50 sociólogos esenciales

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JOHN SCOTT (Ed.), 50 sociólogos esenciales. Los teóricos formativos. Cátedra, Madrid 2013, 273 pp. ISBN 978-84-376-3195-0.

Resulta complicado reseñar una obra de estas características sin entra en discusiones un tanto banales acerca de los criterios de selección o la inclusión o exclusión de determinados autores. No es extraño caer con esto en una confrontación de criterios meramente subjetivos para cuya solución no suelen existir argumentos definitivos. El mismo editor reconoce en la Introducción esta arbitrariedad: “la selección que yo he hecho refleja mis propios intereses e inquietudes” (p. 21), intereses en los que no se detiene demasiado. No pueden dejar de esbozarse, sin embargo, las principales líneas de demarcación que seguirá la obra y que se aluden en su subtítulo. Sin ellas no se puede alcanzar una comprensión de las intenciones de un catálogo como el que nos ocupa.

Los teóricos formativos son, para Scott, aquéllos “que contribuyeron a la formación de un cuerpo distintivo de teoría social e investigación social en el periodo en el que la sociología y las demás ciencias sociales comenzaban a situarse como disciplinas diferenciadas” (p. 19), es decir, la plétora de pensadores, no necesariamente sociólogos, que se han convertido en la base de los lenguajes, métodos y prácticas de una disciplina que, desde la segunda posguerra como tarde, se concibe a sí misma como una ciencia diferenciada. Un arco temporal que abarca casi todo el siglo XIX y los comienzos del XX y en el que se incluyen autores como Saussure, Freud, Myrdal o Malinowski, junto a clásicos padres del pensamiento sociológico como Marx, Durkheim, Webber o August Comte y teóricos casi contemporáneos como Marcuse o Adorno.[1]

La mirada sobre el periodo formativo de la sociología se dirige desde una atalaya muy determinada que, si bien no quiere comprenderse a sí misma como parcial, es producto de una idea concreta de la disciplina, imperante en el mundo académico anglosajón del que provienen la inmensa mayoría de los autores de la obra. Una idea que hace de la sociología una disciplina eminentemente empírica y con aplicaciones prácticas sociales. Esto no es tan visible en los criterios de selección como en la valoración que se hace de los autores. Si bien se tiene en cuenta que “los sociólogos formativos estuvieron comprometidos en una investigación empírica y en una reforma social, así como en una teoría social” (p. 20), el lector profano no echará en falta algunos clásicos que difícilmente cuadran con la totalidad de una definición como ésta. Autores como Simmel, el propio Webber o Tocqueville, que más bien llevan a cabo teorías hermenéuticas de la sociedad, se codean en la obra con Charles Booth, cartógrafo de la pobreza londinense, el teórico del trabajo y pedagogo Frédéric Le Play,  o el activista intelectual afroamericano W.E Dubois. Así, pese a que Scott mostrará preferencia por aquellos autores cuyas obras han tenido una repercusión social concreta, no prescinde de los principales teóricos puros que han conformado la tradición.

Dónde más visible se hace este criterio, por tanto,  es en la forma de tratar las obras de los autores. Ahí  podemos ver como la historia efectual de un autor justifica su obra en conjunto. Por así decirlo, los autores de las entradas hacen valer la posición del que se encuentra en la ciencia ya “formada” y seleccionan los elementos que, desde su punto de vista, han contribuido a su formación definitiva. Esta perspectiva acarrea la dificultad de determinar qué es aquello que conforma la unidad disciplinar del melting pot de corrientes que se pueden localizar en la sociología contemporánea. La solución a esta cuestión nunca se formula en tanto que, como ya indicase Anthony Giddens, la característica propia de la perspectiva sociológica es su complejidad, su capacidad de reunir miradas heterogéneas.[2] Esto no supone de por sí un problema teórico si no se le adjuntase la necesidad de producir resultados; criterio final de selección de los autores. La dificultad sería distinguir, sin un método científico cerrado, qué elementos de una teoría sociológica regulativa estarían legítimamente fundados en evidencias científicas y cuáles no serían más que justificantes ad hoc para una presunta ingeniería social.

Esta serie de dificultades son menos subjetivas de lo que parecen y traslucen una situación cognoscitiva que se extiende a la totalidad de las ciencias sociales y humanas cuando estas pretenden modificar el objeto de su estudio. Pese a la complejidad de la mirada sociológica, una perspectiva así no deja de seguir el esquema de las ciencias naturales en su aplicación técnica. Un reduccionismo que, si bien no es identificable con el positivismo, carece del anclaje crítico que posee quien concibe este esquema de funcionamiento como el resultado de una práctica social en sí misma. Así pues, se tergiversa toda línea de evolución histórica del pensamiento social recuperando únicamente los elementos que, por una u otra causa, han sido retomados en la sociología “formada”. Esto repercute en las entradas que no buscan exponer elementos generales del pensamiento de los autores. Por así decirlo, éstas no se acometen desde el propio pensamiento del autor glosado, sino desde un status incuestionado de ciencia ya formada hacia atrás.

Así, no es sólo la superficialidad, inevitable dada la brevedad de las entradas, lo que hace que abunden afirmaciones osadas cuando no erróneas como, por ejemplo, el rescate de Adorno como utopista “convencido del valor de las creencias utópicas, ya fueran realistas o no” (p. 30) por encima de su descarnada descripción de las condiciones sociales de la modernidad que, sin las primeras, abocarían a la sociología a un mero descriptivismo horrorizado. Más difícil resulta el encaje de un autor como Lukács cuyos resultados apenas logran hacerse visibles hoy en algunas feministas como Sandra Harding, pero que puede ser rescatado a pesar de los “fallos evidentes” que le achaca Alan How, autor de la entrada, únicamente porque provocó la reflexión (p. 108). O bien se hace de Webber un teórico de la clase y la burocracia en tanto éstos se convertirán en los “elementos más importantes de su legado” (p. 261). Esta clase de actualización se convierte en el punto decisivo de casi todas las entradas que se centran en mostrar los aspectos recuperados o recuperables de los teóricos formativos.

Por ello, el fallo de este libro no está en la selección de los autores, sino en el tratamiento de los mismos. Condiciona la lectura del que acceda a ellos a través de este diccionario biográfico con una visión parcial que no necesariamente responde o expone las intenciones originales del autor, sino que lo juzga en función de productos que son totalmente ajenos a él. Así pues, el error no pasa por una selección que se hace eco de una serie de nombres canónicos institucionalizados, sino por la autoconciencia que se esconde tras la mirada de los autores. Más allá de los motivos que pueda sostener la selección de nombres que siempre es discutible, la falta de claridad de las premisas no hace más que ocultar la suficiencia de una autoconcepción de la sociología que la sitúa ya  en el “recto camino de la ciencia” y mira a sus predecesores a través de su presente consolidado como última instancia. Así, en definitiva,  Scott y su equipo hacen una arqueología de “su” sociología aun cuando esto suponga soslayar elementos y tensiones básicas de la historia de la formación de la disciplina.

Pedro García- Durán


[1] Cabe señalar que esta obra se complementa con una segunda parte 50 sociólogos esenciales. Los teóricos contemporáneos, inédita en castellano.

[2] Anthony Giddens incidirá en su clásico manual en esta amplitud del método sociológico. Ver A. GIDDENS, Sociología, Alianza, Madrid 2001, pp. 27 y ss. 

 

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