Museo / Artistas la torre del Virrey

José Vicente Barrachina

iconColor y vida

Paseo mi mirada ávida de encuentros con tu luz y nunca me decepcionas. Unas veces, los rayos luminosos inciden tímidamente entre los cañaverales y me detengo plácidamente intentando acariciar con mi retina cada segundo del avance temporal en que se convierte el evento. Otras, una leve brisa avanza desde levante río arriba y mi piel adquiere ese despliegue arbolado en que se convierte mi cuerpo cuando, inesperadamente, recibe una caricia y deseo que permanezca eternamente pegada a mí. Hoy, no tengo prisa; nunca tengo prisa cuando me paseo por tus estancias a la espera de que tu luz, una vez más, desvele ante mis ojos un ápice de tu grandeza. Súbitamente, me siento incapaz de describir con palabras aquello que me ofreces: sentado entre los pliegues de tu piel, dibujo con mis manos sobre el viento la imagen perecedera que mis ojos desvelan y deseo inmortalizarla. Calmadamente, me arrullo entre tus brazos; cierro los ojos y mi espíritu se eleva en el firmamento porque deseo encontrar el calor de tu aliento instalado en mis entrañas. Así, un remanso de paz invade mi cuerpo y mi mente se inunda de color con el febril deseo de hacerte mía por siempre.

A veces, el tiempo transcurre impreciso entre brumas grises e inertes y sufre de nostalgia del sol primigenio que, normalmente, acaricia con su luz el espacio a recorrer. Un árbol, una rama, una hoja, una flor; no necesito de su referencia cuando, paso a paso, deambulo por la orilla y escucho el murmullo del agua que me habla de su descenso entre juncos y cañaverales. Me siento; un gran bienestar me rodea y relajado espero el momento preciso en que aparezcas e inundes con tu calor la estancia. Con los ojos cerrados elevo mi alma hacia lo alto y, desde allí, trato de disipar la incerteza de tu llegada, impaciente por disfrutar cada momento junto a ti. Intuyo tu presencia. Desciendo hasta mi cuerpo en el preciso instante en que un pequeño rayo de luz recorre pausadamente un tramo entre los juncos, y acaricia mi cuerpo con dulzura depositando un cariñoso beso en mi mejilla. Siento tu presencia; acaricio tu presencia; me arrullo en tu presencia y me dejo llevar por el estallido de vida que me rodea, cuando un pequeño y tímido trino me dice que estás aquí: junto a mí. El estallido de color es sublime. Cada centímetro cuadrado del espacio circundante late con la fuerza de un inmenso corazón y un sinfín de voces se hacen eco de tu presencia celebrando con júbilo tu llegada; pero yo sé que nunca marchaste. En el preciso instante en que tus ojos divisaron cada uno de los detalles que conforman este pequeño rincón, tu luz quedó instalada en él y dio paso al más hermoso don que de ti podía esperar: la estancia prodigiosa. (Con el recuerdo).

Quiero formar parte de tus raíces que, como falos imperecederos, recorren las entrañas de la tierra, a la búsqueda del líquido vital que dé forma a tu cuerpo.