Algodoneros

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JAMES AGEE, Algodoneros. Tres familias de arrendatarios, fotografías de Walker Evans, traducción de Alicia Frieyro, Capitán Swing, Madrid, 2013, 156 pp. ISBN 978-84-942213-3-0. (Cotton Tenants: three families, 2013).

«Todo el mundo necesita comida, ropa y cobijo. La mayoría de los hombres dedican su vida en la tierra a conseguir estas cosas. En nuestros viajes querremos aprender lo que nuestros hermanos en el mundo comen y de dónde proviene su comida. Querremos ver las casas en las que viven y con qué están construidas. Querremos saber también qué ropa usan para protegerse del calor y del frío» (p. 25).

Y esto es exactamente lo que encontraremos en Algodoneros, tres familias de arrendatarios. Esta obra, resultado de un viaje de ocho semanas realizado por James Rufus Agee (1909-1955) y su fotógrafo y amigo Walker Evans (1903-1975), fue encomendada por la revista Fortune en 1936, aunque nunca llegaron a publicarla. En marzo de 2012, The Baffler editó una tercera parte del artículo, publicándolo en su integridad, por primera vez, ese mismo año junto a Melville House. Este es el motivo por el cual el lector deberá ser capaz de enfrentarse a la obra con los ojos de un contemporáneo al texto, para poder intentar comprender cuáles pudieron ser los motivos que impidieron su publicación.

El libro en sí mismo es difícil de catalogar y de definir (el propio autor a veces lo considera expresamente una crónica, otras no; y otras veces, un artículo) y, si bien no destaca especialmente por su capacidad de entretener, sí lo hace la capacidad del autor para describir, para narrar de forma tan minuciosa vidas que previamente le eran ajenas; sin duda, destaca el talento de Agee para el periodismo narrativo. También es interesante considerar la obra como documento histórico, pues probablemente las familias algodoneras del siglo XXI no tengan que trabajar bajo las mismas condiciones a las que se vieron sometidos sus antepasados. Es, en definitiva, un libro que habla sobre «lo que acontece a la vida humana, y aquello de lo que la vida humana no tiene escapatoria posible» (p. 26).

Agee demuestra ser consciente de las dificultades a las que se enfrenta con este texto, y de las limitaciones que podían rodear tanto su desarrollo como su publicación: «siento que esta crónica es una enorme responsabilidad; albergo muchas dudas sobre mi capacidad de sacarla adelante; dudo aún más que Fortune esté dispuesta a emplearla como yo (en teoría) creo que debe utilizarla» (p. 11).

Resulta significativo que el propio autor sea consciente, antes incluso de entregar el escrito a la revista que se lo ha encomendado, de que era posible que no le dieran el uso que a él le gustaría. Si bien no hace ninguna alusión más al respecto, es muy probable que no sopesara la idea de que ese mal uso fuera relegar su texto a un cajón para siempre.

Pero lo que más llama la atención es el uso de la palabra “responsabilidad”, la que siente hacia el trabajo que se le ha encomendado; a saber: mostrar Estado Unidos a los estadounidenses y promover la indignación del lector respecto a la situación en la que viven algunos de sus compatriotas.

Decide, pues, convivir con tres familias representativas (es decir, no recurre a los casos más extremos) de granjeros blancos y pobres de Alabama, para escribir este informe que trata de «personas atrapadas en un bucle de trabajo y deuda sobre el que poseen escaso o nulo poder» (p. 14). Pero no se limita a describir únicamente sus condiciones laborales; mediante una descripción excesivamente detallada de las condiciones económicas, alimentarias, laborales, educativas, sanitarias, de las viviendas, la ropa y el ocio, consigue mostrar de una forma  magistral la capacidad humana para aceptar y adaptarse a las condiciones que la vida, o las circunstancias, impone.

Al lector, por otro lado, podría llamarle la atención que, en un libro que trata sobre discriminación, pobreza y explotación, no se hable primera y exclusivamente de los negros. El autor muestra ser consciente de esta demanda y, aunque a lo largo del texto sí habla de las peores condiciones a las que los negros están sometidos (e incluso les dedica un apéndice al final de la obra), nos dice que «cualquier consideración honesta sobre los negros desvirtuaría y distorsionaría el tema con los problemas de una raza y no de un arrendatario» (p. 24). Como sigue sucediendo hoy en día, Agee cuenta que al negro se le odia por el simple hecho de ser negro, por el hecho de que «trabajará por un jornal sobre el que un hombre blanco escupiría» (p. 143); pero sin duda lo hacen porque no tienen otra opción. En este sentido, como en tantos otros, sigue siendo una obra, por desgracia, moderna y actual, que trata problemas que, con una vestimenta distinta a la de aquel entonces, siguen persistiendo en un mundo supuestamente globalizado y avanzado.

Pero no sólo la obra es moderna y actual, pues Agee muestra con sus palabras una mente bastante abierta para su época, y trata, ante todo, que el lector no acabe la lectura condicionado sobre quiénes son los buenos o los malos de su historia. Por ejemplo, dice que «ningún sureño blanco es responsable de sus ideas sobre los negros y su posición […] en tanto que están esencialmente instigados por un temor subconsciente pero mortal […]. Y ningún negro es responsable de la inmensa brutalidad física y espiritual a la que ha estado sometido y sigue sometido. Y resulta trágico que personas irresponsables se mataran unas a otras» (p. 144). De algún modo, se preocupa en intentar entender tanto al arrendatario blanco, como al negro, como al terrateniente.

No parece pretender publicar un artículo en el que los ricos sean muy malos y los pobres sean muy buenos; más bien se limita a describir de una manera tan minuciosa que en ocasiones puede resultar tediosa (pues se pierden líneas en explicaciones técnicas sobre el modo de trabajar los campos, o de preparar las comidas, que en ocasiones hacen perder al lector el vínculo afectivo que se había creado para con las familias de las que se habla) las condiciones de vida de los arrendatarios sometidos a sus terratenientes. Pero no por ello intenta criminalizar a los terratenientes; simplemente pretende ponerse en su piel para entender, como ellos entienden, que han nacido para “rentar” sus tierras y sacar el máximo provecho de las mismas y de sus arrendatarios, sean blancos o negros, pues no son más que eso, sus arrendatarios. No se piense por ello que los tiene en tan buena consideración, pues también afirma, muy acertadamente, que «un ser humano cuya vida se nutre de una posición aventajada adquirida de la desventaja de otros seres humanos […] es un ser humano sólo por definición» (p. 26).

Pero no únicamente esa capacidad de ponerse en el lugar del otro le confiere una mente abierta. Otro motivo, que más que probablemente contribuyó a que este documento quedara olvidado en un cajón durante tantos años, es la idea de que los negros «en más de un importante sentido no son una raza igual sino superior: y que por lo que han pasado en las últimas generaciones no ha contribuido tanto a esa superioridad como en su día lo hizo la naturaleza» (p. 148).

En último lugar, la consideración que hace respecto al trabajo infantil nuestro autor también parece avanzada para su época; aunque es, sin duda, un tema arduo por su estrecha relación con la explotación infantil. No obstante, el lector no deberá esforzarse mucho en entender la postura del autor, que no necesita ni que se expliquen sus palabras ni que se le justifique, pues es muy claro en sus ideas y en su redacción. Pero sin duda es digno de mención un tema que otros autores, tomando una postura más cómoda, simplemente se hubiesen limitado a condenar, sin tomarse la molestia de hacer el esfuerzo de entender.

Agee sí entiende que, para estas familias tan pobres, tener hijos (muchos hijos, y cuanto antes) es una especie de salvación, pues es garantía de una mano de obra que no tendrán que pagar. Ser capaz de no condenar este tipo de trabajo infantil tan necesario para la familia de los niños es algo muy pionero, porque la cultura occidental siempre se ha preocupado en imponer sus mandatos obviando, en la mayoría de los casos, los motivos por los que las personas sobre las que pretende imponer su verdad hacen las cosas de un modo diferente al suyo. Por ello, Agee nos dice que, más que condenar, hay que comprender por qué los niños de esas familias tienen que trabajar; que esto no es, en principio, explotación infantil, pues es una mano de obra necesaria para intentar garantizar la comida, el cobijo y la ropa, los tres pilares que pretende encontrar en todos sus viajes.

Aunque el autor entienda la necesidad de disponer de cuántas más manos mejor, no significa que no sea consciente de lo limitados y condicionados que nacen ya esos niños. Este trabajo que empieza, simplemente, como un juego, acaba obligándoles, por ejemplo, a abandonar la escuela. Esta forma de vida no les permite cultivarse ni estudiar, de modo que, de alguna manera, están condicionados a seguir los pasos de sus padres sin poder siquiera imaginar una vida diferente a la que han conocido.

En definitiva, como advierte el autor, es «de justicia hacer notar que la ignorancia, la desidia y la tradición en sí mismas son el inevitable producto de una única cosa: la pobreza» (p. 72); que «el organismo humano […] se aferra con sorprendente tenacidad a la vida, y consigue adaptarse a ella de manera milagrosa», sacrificando «algunos temas de segunda índole» (p.72), como pueden ser «el intelecto y las emociones», que no les darán de comer;  «así, la educación es igual de irrelevante para sus vidas», pues el sistema educativo y los medios de que disponen les garantizan que no cursarán ningún tipo de estudio superior. Además, desgraciadamente, la educación puede llegar a hacerles más mal que bien, pues pueden llegar a desear o conocer cosas que nunca podrán alcanzar; de modo que no se hace nada por mejorar y garantizar su educación.

Por tanto, esta obra, aparte de ser valiosa como documentación histórica de una época pasada, pero no muy lejana, así como una gran labor de investigación periodística, también es una genial crítica al sistema de clases partiendo desde el punto de vista de aquellos que se encuentran en uno de los eslabones más bajos. No se pretende tanto sentir lástima por la gente que se encuentra en ese eslabón, sino hacer una crítica al sistema que ha condicionado sus vidas, y molestar a las tranquilas conciencias de los que se encuentras en eslabones superiores. De ahí, posiblemente, su atemporalidad y el hecho de que su tardía publicación siga esperando un gran número de lectores.

Aunque, por otro lado, la obra también puede fundamentar su contemporaneidad en el hecho de que refleja la problemática sobre la implicación o capacidad crítica de los periodistas; es decir, para el periodista de ayer y de hoy debería primar su capacidad para mostrar al mundo una situación injusta que debe cambiar. De hecho, este tipo de actuaciones mediáticas, hoy en día, son de lo más recurrentes, y no siempre con fines tan elevados como lo pudieron ser los de Agee para con los arrendatarios. No se debe olvidar, y menos en un mundo tan mediatizado como el de hoy, la capacidad de influir sobre las gentes, sobre la masa, que tiene el periodismo; y cuánto bien se podría hacer con el mismo, y cuánto mal se hace también con él.

Vivimos rodeados de unos medios que nos bombardean con historias no tanto ficticias, pero sí poco habituales, de gente que ha conseguido salir de la miseria y la pobreza, llenando de pájaros las cabezas de los menos afortunados que, tal vez, dejen de luchas por mejorar su situación y vivan simplemente de la esperanza y la ilusión de ser como esas personas -cuasi ficcionales- que ven en televisión. Por ello, tan bueno como puede ser el periodismo para despertar conciencias, tan malo es para dormirlas; es decir, «mientras la gente de la clase inferior y de la menguante clase media de la escala salarial continúe imaginándose como un futuro miembro de la élite dirigente, la política de clases no tendrá ninguna posibilidad» (p. 18).

Posiblemente esta obra sea una forma de narrar el sufrimiento y la injusticia que, con los años, deja de escandalizar conciencias. Posiblemente sea una forma de acercar «el dolor de los distantes otros» (p. 9) que el contacto constante con las tragedias propias y ajenas ha logrado insensibilizar en nosotros; pero sin olvidar que no se trata de sentir lástima de esos otros pues, en definitiva, de lo que se habla es de vidas de personas que, casi con toda seguridad, no se sienten tan atormentados y desdichados como el observador externo los ve.

Agee admite estar describiendo «una vertiginosa combinación de feudalismo y de capitalismo en sus últimas etapas» (p. 15); es decir, un capitalismo mediocre sustentado «en los vestigios de la deferencia feudal que muestran los granjeros atados a sus tierras», una incómoda relación «posible gracias a que ambas partes comparten su intuición sobre la supremacía blanca», una «estructura de sentimientos que contribuye a mantener la jerarquía económica en su sitio» (p. 16). Pero todo esto no hubiese sido posible si Agee no hubiese sido capaz de involucrarse en la vida diaria y real de las familias arrendatarias, pues no se cambian las reglas si previamente no se las conoce, «y con ello me refiero tanto a las crueldades del capitalismo como a los sentimientos que lo disfrazan de sentido común» (p. 18).

La obra, no obstante, no destaca solamente por el texto, sino también por las fotografías que lo acompañan. Unas fotografías muy representativas con las que Evans consigue transmitir la sencillez en la que viven estas familias, así como la dureza y la suciedad de una vida vinculada a la tierra en la que las implicaciones culturales, políticas o educativas no tienen cabida. Asimismo, muestra una gran capacidad para encontrar la belleza de la vida cotidiana y de los objetos banales, gracias a esa impecable luz que confiere a sus fotografías un aire antiguo y lejano muy distinto del que transmite el texto. Los retratos transmiten dureza por esos rostros curtidos por el sol y el frío, y por la suciedad, especialmente en los niños; pero las imágenes de las casas, o de las diferentes partes de las mismas, acongojan los corazones por esa sensación de vacío que perdura incluso cuando el lector ha abandonado la obra. Tanto en Evans como en Agee, destaca el hecho de que «convierten en épico lo cotidiano» (p. 14).

En definitiva, y como pretenden remarcar tanto el editor, John Summers, como el autor del prólogo, Adam Haslett, la fuerza que el texto tiene en la actualidad es que invita al lector, inevitablemente, a preguntarse sobre cuáles fueron los motivos que impidieron su publicación y, sobretodo, a seguir reflexionando sobre los motivos que lo hacen atemporal.

Maria Gilabert Tormo

 

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