su obra, lo que facilita la interpretación de su poesía. No se puede olvidar que tras el poema hay una persona que escribe, por decirlo así, por necesidad. Un padre que ha perdido a su hijo.

Una lectura de la obra distingue en ella dos partes de una extensión semejante. En la primera, el padre, el poeta, está tan afligido que se nota sereno; solo recuerda a su pobre niño, a su pajarillo. Se lamenta en un tono calmado, casi resignado. En la segunda mitad, esa resignación se transforma en una rebeldía contra la muerte, representada en la figura de Caronte. Los versos adquieren un tono colérico. En esa segunda mitad se encuentran las macabras descripciones de Caronte, el feroz jinete, y los versos se llenan de preguntas acerca de la muerte y  de exclamaciones de enfado y recriminación. Un ejemplo son estas dos estrofas, que se describen por sí mismas.

Se arrojó sobre la carne

de los niños para saciarse;

por plato un esqueleto,

por copa un cráneo.

Desea llenar los dos

hasta que rebosen

y sueña con una embriaguez

loca e interminable.

El poema que abre la obra y el que la cierra aparecen en cursiva, una matización que ya estaba en el original griego y los autores de esta edición han querido respetar para el lector; poemas opuestos, principio y final. En el primero, el poeta evoca el poder creador de la poesía. Su obra pretende capturar los recuerdos, la esencia de su hijo, como si Palamás quisiera alcanzar el brazo del pequeño en su marcha e intentar que la muerte jamás se lo arrebatara completamente. Una suerte de padre Orfeo que cambia la lira por el Verso, pero que con el mismo dolor se alza ante la muerte. El padre poeta ha ido acrecentando su cólera y al final incluso se siente traicionado por su propia poesía. Se rinde en su afán imposible. El recuerdo de su hijo terminará como el tiempo, escapándose igual que el agua entre las manos. Por más que lo intente, es consciente de su impotencia. Uno de los últimos versos resume perfectamente todos los sentimientos descritos:

¡Cada verso es un engaño,

una mentira cada palabra!

Palamás se refugia en la poesía ante la temprana muerte de su hijo Alkis. Escribir se convierte en necesidad, la necesidad que lleva a los poetas a describir su intimidad como si trataran de dar luz a su enmarañada carga personal. Es muy significativo leer que el poema comenzó a escribirse la tarde misma de la tragedia con la imagen del pequeño tan reciente, incluso es fácil pensar que los primeros versos fueron tomando forma en la cabeza del padre mientras Alkis se estaba marchando. Como indica Ortolá, Palamás compagina perfectamente ser padre y poeta, de forma que consigue evocar una atmósfera poética que hace que el lector cuidadoso asimile cada verso y lo haga suyo. Así La Tumba se convierte en un canto a la muerte como —invirtiendo el orden de las generaciones— se considera Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique.

La Tumba rezuma una inaudita sensibilidad a la hora de percibir la muerte, el dolor, la resignación, la culpa, la angustia ante la incomprensión; en su conjunto envuelve al lector y en ocasiones le hace creer en sus versos que toca las mejillas del pequeño Alkis como quien examina con cuidado la flor de almendro.

Queda recordar la inmensa tarea de traducción llevada a cabo por los estudiantes de Filología Clásica de la Universidad de Cádiz Juan Antonio Pérez, Juan Francisco Reyes y José Manuel Ruiz. Los traductores, son los verdaderos contribuyentes a que exista una verdadera literatura universal. En esta ocasión han acercado con elegancia la poesía de Palamás a los lectores desconocedores del griego. A propósito de esto creo conveniente resaltar la edición bilingüe que hace del libro un instrumento apropiado tanto para el perfecto filólogo como para los que tengan nociones mínimas o nulas de griego, que a fuerza de ir mirando la traducción castellana se podrán adentrar en los versos originales.

A pesar de la apatía generalizada de nuestra sociedad, todavía la poesía ocupa un lugar singular en la literatura y entre las artes en general, puede que debido a la asombrosa expresividad que ofrece la escritura, mayor que la del lienzo o el mármol. La Tumba es una oportunidad para conversar íntimamente con el poeta y que arroje luz sobre nuestras horas más oscuras, las que pasamos cara a cara con la muerte.

Iván Civera Martínez

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Pandora

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HENRY JAMES, Pandora, traducción e introducción de Lale González-Cotta, Editorial Impedimenta, Madrid, 2014, 128 pp. ISBN 978-84-15979-29-6.

Leer una novela de Henry James acostumbra a convertirse en una experiencia tan deliciosa como inquietante y Pandora no es una excepción. Me parece recordar que algún crítico señaló en alguna ocasión que la prosa de H. James es tan opulenta y grandiosa como un transatlántico deslizándose sobre el océano. Ciertamente su sintaxis elaborada, el párrafo largo, elegante, complejo, el vocabulario amplio, suntuoso, las amplias digresiones, las descripciones extensa; es una imagen poderosa y seguramente acertada… siempre que se añada que las aguas sobre las que ese barco de lujo navega son indefectiblemente aguas profundas recorridas por peligrosas corrientes.

Es precisamente en un transatlántico que parte de la Europa de principios del siglo XX, en concreto de Alemania, hace escala en Inglaterra para recoger viajeros, y finalmente recala en los EE.UU. donde el autor sitúa inicialmente a sus personajes en esta nouvelle.

Y con ellos viaja la tensión entre las ideas, la forma de vida, el poso cultural de la vieja Europa y el dinamismo, la novedad, el humor, la energía, pero también la cortesía que parece ocultar cierta ambigüedad e imprecisión en las formas del Nuevo Mundo: un tema recurrente en la literatura de James.

Por un lado tenemos al joven conde Otto Vogestein, perteneciente a la aristocracia terrateniente de centro Europa, aparentemente muy seguro de su posición y cuyas ideas son tan convencionales como postizas. Mientras que en el bando de los norteamericanos encontramos a Pandora Day, atractiva y enérgica muchacha, el prototipo de la “chica hecha a sí misma” que “…carece de estatus. Dígame, ¿dónde podría haberlo adquirido? Pobre chica, no es justo que se plantee usted semejante pregunta respecto a ella.”, exclama la viperina lengua de  Mrs. Dangerfield, compatriota de Miss Day.

Ese nombre poco usual de la joven, unido a un apellido tan corriente, ya envía señales de diferentes tipos al lector: Pandora Day ¿abrirá una caja de sorpresas para su cándido, silencioso y crítico admirador del viejo continente? ¿Refleja ese nombre las pretensiones de unos padres, por lo demás incultos, de relacionarse con la cultura de la vieja Europa? ¿Y qué decir del singular apellido Day? ¿Hemos de suponer que la joven posee una notable capacidad para desenvolverse en la vida práctica del día a día? ¿Es una joven de simple psicología? ¿O, por el contrario, es inteligente y compleja, o tal vez  simplemente una ambigua cazafortunas? Sin duda el lector sacará sus propias conclusiones sobre este punto crucial, como le ocurrirá al conde Vogestein.

El autor, por su parte, observa a sus personajes adoptando diferentes distancias: ahora se acerca y penetramos en su interior, escuchamos sus pensamientos, sus juicios,  ahora toma distancia y nos hace testigos de sus acciones, tan reveladoras como la exposición de los más íntimos sentimientos. Un autor omnisciente que nos hace testigos de primera línea de las contradicciones, las ideas – o la ausencia de las mismas- de clase y género modeladas por la cultura, las idas y venidas del pensamiento y finalmente  la reflexión del propio personaje, que se producirá más tarde, cuando los hechos acaban por imponerse, sorprendiendo al protagonista y dejándolo en una posición de amarga toma de conciencia.

Porque Henry James es un maestro en retratar la psicología profunda de los personajes, sus claroscuros, sus debilidades, sus ambigüedades, sus defectos y sus virtudes. Unos personajes dibujados con luces y sombras, aunque más que pincel, se diría que James emplea con maestría el escalpelo de su sutil ironía en la disección psicológica del personaje para con ello desvelar lo más íntimo, doloroso, incoherente, vil de la mayoría de los protagonistas, pues ninguno se salva de sus aceradas observaciones. De modo que, en ocasiones se diría que llega a ser un tanto cínico en sus juicios, un aspecto que el autor suele salvar finalmente con una de sus características vuelta de tuerca en la que el empleo de ese sutil humor tan suyo acaba por suavizar la aguda penetración del comentario previo.

Este cuidado volumen de la editorial Impedimenta, tanto en el diseño como en la traducción, cuenta con una introducción a cargo de la misma traductora que será muy útil al lector que se enfrente por vez primera a una obra de James.

En cambio el lector habituado al estilo de H. James reconocerá enseguida en esta nouvelle el personal y extraordinario estilo del escritor, y recordará personajes femeninos ya abordados en novelas anteriores, sobre todo la protagonista de su inconmensurable novela, Retrato de una dama, Isabel Archer o, al menos a una joven Isabel, o tal vez mejor, a su amiga Henrietta Stackpole, moderna, desenvuelta, al tiempo que apasionada y sensible.

En cualquier caso, cualquier lector encontrará en esta novela corta un texto reposado, reflexivo más allá del momento de la lectura, que le hará sonreír en ocasiones, pero también le golpeará con agudas reflexiones que encontrará en ocasiones (penosamente) muy aplicables a sí mismo y al resto de la humanidad, a pesar de la distancia en tiempo y condición que nos separan de la época en que fue escrita.

Luz Álvarez

 

 

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